domingo, 29 de marzo de 2026

Capítulo 3. Ishaam


Elida acababa de enviudar. Le quedaba una vida en soledad y la vieja librería. No quiso cerrarla. Era lo único que la mantenía unida al recuerdo de su  marido, y lo único a lo que aferrarse cada día. Llevaban treinta años juntos entre estantes y libros. Se conocieron allí y allí se despidieron el día en que Julián tuvo un ataque fulminante que segó su vida en el acto. 

Poca gente pasaba por allí. Una vieja librería de barrio que no daba cabida a las novedades editoriales.  Pero Elida era obstinada y se aferraba a mantener su rutina de años. Una mañana estaba en la  trastienda cargándose un café cuando oyó cómo la puerta se abría de repente. Se estremeció. El tintineo de la campanilla no fue armónico sino apresurado. Salió y no vio nada. Le dió mala espina y volvió a la trastienda a por un bate que su marido guardaba de recuerdo. Empezó a recorrer los estantes con el corazón atropellado y la respiración entrecortada. Sentía la amenaza en cada rincón. Cuando llegó a la estantería del fondo vio un niño acurrucado. Estaba sentado en el suelo, con la cabeza escondida entre las piernas. Parecía temblar de miedo. 

—¿Quién eres tú?

El niño levantó la mirada. Tenía los ojos llorosos. La miró asustado.  Fue entonces cuando Elida se percató del bate. Lo bajó y lo dejó a un lado. 

—Ishaan —contestó entre sollozos.

No le extrañó el nombre. El niño tenía rasgos indios. Por su estatura y facciones rondaría los diez años de edad. 

—Ishaan, ¿de qué huyes?

—Vienen a por mí. Por favor, escóndeme. ¡Rápido!

Lo vió tan apurado, tan indefenso que lo condujo a la trastienda. Pensó que allí se sentiría más seguro y podría hablar más. No habían hecho más que entrar allí, cuando volvió a oírse la campanilla de la entrada. Elida se llevó el dedo índice a la altura de los labios mientras lo miraba. Salió de la trastienda. 

—¡Voy!

Se encontró con un hombre y una mujer de mirada fría. Se les veía a las claras que no venían a por libros. 

—¿En qué puedo atenderles?

—Somos agentes de protección de menores —respondió el  hombre presentándose—. Estamos buscando a un niño que se ha escapado de un hogar de menores. Le enseño la fotografía. Es éste. Se llama Ishaan. ¿Lo ha visto entrar en la tienda?

—No —contestó categórica Elida.

—¿Seguro? —preguntó la mujer con una mirada inquisitiva.

—¡Y tan seguro! Aquí ya no entra casi nadie y menos niños. 

No parecían muy convencidos. No dejaban de otear como aves de presa los alrededores de la librería. 

—¿Me dejan una tarjeta? Es por si lo veo, para llamarlos y avisarles. 

—Por supuesto. Gracias.

Se despidieron y salieron de la librería. Elida por instinto, se quedó un rato en la tienda. Después, volvió a entrar. No vio al niño. Miró hacia donde tenía una cortina. Fue hacia allí y la descorrió. Estaba escondido debajo de la cama. 

—Ya puedes salir. Se han ido.

Delante de él rompió la tarjeta de visita. Quería demostrarle que podía confiar en ella. Ishaan le contó su historia a trompicones. Llevaba cinco años en España. Sus padres regentaban un bazar y les iba bien, pero un accidente de coche se los llevó y solo quedó él. Como no tenía familia pasó a ser tutelado por una casa de acogida. Le suplicó que lo escondiese, que no quería regresar jamás a ese infierno.

Elida le ofreció dormir en la trastienda. Tenía todo lo necesario para que pudiera alojarse allí: cama, aseo, un pequeño frigorífico y un microondas. Lo único que tenía que hacer es no dejarse ver por la librería. Pensó en qué cosas podría necesitar para pasar la noche.

—Ishaan, ¿tienes hambre?

—Sí, mucha.

—Voy a salir a comprar algo de comida. Cierro la librería y vuelvo enseguida.

Elida fue al supermercado del barrio y compró fiambres, leche, pan, agua y algo de fruta. Cuando volvió a la librería, nada más abrir la puerta se quedó paralizada. Ishaan estaba fuera de sí, tiraba los libros con rabia, les arrancaba las páginas y golpeaba con sus puños la librería mientras gritaba unas palabras ininteligibles.

A Elida se le cayeron las bolsas. Inmóvil, con los músculos agarrotados y rígidos, con las emociones a punto de quebrarla. No hizo nada, no dijo nada. Sus ojos se inundaron de una tristeza profunda como el océano. 

Ishaan dejó los libros y empezó a girar sobre sí mismo. Daba manotazos al aire. Sus ojos estaban enrojecidos. Una mueca de terror contraía su cara. Paró en seco y vio a Elida. La mujer no reaccionaba. Poco a poco fue recobrando el juicio. Había vuelto a tener un ataque y ahora se encontraba con los desperfectos. Sintió rabia y asco hacia sí mismo. Miró la puerta y corrió hacia ella para hacer lo de siempre: huir.

