domingo, 5 de abril de 2026

La librería de los sueños. Capítulo 4. Eleonor

 


El sol flotaba entre las flores del jardín. Los ojos se posaban sobre ellas. Escudriñaban combinaciones en silencio. Apenas se apreciaba el zumbido de una voz que buscaba resaltar entre el vuelo de los insectos. Eleonor miraba hacia un vacío que solo ella contemplaba. Parecía una estatua. Cuando le pasaba se quedaba suspendida en el tiempo. Vigilaba los contornos que marcaban la separación entre los dos mundos. Los seguía de cerca. A veces pensaba que así podía evitar que “eso” se le pegase a alguien. Dos pares de ojos la sobrevolaban. Unos desde el afecto y otros desde el enojo. Unos pasos avanzaron hacia ella. Cuando sintió una mano sobre su espalda, se estremeció y salió de su ensimismamiento. 

—Eleonor, dime querida, ¿Qué plantas has escogido para tu proyecto de jardín?

—Yo… todavía no… —se excusó avergonzada.

—Ya, todavía no —le replicó con voz irritada el monitor—. Pues se te acabó el plazo. Mañana no te molestes en volver. Hay gente interesada de verdad que se quedó fuera del curso.

Eleonor bajó la vista. Se sentía defraudada con ella misma. Otro curso del que le habían echado. ¿Tendría que molestarse en buscar otro? De verás que lo intentaba con todas sus fuerzas. ¿Qué iba a decirle a su madre ahora?. Todavía retumbaban duras sus palabras. “A la próxima, te marchas de casa”. Sabía que esta vez iba en serio. El dolor y el miedo le trepaban por la espalda. Un fracaso tras otro, la cara hosca de sus padres, el reflejo triste de su cara en el espejo; ella que siempre quiso agradar a todos, terminaba envuelta en la más desoladora decepción.

Se dirigió con las lágrimas aprisionadas por dentro hacia su taquilla a por sus cosas. Era todo lo que le quedaba por hacer. No tenía que molestarse en despedirse de nadie porque apenas había trabado conversación con sus compañeros, excepto con aquel señor mayor, que fue tan agradable con ella cuando la fastidió con los esquejes.

Estaba ya en la taquilla cuando oyó una voz a sus espaldas. Se giró y se encontró con él. 

—Lo siento mucho, Eleonor. Te voy a echar de menos.

—Bueno, será el único que lo haga. Perdone que no recuerde su nombre. Me cuesta quedarme con los nombres.

—Me llamo Julián. ¿Desde cuándo los ves?

La pregunta la pilló desprevenida. Sus ojos se dilataron como los de un gato y se le erizó el vello de la piel. Respiró hondo y tragó saliva.

—¿Usted también los ve?

—Sí. Desde hace unos años. ¿Tienes prisa? Me gustaría hablar contigo fuera de aquí.

—¿Y el curso?

—¡Al demonio ese curso! No me interesa en absoluto. Ya se quedan con dos plazas libres para momificar jardines.

Salieron juntos hacia una cafetería que estaba junto al edificio. Hacían una extraña pareja: una joven de apenas veinte años y un señor jubilado. Parecían abuelo y nieta. Pero eran dos pasajeros clandestinos de un tren en marcha para el que no pidieron billete. Tomaron un café e intercambiaron vidas y experiencias. 

—¿Y tu mujer lo sabe? 

—No, no he querido asustarla con estas cosas. 

Eleonor lo miraba con el corazón abierto mientras sentía el calor de la taza entre sus manos. Desde siempre había deseado encontrar a alguien con quien compartir su orfandad. 

—¿Sientes miedo?

—Al principio, me llevé algún que otro susto. 

—¿Te gustaría dejar de verlos? 

—A veces me digo que sí, pero luego lo pienso y entonces lo veo claro: no por dejar de verlos van a dejar de estar ahí. Y si es así, prefiero verlos.

—Yo pienso que es una maldición. Veo a la gente tan feliz haciendo sus cosas… Y yo la rarita que ve cosas que nadie más ve. 

—No eres la única, Eleonor. Te voy a pasar la tarjeta de mi librería. Pásate cuando quieras. Tengo libros difíciles de conseguir. Me gustaría compartirlos contigo. 

