domingo, 8 de marzo de 2026

La lluvia duele


 "La lluvia duele cuando el dolor viene de dentro. Pero el sol… el sol siempre encuentra la manera de entrar."


El día se deslizaba gris por las rendijas del amanecer. La lluvia empapaba el ambiente. Fuera hacía frío. No era un frío de los que estremecen los capilares de la piel. Era un frío que se sentía bien dentro. Elsa se levantó de la cama y fue hacia el cuarto de su madre. Giró el picaporte pero la llave estaba echada. Se tumbó al lado de la puerta y puso su cara pegada a ella con la mano acariciando su superficie lisa y dura. “Mamá…”, musitó con las lágrimas rodando por su mejilla. Al otro lado solo se oyó silencio.

Unos pasos se anunciaron sobre la moqueta. Eran lentos y acompasados, marcaban el compás de un bastón. 

—Elsa, no puedes quedarte ahí tanto tiempo. Vas a coger frío. Levántate que tienes que prepararte para ir al cole.

—No voy a ir. Mamá me necesita.

La anciana suspiró. Miró a su nieta con ternura y cierto pesar. Le hubiera gustado saber qué hacer en esos momentos. En su lugar, hizo lo de siempre, darle una tregua.

—Voy a preparar el desayuno. Te llamo en cuanto esté listo. 

La anciana se marchó apretando todo lo que pudo el paso. Fue hacia la cocina y empezó a exprimir las naranjas. Sus manos acogían temblorosas las vibraciones de la máquina. Sentía que zarandeaban su corazón. Trató de no pensar, pero el pensamiento sabía cómo llegar a ella. “Pobre hija mía, pobre nieta mía”, le sacudió como el rayo de una tormenta. Se sentía menguada en fuerzas. Se puso a rezar para alejar toda esa marea que amenazaba con tragársela. “Tiempo, es cuestión de tiempo”, empezó a decirse entre oración y oración. Saltaron las tostadas. Las colocó sobre un plato y puso la mesa.

Volvió a subir las escaleras. Contenía la respiración a cada paso. Un paso, una súplica. Llegó hasta su nieta. Se había quedado dormida sobre la puerta. Se agachó lo que pudo, le acarició el rostro con la mano. Se conmovió al verla en su inocencia, en el amor que sentía hacia su madre. 

—Cariño, ya está el desayuno. Te espero abajo.

La niña abrió los ojos y la miró sin decir nada. Parecía que salía de una ensoñación. Su rostro mostraba serenidad. Elvira se tranquilizó. No le dijo nada más. Se fue de vuelta a la cocina y la esperó. Se dijo a sí misma que esta vez no iba a obligarla. Se decidió a confiar en que Elsa bajase. Aceptó la posibilidad de que no lo hiciese. Estaba cansada de navegar contra corriente, de forzarse a hacer cosas que estaban en contra de sus sentimientos, que estaban fuera de su control, fuera de sus fuerzas. Se sirvió un café y se untó una tostada. Al rato, oyó los pasos de su nieta bajando las escaleras. Suspiró aliviada.

—Abuela, te quiero mucho. Mamá me ha dicho que tengo que cuidarte.

—¿Has hablado con ella hoy?

—Sí, abuela. Me ha abrazado y me ha dicho que vaya al cole. 

—Me alegro mucho cariño.

—¿Por qué no hablas con ella, abuela?

—Cariño, es que no sé cómo hacerlo. Cuando hables con ella dile que la quiero y que me gustaría hablar con ella. ¿Lo harías?

—¡Claro que sí! ¿Sabes que va a salir el sol esta mañana? 

—No, no lo sabía. ¿Te lo ha dicho también tu mamá?

—Sí, abuela.

Cuando terminaron de desayunar, se fueron juntas caminando hacia el colegio. La lluvia era densa y difícil de sortear con el paraguas. Elvira dejó a su nieta en el cole. Al volver a casa tuvo que darse una ducha de agua caliente y cambiarse de ropa. Le parecía algo imposible que el sol saliese aquella mañana de donde quiera que estuviese. “El sol permanece escondido para las almas en pena”, se dijo con la tristeza aguándole los ojos. 

Se puso a ordenar la casa. Al subir a la planta de arriba tuvo la tentación de entrar en la habitación pero un pellizco en el pecho la hizo desistir. Dejó de llover pero el día seguía igual de nublado. “Quiero que salgas ya y me calientes el corazón”, se dijo. 

Siguió con sus faenas domésticas. Estaba en la cocina preparando la comida cuando un sol resplandeciente la sorprendió. La alegría se prendió en su corazón y sintió un anhelo difícil de satisfacer. Sin pensarlo, subió escaleras arriba, tomó la llave de la habitación, la giró y entró.

