Cuando llegó a casa, Elida y Ishaan ya habían comido. Se lavó las manos y se sentó a la mesa. De fondo se oía el repiqueteo de los platos sobre el fregadero. Se dispuso a comer sola. Hasta cierto punto lo agradeció. Sentía que una renovación la estaba atravesando y deseaba envolverse en intimidad. Al poco acudió Elida. Iba secando sus manos sobre el delantal.
—¿Has averiguado algo?
Eleonor asintió con la cabeza. Le hizo un ademán con la mano para que se sentase. Le contó a pinceladas la experiencia. Elida estaba expectante. Por un lado, se sentía emocionada de saber algo de Julián, pero por otro, le pinchaba el desconcierto de no poder verlo con sus propios ojos. ¡Lo echaba tanto de menos! Trató en vano de contener el agua en sus ojos. Eleonor se levantó y acudió a abrazarla. Las dos permanecieron unidas en su sentir por unos instantes. Una sombra tras la puerta las observaba con un silencio que quería romperse en mil pedazos. Un portazo seco las separó. Ishaan se había marchado sin decir nada.
Elida se preocupó. Aunque en el último mes, Ishaan salía de la librería para comer todos juntos en casa, no se iba todavía a solas. Eleonor y ella salieron a la calle a buscarlo. Recorrieron las calles de alrededor pero no lo encontraron. Conforme se iba acercando la hora de apertura de la librería, desistieron. Elida sabía que los celos le nublaban el juicio. Era un niño de gran corazón pero muy herido. No terminaba de hacerse a compartir su afecto con Eleonor.
Eleonor se metió en el cuarto para no mortificarse con pensamientos de culpabilidad, pues muchas veces se había sentido como una okupa en aquella familia a raíz de los arranques de Ishaan. Como no sabía qué hacer, tomó el libro de pasta lila y se sentó en la butaca. Sin darse cuenta se sumergió en un profundo sueño. Oyó su nombre entre una bruma densa. Se adentró en la espesura blanca y vio a Ishaan sentado en un banco, delante del arco de monteleón. Estaba con la mirada perdida y los ojos empañados. Supo lo que tenía que hacer. Le nacía de una certeza que no admitía sombra de duda y que la impelía a actuar. Salió del sopor y se levantó.
Se despidió de Elida. Le dijo que iba a por Ishaan. A la anciana le pareció extraño verla tan decidida. Daba la sensación de que conocía el lugar donde estaba el niño. No hizo preguntas y la dejó marchar.
Eleonor caminaba con un aplomo desconocido para ella, tan acostumbrada al deambular arrastrado. Sentía crecer una energía revitalizadora. Las calles le parecían más anchas, más atractivas y se asombraba de detalles que, hasta ese momento, le habían pasado inadvertidos. Fue adentrándose en la calle del dos de mayo hasta encontrarse con la figura de un niño acurrucado en un banco. Se acercó a él por detrás.
—Ishaan.
El niño se sobresaltó y giró su cabeza hasta encontrarse con ella. Pensó por unos instantes si huir o escucharla, pero se quedó quieto. Eleonor bordeó el banco hasta quedar frente a él.
—Ishaan, ha tenido que ser duro para ti. No tengo ni idea de las cosas por las que has pasado, pero quiero que sepas que te necesitamos.
Ishaan seguía sin decir nada pero sus facciones se habían relajado. Su cuerpo no ofrecía resistencia a las palabras de Eleonor. Daba la impresión de que se había rendido.
—¿Te apetece un helado?
El orgullo lo mantenía mudo. La sondeaba con sus ojos astutos.
—Está bien, necesitas tu tiempo. Me gustaría tomarme un helado contigo pero también puedes tomártelo solo, si así quieres. Te doy cinco euros y tú decides. Me marcho y te espero en la librería. Elida está preocupada por ti.
Eleonor le dio un billete y se giró para irse. Llevaba andados unos veinte metros cuando oyó que la llamaban. Se giró y lo vió corriendo hacia ella.
—¡Eleonor!, espera. Hay una heladería cerca de aquí donde hacen unos helados buenísimos.
Juntos fueron a la heladería Acquolina. Se pidieron unos helados y se sentaron en una mesa. Eleonor miraba complacida los gestos de Ishaan mientras devoraba el helado.
—¡Cuídate ese bigote verde! —bromeó Eleonor.
—No es más pequeño que el tuyo.
—¿Ah, sí? ¿Yo tengo bigote?
—Sí, ¡uno enorme! —rió divertido Ishaan mientras se levantaba y embadurnaba uno de sus dedos en el helado de Eleonor para dibujarle un bigote.
Eleonor se prestó a la broma y ambos rieron durante un buen rato. Después marcharon juntos a la librería. De camino, Eleonor le iba hablando. Ishaan la escuchaba sin interrumpirla.
—Vas a ayudarme en el cuarto de los libros. Eres muy necesario allí, Ishaan.
—Elida no quiere que entre —se paró mientras echaba sus hombros hacia atrás, dolido por el recuerdo de las palabras de la anciana.
—Ya, ella teme que los rompas en uno de esos ataques. Solo es por eso.
—¿Y cómo vas a evitar que me entren? Intento negarme pero algo se me mete dentro.
—Ya sé cómo ayudarte, y creo que es posible que se acaben pero tú también tienes que poner de tu parte. ¿Lo harás?
Ishaan la sondeó con la mirada. Percibió su seguridad. La veía cambiada. Y ese cambio suavizaba su irritación hacia ella.
—Sí —afirmó con determinación.
Llegaron a la librería y a Elida se le iluminaron los ojos nada más verlos. Dejó todo lo que estaba haciendo y se dirigió a Ishaan con los brazos abiertos.
—Ishaan, ¡cariño!, ¡me tenías en vilo! ¿Dónde estabas? —le decía mientras lo abrazaba.
—Ella me encontró.
Elida miró a Eleonor a los ojos agradecida. Lo había encontrado y lo había traído de vuelta. Supo que la jóven que había vuelto no era la misma que un día recogió de la calle. Suspiró y recordó a su marido. Aunque no estuviese allí notaba su presencia rodeándolos.
—Elida, Ishaan tiene que entrar dentro del cuarto conmigo —le dijo Eleonor armada de seguridad.
La anciana la miró a ella y miró a Ishaan. Sintió que no debía oponerse. Se supo algo culpable por haber sido tan estricta con Ishaan. Pensó que con su prohibición, sin quererlo, había avivado los celos de Ishaan con respecto a Eleonor. Se arrepintió en lo más hondo y quiso reparar el error.
—Bueno, Ishaan ya va siendo hora de que entres —le dijo mientras le guiñaba el ojo.
Los ojos de Ishaan brillaron de felicidad. Por vez primera se le permitía formar parte de algo y sentirse útil. Las palabras “soy necesario” hincharon su corazón de gozo.
@ana.escritora.terapeuta
Capítulo 1. Encuentro en el parque
Capítulo 6. Ausencias que golpean
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