Elida se sentó en una banqueta y lloró con todas sus fuerzas. Lloró por el destrozo, lloró por el niño, lloró por su soledad, lloró por el recuerdo de su marido. Cuando se le acabaron las lágrimas, salió de la librería y cerró la puerta. Ese día había dado por terminada la jornada antes de la hora de cierre. ¿Pero acaso le importaba?

Al día siguiente, se levantó más temprano de lo acostumbrado y fue a la librería con un rollo de bolsas de basura. Quería retirar cuanto antes los restos de aquel desastre. No había hecho nada más que empezar cuando oyó el tintineo de la puerta. Volvió su mirada hacia atrás y se encontró de nuevo con él. 

Ishaan se acercó tímido y se agachó para ayudarla a recoger. No hubo palabras entre ellos, solo miradas esquivas. Después de un rato, se decidió a romper el silencio.

—No, déjamelo a mí. Fui yo el que lo hice —le suplicó avergonzado. 

Elida se levantó y lo dejó hacer. Tenía sentimientos encontrados. Por un lado, se alegró de volver a verlo; por otro, se sentía airada por el recuerdo de la reacción del chico. Con las emociones revueltas se fue a la trastienda a servirse un café y charlar con su soledad. Volvió a oír la campanilla de la puerta y salió. El muchacho se había marchado sin despedirse. “Tal como viniste, te fuiste. Puede que sea lo mejor”, se dijo suspirando. Miró a su alrededor. Lo había dejado todo recogido. Se notaba que se había esforzado. Algo blanco sobresalía de la estantería más próxima al mostrador. Se acercó. Era un sobre. Lo abrió y sacó un folio cuidadosamente doblado. Lo extendió y sus ojos se encontraron con un dibujo precioso. Era una librería como la suya, con un sol radiante saliendo entre las estanterías y una mujer levitando entre libros. Había un gran corazón y al lado una pequeña nota: “Perdóneme. Lo siento. No merezco su ayuda”.

Elida se llevó el dibujo a la altura del pecho y sintió una mezcla de ternura y dolor. “Vuelve, hijo, no te fallaré. Soy yo la que lo siento. No tengo ni idea de lo que has vivido”, se dijo con el corazón atravesado. 

Cada día esperaba volver a verlo entrar. Deseaba con toda su alma oír el sonido de la campanilla anunciar su presencia. Pero no ocurrió. Después de dos semanas había renunciado a toda esperanza. 

Una mañana mientras despachaba su café con la lectura de un libro levantó su mirada y se encontró con él. No había oído la puerta. Él la observaba en silencio.

—¿Llevas mucho tiempo ahí? —preguntó incrédula y cogida por la sorpresa.

—Sí, un poco. No has oído la puerta.

—¡Diantres! ¡Es este libro, que me tiene absorbida!

Se levantó del sillón y se acercó a él para abrazarlo. Sentía un calor indescriptible arropar su corazón. Sentía la presencia de su marido en aquel instante. Sus ojos se desbordaron para liberar tanta emoción contenida. Tardó en hablar. 

—Perdona a esta pobre vieja. No debí dejar que te marcharas así. 

Ishaan quería disculparse. Se sentía avergonzado por lo que pasó aquella tarde. Pero ella no le dejó. 

—Chiss, calla. Quiero que me prometas algo. No vuelvas a huir. Esta es tu casa. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —respondió el niño con un nudo en la garganta.

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Capítulo 1. Encuentro en el parque 

Capítulo 2. Eli 


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lunes, 23 de marzo de 2026

Capítulo 2. Eli




Adoraba a su hija. Para ella era perfecta tal y como era. Un auténtico milagro en su vida cuando sus esperanzas de concebir ya estaban en el vertedero de los sueños rotos. “No es posible. Lo sentimos”, le habían certificado desde la unidad de reproducción asistida. Escupió esas palabras. Se dijo así misma que ella sería madre casi sin darse cuenta. Y lo cumplió. Después de dos faltas y casi apurando una tercera, se hizo la prueba del embarazo y dos rayitas la hicieron radiar de ilusión. Sintió que todo se paraba, que colgaba de un instante de felicidad suprema que solo era suyo y se asió de él. Ni un solo “¿Y si…?” se le coló porque no había espacio para nada más.

Ahora la miraba mientras dormía. Le gustaba contemplarla antes de que sus ojos se abrieran. Se le escapó un suspiro y una reflexión con toque amargo: “Un ángel en un mundo de sombras”.

Eli empezó a sacudirse poco a poco del sueño hasta abrir los ojos y encontrarse con los ojos de su madre.  

—¡Mami! ¿Llevas mucho tiempo ahí?