Se despidieron con la promesa de volver a verse pronto. Eleonor tomó la tarjeta y la leyó: “Librería de los sueños”. “Bonito nombre para una librería”, pensó. La guardó a conciencia en su bolso. No quería perderla. 

Nada más salir de la cafetería se vio aguijoneada por el contraste. “¿Se puede sentir frío y calor al mismo tiempo?”, se preguntó. El cobijo cálido que le había ofrecido ese hombre aparecido de la nada chocaba con la tormenta que veía cernirse sobre su vida. 

Volvió a su casa, sentía el frío colarse por sus huesos. Resignada tocó el timbre. Otra vez había olvidado las llaves. Agachó la cabeza con resignación. Pensó que había dignidad en las personas que mostraban su cuello desnudo sobre el tocón antes de que el hacha lo cercenara de un tajo con toda su rabia. Cerró los ojos y aspiró esa dignidad en su pecho. Lo sintió. Un disparo fuerte y certero en su interior. La puerta se abrió.

—¡Otra vez las llaves! ¿Qué haces aquí tan temprano? —Los ojos la atravesaban como un iceberg antes de cobrarse una colisión. 

—Vengo a por mis cosas. Me marcho.

—¿Te han vuelto a echar? ¿Es eso? ¿A dónde vas a ir?

—Sí, me han vuelto a echar. No lo sé.

—Pasa adentro que hablemos —le ordenó tajante. 

Eleonor pasó y se dirigió a su habitación. No quería discutir, solo recoger sus cosas. Por una vez en su vida, sentía el coraje latir en sus venas, esa valentía de querer cruzar más allá del miedo. No lo había planeado, le había nacido de una explosión. No había marcha atrás. Palabras hirientes le pisaban los talones, iban tras ella furiosas. Cerró sus oídos para no darles espacio. Cogió pocas cosas y las metió de golpe en su bolsa. Quería salir de allí cuanto antes. Dejar ese pasado atrás para nacer de nuevo. Lo último que escuchó antes del golpe seco de la puerta: “¡No te atreverás a irte así! Eres una vergüenza para la familia!”. Eleonor se atrevió. Nada más salir se sintió liviana y libre. De puertas adentro, una madre estalló en sollozos. “No lo hagas… yo no quería”. Sus lamentos se ahogaron en el aire.

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Capítulo 1. Encuentro en el parque.

Capítulo 3. Ishaam

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domingo, 29 de marzo de 2026

La librería de los sueños. Capítulo 3. Ishaam


Elida acababa de enviudar. Le quedaba una vida en soledad y la vieja librería. No quiso cerrarla. Era lo único que la mantenía unida al recuerdo de su  marido, y lo único a lo que aferrarse cada día. Llevaban treinta años juntos entre estantes y libros. Se conocieron allí y allí se despidieron el día en que Julián tuvo un ataque fulminante que segó su vida en el acto. 

Poca gente pasaba por allí. Una vieja librería de barrio que no daba cabida a las novedades editoriales.  Pero Elida era obstinada y se aferraba a mantener su rutina de años. Una mañana estaba en la  trastienda cargándose un café cuando oyó cómo la puerta se abría de repente. Se estremeció. El tintineo de la campanilla no fue armónico sino apresurado. Salió y no vio nada. Le dió mala espina y volvió a la trastienda a por un bate que su marido guardaba de recuerdo. Empezó a recorrer los estantes con el corazón atropellado y la respiración entrecortada. Sentía la amenaza en cada rincón. Cuando llegó a la estantería del fondo vio un niño acurrucado. Estaba sentado en el suelo, con la cabeza escondida entre las piernas. Parecía temblar de miedo. 

—¿Quién eres tú?

El niño levantó la mirada. Tenía los ojos llorosos. La miró asustado.  Fue entonces cuando Elida se percató del bate. Lo bajó y lo dejó a un lado. 

—Ishaan —contestó entre sollozos.

No le extrañó el nombre. El niño tenía rasgos indios. Por su estatura y facciones rondaría los diez años de edad. 

—Ishaan, ¿de qué huyes?

—Vienen a por mí. Por favor, escóndeme. ¡Rápido!