Estaba tal y como la dejó el día en que ella marchó. La cama deshecha, con la misma ropa; las persianas alzadas; sus vestidos en el armario. El sol entraba a borbotones por la habitación. Se echó sobre la cama boca abajo y la abrazó con sus brazos, hundió su cara sobre la almohada para aspirar el olor de su hija. Llevaba un rato así, cuando sintió un amor muy grande que la abrazaba por dentro. La voz de su hija penetró en su mente. “Mamá, te quiero. No cierres más esta habitación y ven a verme cuando lo necesites”. Se quedó muda de agradecimiento. Lloró sin parar pero con un consuelo enorme. “Por fin ha salido el sol”, se dijo con una sonrisa radiante.


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sábado, 28 de febrero de 2026

🎇 La explosión final

 



(Un microrelato en cuenta atrás)

Una cafetería.

Una pareja empapada.

Un deseo largamente contenido.

Una cuenta atrás invisible.

A veces el amor clandestino no arde… explota.

Lee bajo tu propio riesgo.

(No apto para menores)

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 Irrumpieron empapados en la cafetería. Fuera, la lluvia torrencial no amainaba. Aquel era el refugio perfecto para cobijarse. Se sentaron en la única mesa libre, al lado del ventanal. El mejor sitio para contemplar la lluvia, ahora que se sabían a salvo.

El temporizador, fijado a una pequeña caja de herramientas oculta bajo la mesa, marcaba la cuenta atrás en números rojos que parpadeaban como una amenaza invisible. Sus tazas de café recién hecho, humeaban ajenas al baile de dígitos que se insinuaba imperceptible.

Los dos amantes se miraban, anhelantes de deseo. La lluvia los había sorprendido en su primer arrebato carnal en la parte trasera de un callejón sin salida. Llevaban tiempo cortejándose, sin atreverse a dar el paso. Pero esa mañana, la locura de la excitación contenida se había desbordado, y había arrasado con todo: inhibiciones, reparos y miedo a la trasgresión. Porque ella estaba casada.

Él deslizó su mano por debajo de la mesa para acariciar su muslo. Casi rozó uno de los cables que unían la caja con el temporizador. La luz marcaba con sus destellos el número cinco.  Ella se estremeció por dentro. Se miraban ansiosos de estrechar sus cuerpos en la intimidad.

—Quiero verte esta tarde. Ven a mi casa —susurró él mientras posaba codicioso sus ojos en la abertura de la blusa que dejaba entrever sus senos.

—Esta noche me es imposible. Tengo que ocuparme de los niños.

—¿Y cuándo podremos vernos a solas? —inquirió él con una mirada suplicante. Cuatro minutos parpadearon bajo la mesa.

—Este fin de semana mi marido estará fuera. Podría llevarle los niños a mi madre.

—¿De verdad? —preguntó él con un brillo de luz en sus ojos—tengo una casa en el campo. Allí estaríamos más tranquilos.

Él posó su mano sobre su rodilla desnuda. Ella se acercó más a la mesa y entreabrió sus piernas para facilitarle el tránsito. Rozó la cajita sin sentirla. Como la mesa era pequeña, a él no le costó avanzar hacia la húmeda trinchera que palpitaba bajo su falda. Ella se echó hacia atrás en su silla y se estremeció. Se oyó un jadeo recortado. Tres minutos.

—Estamos a jueves. Se me va a hacer eterna la espera. ¿Sabes que no puedo levantarme de aquí? —bromeó él, lascivo, mientras desviaba su mirada a la entrepierna. Dos minutos.

—¡Cuánto me gustaría sentirte dentro de mí! —susurró ella, sensual, devorada por el deseo. Un minuto.

—Quiero que el tiempo vuele porque tú y yo vamos a arder — bromeó el, con una mirada cómplice.

El temporizador llegó a cero.

Una explosión brutal estalló en la cafetería. El ventanal saltó en mil pedazos. Los cuerpos de los amantes, fundidos aún en su último aliento de deseo, fueron engullidos por la llamarada.

Los artificieros, horas después, localizaron el epicentro: una pequeña caja metálica bajo una mesa.

En las inmediaciones, el caos. El humo, los gritos, el silencio final.

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domingo, 22 de febrero de 2026

Número desconocido

 


Hay números que no deben marcarse. Ignorarlo no te protege.

"Relato de terror corto en español. Una teleoperadora marca un número prohibido y desata algo que no puede detener. Léelo si te atreves."

