A veces, lo que despierta tu curiosidad también puede devorarte...
El
golpe seco del hacha caía sobre la tabla. El olor a carne se entremezclaba con
los perfumes de las mujeres que esperaban su turno. Honorio sudaba de calor. El
aire del aparato no era suficiente para aliviarlo. Se pasó el brazo para retirar
las gotas de agua que manaban de su frente. Se oyó el tintineo de la cortinilla
de metal. “Otra más”, se dijo sin levantar la vista mientras daba un golpe
certero para separar el último trozo de una pieza de costilla.
Fue
atendiendo el goteo de clientes. Ese día despachaba solo. Sus padres, ya
mayores, estaban de asuntos médicos. La cola se fue reduciendo. Se acercaba la
hora de cierre y Honorio deseaba con todas sus fuerzas que la cortina
permaneciese ajena a todo movimiento que no fuese salir de allí. Ya iba por el
último cliente, cuando la cortinilla se abrió.
Una
figura delgada se deslizó con un carrito de la compra hacia el interior de la
carnicería. Era Matilde, una viejecita de aspecto adorable y apariencia frágil,
que tenía en ascuas a Honorio. Había pasado de comprar algún filete de ternera
o un muslo de pollo, a comprar cantidades cada vez más grandes de carne. No se
explicaba ese aumento para una mujer mayor que vivía sola. El negocio era el
negocio, pero la curiosidad no dejaba de ser curiosidad.
—Buenas,
Matilde, a punto de cerrar estaba —se apresuró a bajar a media altura la puerta
metálica de cierre—. ¿Qué desea usted?
—¿Y
tus padres?
—De
médicos. Bien, ¿qué le pongo?
—Ponme
5 kg de carne de cerdo en tacos grandes y dos pollos enteros.
—Matilde,
¿tiene usted invitados?
—¡Ay,
no! —exclamó a media sonrisa—. Es para mi mascota. Cada vez come más. Está
hecha una glotona.
—¿Y
qué mascota es? —preguntó mientras
preparaba la carne.
—Se
llama Lily y es hembra. Es una lagartija que me regaló mi sobrino y que ha ido
creciendo mucho.
Honorio
no daba crédito a lo que escuchaba. “¿Una lagartija tan grande y voraz?”
Mientras preparaba la carne deseó desvelar el misterio. Total, Matilde no vivía
muy lejos de allí. Así que, sin pensárselo mucho, se ofreció a acompañarla. La
ayudó a meter la carne en el carrito. Justo terminar de cerrarlo y oír el
crepitar del aparato anti mosquitos.
—¡Ay,
pobre! Eso le pasa por curioso —apuntilló sarcástica la señora.
A
Honorio le pareció un pelín maliciosa su sonrisa, pero recordó las palabras de
su madre: “hijo, ves moros en todas partes”. Así que descartó su impresión de
un manotazo. Salieron juntos de la tienda. El sol los acechaba implacable por
el pavimento, sin darles tregua. A pesar de que estaba más o menos cerca, a
Honorio el trayecto se le hizo largo y lento. Apenas había zonas de sombra
donde guarecerse a su paso. Después de un tiempo, que le pareció alargarse en
exceso, llegaron a un viejo portal y Matilde sacó las llaves para abrirlo.
Entraron dentro. Olía a viejo como el bloque de sus padres. Se notaba que hacía
tiempo que las reformas no asomaban por allí. No había ascensor, así que tuvo
que subir en volandas el carro.
—Matilde,
¿cómo puede subir la compra por las escaleras?
—Poquito
a poco, joven; escalón a escalón, paro a descansar, respiro y vuelta a empezar.
Me toma su tiempo, pero llego.
La
anciana iba por delante. Honorio observaba como subía las escaleras. Le daba la
impresión de estar viendo no a una señora mayor sino a una ágil gacela. Como
era el segundo piso, no tardaron en subir. Honorio esperaba la invitación para
entrar, por un lado, pero por otro, se mantenía un poco indeciso. Algo en ella no
encajaba y no sabía precisar qué ni por qué. Matilde lo sacudió de su parloteo
mental.
