sábado, 14 de febrero de 2026

Amanita

 


"Algunas setas son mortales. Algunos amores también."

Se miraban con los ojos atravesados de silencio. Las manecillas avanzaban impasibles, con su ritmo militar, en la esfera de lo inevitable. Tic, tac, tic, tac retumbaba en sus cabezas. El viento soplaba gélido tras los cristales. El crepitar de los troncos en la chimenea atrajo su atención en un intento de encontrar un refugio cálido donde guarecerse del frío.

—No creo que tarde mucho en regresar. Es hora de ir marchando —arrancó a decir con cierto pesar la visita al tiempo que se levantaba del sillón y lanzaba una mirada de reojo a la ventana. 

—No, no tardará —su voz la sacudía como un estertor. 

—Espero verte pronto. No tardes. Te dejo un libro. Creo que puede serte de utilidad y, además, también es un buen combustible para el fuego. 

No se dijeron más. Las palabras se les habían acabado. Se abrazaron fuerte, cuerpo a cuerpo, deseando eternizarse para siempre en ese instante. 

Rebeca recuperó la compostura, respiró hondo y, dedicando una última mirada a su amiga, se apresuró hacia la puerta. Su sonido, tras cerrarse, estremeció a Elena de punta a punta. Cuando la vio subir al coche y arrancar, la siguió con los ojos hasta perderla de vista. Se quedó inmóvil con la mirada enredada entre las copas azotadas de los árboles. El viento gemía lastimero, con una exhalación espectral. Ese otoño se estaba haciendo sentir duro. No solo arrastraba las hojas de los árboles, sino que se llevaba también sus esperanzas.


El rugido de un motor la sacudió de su ensoñación. Era él, volvía del pueblo. En una reacción instintiva, ocultó el libro entre los libros de la estantería. Se acercó a la cocina de leña y puso a calentar la comida. 

—¿Has tenido visita esta mañana? —su voz sonaba áspera y cortante.

—Sí, mi amiga Rebeca —trató de contener sin éxito el temblor de su voz.

—¡Vaya, vaya! ¿No se había ido ya a Canadá?

—Se va esta noche de madrugada.

La escrutó con la mirada como queriendo atravesarla.  Ella palideció por dentro. Trató de forzar una sonrisa. Con él nunca se sabía. Sus nervios estaban a flor de piel. Quería controlar cada gesto, cada reacción que la delatase. Pero sabía que, por mucho que se esforzase, nunca controlaba nada. Cualquier cosa podía servir como detonante. Se sentía una muñeca rota en sus manos. 

—¿Te pongo algo de comer?

—No, come tú. Te estás quedando demasiado flaca. 

Elena puso la mesa con movimientos de autómata. Se movía lenta y rígida. Cada vez que se giraba de espaldas, sentía la punzada de sus ojos sobre su cuello. Se sentó y se obligó a comer. El tintineo de la cuchara contra el fondo del plato sonaba con una letanía que parecía quebrar el tenso silencio. Comía con el estómago encogido. 

—Setas, quiero setas. ¿Serás capaz de cocinarlas? —su pregunta iba cargada.

—Haré lo que pueda.

—Más te vale. Selenio me ha regalado una cesta llena. No sé qué mosca le ha picado, con lo miserable que es. Algo querrá.  La he dejado en el cobertizo. 

—Vale —asintió como un autómata.

—No tardes, te espero en la cama —la miró con ojos lascivos.

Se quedó a solas en el comedor. Le temblaba todo el cuerpo. El contacto piel con piel, su respiración, su aliento empapado en alcohol y sus jadeos en la oreja la sobrecogían. Sabía que no tenía mucho tiempo para concienciarse antes de entrar en el cuarto y dejarse hacer. Se decía a sí misma: “Pasará rápido”, y lo repetía en su mente todo el rato hasta que él terminaba. Cuando al fin lo vencía el sopor y se quedaba inmóvil, ella se levantaba sigilosa y, sin hacer ruido, se iba al cuarto de baño para darse una ducha y limpiarse. Pero por mucho que se enjabonara, la suciedad la seguía sintiendo por dentro. Esa repugnancia iba aumentando con cada contacto íntimo. A veces se preguntaba hasta cuánto tenía que aguantar para detonar una explosión en su interior que arrasase con todo. 