—Sí, mi madrugadora. Hoy que podías dormir te despiertas temprano. 

—¡Es que se me ha terminado el sueño!

—¿Y qué has soñado?

—He visto a una mujer rodeada de libros y niños. Ha sido divertido. 

—¿Y tú qué hacías?

—Me subía a un libro y volaba montada en él. Estábamos en el desierto cuando el libro me llevó de vuelta a mi habitación.

Amelia se emocionaba con la viveza imaginativa de su hija. La traía de vuelta al territorio mágico de la infancia. Y aunque solo fueran instantes, se sentía volar con su hija. La abrazó y se fue a preparar el desayuno. Su marido, aprovechando que era día festivo, había salido con la bici; así que estaban solas en casa.

Preparó unas tortitas en la sartén y un zumo de naranja. Le encantaba disfrutar de esos momentos sin prisas con su hija. Deseó con todas sus fuerzas parar la tiránica inercia del tiempo y anclarlo a esos pequeños espacios de libertad que se esparcían con cuentagotas en el calendario escolar. Estaba colocando la mesa cuando sintió los brazos de Eli rodeando sus piernas. 

—¡Mamá! ¡Te quiero mucho!

—Yo también, cariño —le contestó bajando a su altura para devolverle el abrazo—. Venga siéntate, que después de comer vamos a salir.

—¿A dónde?

—No sé. ¿Al parque?

—¡Vale! El parque está bien.

Desayunaron sin prisas, contemplando cómo agitaba el viento las copas de los árboles tras los cristales. No era un día apacible de primavera. Pero era un día libre y había que apropiarse de él. 

Eli no quiso llevarse nada, así que salieron sin más hacia el parque. Al doblar la esquina, Eli se detuvo como pensando. Lo hacía a menudo, se paraba y parecía estar en su mundo. Como no había prisa, Amelia esperó. Esta vez no quería interrumpirla.

—No vamos a ir al parque de aquí al lado.

—¡Ah, no! —exclamó sorprendida Amelia—. ¿Dónde quieres que vayamos?

—Al parque viejo.

—Nos pilla un poco retirado, pero hoy nos lo podemos permitir. ¿Por qué quieres ir allí? 

—No lo sé, sólo sé que quiero ir allí.

Reanudaron su camino y pasaron de largo aquel parque. Amelia sólo la había llevado una vez el año anterior. Era un parque solitario y descuidado. No solía haber niños y no tenía nada atractivo para ellos. Cuando llegaron solo había una mujer mayor que parecía meditar con los ojos abiertos. 

Amelia se sentó en un banco, lejos de la mujer. Se había llevado un libro. Le gustaba disfrutar de esos momentos robados al tiempo para leer. Eli se tiró al suelo para jugar con la arena. 

Una ráfaga de aire la sacó de su lectura. Los pensamientos fueron llegando, uno tras otro. Una imagen arreció en su mente. Sus músculos se tensaron nada más recordarlo. Era la última entrevista que tuvo con la tutora de Eli. “Su hija no puede seguir así”, esas palabras le pincharon como espinas y le volvían a pinchar ahora. Su corazón se contrajo con esa mueca de frialdad que recordaba en ese rostro de mármol. La tristeza la invadió hasta apoderarse de ella. Miró a su hija. Estaba tan absorta montando montículos de arena, tan ajena al mundo que se tejía a su alrededor. “Su hija no puede seguir así…” “¿Así cómo? ¿Tan feliz?” 

Un solo instante y dos mundos. Amelia estaba absorbida por uno, Eli vivía inmersa en otro. Madre e hija juntas, pero cada una en su mundo. 

Unos pasos lentos y acompañados de un bastón se iban acercando. Una voz sacó a Amelia de su aturdimiento.

 

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Capítulo 1. Encuentro en el parque 

 Capítulo 3. Ishaam

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domingo, 15 de marzo de 2026

La librería de los sueños. Capítulo 1. Encuentro en el parque.

 



Llevaba un tiempo observándolas. Le llamó la atención desde el principio. Ya nadie solía ir por allí. A ella le gustaba rodearse de soledad para contemplarse como una partícula más de aquel ambiente. Cerraba los ojos, llenaba de aire sus pulmones y se sentía flotar entre las copas de los árboles. Esa mañana tuvo que interrumpir su meditación. Se extrañó de ver a madre e hija en aquel parque tan solitario.

La madre miraba a su hija con cara triste. La niña se afanaba con ambas manos para recoger la arena y hacer montículos. “Cumbres de sueños en tiempos grises”, se dijo mientras acompañaba el pesar de esos ojos en la distancia. Por unos momentos, dudó de si acercarse o no. Ganó la partida el hecho de que a esas alturas de la vida no le importaba tanto una mala reacción. Se levantó, tomó su bastón y se acercó a ellas.

—Buenos días, hoy no se pega el sol a los huesos. Llevo un tiempo mirando a su niña. Me encanta verla tan concentrada en su juego. ¿Le importa que me siente con vosotras? 

