lunes, 8 de junio de 2026

La librería de los sueños. Capítulo 13. Se cuela un polizón

 


Habían pasado tres días desde la exploración de Aruma. Ishaan permanecía distante. La observaba con el gesto contrariado mientras ella caminaba por el cuarto. Desde aquel día, Aruma no se había atrevido a una nueva expedición. 

La niña sentía que el deseo crecía en su interior. Quería conocer más a fondo ese mundo. Sin pensarlo, se acercó, llevada por un impulso, y alzó su mano hasta tocar el libro azul. Se hizo el silencio a su alrededor y ya estaban sus ojos perdiendo de vista los contornos, cuando notó que unas manos se aferraban a su cintura. Trató de desasirse de ellas pero no pudo. La corriente de luz la envolvió y ella se dejó deslizar. Volvió a sentir el rocío fresco sobre su espalda y el olor intenso a jazmín. Abrió sus ojos y se encontró con los ojos de Ishaan.

—¿Pero qué has hecho? —le interrogó sorprendida.

—Te he seguido. ¿O es que pensabas que te iba a dejar marchar sola?

Aruma se incorporó y sacudió la parte de atrás de su vestido. Empezó a mirar a su alrededor. Buscaba a Abdiel pero no lo encontraba. 

—Voy a dar un paseo. ¿Te vienes?

—Ya que estamos aquí, aprovechemos. Pero déjame ir delante por si hay algún peligro.

—¡Como quieras! —le contestó resignada.

Empezaron a andar por el único sendero que había despejado. Los alrededores eran boscosos y densos. Aruma no recordaba el paisaje así. A medida que avanzaban notaban una brisa fresca y un intenso olor al que no sabían poner nombre. Después de un rato andando, oyeron un ruido entre la maleza. Ishaan se puso en guardia y se detuvo.

—¿Quién eres? —preguntó el muchacho.

—¿Quién eres tú? —le devolvió una voz al otro lado.

Aruma reconoció de inmediato la voz y se adelantó a Ishaan. 

—Sé quién es, tranquilo —le dijo Aruma para que bajase la guardia.

—Abdiel, es mi amigo. Se me ha colado mientras tocaba el libro.

—¡Un polizón! Muy atrevido es tu amigo.

—Sí, quería protegerme y por eso me ha seguido. ¿Sales ya?

Se oyó un resoplido y un murmullo de voces. Los niños seguían parados. 

—De acuerdo, pero que no se ría. No estoy de humor como para dejarme ver y que me tomen por un bufón. Esperad a que me arregle un poco. 

Después de un rato, de la espesura salió Abdiel. Llevaba los cabellos algo revueltos y la barba desordenada. 

—¿Qué te ha pasado? ¿Te has peleado? —preguntó Aruma.

—Unos lampe-chinches se han divertido conmigo. ¿Me presentas al polizón?

—Sí, es mi amigo Ishaan. 

—¡Ajá! ¿Es el chico por el que estabas preocupada ayer?

—Sí, pero no fue ayer. He tardado un poco en regresar.

Abdiel se le acercó. Lo miraba de arriba a abajo como buscando algo en él al tiempo que lo olfateaba, arrugando su nariz.

—Vale, está limpio.

—¿De lampe-chinches?

—No, de bichos. De donde vienes, la gente está infectada.

Ishaan lo miraba incrédulo. Se empezó a sentir ridículo por haber tomado tanta precaución ante un hombrecillo con aspecto de enanito gordiflón. 

—¡Sé lo que estás pensando! ¡Ni se te ocurra faltarme el respeto! —le acusó Abdiel levantado su dedo índice molesto en dirección a Ishaan.

Ishaan bajó la mirada y carraspeó.

—Lo siento, yo nunca…

—Disculpas aceptadas. Venga, vamos de excursión por el mundo de Aruma. 

—No sin que nos digas lo que son los lampe-chinches —protestó Aruma.

—Son unos insectos muy molestos que se alimentan de la risa. 

—¡Qué divertido! —exclamó Aruma.

—No tanto. Te hacen cosquillas hasta que te mareas. No quiero ni verlos. Acabo de sufrir un ataque en mis carnes y mira cómo me han dejado.

