Hay números que no deben marcarse. Ignorarlo no te protege.
"Relato de terror corto en español. Una teleoperadora marca un número prohibido y desata algo que no puede detener. Léelo si te atreves."
“Una llamada más, una más y lo dejo”, se decía
dejándose caer vencida. Llevaba más de un año contactando por teléfono a
personas que no deseaban ser molestadas y que, en su hastío, solían responder
mal o colgar la llamada. La cantinela la tenía marcada a pulso en sus neuronas.
A veces, la asaltaba en pleno sueño como un mal disco rayado que nunca cesa:
“¿Señora…, es usted la titular de la línea telefónica domiciliada en la calle…?
Le llamo desde su compañía telefónica para revisar su contrato y actualizarlo.
Habrá visto que no se le está aplicando a su factura las tarifas actualizadas…”
Ese
día hacía un calor soporífero. Tenía una última llamada pendiente antes de
tomarse un descanso y salir a almorzar. Con una desgana ganada a pulso de
tensiones a flor de piel por la tirada de llamadas de esa mañana marcó el
número: 91 XX RR WW. Tres o cuatro tonos después, una voz respondió desde el
otro lado:
—No
debería haber llamado a este número —la voz sonaba lastimera.
—¿Hablo
con la señora Carmen Acosta Martínez, titular de la línea domiciliada en la
Calle Goya, 45, 3ºB de Madrid?
—Lo
siento tanto, joven —le respondió sollozando.
—¿Cómo?
—la alerta le hizo saltarse el guion.
—Ahora,
la perseguirá a usted. No tendrá donde esconderse. Lo siento —le colgó la
llamada.
Elvira
se quedó con el cuerpo en vilo. No sabía qué hacer. A pesar el calor sofocante,
un sudor frío le taladró los huesos. Una mosca se cruzó en su camino y la
espantó con la mano. “Esto es una locura”, se dijo, “¿Qué clase de bromas son
éstas?”. El teléfono fijo sonó. Su cuerpo se arqueó como el lomo de un gato.
¿Cómo podía ser? Era imposible que alguien llamase a ese número. Se levantó a
toda prisa, cogió su móvil para meterlo en el bolso. Ya lo tenía en sus manos
cuando sonó entre ellas. Número desconocido. Ignoró la llamada y lo puso en
modo silencio. Pero el teléfono no dejaba de vibrar en su bolso. Ya estaba en
el ascensor cuando rendida, lo sacó y aceptó la llamada.
—¿Dígame?
—¿Por
qué no lo cogiste? Has sido mala. No me gusta que no me respondan —contestó una
voz que le ahogó la respiración. No parecía humana.
Hizo
un esfuerzo por dominar sus cuerdas vocales y contestar. Las sentía paralizadas
y tensas, a punto de quebrarse. El ascensor se paró, la puerta se abrió y se
volvió a cerrar sin que nadie pasase. Sintió un aliento frío en su nuca y se
estremeció.
—¿Qué
quieres? ¿Quién eres? —preguntó temblando.
—Le
preguntó la gacela al león antes de que la devorase…
—¡No
tiene ninguna gracia! ¡No me gusta este juego! ¡Corto la llamada!
—Si
lo haces… morirás antes de tiempo, de una manera horrible y no lo harás sola.
Te llevarás a alguien contigo. Dos por el precio de uno… Hazlo, ya me está
gustando.
Su
cuerpo se enervó hasta casi romperse. Las puertas del ascensor se abrieron en
la planta baja. Salió para dirigirse hacia el local donde almorzaban los
empleados. Allí tenía su comida, guardada y etiquetada en su taquilla de
efectos personales. Lo único personal en ese edificio era cada una de las
personas que trabajaba allí una vez que salían por la puerta y se marchaban.
Se
movía como un autómata, sin pensar, sin reaccionar. Oyó la voz en su cabeza y
se le cayeron las llaves de la taquilla: “Come y no hables con nadie”. ¿Comer?
¿Cómo podía comer en una situación a la que ni siquiera podía poner nombre? Su
estómago estaba encogido y revuelto. Tres compañeras suyas, con las que apenas
había hablado alguna vez, estaban sentadas con sus fiambreras abiertas. El olor
mezclado a comida le golpeó la nariz provocándole nauseas.