Lo vió tan apurado, tan indefenso que lo condujo a la trastienda. Pensó que allí se sentiría más seguro y podría hablar más. No habían hecho más que entrar allí, cuando volvió a oírse la campanilla de la entrada. Elida se llevó el dedo índice a la altura de los labios mientras lo miraba. Salió de la trastienda. 

—¡Voy!

Se encontró con un hombre y una mujer de mirada fría. Se les veía a las claras que no venían a por libros. 

—¿En qué puedo atenderles?

—Somos agentes de protección de menores —respondió el  hombre presentándose—. Estamos buscando a un niño que se ha escapado de un hogar de menores. Le enseño la fotografía. Es éste. Se llama Ishaan. ¿Lo ha visto entrar en la tienda?

—No —contestó categórica Elida.

—¿Seguro? —preguntó la mujer con una mirada inquisitiva.

—¡Y tan seguro! Aquí ya no entra casi nadie y menos niños. 

No parecían muy convencidos. No dejaban de otear como aves de presa los alrededores de la librería. 

—¿Me dejan una tarjeta? Es por si lo veo, para llamarlos y avisarles. 

—Por supuesto. Gracias.

Se despidieron y salieron de la librería. Elida por instinto, se quedó un rato en la tienda. Después, volvió a entrar. No vio al niño. Miró hacia donde tenía una cortina. Fue hacia allí y la descorrió. Estaba escondido debajo de la cama. 

—Ya puedes salir. Se han ido.

Delante de él rompió la tarjeta de visita. Quería demostrarle que podía confiar en ella. Ishaan le contó su historia a trompicones. Llevaba cinco años en España. Sus padres regentaban un bazar y les iba bien, pero un accidente de coche se los llevó y solo quedó él. Como no tenía familia pasó a ser tutelado por una casa de acogida. Le suplicó que lo escondiese, que no quería regresar jamás a ese infierno.

Elida le ofreció dormir en la trastienda. Tenía todo lo necesario para que pudiera alojarse allí: cama, aseo, un pequeño frigorífico y un microondas. Lo único que tenía que hacer es no dejarse ver por la librería. Pensó en qué cosas podría necesitar para pasar la noche.

—Ishaan, ¿tienes hambre?

—Sí, mucha.

—Voy a salir a comprar algo de comida. Cierro la librería y vuelvo enseguida.

Elida fue al supermercado del barrio y compró fiambres, leche, pan, agua y algo de fruta. Cuando volvió a la librería, nada más abrir la puerta se quedó paralizada. Ishaan estaba fuera de sí, tiraba los libros con rabia, les arrancaba las páginas y golpeaba con sus puños la librería mientras gritaba unas palabras ininteligibles.

A Elida se le cayeron las bolsas. Inmóvil, con los músculos agarrotados y rígidos, con las emociones a punto de quebrarla. No hizo nada, no dijo nada. Sus ojos se inundaron de una tristeza profunda como el océano. 

Ishaan dejó los libros y empezó a girar sobre sí mismo. Daba manotazos al aire. Sus ojos estaban enrojecidos. Una mueca de terror contraía su cara. Paró en seco y vio a Elida. La mujer no reaccionaba. Poco a poco fue recobrando el juicio. Había vuelto a tener un ataque y ahora se encontraba con los desperfectos. Sintió rabia y asco hacia sí mismo. Miró la puerta y corrió hacia ella para hacer lo de siempre: huir.

Elida se sentó en una banqueta y lloró con todas sus fuerzas. Lloró por el destrozo, lloró por el niño, lloró por su soledad, lloró por el recuerdo de su marido. Cuando se le acabaron las lágrimas, salió de la librería y cerró la puerta. Ese día había dado por terminada la jornada antes de la hora de cierre. ¿Pero acaso le importaba?

Al día siguiente, se levantó más temprano de lo acostumbrado y fue a la librería con un rollo de bolsas de basura. Quería retirar cuanto antes los restos de aquel desastre. No había hecho nada más que empezar cuando oyó el tintineo de la puerta. Volvió su mirada hacia atrás y se encontró de nuevo con él. 

Ishaan se acercó tímido y se agachó para ayudarla a recoger. No hubo palabras entre ellos, solo miradas esquivas. Después de un rato, se decidió a romper el silencio.