La madre se irguió sorprendida por la solicitud de la anciana pero su cara no mostraba tensión. Pareció sopesarlo por unos momentos. Se llevó las manos a la altura de la nuca para recogerse el pelo y la miró a los ojos. Suspiró y la invitó a sentarse.

—Claro, puede usted sentarse con nosotras.

—No me llame de usted, joven.

El silencio se posó entre ellas. Elida siguió los movimientos de la niña. Ella seguía jugando sin percatarse de nada. Estaba absorta en su mundo. La arena se le escurría entre las manos y ella parecía contar los granitos. Hubo un momento en que su atención se desvió hacia el banco, fue entonces cuando sus ojos se encontraron con los ojos de Elida. La niña se sorprendió por un momento y volvió a su juego. Fueron unos escasos segundos, pero a ella le bastó para sentirlo.

—Su hija es especial.

—¡Y tanto! —exclamó la joven madre con el dolor flotando a su alrededor.

Elida calló. El silencio las envolvió con una densa nube.  Los pensamientos se precipitaron en la mente de la joven. Elida la sentía removerse inquieta en el banco. Fuera lo que fuese le pinchaba. Después de un tiempo, la madre tomó aire y empezó a hablar.

—Tenemos problemas con el cole. Eli no se adapta. Me dicen los maestros que es hiperactiva, que no atiende, que está siempre en la nubes.

—Claro, es una soñadora. No es nada malo. 

La mujer se quedó mascando las palabras de Elida. Colgaba de ellas como de un frágil hilo a punto de romperse. Sentía miedo de darse de bruces con una realidad que amenazaba con tragárselas a ella y a su hija. Sabía en lo más profundo de su interior que su hija era especial pero cómo poder defenderla en un mundo que solo buscaba uniformar almas.

—Ya, pero los maestros no lo ven igual. Me han hablado de unas pastillas para que atienda y pueda estar al nivel de su clase.

—¿Y tú qué piensas? 

—Me da miedo medicarla pero no sé qué puedo hacer. Me siento sola.

—No lo estás. Me llamo Elida. ¿Cuál es tu nombre?

La mujer la miró sorprendida. Esa frase, “no estás sola”, le había sonado auténtica pero demasiado buena para creerla. Se le había quedado prendida del corazón aunque su razón no quería darle entrada. Había sufrido ya demasiadas decepciones.

—Me llamo Amelia.

—Encantada, tengo que irme pero os dejo una tarjeta de mi librería. Quiero veros por allí. No lo digo por decirlo. Os estaré esperando.

Amelia tomó la tarjeta y la miró. Librería de los sueños, leyó. Una sonrisa le nació en el rostro. Era un sol que brilló radiante en aquella mañana. Un sol que calentó los huesos y el corazón de Elida. Se despidieron con la promesa de volver a verse.

 

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 Capítulo 2. Eli

Capítulo 3. Ishaam



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domingo, 8 de marzo de 2026

La lluvia duele


 "La lluvia duele cuando el dolor viene de dentro. Pero el sol… el sol siempre encuentra la manera de entrar."


El día se deslizaba gris por las rendijas del amanecer. La lluvia empapaba el ambiente. Fuera hacía frío. No era un frío de los que estremecen los capilares de la piel. Era un frío que se sentía bien dentro. Elsa se levantó de la cama y fue hacia el cuarto de su madre. Giró el picaporte pero la llave estaba echada. Se tumbó al lado de la puerta y puso su cara pegada a ella con la mano acariciando su superficie lisa y dura. “Mamá…”, musitó con las lágrimas rodando por su mejilla. Al otro lado solo se oyó silencio.

Unos pasos se anunciaron sobre la moqueta. Eran lentos y acompasados, marcaban el compás de un bastón. 

—Elsa, no puedes quedarte ahí tanto tiempo. Vas a coger frío. Levántate que tienes que prepararte para ir al cole.

—No voy a ir. Mamá me necesita.

La anciana suspiró. Miró a su nieta con ternura y cierto pesar. Le hubiera gustado saber qué hacer en esos momentos. En su lugar, hizo lo de siempre, darle una tregua.

—Voy a preparar el desayuno. Te llamo en cuanto esté listo. 

La anciana se marchó apretando todo lo que pudo el paso. Fue hacia la cocina y empezó a exprimir las naranjas. Sus manos acogían temblorosas las vibraciones de la máquina. Sentía que zarandeaban su corazón. Trató de no pensar, pero el pensamiento sabía cómo llegar a ella. “Pobre hija mía, pobre nieta mía”, le sacudió como el rayo de una tormenta. Se sentía menguada en fuerzas. Se puso a rezar para alejar toda esa marea que amenazaba con tragársela. “Tiempo, es cuestión de tiempo”, empezó a decirse entre oración y oración. Saltaron las tostadas. Las colocó sobre un plato y puso la mesa.