 “Una llamada más, una más y lo dejo”, se decía dejándose caer vencida. Llevaba más de un año contactando por teléfono a personas que no deseaban ser molestadas y que, en su hastío, solían responder mal o colgar la llamada. La cantinela la tenía marcada a pulso en sus neuronas. A veces, la asaltaba en pleno sueño como un mal disco rayado que nunca cesa: “¿Señora…, es usted la titular de la línea telefónica domiciliada en la calle…? Le llamo desde su compañía telefónica para revisar su contrato y actualizarlo. Habrá visto que no se le está aplicando a su factura las tarifas actualizadas…”

Ese día hacía un calor soporífero. Tenía una última llamada pendiente antes de tomarse un descanso y salir a almorzar. Con una desgana ganada a pulso de tensiones a flor de piel por la tirada de llamadas de esa mañana marcó el número: 91 XX RR WW. Tres o cuatro tonos después, una voz respondió desde el otro lado:

—No debería haber llamado a este número —la voz sonaba lastimera.

—¿Hablo con la señora Carmen Acosta Martínez, titular de la línea domiciliada en la Calle Goya, 45, 3ºB de Madrid?

—Lo siento tanto, joven —le respondió sollozando.

—¿Cómo? —la alerta le hizo saltarse el guion.

—Ahora, la perseguirá a usted. No tendrá donde esconderse. Lo siento —le colgó la llamada.

Elvira se quedó con el cuerpo en vilo. No sabía qué hacer. A pesar el calor sofocante, un sudor frío le taladró los huesos. Una mosca se cruzó en su camino y la espantó con la mano. “Esto es una locura”, se dijo, “¿Qué clase de bromas son éstas?”. El teléfono fijo sonó. Su cuerpo se arqueó como el lomo de un gato. ¿Cómo podía ser? Era imposible que alguien llamase a ese número. Se levantó a toda prisa, cogió su móvil para meterlo en el bolso. Ya lo tenía en sus manos cuando sonó entre ellas. Número desconocido. Ignoró la llamada y lo puso en modo silencio. Pero el teléfono no dejaba de vibrar en su bolso. Ya estaba en el ascensor cuando rendida, lo sacó y aceptó la llamada.

—¿Dígame?

—¿Por qué no lo cogiste? Has sido mala. No me gusta que no me respondan —contestó una voz que le ahogó la respiración. No parecía humana.

Hizo un esfuerzo por dominar sus cuerdas vocales y contestar. Las sentía paralizadas y tensas, a punto de quebrarse. El ascensor se paró, la puerta se abrió y se volvió a cerrar sin que nadie pasase. Sintió un aliento frío en su nuca y se estremeció.  

—¿Qué quieres? ¿Quién eres? —preguntó temblando.

—Le preguntó la gacela al león antes de que la devorase…

—¡No tiene ninguna gracia! ¡No me gusta este juego! ¡Corto la llamada!

—Si lo haces… morirás antes de tiempo, de una manera horrible y no lo harás sola. Te llevarás a alguien contigo. Dos por el precio de uno… Hazlo, ya me está gustando.

Su cuerpo se enervó hasta casi romperse. Las puertas del ascensor se abrieron en la planta baja. Salió para dirigirse hacia el local donde almorzaban los empleados. Allí tenía su comida, guardada y etiquetada en su taquilla de efectos personales. Lo único personal en ese edificio era cada una de las personas que trabajaba allí una vez que salían por la puerta y se marchaban.

Se movía como un autómata, sin pensar, sin reaccionar. Oyó la voz en su cabeza y se le cayeron las llaves de la taquilla: “Come y no hables con nadie”. ¿Comer? ¿Cómo podía comer en una situación a la que ni siquiera podía poner nombre? Su estómago estaba encogido y revuelto. Tres compañeras suyas, con las que apenas había hablado alguna vez, estaban sentadas con sus fiambreras abiertas. El olor mezclado a comida le golpeó la nariz provocándole nauseas.

—¿Quieres que se marchen? Verás la cara que ponen. Será divertido —oyó la voz en su mente.

Se llevó las manos a la cabeza, a la altura de sus oídos, en un inútil intento por acallar esa voz. Permaneció sentada, con la vista perdida sobre la fiambrera cerrada. Al rato, las mujeres enmudecieron y, sin recoger sus cosas, se marcharon de la sala dejándola a solas. “¿Qué demonios es todo esto?”, se preguntó desolada mientras hundía su cabeza entre sus manos. Miró los tápers abiertos, abandonados. Daba la impresión de que habían huido como gacelas asustadas.

No probó bocado. Se fue hacia la máquina vending expendedora de café. Insertó unas monedas y pulsó un café expreso. El sonido de la máquina preparando el café la tranquilizó. Se sentó con su café, cerró los ojos y recordó el rostro de su madre. La echaba tanto de menos… Sólo hacía tres meses que había muerto y sentía que no había tenido tiempo para despedirse de ella. Después de terminar su café, salió afuera a capturar los rayos del sol y fumar un cigarro.