Ishaan y Aruma no pudieron contener la risa mientras Abdiel se los tragaba con la mirada. 

Los tres siguieron avanzando camino por el sendero. Aruma y Abdiel hablaban sin parar. Ishaan los seguía, callado y atento a cualquier ruido. El enanito los guiaba por los entresijos de una realidad que se regía por leyes diferentes. Había que permanecer en el camino porque era la senda segura. Lo que había tras la maleza no siempre era bueno, por eso había que evitarla. 

Después de un buen rato caminando se toparon con que el camino se bifurcaba en dos; a la izquierda se abría una senda ancha y lisa; a la derecha un pasillo estrecho, sinuoso y lleno de piedras y unos arbustos llenos de pinchos que crecían a los márgenes. 

—¿Por dónde crees que debemos ir Aruma?

Ishaan trató de adelantarse pero Abdiel lo interrumpió.

—Le he preguntado a ella.

—Uy pues por el camino ancho.

—¿Por qué?

—Porque se ve cómodo y apetecible.

—Pues por eso mismo hay que evitarlo. ¿No te han dicho que ancho es el camino que lleva a la perdición?

—No —respondió Aruma encogiéndose de hombros.

—¿Por qué? Yo lo veo más despejado y más seguro —replicó Ishaan desconfiado.

—En apariencia sí, pero que no veas peligros en él no significa que no los haya. 

Se internaron en el camino. Después de un buen rato caminando los niños empezaron a quejarse de las piedras. Se les clavaban en las plantas de los pies. Oyeron un silbido que se iba alzando en el aire y que iba envolviéndolos como una bruma. Abdiel se tiró a tierra mientras se taponaba los oídos con las manos.

—Niños, tiraos al suelo y taparos los oídos hasta que pase. 

Los niños lo hicieron y notaron un frío estremecedor que los heló de miedo. Una nota sibilante se les coló en la cabeza. 

—Seguidme… seguidme… seguidme.

Aruma cerró sus ojos con fuerza al tiempo que apretaba sus manos sobre sus oídos hasta sentir dolor. Ishaan trató de protegerla con su cuerpo arrimándose a ella todo lo que pudo pues el sonido era tan ensordecedor que no podía dejar sus manos lejos de sus oídos. Cuando el sonido cesó, los tres quedaron exhaustos sobre el camino. El primero en incorporarse fue Ishaan.

—¿Qué ha sido eso?

—Serpientes errantes. Muy peligrosas. Nos han debido de seguir la pista desde la bifurcación —le respondió Abdiel

—¿No decías que este camino era más seguro? —preguntó Aruma mientras se levantaba.

—Peligros hay en todas partes, pero aquel camino está maldito.

—¿Qué son las serpientes errantes?

—Son almas atormentadas que se vendieron a Hivya. Están encadenadas a su voluntad. ¿Habéis oído el mito de las sirenas?

—No —respondieron los dos.

—Son unos seres que atraían a los marineros con sus voces. Tenían que atarse al mástil para no seguirlas. Las serpientes son de aire pero sisean para atrapar a quienes tengan la desgracia de oírlas.

—¿Qué pasa si las oyes?

—Pues que te encadenas a ellas y pasas a formar parte del séquito de Hivya.

—¡Esto es demasiado peligroso! ¡Marchemos a la librería! —exclamó furioso Ishaan.

—No podéis hasta que no lleguemos. Una vez en camino no se puede parar hasta la próxima etapa.

—¿A dónde tenemos que llegar? Tengo miedo —protestó Aruma.

Mirad hacia lo alto de aquella colina, les indicó Abdiel con el dedo. Los niños miraron hacia allí. Vieron un castillo que se alzaba sobre la loma. Era tan alto que se perdía entre las nubes.

—¿Qué es eso? —preguntó Ishaan.

—El castillo perpetuo. 

—Estoy cansada —protestó Aruma.

—Bien, haremos noche aquí y seguiremos mañana.

—¿Aquí? ¿Y si vienen las serpientes o cualquier bicho?

—Uno tiene sus recursos. Dejemos que nos acojan los Etnos.

Abdiel se dirigió hacia un árbol que había en un claro de la margen derecha. Antes de internarse en la maleza, sacó de su zurrón una bolsa, metió la mano en ella y espolvoreó unos polvos que la deshicieron. Los niños le siguieron. Abdiel tocó el árbol y una puertecita se abrió en su corteza.