—No, déjamelo a mí. Fui yo el que lo hice —le suplicó avergonzado. 

Elida se levantó y lo dejó hacer. Tenía sentimientos encontrados. Por un lado, se alegró de volver a verlo; por otro, se sentía airada por el recuerdo de la reacción del chico. Con las emociones revueltas se fue a la trastienda a servirse un café y charlar con su soledad. Volvió a oír la campanilla de la puerta y salió. El muchacho se había marchado sin despedirse. “Tal como viniste, te fuiste. Puede que sea lo mejor”, se dijo suspirando. Miró a su alrededor. Lo había dejado todo recogido. Se notaba que se había esforzado. Algo blanco sobresalía de la estantería más próxima al mostrador. Se acercó. Era un sobre. Lo abrió y sacó un folio cuidadosamente doblado. Lo extendió y sus ojos se encontraron con un dibujo precioso. Era una librería como la suya, con un sol radiante saliendo entre las estanterías y una mujer levitando entre libros. Había un gran corazón y al lado una pequeña nota: “Perdóneme. Lo siento. No merezco su ayuda”.

Elida se llevó el dibujo a la altura del pecho y sintió una mezcla de ternura y dolor. “Vuelve, hijo, no te fallaré. Soy yo la que lo siento. No tengo ni idea de lo que has vivido”, se dijo con el corazón atravesado. 

Cada día esperaba volver a verlo entrar. Deseaba con toda su alma oír el sonido de la campanilla anunciar su presencia. Pero no ocurrió. Después de dos semanas había renunciado a toda esperanza. 

Una mañana mientras despachaba su café con la lectura de un libro levantó su mirada y se encontró con él. No había oído la puerta. Él la observaba en silencio.

—¿Llevas mucho tiempo ahí? —preguntó incrédula y cogida por la sorpresa.

—Sí, un poco. No has oído la puerta.

—¡Diantres! ¡Es este libro, que me tiene absorbida!

Se levantó del sillón y se acercó a él para abrazarlo. Sentía un calor indescriptible arropar su corazón. Sentía la presencia de su marido en aquel instante. Sus ojos se desbordaron para liberar tanta emoción contenida. Tardó en hablar. 

—Perdona a esta pobre vieja. No debí dejar que te marcharas así. 

Ishaan quería disculparse. Se sentía avergonzado por lo que pasó aquella tarde. Pero ella no le dejó. 

—Chiss, calla. Quiero que me prometas algo. No vuelvas a huir. Esta es tu casa. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —respondió el niño con un nudo en la garganta.

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Capítulo 1. Encuentro en el parque 

Capítulo 2. Eli 


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lunes, 23 de marzo de 2026

La librería de los sueños. Capítulo 2. Eli




Adoraba a su hija. Para ella era perfecta tal y como era. Un auténtico milagro en su vida cuando sus esperanzas de concebir ya estaban en el vertedero de los sueños rotos. “No es posible. Lo sentimos”, le habían certificado desde la unidad de reproducción asistida. Escupió esas palabras. Se dijo así misma que ella sería madre casi sin darse cuenta. Y lo cumplió. Después de dos faltas y casi apurando una tercera, se hizo la prueba del embarazo y dos rayitas la hicieron radiar de ilusión. Sintió que todo se paraba, que colgaba de un instante de felicidad suprema que solo era suyo y se asió de él. Ni un solo “¿Y si…?” se le coló porque no había espacio para nada más.

Ahora la miraba mientras dormía. Le gustaba contemplarla antes de que sus ojos se abrieran. Se le escapó un suspiro y una reflexión con toque amargo: “Un ángel en un mundo de sombras”.

Eli empezó a sacudirse poco a poco del sueño hasta abrir los ojos y encontrarse con los ojos de su madre.  

—¡Mami! ¿Llevas mucho tiempo ahí?

—Sí, mi madrugadora. Hoy que podías dormir te despiertas temprano. 

—¡Es que se me ha terminado el sueño!

—¿Y qué has soñado?

—He visto a una mujer rodeada de libros y niños. Ha sido divertido. 

—¿Y tú qué hacías?