Le quedaban todavía tres horas por delante y no se sentía con fuerzas para seguir. Su cabeza le dolía en diferentes zonas y de forma intermitente, sin darle tregua. Además, ese pálpito trepando por su pecho, esa sensación de sentirse observada en cada movimiento. Desvió su mente hacia otros pensamientos. Subió y pidió al jefe de planta la tarde libre. Le costó caro, el sábado tendría que recuperar las horas sumándoles un par de horas extras que no cobraría. “Maldito usurero”, lo condenó en sus pensamientos.

El trayecto a casa fue tranquilo, sin sobresaltos, el teléfono no sonó. Al llegar a su habitáculo de alquiler, dejó todas sus pertenencias sobre la silla que había a la entrada y fue a darse una ducha de agua caliente. Se sintió reconfortada, como si hubiera salido de una pesadilla y volviera a recuperar la noción de la realidad. Sintió un poco de hambre y se preparó un sándwich para cenar. Miró la televisión durante un rato, hasta quedarse dormida. No se despertó hasta que sonó la alarma del despertador. Había dormido de un tirón, en el sofá, sin pastillas. No se lo podía creer. El sol entraba radiante por las ventanas, iluminando su mini apartamento. Se vistió y salió para el trabajo.

Nada más llegar, una vez en el ascensor, el móvil vibró enérgico en su bolso. Una oleada de temblor la agitó. Tenía un mensaje de WhatsApp: “Dormilona… tengo un regalito para ti. Ya verás cómo te gusta. Saltó como un gatito. Jijijiji”. Las manos no le respondían. El móvil cayó al suelo. La puerta se abrió y vio caras agitadas. La policía estaba interrogando a sus compañeros. Álvaro, uno de ellos, fue a avisarla.

—Elvira, ¿te has enterado ya?

—No, ¿qué ha pasado?

—Por lo visto, Romario se tiró por la ventana ayer por la tarde. La policía está preguntando por ti. Fuiste la última persona que habló con él.

Un vacío salvaje la absorbió. La tragaba no solo a ella sino a todo lo que la rodeaba. ¿Romario? ¿El jefe de planta? Recordó el WhatsApp y el mensaje escabroso. Los nervios traspasaron su piel. Se deshizo de Álvaro y, con la excusa de necesitar ir al cuarto de baño, se retiró. Abrió la pantalla de WhatsApp y eliminó el mensaje. Con el cuerpo sacudido entró en la oficina. Nada más entrar, un agente de policía fue a su encuentro. La interrogó. Solo le pudo decir que le pidió permiso para ausentarse. Nada más.

—¿Habías visto algo raro en él antes de marcharte?

(“¿En él? En él nada, en mí… todo”, quería decirle sin palabras).

—No, nada.

—Por qué hablaste con él.

Le comentó el motivo por encima, sin añadir su irritación por el coste añadido de su permiso para irse antes de tiempo.

Se sentó en su cubículo aterrada. Un hombre había muerto. Detestaba a Romario por su actitud chulesca y malos modos, pero en modo alguno deseaba su muerte. No era una cuestión menor como para no tomárselo en serio. Se llenó de aire en un esfuerzo inútil por recobrar la cordura y empezó a marcar para reanudar su “estúpido trabajo”, según se dijo. Pero fue iniciar su tarea y verse sorprendida por esa voz: “¿no me das las gracias por el favor que te he hecho?”. Le faltó poco para gritar. Se llevó las manos hacia la boca y susurró con una súplica ahogada.

—Por favor…, déjame en paz. No le hagas más daño a nadie.

—jajajaja. Lo llamaste maldito usurero. Tú lo condenaste.

—Haré lo que me pidas. Por favor, ¡vete!

—¿Lo que yo te pida? Ummm eso me gusta. Te dejo el día libre. Luego, volveré.

Elvira sintió un estertor sacudiendo su cuerpo. “Soy su presa. Estoy muerta”, gritó en la soledad de su mente. Lo que le quedó de día lo vivió como una antesala de un horror que exhalaba en cada respiración. Cada llamada era un tic tac que la cercaba a lo que ya estaba escrito.

Al día siguiente, Elvira no volvió a su trabajo. Ni a la siguiente semana. Después de dos semanas, alguien dio la voz de alarma en su trabajo. No respondía a las llamadas. La policía irrumpió en su apartamento y forzaron la cerradura. Las persianas estaban echadas. El ambiente se respiraba pesado y rebosaba hedor. Silencio y oscuridad. El pálpito de la muerte sacudió a los agentes. Pulsaron un interruptor y la luz no se encendió. Empezaron a moverse guiados por el haz de luz de la linterna. Pasaron al salón y el foco se encontró con un cuerpo inerte. Subieron las persianas. Elvira estaba encogida sobre sí misma. Mantenía la mano izquierda crispada sobre el móvil. Sus ojos parecían mirar con una expresión de horror hacia la ventana. Tenía la boca abierta en una terrible mueca. En su puño derecho tenía un papel arrugado con un número de teléfono donde rezaba: “todo empezó aquí”. En el suelo de parquet había marcada una especie de “A” manchada de sangre.