—¿Quién va?

—Abdiel. Vengo acompañado.

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Capítulo 1. Encuentro en el parque

Capítulo 2. Eli

Capítulo 3. Ishaam

Capítulo 4. Eleonor

Capítulo 5. A la deriva

Capítulo 6. Ausencias que golpean

Capítulo 7. Creando vínculos

Capítulo 8. El libro lila

Capítulo 9. Revelaciones




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domingo, 31 de mayo de 2026

La librería de los sueños. Capítulo 12. Otros mundos.

 



La vida en la librería había virado de rumbo. Contra todo pronóstico Aruma e Ishaan habían congeniado tan bien que ya eran uña y carne. Eleonor lo aprovechó para llevar al muchacho a su terreno. Le era más fácil tirar de Aruma. La niña tenía un encanto especial que sabía suavizar su carácter. Elida sentía que sus días se llenaban de sentido. Ya no era una anciana que regentaba una librería en recuerdo a su marido, sino una mujer llena de ilusión que tenía una familia que no dejaba de crecer. 

Una tarde, mientras Eleonor e Ishaan estaban absortos en sus lecturas, Aruma no dejaba de deambular de un lado a otro de la estancia. Sus ojos se posaban ávidos sobre los libros de los estantes. Parecía como si leyeran algo. De repente se paró en seco, pegó un salto en el aire y exclamó con la alegría de quien descubre algo:

—¡Ya está! Cada libro, una puerta; cada puerta, un niño.

Eleonor e Ishaan la miraron perplejos. La joven permaneció sentada, pensativa; pero Ishaan se levantó y se dirigió hacia ella.

—Aruma, ¿pero qué dices?

—Que los libros son puertas y que sólo los niños pueden pasar por ellas. ¡Está claro!

—¿Y cómo lo sabes?

—¡Lo sé! —le contestó la niña encogiéndose de hombros. 

—¿Y cómo pasamos? ¡Lista! 

—¡Pues pasando! —los ojos de la niña lo miraban con incredulidad. 

Eleonor reaccionó y se acercó a Aruma. Sus ojos tenían un brillo diferente. Poco a poco había ido abriendo su mente a los contornos de lo desconocido. Sus resistencias internas habían quedado reducidas a cenizas. Sabía que sobre esas cenizas se tenían que levantar los cimientos para un nuevo mundo. Una esperanza renovada palpitaba en su corazón.

—Aruma, hazlo —le exhortó llena de fe. 

—¿Cómo lo va a hacer? ¡Estás loca de remate! —le contestó Ishaan contrariado.

—¡Puedo hacerlo! Ya verás… Después de mí, cuando vuelva, vas tú. 

La niña se acercó a un libro de pasta azul, cerró sus ojos y alzó su mano hasta tocarlo. Eleonor e Ishaan la escoltaban con su mirada. Sus ojos, fijos en sus contornos, vieron cómo fueron diluyéndose hasta desaparecer por completo. La figura de Aruma se volvió invisible para ellos. Ishaan pegó un grito de terror y se aproximó hacia donde antes estaba Aruma; con sus manos abiertas tanteaba el aire para encontrar a la niña. Desconcertado se sentó en el suelo y escondió su cara entre las piernas. Trató de ahogar su sollozo pero se le escapaba. Se sentía culpable por no haberla protegido. “¿Y si no vuelve? ¿Por qué no hice nada para impedirlo?”, se recriminó así mismo, con amargura.

—¡Vete! ¡Dejame solo! —le ordenó a Eleonor en cuanto oyó sus pasos acercarse a él.

Eleonor salió de la habitación para dejarlo a solas. Se quedó con ganas de consolarlo, de asegurarle que Aruma volvería, que no estaba en peligro. Pero era consciente de que el intento habría sido contraproducente. Tenía que respetarlo y dejarlo a solas con su dolor.

Aruma los oía como un lejano rumor hasta que sus voces se fueron apagando. Su cuerpo se deslizaba como un pez a través de una corriente de luz que deslumbraba sus ojos. No tenía miedo, se sentía segura y radiante de felicidad. No sabía ponerlo en palabras, pero era como si fuera arrastrada a un mundo ya conocido. 