Entró en la habitación, se desnudó y se dejó hacer. Al rato, él se desplomó como un saco de patatas a su lado. Oyó sus ronquidos elevarse en el aire viciado de la alcoba.  Le quedaba casi una tarde antes de que él se recuperase de la media resaca que traía encima. Cada vez más borracho, cada vez más imprevisible y peligroso.

Inmóvil, parecía tan inofensivo... Lo miró como se mira a un animal repugnante. Se levantó y, después de su ritual de limpieza, se preparó una taza de café, sacó un cigarrillo del paquete que tenía escondido y lo encendió entre las brasas. Se sentó sobre la alfombra, cerca del fuego, con el calor de la taza palpitando entre sus manos. Le gustaba recorrer con sus ojos las llamas. Quizás porque dentro de su cuerpo se iba abriendo paso una combustión silenciosa. Recordó el libro que le había traído su amiga y se levantó a por él.

“Setas. Aprenda a diferenciar las comestibles de las tóxicas”. Lo ojeó un tiempo hasta que su dedo se posó en una lámina a todo color. A pie de página figuraba un nombre: Amanita phalloides o sombrero de la muerte. “Bonito nombre, un sombrero para saludar a la muerte”, se dijo con una ironía sorda. Siguió leyendo en un recuadro de texto que había en la página adyacente:

“…de sabor agradable, suave e incluso delicioso, lo que aumenta el riesgo de consumo accidental al confundirse con especies comestibles como los champiñones o la Amanita Caesaerea”

Cerró los ojos, apretó los puños y exhaló con placer la última bocanada de humo que tenía aprisionada en su boca. Ese nombre, “Amanita Caesaerea”, golpeteó con fuerza en su mente. Se levantó, se enfundó el abrigo, tomó una linterna y, sin dejar el libro, se fue al cobertizo. Nada más abrir el portón y enfocar el haz de luz, vio la cesta de setas. Se acercó a ellas con un ansia voraz, con el corazón en vilo; al mirarlas, le entró una risa nerviosa. Abrió el libro por la página marcada y las vio: Amanita Caesaerea. Una chispa invisible, pero de efectos bien palpables, había prendido en su interior.

Regresó a la casa. Se volvió a sentar frente al fuego, con el libro abierto sobre sus piernas. Siguió leyendo: “Cómo diferenciarlas”. Absorbió la información con avidez. Ya iba a cerrar el libro cuando notó en la última página un grosor inusual. La tanteó con sus dedos. No había duda: eran dos páginas que estaban pegadas.

Una corazonada la guió hacia donde guardaba el cutter. Lo cogió y, nerviosa, empezó a rasgar las hojas por sus extremos; una vez separadas, sus ojos se tropezaron con una sorpresa inesperada: un sobre pegado en el centro. Lo abrió como quien encuentra el mapa de un tesoro. Dentro había una carta. Emocionada, la desplegó. El folio le temblaba entre las manos. Leyó sus líneas, una y otra vez. La voz de Rebeca resonaba en su cabeza y la acariciaba por dentro. Se llevó la carta a la altura del pecho y la abrazó. Antes de arrojarla al fuego, la olió y la besó. La acompañó con la mirada mientras se deshacía entre las llamas. 

Colocó el libro de nuevo en la estantería. Todavía no le había llegado su momento. Se fue a la cama que había en la otra habitación. Cada vez se iba más allí y a él no parecía importarle. Se refugió en el recuerdo de las palabras de su amiga y se durmió arrullada por ellas, como no recordaba desde hacía mucho tiempo.


Al día siguiente, Julio se levantó temprano. Elena fingió seguir dormida para evitar el contacto. No solía desayunar. Tenía prisas por irse al pueblo. Tras cerrarse la puerta, esperó hasta oír el coche arrancar. Saltó de la cama. Tenía una mañana por delante y unas setas que cocinar. Desayunó, se vistió con prisas y se llevó el libro. Fue al cobertizo a por la cesta. Con manos temblorosas sacó la mitad y las dejó semiocultas en un rincón.  Con el corazón golpeándole en la boca, se internó en el bosque. Allí tiró la otra mitad de las setas.


Durante dos horas, buscó las que necesitaba. Con la cesta llena, regresó acelerada.

Cogió el libro de recetas y escogió una. Se colocó unos guantes y se dispuso a preparar las setas para cocinarlas. Estaba hecha un flan, pero se esforzó para que la comida le saliera deliciosa. Arrojó el libro a la chimenea y se dispuso a esperar mientras contemplaba cómo lo consumía el fuego. El olor a quemado le supo a gloria. “Hay historias que merecen ser abrasadas por las llamas y otras que merecen ser recordadas. Esta tiene que ser carbonizada”, pensó. 