—¿Qué significará? Parece una “A” —Uno de los agentes se inclinó y enfundándose un guante miró los dedos de la mano de la muerta—. ¡Qué desesperada debía estar! Se destrozó la uña.

—¿Una inicial? —aventuró su compañero mientras el otro agente se encogía de hombros.

La policía rastreó el número. Había pertenecido a una anciana que había muerto hacía tres años. La habían encontrado con el teléfono agarrado en una de sus manos y con una expresión de horror idéntica. La autopsia no había revelado nada inusual, así que certificaron que murió de muerte natural un 07 de julio a las 6,00 de la madrugada.

El informe forense arrojó que Elvira había muerto de parada cardiorespiratoria. Se fijaron como fecha y horas aproximadas de la muerte: el 07 de julio a las 6,00 de la madrugada. La coincidencia de la fecha y la hora de la muerte quedó registrada en el informe sin más comentario. Archivaron el caso.

La noticia de la muerte de Elvira sacudió a sus compañeros de oficina. En vida, nunca habían reparado tanto en ella como lo hacían ahora. La recordaban como una persona que apenas llamaba la atención. “Se movía y se deslizaba como una sombra” decía de ella Álvaro, uno de los pocos que sí interactuaban con ella. Después de unas semanas, la expectación alcanzada por su muerte se fue diluyendo entre la rutina diaria y su recuerdo fue cubriéndose de olvido.

Un año después, Alicia, una compañera de Elvira, se disponía a terminar la jornada de la mañana para irse a almorzar. Estaba deseando salir de su cubículo. Ese día estaba siendo muy intenso y de un calor sofocante. Ya iba a irse cuando surgió un número en su pantalla. Le extrañó porque instantes antes creía haber terminado con todos los que tenía previstos. Como no le gustaba dejar nada para después, resopló y marcó el número: 91 XX RR WW. Al iniciarse la conversación, una voz acongojada le respondió:

—No debería haber llamado a este número. Lo siento…

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sábado, 14 de febrero de 2026

Amanita

 


"Algunas setas son mortales. Algunos amores también."

Se miraban con los ojos atravesados de silencio. Las manecillas avanzaban impasibles, con su ritmo militar, en la esfera de lo inevitable. Tic, tac, tic, tac retumbaba en sus cabezas. El viento soplaba gélido tras los cristales. El crepitar de los troncos en la chimenea atrajo su atención en un intento de encontrar un refugio cálido donde guarecerse del frío.

—No creo que tarde mucho en regresar. Es hora de ir marchando —arrancó a decir con cierto pesar la visita al tiempo que se levantaba del sillón y lanzaba una mirada de reojo a la ventana. 

—No, no tardará —su voz la sacudía como un estertor. 

—Espero verte pronto. No tardes. Te dejo un libro. Creo que puede serte de utilidad y, además, también es un buen combustible para el fuego. 

No se dijeron más. Las palabras se les habían acabado. Se abrazaron fuerte, cuerpo a cuerpo, deseando eternizarse para siempre en ese instante. 

Rebeca recuperó la compostura, respiró hondo y, dedicando una última mirada a su amiga, se apresuró hacia la puerta. Su sonido, tras cerrarse, estremeció a Elena de punta a punta. Cuando la vio subir al coche y arrancar, la siguió con los ojos hasta perderla de vista. Se quedó inmóvil con la mirada enredada entre las copas azotadas de los árboles. El viento gemía lastimero, con una exhalación espectral. Ese otoño se estaba haciendo sentir duro. No solo arrastraba las hojas de los árboles, sino que se llevaba también sus esperanzas.


El rugido de un motor la sacudió de su ensoñación. Era él, volvía del pueblo. En una reacción instintiva, ocultó el libro entre los libros de la estantería. Se acercó a la cocina de leña y puso a calentar la comida. 

—¿Has tenido visita esta mañana? —su voz sonaba áspera y cortante.

—Sí, mi amiga Rebeca —trató de contener sin éxito el temblor de su voz.

—¡Vaya, vaya! ¿No se había ido ya a Canadá?

—Se va esta noche de madrugada.

La escrutó con la mirada como queriendo atravesarla.  Ella palideció por dentro. Trató de forzar una sonrisa. Con él nunca se sabía. Sus nervios estaban a flor de piel. Quería controlar cada gesto, cada reacción que la delatase. Pero sabía que, por mucho que se esforzase, nunca controlaba nada. Cualquier cosa podía servir como detonante. Se sentía una muñeca rota en sus manos. 