—Me subía a un libro y volaba montada en él. Estábamos en el desierto cuando el libro me llevó de vuelta a mi habitación.

Amelia se emocionaba con la viveza imaginativa de su hija. La traía de vuelta al territorio mágico de la infancia. Y aunque solo fueran instantes, se sentía volar con su hija. La abrazó y se fue a preparar el desayuno. Su marido, aprovechando que era día festivo, había salido con la bici; así que estaban solas en casa.

Preparó unas tortitas en la sartén y un zumo de naranja. Le encantaba disfrutar de esos momentos sin prisas con su hija. Deseó con todas sus fuerzas parar la tiránica inercia del tiempo y anclarlo a esos pequeños espacios de libertad que se esparcían con cuentagotas en el calendario escolar. Estaba colocando la mesa cuando sintió los brazos de Eli rodeando sus piernas. 

—¡Mamá! ¡Te quiero mucho!

—Yo también, cariño —le contestó bajando a su altura para devolverle el abrazo—. Venga siéntate, que después de comer vamos a salir.

—¿A dónde?

—No sé. ¿Al parque?

—¡Vale! El parque está bien.

Desayunaron sin prisas, contemplando cómo agitaba el viento las copas de los árboles tras los cristales. No era un día apacible de primavera. Pero era un día libre y había que apropiarse de él. 

Eli no quiso llevarse nada, así que salieron sin más hacia el parque. Al doblar la esquina, Eli se detuvo como pensando. Lo hacía a menudo, se paraba y parecía estar en su mundo. Como no había prisa, Amelia esperó. Esta vez no quería interrumpirla.

—No vamos a ir al parque de aquí al lado.

—¡Ah, no! —exclamó sorprendida Amelia—. ¿Dónde quieres que vayamos?

—Al parque viejo.

—Nos pilla un poco retirado, pero hoy nos lo podemos permitir. ¿Por qué quieres ir allí? 

—No lo sé, sólo sé que quiero ir allí.

Reanudaron su camino y pasaron de largo aquel parque. Amelia sólo la había llevado una vez el año anterior. Era un parque solitario y descuidado. No solía haber niños y no tenía nada atractivo para ellos. Cuando llegaron solo había una mujer mayor que parecía meditar con los ojos abiertos. 

Amelia se sentó en un banco, lejos de la mujer. Se había llevado un libro. Le gustaba disfrutar de esos momentos robados al tiempo para leer. Eli se tiró al suelo para jugar con la arena. 

Una ráfaga de aire la sacó de su lectura. Los pensamientos fueron llegando, uno tras otro. Una imagen arreció en su mente. Sus músculos se tensaron nada más recordarlo. Era la última entrevista que tuvo con la tutora de Eli. “Su hija no puede seguir así”, esas palabras le pincharon como espinas y le volvían a pinchar ahora. Su corazón se contrajo con esa mueca de frialdad que recordaba en ese rostro de mármol. La tristeza la invadió hasta apoderarse de ella. Miró a su hija. Estaba tan absorta montando montículos de arena, tan ajena al mundo que se tejía a su alrededor. “Su hija no puede seguir así…” “¿Así cómo? ¿Tan feliz?” 

Un solo instante y dos mundos. Amelia estaba absorbida por uno, Eli vivía inmersa en otro. Madre e hija juntas, pero cada una en su mundo. 

Unos pasos lentos y acompañados de un bastón se iban acercando. Una voz sacó a Amelia de su aturdimiento.

 

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Capítulo 1. Encuentro en el parque 

 Capítulo 3. Ishaam

Capítulo 4. Eleonor

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domingo, 15 de marzo de 2026

La librería de los sueños. Capítulo 1. Encuentro en el parque.

 



Llevaba un tiempo observándolas. Le llamó la atención desde el principio. Ya nadie solía ir por allí. A ella le gustaba rodearse de soledad para contemplarse como una partícula más de aquel ambiente. Cerraba los ojos, llenaba de aire sus pulmones y se sentía flotar entre las copas de los árboles. Esa mañana tuvo que interrumpir su meditación. Se extrañó de ver a madre e hija en aquel parque tan solitario.