Se sentó con la mirada puesta en el teléfono. Mientras esperaba el momento, trató de pensar cómo abordar la situación. La idea le vino mientras acariciaba su todavía no redondeado vientre. Le había ocultado su embarazo. Las razones no le eran del todo claras; unas veces pensaba que así protegía al bebé; otras, sentía que era la rabia que crecía por dentro la que mantenía sus labios sellados. Se había sorprendido en ocasiones, acariciando el deseo de que una paliza, que se le fuese de las manos, terminara con su vida y la de la criatura que llevaba en su vientre. Ella habría dejado de sufrir, el bebé no tendría que hacerlo y, además, esa bestia cargaría con ello de por vida. Este tipo de pensamientos solo le asaltaban en los momentos más negros.  


A las 12:00 se dirigió hacia el teléfono, colocó su dedo índice sobre el agujero del 3 y giró la rueda hasta dar la vuelta completa; siguió marcando uno a uno los números. Con el auricular pegado, oyó las tres llamadas; colgó y volvió a marcarlo; tres llamadas; y así hasta tres veces. Era fácil de recordar, tres veces tres. Esperó con la respiración contenida. Ya no había vuelta atrás. Apretó los dientes mientras estrujaba un cojín con sus manos. A los cinco minutos sonó el teléfono; le devolvió la réplica esperada: tres veces, tres. Suspiró de alivio y soltó la tensión. Se quedó exhausta, tendida sobre el sofá.


Julio regresó puntual. Le extrañó verla tendida. Estaba sobrio y parecía más calmado de lo habitual. Se acercó y se sentó a su lado.

—¿Te ocurre algo?

—Bueno, sí, pero no es malo —le respondió posando su mano sobre su vientre.

—¿Estás embarazada? —preguntó con la ilusión desbordándole los ojos.

—Lo estoy, lo estoy.

—¿De cuánto?

—De tres meses.

—¿Por qué no me lo habías contado antes?

—Porque… —Elena tragó saliva—. No sabía cómo podías tomártelo —desvió su mirada.

—Voy a dejar de beber. Esta vez va en serio. ¡Un niño! ¡Me vas a traer un niño!

Elena no lo creyó. Ya no tenía dedos para contar las veces que había prometido dejar de beber. Lo más que había durado había sido una semana. Pero se conmovió al verlo tan ilusionado. Las pocas ocasiones en que se mostraba así le recordaban a cómo era el hombre del que una vez se enamoró. Sintió un nudo en su garganta.

—Quédate tendida que pongo la mesa. 

—Las setas están preparadas. Sírvete un plato —le dijo con voz lastimera.

—¡Tienes que comer! Recuerda que tienes un bebé dentro.

—Sí, pero no comeré las setas. Me dan arcadas. Ponme la carne con tomate que está en la encimera.

Lo observó mientras se desenvolvía en sus movimientos. Dos hombres en uno: el Doctor Jekyll y Mr. Hyde. Pero no, ya no se dejaba engañar. Hacía tiempo que había traspasado el límite del no retorno. Le fastidiaba que precisamente hoy llegase con su mejor cara. Todavía sentía emociones remotas que la ataban a un pasado que se esfumó en el culo de una botella. Él se había bebido todas sus ilusiones de un trago. Por eso, Elena se esforzó en espantar esos resquicios a patadas. 

Con la mesa puesta se pusieron a comer. Él devoraba con satisfacción las setas. Ella seguía con sus ojos cómo las masticaba con la boca abierta. Veía esa masa parduzca subir y bajar hasta deslizarse hacia dentro. “¿Están deliciosas, cariño? ¡Métetelas todas en la boca, cabrón!”, se decía con la boca cerrada y el pulso a cien.  La felicitó por su buena mano en la cocina y ella forzó una sonrisa. Algo se le escapó que él notó. Paró de llevarse el tenedor a la boca. La miró con una leve sombra de recelo que la crispó.

—¿Pasa algo? ¿Por qué no quieres probarlas?

—No, no pasa nada. Es que no puedo ni verlas ni olerlas. Ya sabes… las náuseas.

—Apenas has probado bocado. ¿No puedes comer más?

—No, no me entra.

—Tiéndete, que ya me encargo de recoger la mesa. —Tanta amabilidad inesperada la abrumó.