—¿Te pongo algo de comer?

—No, come tú. Te estás quedando demasiado flaca. 

Elena puso la mesa con movimientos de autómata. Se movía lenta y rígida. Cada vez que se giraba de espaldas, sentía la punzada de sus ojos sobre su cuello. Se sentó y se obligó a comer. El tintineo de la cuchara contra el fondo del plato sonaba con una letanía que parecía quebrar el tenso silencio. Comía con el estómago encogido. 

—Setas, quiero setas. ¿Serás capaz de cocinarlas? —su pregunta iba cargada.

—Haré lo que pueda.

—Más te vale. Selenio me ha regalado una cesta llena. No sé qué mosca le ha picado, con lo miserable que es. Algo querrá.  La he dejado en el cobertizo. 

—Vale —asintió como un autómata.

—No tardes, te espero en la cama —la miró con ojos lascivos.

Se quedó a solas en el comedor. Le temblaba todo el cuerpo. El contacto piel con piel, su respiración, su aliento empapado en alcohol y sus jadeos en la oreja la sobrecogían. Sabía que no tenía mucho tiempo para concienciarse antes de entrar en el cuarto y dejarse hacer. Se decía a sí misma: “Pasará rápido”, y lo repetía en su mente todo el rato hasta que él terminaba. Cuando al fin lo vencía el sopor y se quedaba inmóvil, ella se levantaba sigilosa y, sin hacer ruido, se iba al cuarto de baño para darse una ducha y limpiarse. Pero por mucho que se enjabonara, la suciedad la seguía sintiendo por dentro. Esa repugnancia iba aumentando con cada contacto íntimo. A veces se preguntaba hasta cuánto tenía que aguantar para detonar una explosión en su interior que arrasase con todo. 

Entró en la habitación, se desnudó y se dejó hacer. Al rato, él se desplomó como un saco de patatas a su lado. Oyó sus ronquidos elevarse en el aire viciado de la alcoba.  Le quedaba casi una tarde antes de que él se recuperase de la media resaca que traía encima. Cada vez más borracho, cada vez más imprevisible y peligroso.

Inmóvil, parecía tan inofensivo... Lo miró como se mira a un animal repugnante. Se levantó y, después de su ritual de limpieza, se preparó una taza de café, sacó un cigarrillo del paquete que tenía escondido y lo encendió entre las brasas. Se sentó sobre la alfombra, cerca del fuego, con el calor de la taza palpitando entre sus manos. Le gustaba recorrer con sus ojos las llamas. Quizás porque dentro de su cuerpo se iba abriendo paso una combustión silenciosa. Recordó el libro que le había traído su amiga y se levantó a por él.

“Setas. Aprenda a diferenciar las comestibles de las tóxicas”. Lo ojeó un tiempo hasta que su dedo se posó en una lámina a todo color. A pie de página figuraba un nombre: Amanita phalloides o sombrero de la muerte. “Bonito nombre, un sombrero para saludar a la muerte”, se dijo con una ironía sorda. Siguió leyendo en un recuadro de texto que había en la página adyacente:

“…de sabor agradable, suave e incluso delicioso, lo que aumenta el riesgo de consumo accidental al confundirse con especies comestibles como los champiñones o la Amanita Caesaerea”

Cerró los ojos, apretó los puños y exhaló con placer la última bocanada de humo que tenía aprisionada en su boca. Ese nombre, “Amanita Caesaerea”, golpeteó con fuerza en su mente. Se levantó, se enfundó el abrigo, tomó una linterna y, sin dejar el libro, se fue al cobertizo. Nada más abrir el portón y enfocar el haz de luz, vio la cesta de setas. Se acercó a ellas con un ansia voraz, con el corazón en vilo; al mirarlas, le entró una risa nerviosa. Abrió el libro por la página marcada y las vio: Amanita Caesaerea. Una chispa invisible, pero de efectos bien palpables, había prendido en su interior.

Regresó a la casa. Se volvió a sentar frente al fuego, con el libro abierto sobre sus piernas. Siguió leyendo: “Cómo diferenciarlas”. Absorbió la información con avidez. Ya iba a cerrar el libro cuando notó en la última página un grosor inusual. La tanteó con sus dedos. No había duda: eran dos páginas que estaban pegadas.

Una corazonada la guió hacia donde guardaba el cutter. Lo cogió y, nerviosa, empezó a rasgar las hojas por sus extremos; una vez separadas, sus ojos se tropezaron con una sorpresa inesperada: un sobre pegado en el centro. Lo abrió como quien encuentra el mapa de un tesoro. Dentro había una carta. Emocionada, la desplegó. El folio le temblaba entre las manos. Leyó sus líneas, una y otra vez. La voz de Rebeca resonaba en su cabeza y la acariciaba por dentro. Se llevó la carta a la altura del pecho y la abrazó. Antes de arrojarla al fuego, la olió y la besó. La acompañó con la mirada mientras se deshacía entre las llamas. 