Sin ser consciente del tiempo ni del espacio, su piel empezó a registrar la sensación de la hierba, del rocío fresco del amanecer. Un olor parecido al jazmín, pero más intenso, cosquilleó su nariz. Abrió los ojos y se encontró debajo de un árbol inmenso. “Tiene que ser un baobab. Tengo entendido que son enormes”, se dijo recordando la lectura del principito. 

—Es un Crece-Sueños —le contestó una voz desconocida.

—¿Quién eres? ¡No te veo!

—Perdona, ahora salgo. Tengo que acicalarme un poco. No todos los días aparece una hija de Adán por aquí.

Después de esperar unos instantes, Aruma escuchó el rumor de unas hojas y escudriñó con su mirada la figura que aparecía tras un arbusto.  Era como un enanito, rechoncho y de baja estatura, con una nariz gordita. Le hizo gracia su aspecto y trató de contener la risa, sin mucho éxito.

—¿Ves? Por eso no quería salir —le contestó ofendido.

—No, no es eso, es que eres gracioso —trató de disculparse.

—Estoy hecho a la imagen de tu fantasía —le replicó.

—¿Ah sí? ¿Yo te creé?

—No, tú me moldeaste con tu imaginación. El único que puede crear es el Creador.

—¿Y quién es el Creador? ¿El Universo?

—¿El Universo? —protestó el enanito llevándose las manos a la cabeza— ¡El universo es creación del Creador!

—Pues mi madre siempre está con el Universo en la boca.

—Pues tu madre está confundida y está sirviendo en el bando equivocado.

—¿Quién eres?

—Soy el guardián de tu fantasía. ¿Quieres dar un paseo por aquí?

—Puedo volver las veces que quiera, ¿verdad?

—Así es, igual que viniste puedes volver. ¿Tienes prisas?

—Un amigo mío está preocupado por mí. Me entristece saberlo triste. 

—Un buen amigo, por lo que se ve. Vuelve cuando quieras.

—¿Cómo lo hago?

—Abraza tu árbol y siéntelo en tu corazón. Estarás de vuelta en un instante.

—¿Podría él venir aquí conmigo?

—Ummm, ¿no sabes todavía que para cada niño un libro?

—Sí, pero quiero compartir el mío con él.

—Bueno, ya se verá. Ahora vuelve.

—¡No me has dicho tu nombre todavía! —protestó Aruma.

—Llámame “Abdiel”.

—Adiós, Abdiel, encantada de conocerte.

Aruma se fue hacia el árbol, lo abrazó y deseó con todo su corazón estar de vuelta. Se dejó envolver por una bruma mientras notaba que la corteza del árbol se iba haciendo cada vez más lisa, hasta que se desvaneció. Sintió su cuerpo deslizarse por el espacio con una rapidez que la hacía encoger las mandíbulas. El lloro de Ishaan llegó nítido a sus oídos, abrió sus ojos y lo vió acurrucado justo donde antes estaba ella.

—¡Ishaan! Estoy bien, ¿no me ves?

Ishaan alzó su cabeza y la vio de nuevo. Se secó las lágrimas. Se levantó y con mirada dura le contestó:

—¡No vuelvas a hacer eso nunca más!

Dicho esto, se fue dejando a Aruma a solas. Ella no entendía por qué la había recibido de esa manera. Por qué, en lugar de alegrarse, se había enfadado con ella. Eleonor la tranquilizó y le aseguró que era cuestión de darle un poco de tiempo y dejar que fuese él quien se acercase de nuevo. 

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Capítulo 1. Encuentro en el parque

Capítulo 2. Eli

Capítulo 3. Ishaam

Capítulo 4. Eleonor

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Capítulo 6. Ausencias que golpean

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domingo, 24 de mayo de 2026

La librería de los sueños. Capítulo 11. Misión y libertad.

 


Las relaciones entre Ishaan y Eleonor iban mejorando si bien el carácter enérgico del niño chocaba en un tira y afloja con el liderazgo creciente de la joven. Ella tenía que esforzarse en no dejarse apabullar por Ishaan, y él tenía que aprender a no querer ser el protagonista en todo momento. 