Volvió a subir las escaleras. Contenía la respiración a cada paso. Un paso, una súplica. Llegó hasta su nieta. Se había quedado dormida sobre la puerta. Se agachó lo que pudo, le acarició el rostro con la mano. Se conmovió al verla en su inocencia, en el amor que sentía hacia su madre. 

—Cariño, ya está el desayuno. Te espero abajo.

La niña abrió los ojos y la miró sin decir nada. Parecía que salía de una ensoñación. Su rostro mostraba serenidad. Elvira se tranquilizó. No le dijo nada más. Se fue de vuelta a la cocina y la esperó. Se dijo a sí misma que esta vez no iba a obligarla. Se decidió a confiar en que Elsa bajase. Aceptó la posibilidad de que no lo hiciese. Estaba cansada de navegar contra corriente, de forzarse a hacer cosas que estaban en contra de sus sentimientos, que estaban fuera de su control, fuera de sus fuerzas. Se sirvió un café y se untó una tostada. Al rato, oyó los pasos de su nieta bajando las escaleras. Suspiró aliviada.

—Abuela, te quiero mucho. Mamá me ha dicho que tengo que cuidarte.

—¿Has hablado con ella hoy?

—Sí, abuela. Me ha abrazado y me ha dicho que vaya al cole. 

—Me alegro mucho cariño.

—¿Por qué no hablas con ella, abuela?

—Cariño, es que no sé cómo hacerlo. Cuando hables con ella dile que la quiero y que me gustaría hablar con ella. ¿Lo harías?

—¡Claro que sí! ¿Sabes que va a salir el sol esta mañana? 

—No, no lo sabía. ¿Te lo ha dicho también tu mamá?

—Sí, abuela.

Cuando terminaron de desayunar, se fueron juntas caminando hacia el colegio. La lluvia era densa y difícil de sortear con el paraguas. Elvira dejó a su nieta en el cole. Al volver a casa tuvo que darse una ducha de agua caliente y cambiarse de ropa. Le parecía algo imposible que el sol saliese aquella mañana de donde quiera que estuviese. “El sol permanece escondido para las almas en pena”, se dijo con la tristeza aguándole los ojos. 

Se puso a ordenar la casa. Al subir a la planta de arriba tuvo la tentación de entrar en la habitación pero un pellizco en el pecho la hizo desistir. Dejó de llover pero el día seguía igual de nublado. “Quiero que salgas ya y me calientes el corazón”, se dijo. 

Siguió con sus faenas domésticas. Estaba en la cocina preparando la comida cuando un sol resplandeciente la sorprendió. La alegría se prendió en su corazón y sintió un anhelo difícil de satisfacer. Sin pensarlo, subió escaleras arriba, tomó la llave de la habitación, la giró y entró.

Estaba tal y como la dejó el día en que ella marchó. La cama deshecha, con la misma ropa; las persianas alzadas; sus vestidos en el armario. El sol entraba a borbotones por la habitación. Se echó sobre la cama boca abajo y la abrazó con sus brazos, hundió su cara sobre la almohada para aspirar el olor de su hija. Llevaba un rato así, cuando sintió un amor muy grande que la abrazaba por dentro. La voz de su hija penetró en su mente. “Mamá, te quiero. No cierres más esta habitación y ven a verme cuando lo necesites”. Se quedó muda de agradecimiento. Lloró sin parar pero con un consuelo enorme. “Por fin ha salido el sol”, se dijo con una sonrisa radiante.


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sábado, 28 de febrero de 2026

🎇 La explosión final

 



(Un microrelato en cuenta atrás)

Una cafetería.

Una pareja empapada.

Un deseo largamente contenido.

Una cuenta atrás invisible.

A veces el amor clandestino no arde… explota.

Lee bajo tu propio riesgo.

(No apto para menores)

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 Irrumpieron empapados en la cafetería. Fuera, la lluvia torrencial no amainaba. Aquel era el refugio perfecto para cobijarse. Se sentaron en la única mesa libre, al lado del ventanal. El mejor sitio para contemplar la lluvia, ahora que se sabían a salvo.

El temporizador, fijado a una pequeña caja de herramientas oculta bajo la mesa, marcaba la cuenta atrás en números rojos que parpadeaban como una amenaza invisible. Sus tazas de café recién hecho, humeaban ajenas al baile de dígitos que se insinuaba imperceptible.

Los dos amantes se miraban, anhelantes de deseo. La lluvia los había sorprendido en su primer arrebato carnal en la parte trasera de un callejón sin salida. Llevaban tiempo cortejándose, sin atreverse a dar el paso. Pero esa mañana, la locura de la excitación contenida se había desbordado, y había arrasado con todo: inhibiciones, reparos y miedo a la trasgresión. Porque ella estaba casada.