Colocó el libro de nuevo en la estantería. Todavía no le había llegado su momento. Se fue a la cama que había en la otra habitación. Cada vez se iba más allí y a él no parecía importarle. Se refugió en el recuerdo de las palabras de su amiga y se durmió arrullada por ellas, como no recordaba desde hacía mucho tiempo.


Al día siguiente, Julio se levantó temprano. Elena fingió seguir dormida para evitar el contacto. No solía desayunar. Tenía prisas por irse al pueblo. Tras cerrarse la puerta, esperó hasta oír el coche arrancar. Saltó de la cama. Tenía una mañana por delante y unas setas que cocinar. Desayunó, se vistió con prisas y se llevó el libro. Fue al cobertizo a por la cesta. Con manos temblorosas sacó la mitad y las dejó semiocultas en un rincón.  Con el corazón golpeándole en la boca, se internó en el bosque. Allí tiró la otra mitad de las setas.


Durante dos horas, buscó las que necesitaba. Con la cesta llena, regresó acelerada.

Cogió el libro de recetas y escogió una. Se colocó unos guantes y se dispuso a preparar las setas para cocinarlas. Estaba hecha un flan, pero se esforzó para que la comida le saliera deliciosa. Arrojó el libro a la chimenea y se dispuso a esperar mientras contemplaba cómo lo consumía el fuego. El olor a quemado le supo a gloria. “Hay historias que merecen ser abrasadas por las llamas y otras que merecen ser recordadas. Esta tiene que ser carbonizada”, pensó. 


Se sentó con la mirada puesta en el teléfono. Mientras esperaba el momento, trató de pensar cómo abordar la situación. La idea le vino mientras acariciaba su todavía no redondeado vientre. Le había ocultado su embarazo. Las razones no le eran del todo claras; unas veces pensaba que así protegía al bebé; otras, sentía que era la rabia que crecía por dentro la que mantenía sus labios sellados. Se había sorprendido en ocasiones, acariciando el deseo de que una paliza, que se le fuese de las manos, terminara con su vida y la de la criatura que llevaba en su vientre. Ella habría dejado de sufrir, el bebé no tendría que hacerlo y, además, esa bestia cargaría con ello de por vida. Este tipo de pensamientos solo le asaltaban en los momentos más negros.  


A las 12:00 se dirigió hacia el teléfono, colocó su dedo índice sobre el agujero del 3 y giró la rueda hasta dar la vuelta completa; siguió marcando uno a uno los números. Con el auricular pegado, oyó las tres llamadas; colgó y volvió a marcarlo; tres llamadas; y así hasta tres veces. Era fácil de recordar, tres veces tres. Esperó con la respiración contenida. Ya no había vuelta atrás. Apretó los dientes mientras estrujaba un cojín con sus manos. A los cinco minutos sonó el teléfono; le devolvió la réplica esperada: tres veces, tres. Suspiró de alivio y soltó la tensión. Se quedó exhausta, tendida sobre el sofá.


Julio regresó puntual. Le extrañó verla tendida. Estaba sobrio y parecía más calmado de lo habitual. Se acercó y se sentó a su lado.

—¿Te ocurre algo?

—Bueno, sí, pero no es malo —le respondió posando su mano sobre su vientre.

—¿Estás embarazada? —preguntó con la ilusión desbordándole los ojos.

—Lo estoy, lo estoy.

—¿De cuánto?

—De tres meses.

—¿Por qué no me lo habías contado antes?

—Porque… —Elena tragó saliva—. No sabía cómo podías tomártelo —desvió su mirada.

—Voy a dejar de beber. Esta vez va en serio. ¡Un niño! ¡Me vas a traer un niño!

Elena no lo creyó. Ya no tenía dedos para contar las veces que había prometido dejar de beber. Lo más que había durado había sido una semana. Pero se conmovió al verlo tan ilusionado. Las pocas ocasiones en que se mostraba así le recordaban a cómo era el hombre del que una vez se enamoró. Sintió un nudo en su garganta.

—Quédate tendida que pongo la mesa. 

—Las setas están preparadas. Sírvete un plato —le dijo con voz lastimera.

—¡Tienes que comer! Recuerda que tienes un bebé dentro.

—Sí, pero no comeré las setas. Me dan arcadas. Ponme la carne con tomate que está en la encimera.