—¿Quieres
que se marchen? Verás la cara que ponen. Será divertido —oyó la voz en su
mente.
Se
llevó las manos a la cabeza, a la altura de sus oídos, en un inútil intento por
acallar esa voz. Permaneció sentada, con la vista perdida sobre la fiambrera
cerrada. Al rato, las mujeres enmudecieron y, sin recoger sus cosas, se marcharon
de la sala dejándola a solas. “¿Qué demonios es todo esto?”, se preguntó
desolada mientras hundía su cabeza entre sus manos. Miró los tápers abiertos,
abandonados. Daba la impresión de que habían huido como gacelas asustadas.
No
probó bocado. Se fue hacia la máquina vending expendedora de café. Insertó unas
monedas y pulsó un café expreso. El sonido de la máquina preparando el café la
tranquilizó. Se sentó con su café, cerró los ojos y recordó el rostro de su
madre. La echaba tanto de menos… Sólo hacía tres meses que había muerto y
sentía que no había tenido tiempo para despedirse de ella. Después de terminar
su café, salió afuera a capturar los rayos del sol y fumar un cigarro.
Le
quedaban todavía tres horas por delante y no se sentía con fuerzas para seguir.
Su cabeza le dolía en diferentes zonas y de forma intermitente, sin darle
tregua. Además, ese pálpito trepando por su pecho, esa sensación de sentirse
observada en cada movimiento. Desvió su mente hacia otros pensamientos. Subió y
pidió al jefe de planta la tarde libre. Le costó caro, el sábado tendría que
recuperar las horas sumándoles un par de horas extras que no cobraría. “Maldito
usurero”, lo condenó en sus pensamientos.
El
trayecto a casa fue tranquilo, sin sobresaltos, el teléfono no sonó. Al llegar
a su habitáculo de alquiler, dejó todas sus pertenencias sobre la silla que
había a la entrada y fue a darse una ducha de agua caliente. Se sintió
reconfortada, como si hubiera salido de una pesadilla y volviera a recuperar la
noción de la realidad. Sintió un poco de hambre y se preparó un sándwich para
cenar. Miró la televisión durante un rato, hasta quedarse dormida. No se
despertó hasta que sonó la alarma del despertador. Había dormido de un tirón, en
el sofá, sin pastillas. No se lo podía creer. El sol entraba radiante por las
ventanas, iluminando su mini apartamento. Se vistió y salió para el trabajo.
Nada
más llegar, una vez en el ascensor, el móvil vibró enérgico en su bolso. Una
oleada de temblor la agitó. Tenía un mensaje de WhatsApp: “Dormilona… tengo un
regalito para ti. Ya verás cómo te gusta. Saltó como un gatito. Jijijiji”. Las
manos no le respondían. El móvil cayó al suelo. La puerta se abrió y vio caras
agitadas. La policía estaba interrogando a sus compañeros. Álvaro, uno de ellos,
fue a avisarla.
—Elvira,
¿te has enterado ya?
—No,
¿qué ha pasado?
—Por
lo visto, Romario se tiró por la ventana ayer por la tarde. La policía está
preguntando por ti. Fuiste la última persona que habló con él.
Un
vacío salvaje la absorbió. La tragaba no solo a ella sino a todo lo que la
rodeaba. ¿Romario? ¿El jefe de planta? Recordó el WhatsApp y el mensaje
escabroso. Los nervios traspasaron su piel. Se deshizo de Álvaro y, con la
excusa de necesitar ir al cuarto de baño, se retiró. Abrió la pantalla de
WhatsApp y eliminó el mensaje. Con el cuerpo sacudido entró en la oficina. Nada
más entrar, un agente de policía fue a su encuentro. La interrogó. Solo le pudo
decir que le pidió permiso para ausentarse. Nada más.
—¿Habías
visto algo raro en él antes de marcharte?
(“¿En
él? En él nada, en mí… todo”, quería decirle sin palabras).
—No,
nada.
—Por
qué hablaste con él.
Le
comentó el motivo por encima, sin añadir su irritación por el coste añadido de
su permiso para irse antes de tiempo.