La madre miraba a su hija con cara triste. La niña se afanaba con ambas manos para recoger la arena y hacer montículos. “Cumbres de sueños en tiempos grises”, se dijo mientras acompañaba el pesar de esos ojos en la distancia. Por unos momentos, dudó de si acercarse o no. Ganó la partida el hecho de que a esas alturas de la vida no le importaba tanto una mala reacción. Se levantó, tomó su bastón y se acercó a ellas.

—Buenos días, hoy no se pega el sol a los huesos. Llevo un tiempo mirando a su niña. Me encanta verla tan concentrada en su juego. ¿Le importa que me siente con vosotras? 

La madre se irguió sorprendida por la solicitud de la anciana pero su cara no mostraba tensión. Pareció sopesarlo por unos momentos. Se llevó las manos a la altura de la nuca para recogerse el pelo y la miró a los ojos. Suspiró y la invitó a sentarse.

—Claro, puede usted sentarse con nosotras.

—No me llame de usted, joven.

El silencio se posó entre ellas. Elida siguió los movimientos de la niña. Ella seguía jugando sin percatarse de nada. Estaba absorta en su mundo. La arena se le escurría entre las manos y ella parecía contar los granitos. Hubo un momento en que su atención se desvió hacia el banco, fue entonces cuando sus ojos se encontraron con los ojos de Elida. La niña se sorprendió por un momento y volvió a su juego. Fueron unos escasos segundos, pero a ella le bastó para sentirlo.

—Su hija es especial.

—¡Y tanto! —exclamó la joven madre con el dolor flotando a su alrededor.

Elida calló. El silencio las envolvió con una densa nube.  Los pensamientos se precipitaron en la mente de la joven. Elida la sentía removerse inquieta en el banco. Fuera lo que fuese le pinchaba. Después de un tiempo, la madre tomó aire y empezó a hablar.

—Tenemos problemas con el cole. Eli no se adapta. Me dicen los maestros que es hiperactiva, que no atiende, que está siempre en la nubes.

—Claro, es una soñadora. No es nada malo. 

La mujer se quedó mascando las palabras de Elida. Colgaba de ellas como de un frágil hilo a punto de romperse. Sentía miedo de darse de bruces con una realidad que amenazaba con tragárselas a ella y a su hija. Sabía en lo más profundo de su interior que su hija era especial pero cómo poder defenderla en un mundo que solo buscaba uniformar almas.

—Ya, pero los maestros no lo ven igual. Me han hablado de unas pastillas para que atienda y pueda estar al nivel de su clase.

—¿Y tú qué piensas? 

—Me da miedo medicarla pero no sé qué puedo hacer. Me siento sola.

—No lo estás. Me llamo Elida. ¿Cuál es tu nombre?

La mujer la miró sorprendida. Esa frase, “no estás sola”, le había sonado auténtica pero demasiado buena para creerla. Se le había quedado prendida del corazón aunque su razón no quería darle entrada. Había sufrido ya demasiadas decepciones.

—Me llamo Amelia.

—Encantada, tengo que irme pero os dejo una tarjeta de mi librería. Quiero veros por allí. No lo digo por decirlo. Os estaré esperando.

Amelia tomó la tarjeta y la miró. Librería de los sueños, leyó. Una sonrisa le nació en el rostro. Era un sol que brilló radiante en aquella mañana. Un sol que calentó los huesos y el corazón de Elida. Se despidieron con la promesa de volver a verse.

 

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Capítulo 3. Ishaam

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domingo, 8 de marzo de 2026

La lluvia duele


 "La lluvia duele cuando el dolor viene de dentro. Pero el sol… el sol siempre encuentra la manera de entrar."


El día se deslizaba gris por las rendijas del amanecer. La lluvia empapaba el ambiente. Fuera hacía frío. No era un frío de los que estremecen los capilares de la piel. Era un frío que se sentía bien dentro. Elsa se levantó de la cama y fue hacia el cuarto de su madre. Giró el picaporte pero la llave estaba echada. Se tumbó al lado de la puerta y puso su cara pegada a ella con la mano acariciando su superficie lisa y dura. “Mamá…”, musitó con las lágrimas rodando por su mejilla. Al otro lado solo se oyó silencio.