—¿Por qué tiene que ser así? ¡Eres una mandona!

—Ishaan, puede ser de muchas maneras, pero los empecé a organizar así y tenemos que seguir ese orden. 

Elida los escuchaba tras la puerta. Se mordió la lengua para refrenarse y no entrar. Había decidido ponerse en un segundo plano.

Una mañana mientras estaban los dos en el cuarto, Eleonor sintió que tenía la necesidad de salir. Sin dar explicaciones salió rumbo a lo desconocido. No le dio espacio a Ishaan para que protestara y se despidió con rapidez de Elida. Cada vez le costaba menos confiar en esas pequeñas corazonadas, que de tanto en tanto, la iban guiando. 

Dejándose acariciar por el sol, con paso firme y sereno se metió en la calle de la Palma. Hacía una temperatura deliciosa y aquel sábado la gente iba y venía, unos con sus prisas y otros con su tiempo extra. Eleonor disfrutaba contemplando escaparates. Le gustaba ver tiendas, movimiento y diversidad. Se sintió atraída por la fachada blanca de una librería. “Arrebato libros”, leyó. Sin pensárselo, entró. 

El local tenía un aspecto bohemio que invitaba a adentrarse entre las estanterías. Libros de segunda mano, lotes de colecciones olvidadas flotaban en una atmósfera llena del encanto de lo que no se pierde en el tiempo. Estaba absorta ojeando un libro cuando un llanto infantil la sacó de su lectura. Salió para ver qué pasaba y se encontró con una niña que lloraba delante de su madre. Parecía la típica escena de una rabieta. La madre se mantenía rígida y con el gesto fruncido. La tensión arreciaba en su rostro y la indignación iba escalando grados. Eleonor temió que la madre perdiera el control.

Quería acercarse y abrazar a la niña pero una vocecita le susurraba que mejor que no se metiera en problemas. Al mismo tiempo, algo dentro de ella la impelía a actuar. Eleonor dio un manotazo a la duda y se aproximó a la niña. Estaba harta de ese miedo. Decidió que pasase lo que pasase, lo de menos era ella.

—¿Qué te pasa? —le preguntó con ternura mientras se agachaba para ponerse a su altura y sin mirar siquiera a la madre.

—Un perro —le contestó entre sollozos—. Lo está pasando mal.

—¡Cuánto lo siento! ¿Me dejas que te abrace?

La niña la miró con sus ojos enrojecidos y se dejó envolver por sus brazos. Eleonor sentía las lágrimas de la niña sobre sus hombros; su corazón, que lloraba agitado. Cerró sus ojos y la acompañó en silencio. Poco a poco la ola de dolor fue cediendo hasta desvanecerse. Oyó el carraspeo de la madre por encima suyo. Se desprendió con suavidad de los brazos de la niña y quedó a la altura de sus ojos. 

—¿Trabajas con niños? —le preguntó sorprendida.

—No, yo nunca… —respondió algo avergonzada.

—Pues tienes mano con ellos. 

La mujer era altiva, con porte. Daba la impresión de mirarlo todo por encima de los hombros. Envuelta con un vestido escotado estilo indie de calidad, la escrutaba con la mirada como si fuera una mercancía. La joven se sintió intimidada y bajó sus ojos para encontrarse con los de la niña.

—Bueno, yo tengo que irme.

Ya se giraba para dirigirse a la salida cuando una voz la alcanzó de espaldas.

—¡Espera!, ¡no te vayas!

Eleonor se volvió para encontrarse de nuevo con la madre, que se aproximaba a ella, seguida de la niña.

—¿Tienes tiempo para un café? 

La joven dudó. Le gustaba la idea de estar más tiempo con la niña, pero la madre no era el tipo de persona que le agradaba. Había algo en ella, un demasiado a lo que no sabía ponerle nombre. 

—Dame al menos la oportunidad de agradecerte que hayas calmado a Aruma.

—De acuerdo —terminó por acceder algo incómoda.

—¿Cómo te llamas?

—Me llamo Eleonor. ¿Y usted?

—Karolina con K. No me llames de usted.