Él deslizó su mano por debajo de la mesa para acariciar su muslo. Casi rozó uno de los cables que unían la caja con el temporizador. La luz marcaba con sus destellos el número cinco.  Ella se estremeció por dentro. Se miraban ansiosos de estrechar sus cuerpos en la intimidad.

—Quiero verte esta tarde. Ven a mi casa —susurró él mientras posaba codicioso sus ojos en la abertura de la blusa que dejaba entrever sus senos.

—Esta noche me es imposible. Tengo que ocuparme de los niños.

—¿Y cuándo podremos vernos a solas? —inquirió él con una mirada suplicante. Cuatro minutos parpadearon bajo la mesa.

—Este fin de semana mi marido estará fuera. Podría llevarle los niños a mi madre.

—¿De verdad? —preguntó él con un brillo de luz en sus ojos—tengo una casa en el campo. Allí estaríamos más tranquilos.

Él posó su mano sobre su rodilla desnuda. Ella se acercó más a la mesa y entreabrió sus piernas para facilitarle el tránsito. Rozó la cajita sin sentirla. Como la mesa era pequeña, a él no le costó avanzar hacia la húmeda trinchera que palpitaba bajo su falda. Ella se echó hacia atrás en su silla y se estremeció. Se oyó un jadeo recortado. Tres minutos.

—Estamos a jueves. Se me va a hacer eterna la espera. ¿Sabes que no puedo levantarme de aquí? —bromeó él, lascivo, mientras desviaba su mirada a la entrepierna. Dos minutos.

—¡Cuánto me gustaría sentirte dentro de mí! —susurró ella, sensual, devorada por el deseo. Un minuto.

—Quiero que el tiempo vuele porque tú y yo vamos a arder — bromeó el, con una mirada cómplice.

El temporizador llegó a cero.

Una explosión brutal estalló en la cafetería. El ventanal saltó en mil pedazos. Los cuerpos de los amantes, fundidos aún en su último aliento de deseo, fueron engullidos por la llamarada.

Los artificieros, horas después, localizaron el epicentro: una pequeña caja metálica bajo una mesa.

En las inmediaciones, el caos. El humo, los gritos, el silencio final.

@ana.escritora.terapeuta

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domingo, 22 de febrero de 2026

Número desconocido

 


Hay números que no deben marcarse. Ignorarlo no te protege.

"Relato de terror corto en español. Una teleoperadora marca un número prohibido y desata algo que no puede detener. Léelo si te atreves."

 “Una llamada más, una más y lo dejo”, se decía dejándose caer vencida. Llevaba más de un año contactando por teléfono a personas que no deseaban ser molestadas y que, en su hastío, solían responder mal o colgar la llamada. La cantinela la tenía marcada a pulso en sus neuronas. A veces, la asaltaba en pleno sueño como un mal disco rayado que nunca cesa: “¿Señora…, es usted la titular de la línea telefónica domiciliada en la calle…? Le llamo desde su compañía telefónica para revisar su contrato y actualizarlo. Habrá visto que no se le está aplicando a su factura las tarifas actualizadas…”

Ese día hacía un calor soporífero. Tenía una última llamada pendiente antes de tomarse un descanso y salir a almorzar. Con una desgana ganada a pulso de tensiones a flor de piel por la tirada de llamadas de esa mañana marcó el número: 91 XX RR WW. Tres o cuatro tonos después, una voz respondió desde el otro lado:

—No debería haber llamado a este número —la voz sonaba lastimera.

—¿Hablo con la señora Carmen Acosta Martínez, titular de la línea domiciliada en la Calle Goya, 45, 3ºB de Madrid?

—Lo siento tanto, joven —le respondió sollozando.

—¿Cómo? —la alerta le hizo saltarse el guion.

—Ahora, la perseguirá a usted. No tendrá donde esconderse. Lo siento —le colgó la llamada.

Elvira se quedó con el cuerpo en vilo. No sabía qué hacer. A pesar el calor sofocante, un sudor frío le taladró los huesos. Una mosca se cruzó en su camino y la espantó con la mano. “Esto es una locura”, se dijo, “¿Qué clase de bromas son éstas?”. El teléfono fijo sonó. Su cuerpo se arqueó como el lomo de un gato. ¿Cómo podía ser? Era imposible que alguien llamase a ese número. Se levantó a toda prisa, cogió su móvil para meterlo en el bolso. Ya lo tenía en sus manos cuando sonó entre ellas. Número desconocido. Ignoró la llamada y lo puso en modo silencio. Pero el teléfono no dejaba de vibrar en su bolso. Ya estaba en el ascensor cuando rendida, lo sacó y aceptó la llamada.

—¿Dígame?

—¿Por qué no lo cogiste? Has sido mala. No me gusta que no me respondan —contestó una voz que le ahogó la respiración. No parecía humana.

Hizo un esfuerzo por dominar sus cuerdas vocales y contestar. Las sentía paralizadas y tensas, a punto de quebrarse. El ascensor se paró, la puerta se abrió y se volvió a cerrar sin que nadie pasase. Sintió un aliento frío en su nuca y se estremeció.  