Se
sentó en su cubículo aterrada. Un hombre había muerto. Detestaba a Romario por
su actitud chulesca y malos modos, pero en modo alguno deseaba su muerte. No
era una cuestión menor como para no tomárselo en serio. Se llenó de aire en un
esfuerzo inútil por recobrar la cordura y empezó a marcar para reanudar su
“estúpido trabajo”, según se dijo. Pero fue iniciar su tarea y verse
sorprendida por esa voz: “¿no me das las gracias por el favor que te he
hecho?”. Le faltó poco para gritar. Se llevó las manos hacia la boca y susurró
con una súplica ahogada.
—Por
favor…, déjame en paz. No le hagas más daño a nadie.
—jajajaja.
Lo llamaste maldito usurero. Tú lo condenaste.
—Haré
lo que me pidas. Por favor, ¡vete!
—¿Lo
que yo te pida? Ummm eso me gusta. Te dejo el día libre. Luego, volveré.
Elvira
sintió un estertor sacudiendo su cuerpo. “Soy su presa. Estoy muerta”, gritó en
la soledad de su mente. Lo que le quedó de día lo vivió como una antesala de un
horror que exhalaba en cada respiración. Cada llamada era un tic tac que la
cercaba a lo que ya estaba escrito.
Al
día siguiente, Elvira no volvió a su trabajo. Ni a la siguiente semana. Después
de dos semanas, alguien dio la voz de alarma en su trabajo. No respondía a las
llamadas. La policía irrumpió en su apartamento y forzaron la cerradura. Las
persianas estaban echadas. El ambiente se respiraba pesado y rebosaba hedor.
Silencio y oscuridad. El pálpito de la muerte sacudió a los agentes. Pulsaron
un interruptor y la luz no se encendió. Empezaron a moverse guiados por el haz
de luz de la linterna. Pasaron al salón y el foco se encontró con un cuerpo
inerte. Subieron las persianas. Elvira estaba encogida sobre sí misma. Mantenía
la mano izquierda crispada sobre el móvil. Sus ojos parecían mirar con una
expresión de horror hacia la ventana. Tenía la boca abierta en una terrible mueca.
En su puño derecho tenía un papel arrugado con un número de teléfono donde
rezaba: “todo empezó aquí”. En el suelo de parquet había marcada una especie de
“A” manchada de sangre.
—¿Qué
significará? Parece una “A” —Uno de los agentes se inclinó y enfundándose un
guante miró los dedos de la mano de la muerta—. ¡Qué desesperada debía estar!
Se destrozó la uña.
—¿Una
inicial? —aventuró su compañero mientras el otro agente se encogía de hombros.
La
policía rastreó el número. Había pertenecido a una anciana que había muerto
hacía tres años. La habían encontrado con el teléfono agarrado en una de sus
manos y con una expresión de horror idéntica. La autopsia no había revelado
nada inusual, así que certificaron que murió de muerte natural un 07 de julio a
las 6,00 de la madrugada.
El
informe forense arrojó que Elvira había muerto de parada cardiorespiratoria. Se
fijaron como fecha y horas aproximadas de la muerte: el 07 de julio a las 6,00
de la madrugada. La coincidencia de la fecha y la hora de la muerte quedó
registrada en el informe sin más comentario. Archivaron el caso.
La
noticia de la muerte de Elvira sacudió a sus compañeros de oficina. En vida,
nunca habían reparado tanto en ella como lo hacían ahora. La recordaban como
una persona que apenas llamaba la atención. “Se movía y se deslizaba como una
sombra” decía de ella Álvaro, uno de los pocos que sí interactuaban con ella.
Después de unas semanas, la expectación alcanzada por su muerte se fue diluyendo
entre la rutina diaria y su recuerdo fue cubriéndose de olvido.
Un
año después, Alicia, una compañera de Elvira, se disponía a terminar la jornada
de la mañana para irse a almorzar. Estaba deseando salir de su cubículo. Ese
día estaba siendo muy intenso y de un calor sofocante. Ya iba a irse cuando surgió
un número en su pantalla. Le extrañó porque instantes antes creía haber
terminado con todos los que tenía previstos. Como no le gustaba dejar nada para
después, resopló y marcó el número: 91 XX RR WW. Al iniciarse la conversación,
una voz acongojada le respondió:
—No
debería haber llamado a este número. Lo siento…
@ana.escritora.terapeuta