Elena se tendió y cerró los ojos. “¿Y si esta vez fuera verdad?”, le golpeó un pensamiento en la sien. “¿Y las otras? ¿Acaso fueron verdad?”, contraatacó. Trató de conciliar el sueño, pero la lucha continuaba en el ring de su mente. Terminó por rendirse; la suerte estaba echada y ya no había vuelta atrás.

Julio se acostó un rato. Elena aprovechó para hacer el cambio. Cogió la olla con las setas y salió fuera. Se retiró de la casa y las enterró en un lugar recóndito. Volvió con las setas que había dejado ocultas en el cobertizo. Las colocó en la cocina y lavó la olla. 


El resto de la tarde Julio estuvo bien. A las seis horas empezó a sentirse raro, con escalofríos, náuseas y dolor de vientre. Le decía medio en broma que ahora el embarazo lo sentía él. A medida que fue avanzando la noche, empeoró con rapidez. Empezó a gritar de dolor y a tener delirios. Le suplicó que llamara al médico por teléfono. Elena marcó el número sin descolgar el auricular. Le dio a beber una infusión en la que disolvió una alta dosis de pastillas para el sueño. Julio perdió la conciencia y los alaridos cesaron.


Elena cogió su abrigo y caminó durante dos kilómetros hasta llegar a una especie de caseta de pastor abandonada. Se sentó, encogida, a esperar. A la media hora escuchó el ruido de un coche. El coche se paró, alguien abrió la puerta y salió. La puerta de la caseta se abrió. Una voz familiar la abrazó.

—¡Elena, estás muerta de frío! Tengo una manta en el coche. ¡Vámonos de aquí!

—Tenía miedo de que no vinieras —respondió ahogando un sollozo.

La ayudó a levantarse, se abrazaron y juntas se fueron de allí. Ya en el interior del coche, sabiéndose seguras, siguieron hablando.

—¿Le dijiste que me iba a Canadá?

—Sí.

—¿Te ha visto alguien?

—No, he dado un gran rodeo para no encontrarme con nadie.

—¿Dónde estabas?

—En Francia. 

—Tengo miedo de que se tuerzan las cosas y nos encuentren.

—No lo harán. ¿Recuerdas que te dije que te iba a ayudar a desaparecer?

—Sí.

—Pues eso es lo que vamos a hacer. Elena murió. 


A los dos días, llamaron a la puerta y nadie contestó. Silencio sepulcral. Dieron la voz de alarma y la Guardia Civil se personó en el domicilio. Forzaron la puerta. Dentro se encontraron a Julio en estado de coma. Estaba solo, no había ni rastro de Elena. 


Después de tres semanas, Julio recobró la conciencia. Había quedado con graves secuelas hepáticas, pero seguía vivo. Todo el cuadro llevaba a una intoxicación por setas, pero las que encontraron en su casa eran inofensivas. De su mujer, nada. Había desaparecido como un fantasma. Si se había ido, no se había llevado ni documentos ni ropa. Se había esfumado. Las sospechas apuntaron hacia un posible homicidio. Buscaron su cuerpo sin éxito. Cerraron el caso, pero en el pueblo todos pensaron que Julio se la había cargado. Nadie decía nada, pero todos sabían que se le iba la mano con ella. Julio se defendía diciendo que ella lo había envenenado y se había fugado con su amiga. Nadie lo creyó. Todos sospecharon de él. 

@ana.escritora.terapeuta

   

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domingo, 8 de febrero de 2026

La mancha

 


Vanessa estaba comida por los nervios. A sus treinta, danzaba entre reuniones de alto nivel sobre sus tacones con la destreza de una bailarina. Ni una hebra fuera de lugar, ni un saludo improvisado. Llevaba cinco años dirigiendo el departamento de marketing de una empresa de cosméticos como si fuera su propio imperio. Pero aspiraba a más y la oportunidad estaba al alcance de sus manos. Se trataba de una oferta de trabajo en la que buscaban a una persona para cubrir el puesto de director ejecutivo en un holding de alto standing.

Mañana era el día. Lo había cuidado todo con esmero obsesivo: desde el dossier hasta el peinado. La propuesta para el puesto vacante martilleaba en su cabeza: “Buscamos profesionalidad, pero por encima de todo, impecabilidad”. ¿Y quién, si no ella, era una profesional sin tacha?