—¿Qué quieres? ¿Quién eres? —preguntó temblando.

—Le preguntó la gacela al león antes de que la devorase…

—¡No tiene ninguna gracia! ¡No me gusta este juego! ¡Corto la llamada!

—Si lo haces… morirás antes de tiempo, de una manera horrible y no lo harás sola. Te llevarás a alguien contigo. Dos por el precio de uno… Hazlo, ya me está gustando.

Su cuerpo se enervó hasta casi romperse. Las puertas del ascensor se abrieron en la planta baja. Salió para dirigirse hacia el local donde almorzaban los empleados. Allí tenía su comida, guardada y etiquetada en su taquilla de efectos personales. Lo único personal en ese edificio era cada una de las personas que trabajaba allí una vez que salían por la puerta y se marchaban.

Se movía como un autómata, sin pensar, sin reaccionar. Oyó la voz en su cabeza y se le cayeron las llaves de la taquilla: “Come y no hables con nadie”. ¿Comer? ¿Cómo podía comer en una situación a la que ni siquiera podía poner nombre? Su estómago estaba encogido y revuelto. Tres compañeras suyas, con las que apenas había hablado alguna vez, estaban sentadas con sus fiambreras abiertas. El olor mezclado a comida le golpeó la nariz provocándole nauseas.

—¿Quieres que se marchen? Verás la cara que ponen. Será divertido —oyó la voz en su mente.

Se llevó las manos a la cabeza, a la altura de sus oídos, en un inútil intento por acallar esa voz. Permaneció sentada, con la vista perdida sobre la fiambrera cerrada. Al rato, las mujeres enmudecieron y, sin recoger sus cosas, se marcharon de la sala dejándola a solas. “¿Qué demonios es todo esto?”, se preguntó desolada mientras hundía su cabeza entre sus manos. Miró los tápers abiertos, abandonados. Daba la impresión de que habían huido como gacelas asustadas.

No probó bocado. Se fue hacia la máquina vending expendedora de café. Insertó unas monedas y pulsó un café expreso. El sonido de la máquina preparando el café la tranquilizó. Se sentó con su café, cerró los ojos y recordó el rostro de su madre. La echaba tanto de menos… Sólo hacía tres meses que había muerto y sentía que no había tenido tiempo para despedirse de ella. Después de terminar su café, salió afuera a capturar los rayos del sol y fumar un cigarro.

Le quedaban todavía tres horas por delante y no se sentía con fuerzas para seguir. Su cabeza le dolía en diferentes zonas y de forma intermitente, sin darle tregua. Además, ese pálpito trepando por su pecho, esa sensación de sentirse observada en cada movimiento. Desvió su mente hacia otros pensamientos. Subió y pidió al jefe de planta la tarde libre. Le costó caro, el sábado tendría que recuperar las horas sumándoles un par de horas extras que no cobraría. “Maldito usurero”, lo condenó en sus pensamientos.

El trayecto a casa fue tranquilo, sin sobresaltos, el teléfono no sonó. Al llegar a su habitáculo de alquiler, dejó todas sus pertenencias sobre la silla que había a la entrada y fue a darse una ducha de agua caliente. Se sintió reconfortada, como si hubiera salido de una pesadilla y volviera a recuperar la noción de la realidad. Sintió un poco de hambre y se preparó un sándwich para cenar. Miró la televisión durante un rato, hasta quedarse dormida. No se despertó hasta que sonó la alarma del despertador. Había dormido de un tirón, en el sofá, sin pastillas. No se lo podía creer. El sol entraba radiante por las ventanas, iluminando su mini apartamento. Se vistió y salió para el trabajo.

Nada más llegar, una vez en el ascensor, el móvil vibró enérgico en su bolso. Una oleada de temblor la agitó. Tenía un mensaje de WhatsApp: “Dormilona… tengo un regalito para ti. Ya verás cómo te gusta. Saltó como un gatito. Jijijiji”. Las manos no le respondían. El móvil cayó al suelo. La puerta se abrió y vio caras agitadas. La policía estaba interrogando a sus compañeros. Álvaro, uno de ellos, fue a avisarla.

—Elvira, ¿te has enterado ya?

—No, ¿qué ha pasado?

—Por lo visto, Romario se tiró por la ventana ayer por la tarde. La policía está preguntando por ti. Fuiste la última persona que habló con él.

Un vacío salvaje la absorbió. La tragaba no solo a ella sino a todo lo que la rodeaba. ¿Romario? ¿El jefe de planta? Recordó el WhatsApp y el mensaje escabroso. Los nervios traspasaron su piel. Se deshizo de Álvaro y, con la excusa de necesitar ir al cuarto de baño, se retiró. Abrió la pantalla de WhatsApp y eliminó el mensaje. Con el cuerpo sacudido entró en la oficina. Nada más entrar, un agente de policía fue a su encuentro. La interrogó. Solo le pudo decir que le pidió permiso para ausentarse. Nada más.

