Abrió los ojos y el techo cobró vida. Suspiró. Ese dormitorio que compartía con otras jóvenes sin hogar estaba plagado. Eran como serpientes que zigzagueaban ansiosas a la espera de su merienda. “Ojalá desaparecieran para siempre de mi vista”, deseó con fuerza. Se preguntó cuánto tiempo llevaba en aquel albergue. Esa mañana le habían agendado cita con el psicólogo. Decidió que era un buen motivo para salir de allí. No le gustaba que un desconocido escarbase en sus asuntos.
Fue a ducharse. Echaba de menos el agua caliente. Allí el agua era tibia, insípida, como también lo era la comida, como también el olor, una mezcla de lejía diluida en emanaciones corporales difusas. Oyó una risotada vulgar retumbar contra las paredes del baño. La reconoció al instante.
—¡Princesita! ¿Todavía en la ducha? ¡A ver qué te encuentras cuando sales!
Era Lola, una veterana con ganas de bronca. Una reinona que disfrutaba de intimidar a las nuevas. La tenía tomada con ella desde el principio. Era otro de los motivos por los que sabía que tenía que salir de allí. La amenaza en su boca siempre se cobraba su presa. Cayó en la cuenta, había dejado su bolsa fuera. Solo tenía la ropa que había colgado en el gancho de la cabina. Se secó a toda prisa para vestirse y salió. Su bolsa estaba abierta, sin nada dentro. Miró en los bolsillos y lo único que encontró fue la tarjeta de la librería que le dejó aquel hombre.
No tenía nada de valor, ni siquiera un móvil, pero era todo lo que tenía. ¿Qué era ahora? Sentía pena y rabia al mismo tiempo. Quería llorar y gritar. Pero sus lágrimas estaban secas y su boca, sellada como una tumba. Pensó en desayunar pero su estómago estaba encogido como un acordeón. “¿Qué tenía que hacer? ¿Reclamar el robo de cuatro prendas? ¿Enfrentarse a solas con quien estaba deseando pelear?”, sus preguntas volaban en el aire sin esperanza de respuesta.
Ya nada la retenía allí, y lo que había no hacía más que alargar una lenta agonía. Miró a su alrededor, no había más que paredes que se alzaban desnudas de afecto. Un refugio con barrotes para el alma.
Salió al frío de la calle sin abrigo, con unas ganas terribles de abrazar al suelo y morirse allí mismo. “Tan valiente para huir de casa, y ahora… ¿qué? ¿De qué huyo?”, se echó en cara. Una ráfaga de aire helado la atravesó. Una bofetada de realidad la sacudió. Sabía que había tocado fondo. “¿Qué me queda por perder? ¿La vida? ¿Acaso me importa?”
Se lo preguntó con esa sinceridad hiriente que no aspira a encontrar consuelo. Casi se sintió tambalear sobre sus piernas.
Se sentó en un banco a esperar sin saber qué esperaba. Tenía todo el tiempo del mundo a sus pies. En un acto reflejo se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros. Notó la superficie rígida del cartón de la tarjeta. Por alguna extraña razón, no la había dejado tirada en el albergue. La miró muy atenta y la volvió a leer: “Librería de los sueños”. “Bueno, si una tarjeta es lo único que me queda, habrá que quemar la última nave”, se sorprendió así misma con esas palabras. Cerró los ojos y rebobinó la escena de la conversación en la cafetería. La imagen serena de Julián y el recuerdo de sus palabras aletearon con calidez en su corazón. “¿Por qué no fui antes?”, se preguntó.
Se levantó y se dirigió a la parada de metro más cercano. Miró en el plano el trayecto a hacer. Le pillaba lejos. Solo tenía dos euros en el bolsillo. Lo justo para un billete sencillo. Lo justo para cubrir la ida y no la vuelta. Tenía que decidir si hacer ese viaje o si comprar un bocata. Aspiró una bocanada de aire para llenarse de algo que la inspirase. Miró la moneda. Por unos breves momentos acarició la idea de echarlo a suertes, pero la desechó. “¡A la mierda! ¡Ya no hay nada más que perder!”. Decidió hacer ese viaje y que la tarjeta decidiera su destino.
Ya subida en el metro, contemplaba por la ventanilla cómo la velocidad arrastraba los paisajes. No pudo sentirse más identificada. Había vivido una vida arrastrada, de un lado para otro, con un deambular errático. Una vida vacía. “¿Hacia dónde me dirijo? ¿Y si ya no me reconoce? ¿Y si la librería está cerrada?” Otra vez el dolor, otra vez la sensación de querer huir. Le asaltó la idea de bajarse en la siguiente parada para no tener que soportar una decepción más. El vagón se detuvo, las puertas se abrieron y ella permaneció pegada al asiento sin saber por qué. Cuando volvió a ponerse en marcha, Eleonor se preguntó por qué no había bajado. No tenía claro si había sido un acto de miedo o de rebeldía lo que la había retenido. Terminó por aceptar, que fuese cual fuese el motivo, su destino ya estaba trazado.
@ana.escritora.terapeuta
Capítulo 1. Encuentro en el parque