Salieron las tres de la librería. La mujer encabezaba la expedición y parecía abrirse paso entre los viandantes como Moisés en el mar rojo . Eleonor la seguía con Aruma de la mano. “¿Cómo tiene que ser vivir con una madre así?”, se preguntó mientras seguía con la mirada el vuelo de su vestido. Llegaron hasta una cafetería del dos de mayo, Noburu. Se sentaron dentro. Una vez servidas, Karolina rompió el silencio.

—Verás, Eleonor. Soy una mujer muy ocupada y Aruma, pues no sé cómo tratarla muchas veces. Como esta mañana —paró por un momento para mirar con dureza a la niña—, que se le ha metido en la cabeza que un perro le estaba pidiendo ayuda. 

—¡No es cierto! No se me ha metido en la cabeza. ¡Me ha dicho que su dueño lo trataba mal y que le pegaba! —protestó Aruma indignada.

Eleonor agarraba el vaso de zumo entre sus manos en un esfuerzo por parapetarse. Se arrepintió de no haberle puesto una excusa.

—¿Ves? ¡Como si ella pudiera hablar con los animales, los insectos y las plantas! 

—¡Pues tú dices que hablas con el universo! —le contestó dolida la niña.

—¡Aruma! —le cortó con una mirada glacial la madre—. Mi trabajo es tratar con personas pero ella se me hace difícil —admitió con la voz más entrecortada y con la mirada baja—. Necesito que alguien se ocupe de ella por las tardes. He buscado chicas pero  no hemos tenido suerte. Me preguntaba si tú podrías hacerte cargo. Te pagaría bien. Solo las tardes y algún fin de semana porque tenga algún retiro, pero sería excepcional.

—¡Casi siempre estás de retiro! —protestó con mal humor Aruma.

Eleonor dejó el vaso sobre la mesa. De modo que, de eso se trataba, de ofrecerle ser la canguro de la niña. Miró a Aruma, vio el brillo en sus ojos y le respondió con una sonrisa.

—Si aceptas, te pagaría 10 € la hora. Sería de 5:00 a 8:00 de la tarde. 

—Solo una condición. Que la lleves y la recojas donde yo trabajo, una librería.

Karolina se echó hacia atrás. Lo meditó unos instantes y accedió.

—¡Hecho! ¿Puedes empezar esta misma tarde?

—Sí, te dejo una tarjeta. Ahora tengo que irme. Aruma, nos vemos esta tarde.

Se levantó y salió de la cafetería. Pensó en ese libro que había pensado comprar y que había dejado en la librería pero desistió de volver sobre sus pasos. Una alegría brotaba en ella con fuerza y se hacía sentir en su caminar. Había descubierto un don del que no tenía conocimiento. La sonrisa afloró en sus labios. Recordó que hacía ya algún tiempo se había preguntado a sí misma cómo se hacía para tratar con los niños y resulta, que ella lo sabía sin ser consciente de ello. “¿Acaso no es la vida un milagro?”, se preguntó. 

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domingo, 17 de mayo de 2026

La librería de los sueños. Capítulo 10. Derribando fortalezas.

 


Entraron juntos a la habitación. Ishaan se adentraba con pasos sostenidos, consciente de atravesar algo sagrado. Su respiración estaba contenida. Sentía que al fin era una pieza necesaria en el tablero, y quería responder con todo su corazón; y al mismo tiempo, la incertidumbre y el peso de la responsabilidad le pesaban. De ninguna manera quería fallar, por eso sus labios se contrajeron en una mueca inútil. 

Eleonor lo contempló, parado y con el gesto contraído. Supo reconocer el miedo en su rostro. Era el mismo miedo que la había succionado a ella durante toda su vida, solo que él se revolvía contra él, mientras que ella había optado por meter la cabeza bajo tierra. Suspiró y acercándose al niño, lo tomó de la mano.

—Ven conmigo. Te voy a pedir algo raro. Quiero que te sientas conmigo en esta mecedora. 

—¿Cómo? —preguntó incrédulo—. ¿Encima tuya?

—Sí, encima mía. ¿Te atreves?

Eleonor se sentó a la espera. Lo veía debatirse entre el orgullo y la necesidad. Al cabo de un rato, el niño accedió a sentarse encima de ella. La joven lo acunó en su regazo, cerró los ojos y empezó a entonar una melodía al mismo ritmo en que se balanceaba en la mecedora. Ishaan cerró los ojos y se dejó envolver por la melodía.