Unos pasos se anunciaron sobre la moqueta. Eran lentos y acompasados, marcaban el compás de un bastón. 

—Elsa, no puedes quedarte ahí tanto tiempo. Vas a coger frío. Levántate que tienes que prepararte para ir al cole.

—No voy a ir. Mamá me necesita.

La anciana suspiró. Miró a su nieta con ternura y cierto pesar. Le hubiera gustado saber qué hacer en esos momentos. En su lugar, hizo lo de siempre, darle una tregua.

—Voy a preparar el desayuno. Te llamo en cuanto esté listo. 

La anciana se marchó apretando todo lo que pudo el paso. Fue hacia la cocina y empezó a exprimir las naranjas. Sus manos acogían temblorosas las vibraciones de la máquina. Sentía que zarandeaban su corazón. Trató de no pensar, pero el pensamiento sabía cómo llegar a ella. “Pobre hija mía, pobre nieta mía”, le sacudió como el rayo de una tormenta. Se sentía menguada en fuerzas. Se puso a rezar para alejar toda esa marea que amenazaba con tragársela. “Tiempo, es cuestión de tiempo”, empezó a decirse entre oración y oración. Saltaron las tostadas. Las colocó sobre un plato y puso la mesa.

Volvió a subir las escaleras. Contenía la respiración a cada paso. Un paso, una súplica. Llegó hasta su nieta. Se había quedado dormida sobre la puerta. Se agachó lo que pudo, le acarició el rostro con la mano. Se conmovió al verla en su inocencia, en el amor que sentía hacia su madre. 

—Cariño, ya está el desayuno. Te espero abajo.

La niña abrió los ojos y la miró sin decir nada. Parecía que salía de una ensoñación. Su rostro mostraba serenidad. Elvira se tranquilizó. No le dijo nada más. Se fue de vuelta a la cocina y la esperó. Se dijo a sí misma que esta vez no iba a obligarla. Se decidió a confiar en que Elsa bajase. Aceptó la posibilidad de que no lo hiciese. Estaba cansada de navegar contra corriente, de forzarse a hacer cosas que estaban en contra de sus sentimientos, que estaban fuera de su control, fuera de sus fuerzas. Se sirvió un café y se untó una tostada. Al rato, oyó los pasos de su nieta bajando las escaleras. Suspiró aliviada.

—Abuela, te quiero mucho. Mamá me ha dicho que tengo que cuidarte.

—¿Has hablado con ella hoy?

—Sí, abuela. Me ha abrazado y me ha dicho que vaya al cole. 

—Me alegro mucho cariño.

—¿Por qué no hablas con ella, abuela?

—Cariño, es que no sé cómo hacerlo. Cuando hables con ella dile que la quiero y que me gustaría hablar con ella. ¿Lo harías?

—¡Claro que sí! ¿Sabes que va a salir el sol esta mañana? 

—No, no lo sabía. ¿Te lo ha dicho también tu mamá?

—Sí, abuela.

Cuando terminaron de desayunar, se fueron juntas caminando hacia el colegio. La lluvia era densa y difícil de sortear con el paraguas. Elvira dejó a su nieta en el cole. Al volver a casa tuvo que darse una ducha de agua caliente y cambiarse de ropa. Le parecía algo imposible que el sol saliese aquella mañana de donde quiera que estuviese. “El sol permanece escondido para las almas en pena”, se dijo con la tristeza aguándole los ojos. 

Se puso a ordenar la casa. Al subir a la planta de arriba tuvo la tentación de entrar en la habitación pero un pellizco en el pecho la hizo desistir. Dejó de llover pero el día seguía igual de nublado. “Quiero que salgas ya y me calientes el corazón”, se dijo. 

Siguió con sus faenas domésticas. Estaba en la cocina preparando la comida cuando un sol resplandeciente la sorprendió. La alegría se prendió en su corazón y sintió un anhelo difícil de satisfacer. Sin pensarlo, subió escaleras arriba, tomó la llave de la habitación, la giró y entró.