—Pasa
joven, que quiero que conozcas a Lily. ¡Te lo has ganado!
Honorio
pasó dentro y cerró la puerta tras él. Matilde le dijo que siguiese todo el
pasillo hacia delante y abriera la puerta del cuarto de baño, que estaba al
fondo. Se sentía como un autómata que fuese empujado a un abismo. Fue hacia la
puerta y giró la manilla. Un silencio denso y pesado se posó sobre la
atmosfera. Si había un animal, no hacía ningún ruido. “Bueno, ya estoy allí así
que…”, se dijo. Su mano terminó de completar el giro. No se sentía con ánimos
de empujar la puerta. Sintió un roce duro sobre su esternón. Al girarse se topó
con el rostro endurecido de la anciana. Empuñaba un rifle con sus manos y
apuntaba a su espalda.
—¡Abre
la maldita puerta! —le gritó con un tono amenazador, desconocido en ella.
El
corazón de Honorio palpitó tan fuerte que sintió que le estallaba en los oídos.
Abrió la puerta en pleno shock. Sus ojos se desencajaron, se estremeció de
horror. Su piel se empapó de un sudor espectral. Esa cosa verde, de ojos
enormes y fauces dotadas de finas cuchillas venía hacia él.
—¡Lily!
¡Mi encantadora criaturita! ¡Mira! ¡Te traigo un buen almuerzo!
Una
neblina lo envolvió, dejó de sentir su cuerpo. Todo fue oscuridad y silencio. Cuando
recuperó la conciencia, lo primero que vieron sus ojos fue las paredes blancas
del hospital. Estaba rodeado de cables. Una enfermera pasaba por allí lo
atendió.
—¿Sabes
cómo te llamas? ¿Recuerdas algo?
—Honorio.
Recuerdo…
Se
esforzó por recordar, pero las imágenes no venían. Después de un buen rato se
acordó de sus padres. Quería saber de ellos. La enfermera los llamó para
informarles de que su hijo había regresado del coma. Por lo visto, llevaba tres
meses. A lo más que llegó fue a ese caluroso día que pasó en la carnicería,
pero lo demás, totalmente borrado. Lo habían encontrado allí. Una clienta llamó
a emergencias cuando se desplomó al suelo después de haber metido la carne en
su carrito. Decía la mujer que se había ofrecido a acompañarla pero que
entonces se cayó redondo. No recordaba nada después de la carnicería. Ni
siquiera de la última mujer a la que atendió.
De
vuelta a casa, empezó a tener recuerdos. Primero le vino un rostro. Era el
rostro de una anciana. Luego un nombre, Matilde. Pero sus padres no recordaban
a ninguna clienta que se llamase así. Entonces vinieron las pesadillas: se
acercaba con Matilde a su casa, abría la puerta del baño y se encontraba con un
enorme cocodrilo que quería devorarlo. Se despertaba gritando y con el cuerpo
empapado en sudor. Siguieron más recuerdos. Decía que la había acompañado a su
casa con la compra y que la anciana lo había amenazado con un rifle. Nadie le
creyó cuando apuntó a que Matilde quería servirlo de aperitivo a un cocodrilo
que tenía recluido en su cuarto de baño. Que era por eso por lo que,
últimamente compraba tanta carne.
Honorio
terminó en tratamiento psiquiátrico. Decían que estaba atravesando un cuadro
paranoide. Desconfiaba de todos y sus relaciones se volvieron difíciles. Creía
que los demás conspiraban en su contra, incluso sus padres, que ya no sabían
qué hacer. Pero él estaba convencido de lo que había visto y vivido, porque
quién sino él estaba bajo su propia piel.
@ana.escritora.terapeuta.
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