Un olor penetrante lo sacudió del sopor. Era ese olor a rancho que penetraba por los alrededores de la zona baja del centro de acogida donde estaba la cocina. Ishaan tembló, se había esforzado por olvidar y ahora ese olor lo traía de vuelta al rincón de sus pesadillas. Pero fue en vano, el olor venía envuelto en sonidos, en voces familiares que le erizaban la piel. “Tengo que esconderme”, se dijo. Abrió los ojos y volvió a ver esas paredes de color verdoso pardo, oscurecidas por la desidia. Corrió y se escondió tras un carro de la limpieza. Eran ellos, los cuidadores a los que tanto temía. Los latidos de su corazón se dispararon al borde del colapso. Contuvo el aire y los escuchó hablar. 

—Esta noche, cuando cambien los turnos, haremos la entrega.

—¿Cuántos quieren?

—Cinco, cuanto más jovencitos mejor. Niños y niñas. Variedad racial. Es para una fiesta, ya sabes…

—Sí, carne fresca para sus Excelentísimas Señorías.

—Ufff espero que esta vez no se les vaya de las manos.

—¿Recuerdas la última? 

—¡Como para olvidarlo!

Unos pasos sonaron por el pasillo. Los cuidadores abandonaron la conversación y se marcharon. Los vio alejarse. Sus figuras se fueron recortando. Ishaan no salía del rincón. Estaba sobrecogido, palpitando de terror, impotencia e ira. Quería llorar, quería gritar, pero ni tenía lágrimas ni tenía voz. La rabia estallaba en sus puños como un mar embravecido sobre la roca. Los pasos se acercaron hasta él. El carrito se desplazó y él quedó al descubierto ante unos ojos inquisidores.

—¿Qué haces aquí, mocoso? Vete antes de que llame a alguien. 

Ishaan se levantó y corrió con su dolor a cuestas. “¿Qué broma es esta? ¿Por qué he vuelto a este día maldito?”, se preguntó con la sensación de estar preso de una pesadilla de la que no podía escapar. Recordó todo lo que venía a continuación: la noche deslizándose, los vasos de plástico cargados de somníferos, las pastillas escondidas debajo de la lengua sin tragarlas, para escupirlas después. Se  vio a sí mismo escapar como una rata. Se sintió cobarde. Había dejado a los demás niños a su suerte mientras que él había escapado. “¿Y si decido no escapar?” “¿Y si escapamos todos?” “Eso es: o todos o ninguno”, terminó por resolver. Buscó un sitio solitario donde refugiarse, lo encontró en una de las cabinas de ducha del cuarto de baño. Se metió, cerró el cerrojo por dentro y se acurrucó sentado sobre el plato de ducha. Lloró con amargura seguro de su decisión.

Una espesa bruma lo fue envolviendo sin apenas darse cuenta. De repente, sintió que algo lo arropaba por dentro y lo llenaba de un amor que lo sobrepasaba. Abrió los ojos y quedó deslumbrado por una luminosidad difícil de soportar. Volvió a cerrarlos. Dejó de sentir su cuerpo. Era como si estuviera suspendido en el espacio. Se dejó llevar sin ofrecer resistencia. El amor lo atraía con una fuerza magnética. “Confía en mí. No temas”, escuchó en su interior. Una paz desconocida lo acunó y se quedó dormido. 

Cuando abrió los ojos se encontró con los ojos de Eleonor. Se quedó traspuesto, sin saber muy bien en qué situación se encontraba. Por un lado, se sentía ligero y libre de carga; por otro, no dejaba de preguntarse si de verdad había viajado al pasado o si solo había sido una mala pesadilla. El balanceo de la mecedora lo trajo de vuelta. Estaba allí, en ese cuarto, sobre el regazo de Eleonor. Y la paz lo envolvía como un arrullo. Recordó a su madre y las lágrimas asomaron a sus ojos. Eleonor las secó con el dorso de su mano y le devolvió una sonrisa resplandeciente.

—Ya ha pasado. Eres libre —le susurró como en una canción de cuna.

Las palabras de la joven prendieron en él sin poderlas meditar siquiera. Algo a lo que no podía poner nombre había cambiado en él para siempre.

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