Lo observó mientras se desenvolvía en sus movimientos. Dos hombres en uno: el Doctor Jekyll y Mr. Hyde. Pero no, ya no se dejaba engañar. Hacía tiempo que había traspasado el límite del no retorno. Le fastidiaba que precisamente hoy llegase con su mejor cara. Todavía sentía emociones remotas que la ataban a un pasado que se esfumó en el culo de una botella. Él se había bebido todas sus ilusiones de un trago. Por eso, Elena se esforzó en espantar esos resquicios a patadas. 

Con la mesa puesta se pusieron a comer. Él devoraba con satisfacción las setas. Ella seguía con sus ojos cómo las masticaba con la boca abierta. Veía esa masa parduzca subir y bajar hasta deslizarse hacia dentro. “¿Están deliciosas, cariño? ¡Métetelas todas en la boca, cabrón!”, se decía con la boca cerrada y el pulso a cien.  La felicitó por su buena mano en la cocina y ella forzó una sonrisa. Algo se le escapó que él notó. Paró de llevarse el tenedor a la boca. La miró con una leve sombra de recelo que la crispó.

—¿Pasa algo? ¿Por qué no quieres probarlas?

—No, no pasa nada. Es que no puedo ni verlas ni olerlas. Ya sabes… las náuseas.

—Apenas has probado bocado. ¿No puedes comer más?

—No, no me entra.

—Tiéndete, que ya me encargo de recoger la mesa. —Tanta amabilidad inesperada la abrumó.

Elena se tendió y cerró los ojos. “¿Y si esta vez fuera verdad?”, le golpeó un pensamiento en la sien. “¿Y las otras? ¿Acaso fueron verdad?”, contraatacó. Trató de conciliar el sueño, pero la lucha continuaba en el ring de su mente. Terminó por rendirse; la suerte estaba echada y ya no había vuelta atrás.

Julio se acostó un rato. Elena aprovechó para hacer el cambio. Cogió la olla con las setas y salió fuera. Se retiró de la casa y las enterró en un lugar recóndito. Volvió con las setas que había dejado ocultas en el cobertizo. Las colocó en la cocina y lavó la olla. 


El resto de la tarde Julio estuvo bien. A las seis horas empezó a sentirse raro, con escalofríos, náuseas y dolor de vientre. Le decía medio en broma que ahora el embarazo lo sentía él. A medida que fue avanzando la noche, empeoró con rapidez. Empezó a gritar de dolor y a tener delirios. Le suplicó que llamara al médico por teléfono. Elena marcó el número sin descolgar el auricular. Le dio a beber una infusión en la que disolvió una alta dosis de pastillas para el sueño. Julio perdió la conciencia y los alaridos cesaron.


Elena cogió su abrigo y caminó durante dos kilómetros hasta llegar a una especie de caseta de pastor abandonada. Se sentó, encogida, a esperar. A la media hora escuchó el ruido de un coche. El coche se paró, alguien abrió la puerta y salió. La puerta de la caseta se abrió. Una voz familiar la abrazó.

—¡Elena, estás muerta de frío! Tengo una manta en el coche. ¡Vámonos de aquí!

—Tenía miedo de que no vinieras —respondió ahogando un sollozo.

La ayudó a levantarse, se abrazaron y juntas se fueron de allí. Ya en el interior del coche, sabiéndose seguras, siguieron hablando.

—¿Le dijiste que me iba a Canadá?

—Sí.

—¿Te ha visto alguien?

—No, he dado un gran rodeo para no encontrarme con nadie.

—¿Dónde estabas?

—En Francia. 

—Tengo miedo de que se tuerzan las cosas y nos encuentren.

—No lo harán. ¿Recuerdas que te dije que te iba a ayudar a desaparecer?

—Sí.

—Pues eso es lo que vamos a hacer. Elena murió. 


A los dos días, llamaron a la puerta y nadie contestó. Silencio sepulcral. Dieron la voz de alarma y la Guardia Civil se personó en el domicilio. Forzaron la puerta. Dentro se encontraron a Julio en estado de coma. Estaba solo, no había ni rastro de Elena. 


Después de tres semanas, Julio recobró la conciencia. Había quedado con graves secuelas hepáticas, pero seguía vivo. Todo el cuadro llevaba a una intoxicación por setas, pero las que encontraron en su casa eran inofensivas. De su mujer, nada. Había desaparecido como un fantasma. Si se había ido, no se había llevado ni documentos ni ropa. Se había esfumado. Las sospechas apuntaron hacia un posible homicidio. Buscaron su cuerpo sin éxito. Cerraron el caso, pero en el pueblo todos pensaron que Julio se la había cargado. Nadie decía nada, pero todos sabían que se le iba la mano con ella. Julio se defendía diciendo que ella lo había envenenado y se había fugado con su amiga. Nadie lo creyó. Todos sospecharon de él. 

@ana.escritora.terapeuta

   

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