Estaba tal y como la dejó el día en que ella marchó. La cama deshecha, con la misma ropa; las persianas alzadas; sus vestidos en el armario. El sol entraba a borbotones por la habitación. Se echó sobre la cama boca abajo y la abrazó con sus brazos, hundió su cara sobre la almohada para aspirar el olor de su hija. Llevaba un rato así, cuando sintió un amor muy grande que la abrazaba por dentro. La voz de su hija penetró en su mente. “Mamá, te quiero. No cierres más esta habitación y ven a verme cuando lo necesites”. Se quedó muda de agradecimiento. Lloró sin parar pero con un consuelo enorme. “Por fin ha salido el sol”, se dijo con una sonrisa radiante.


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sábado, 28 de febrero de 2026

🎇 La explosión final

 



(Un microrelato en cuenta atrás)

Una cafetería.

Una pareja empapada.

Un deseo largamente contenido.

Una cuenta atrás invisible.

A veces el amor clandestino no arde… explota.

Lee bajo tu propio riesgo.

(No apto para menores)

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 Irrumpieron empapados en la cafetería. Fuera, la lluvia torrencial no amainaba. Aquel era el refugio perfecto para cobijarse. Se sentaron en la única mesa libre, al lado del ventanal. El mejor sitio para contemplar la lluvia, ahora que se sabían a salvo.

El temporizador, fijado a una pequeña caja de herramientas oculta bajo la mesa, marcaba la cuenta atrás en números rojos que parpadeaban como una amenaza invisible. Sus tazas de café recién hecho, humeaban ajenas al baile de dígitos que se insinuaba imperceptible.

Los dos amantes se miraban, anhelantes de deseo. La lluvia los había sorprendido en su primer arrebato carnal en la parte trasera de un callejón sin salida. Llevaban tiempo cortejándose, sin atreverse a dar el paso. Pero esa mañana, la locura de la excitación contenida se había desbordado, y había arrasado con todo: inhibiciones, reparos y miedo a la trasgresión. Porque ella estaba casada.

Él deslizó su mano por debajo de la mesa para acariciar su muslo. Casi rozó uno de los cables que unían la caja con el temporizador. La luz marcaba con sus destellos el número cinco.  Ella se estremeció por dentro. Se miraban ansiosos de estrechar sus cuerpos en la intimidad.

—Quiero verte esta tarde. Ven a mi casa —susurró él mientras posaba codicioso sus ojos en la abertura de la blusa que dejaba entrever sus senos.

—Esta noche me es imposible. Tengo que ocuparme de los niños.

—¿Y cuándo podremos vernos a solas? —inquirió él con una mirada suplicante. Cuatro minutos parpadearon bajo la mesa.

—Este fin de semana mi marido estará fuera. Podría llevarle los niños a mi madre.

—¿De verdad? —preguntó él con un brillo de luz en sus ojos—tengo una casa en el campo. Allí estaríamos más tranquilos.

Él posó su mano sobre su rodilla desnuda. Ella se acercó más a la mesa y entreabrió sus piernas para facilitarle el tránsito. Rozó la cajita sin sentirla. Como la mesa era pequeña, a él no le costó avanzar hacia la húmeda trinchera que palpitaba bajo su falda. Ella se echó hacia atrás en su silla y se estremeció. Se oyó un jadeo recortado. Tres minutos.

—Estamos a jueves. Se me va a hacer eterna la espera. ¿Sabes que no puedo levantarme de aquí? —bromeó él, lascivo, mientras desviaba su mirada a la entrepierna. Dos minutos.

—¡Cuánto me gustaría sentirte dentro de mí! —susurró ella, sensual, devorada por el deseo. Un minuto.

—Quiero que el tiempo vuele porque tú y yo vamos a arder — bromeó el, con una mirada cómplice.

El temporizador llegó a cero.

Una explosión brutal estalló en la cafetería. El ventanal saltó en mil pedazos. Los cuerpos de los amantes, fundidos aún en su último aliento de deseo, fueron engullidos por la llamarada.

Los artificieros, horas después, localizaron el epicentro: una pequeña caja metálica bajo una mesa.

En las inmediaciones, el caos. El humo, los gritos, el silencio final.

@ana.escritora.terapeuta

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La librería de los sueños. Capítulo 4. Eleonor

  El sol flotaba entre las flores del jardín. Los ojos se posaban sobre ellas. Escudriñaban combinaciones en silencio. Apenas se apreciaba e...