—¿Habías visto algo raro en él antes de marcharte?

(“¿En él? En él nada, en mí… todo”, quería decirle sin palabras).

—No, nada.

—Por qué hablaste con él.

Le comentó el motivo por encima, sin añadir su irritación por el coste añadido de su permiso para irse antes de tiempo.

Se sentó en su cubículo aterrada. Un hombre había muerto. Detestaba a Romario por su actitud chulesca y malos modos, pero en modo alguno deseaba su muerte. No era una cuestión menor como para no tomárselo en serio. Se llenó de aire en un esfuerzo inútil por recobrar la cordura y empezó a marcar para reanudar su “estúpido trabajo”, según se dijo. Pero fue iniciar su tarea y verse sorprendida por esa voz: “¿no me das las gracias por el favor que te he hecho?”. Le faltó poco para gritar. Se llevó las manos hacia la boca y susurró con una súplica ahogada.

—Por favor…, déjame en paz. No le hagas más daño a nadie.

—jajajaja. Lo llamaste maldito usurero. Tú lo condenaste.

—Haré lo que me pidas. Por favor, ¡vete!

—¿Lo que yo te pida? Ummm eso me gusta. Te dejo el día libre. Luego, volveré.

Elvira sintió un estertor sacudiendo su cuerpo. “Soy su presa. Estoy muerta”, gritó en la soledad de su mente. Lo que le quedó de día lo vivió como una antesala de un horror que exhalaba en cada respiración. Cada llamada era un tic tac que la cercaba a lo que ya estaba escrito.

Al día siguiente, Elvira no volvió a su trabajo. Ni a la siguiente semana. Después de dos semanas, alguien dio la voz de alarma en su trabajo. No respondía a las llamadas. La policía irrumpió en su apartamento y forzaron la cerradura. Las persianas estaban echadas. El ambiente se respiraba pesado y rebosaba hedor. Silencio y oscuridad. El pálpito de la muerte sacudió a los agentes. Pulsaron un interruptor y la luz no se encendió. Empezaron a moverse guiados por el haz de luz de la linterna. Pasaron al salón y el foco se encontró con un cuerpo inerte. Subieron las persianas. Elvira estaba encogida sobre sí misma. Mantenía la mano izquierda crispada sobre el móvil. Sus ojos parecían mirar con una expresión de horror hacia la ventana. Tenía la boca abierta en una terrible mueca. En su puño derecho tenía un papel arrugado con un número de teléfono donde rezaba: “todo empezó aquí”. En el suelo de parquet había marcada una especie de “A” manchada de sangre.

—¿Qué significará? Parece una “A” —Uno de los agentes se inclinó y enfundándose un guante miró los dedos de la mano de la muerta—. ¡Qué desesperada debía estar! Se destrozó la uña.

—¿Una inicial? —aventuró su compañero mientras el otro agente se encogía de hombros.

La policía rastreó el número. Había pertenecido a una anciana que había muerto hacía tres años. La habían encontrado con el teléfono agarrado en una de sus manos y con una expresión de horror idéntica. La autopsia no había revelado nada inusual, así que certificaron que murió de muerte natural un 07 de julio a las 6,00 de la madrugada.

El informe forense arrojó que Elvira había muerto de parada cardiorespiratoria. Se fijaron como fecha y horas aproximadas de la muerte: el 07 de julio a las 6,00 de la madrugada. La coincidencia de la fecha y la hora de la muerte quedó registrada en el informe sin más comentario. Archivaron el caso.

La noticia de la muerte de Elvira sacudió a sus compañeros de oficina. En vida, nunca habían reparado tanto en ella como lo hacían ahora. La recordaban como una persona que apenas llamaba la atención. “Se movía y se deslizaba como una sombra” decía de ella Álvaro, uno de los pocos que sí interactuaban con ella. Después de unas semanas, la expectación alcanzada por su muerte se fue diluyendo entre la rutina diaria y su recuerdo fue cubriéndose de olvido.

Un año después, Alicia, una compañera de Elvira, se disponía a terminar la jornada de la mañana para irse a almorzar. Estaba deseando salir de su cubículo. Ese día estaba siendo muy intenso y de un calor sofocante. Ya iba a irse cuando surgió un número en su pantalla. Le extrañó porque instantes antes creía haber terminado con todos los que tenía previstos. Como no le gustaba dejar nada para después, resopló y marcó el número: 91 XX RR WW. Al iniciarse la conversación, una voz acongojada le respondió:

—No debería haber llamado a este número. Lo siento…

@ana.escritora.terapeuta

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Capítulo 3. Ishaam

Elida acababa de enviudar. Le quedaba una vida en soledad y la vieja librería. No quiso cerrarla. Era lo único que la mantenía unida al recu...