Se dio un baño con sales y se acostó temprano. Había que tenerlo todo bajo control y un sueño reparador era fundamental para salir a por ese trabajo que ya era suyo. Podía palparlo, sentir su paso por las oficinas y mirar las vistas desde los grandes ventanales del que sería su nuevo despacho.

Sonó el despertador. Lo había puesto con tiempo para esmerarse en su acicalamiento. Se miró al espejo y se gustó como nunca. Ese precioso vestido, blanco impoluto, de corte italiano, que se ceñía a sus formas con elegancia dejando entrever su esbeltez, le quedaba como un guante.

Bajó al garaje y subió a su Audi, último modelo. Salió hacia el gran edificio donde tendría lugar la entrevista. Esperó su turno con confianza. Miraba de soslayo a sus posibles rivales y se sonreía para sí: no estaban a su altura. Pero su mirada se desvió hacia la parte baja de su vestido y se encontró con algo que la sobrecogió: una mancha oscura, como de café, de un tamaño que amenazaba su pulcritud.

Quiso levantarse e ir hacia el baño para remediar el desastre, pero no pudo. La asistente se había acercado a ella para invitarle a pasar a la entrevista. El mundo se le vino encima. ¿Por qué le ocurría esto en el peor momento? ¿De dónde había salido esa impertinente mancha? Trató de recomponerse para afrontar la situación como un desafío, pero sentía la mancha agrandarse dentro de ella.

Un hombre mayor, que rondaría los setenta años, la recibió con una gran sonrisa y la invitó a sentarse. La miró detenidamente. Parecía no tener prisas.

Vanessa se sentó, enderezando su torso con estudiado aplomo. Sus manos, descansaban sobre su regazo. Solo ella era consciente del ligero temblor que las sacudía.

—Señorita Vanessa, ¿me permite tutearla?

—Sí, por supuesto.

—Soy Aitor Contreras, gerente de selección de personal. He estado revisando tu currículo y es impresionante. Tengo una pregunta para ti. Quiero que te tomes tu tiempo para contestarla porque es vital. ¿Estás preparada?

—Sí, lo estoy, adelante.

—¿Te consideras una persona impecable? Y por impecabilidad no me refiero a la mancha de tu vestido.

Vanessa sintió que el rubor la sacudía como una descarga eléctrica. Intentaba no mirar la mancha, que parecía haberse expandido hasta ocupar toda la habitación. Aitor le había dado una tregua con el tiempo, así que se decidió apurarlo para calmarse por dentro. Necesitaba recuperar paz mental. Respiró hondo, relajó sus hombros hacia atrás y, haciendo acopio de toda su seguridad personal, contestó:

—Sí, me considero una persona impecable. Mi currículo así lo acredita.

—No, tu currículo lo que me dice es que te lo has currado a nivel profesional, que eres una mujer ambiciosa, que sabes tomar decisiones y que no temes el riesgo. Pero no me dice nada sobre tu impecabilidad como persona. Sobre si sabes trabajar en equipo, valorar a las personas por encima de su puesto y tenerlas en cuenta.

—Entiendo. Pero si es eso, me reafirmo como una persona intachable, aunque no conste en mi currículo.

—Bien, pues me temo, Vanessa, que tus compañeros no piensan lo mismo. ¿Sabes? He hecho mi trabajo. Y lo que me he encontrado es que no tienes en cuenta a las personas que te rodean: ¿sabes quién es Lara? ¿Alguna vez le diste las gracias o al menos la miraste a los ojos cuando te trajo el café? ¿Y Eduardo, tu compañero de diseño? ¿Acaso no te atribuiste su último trabajo, que fue brillante, en la reunión de la semana pasada? ¿Y qué me dices de Amanda? ¿Acaso no la retiraste del equipo porque, según tú, la maternidad no le permitía asistir a las reuniones presenciales?  ¿Era la maternidad o la veías como una rival peligrosa?

Un sudor frío recorrió la espalda de Vanessa. Las miradas de sus compañeros sobre ella eran como cuchillos que la atravesaban. Vio a Lara tratando de hacer el menor ruido posible, los ojos de decepción de Eduardo en aquella reunión y la cara de resignación de Amanda al sentirse apartada.  El vientre empezó a darle sacudidas; el cuerpo entero le temblaba por dentro. Un sonido metálico y chirriante se abrió paso hacia sus oídos invadiéndolo todo. Era el despertador que anunciaba la hora de levantarse.

Se incorporó, presa de la angustia. “Sólo ha sido una pesadilla”, se dijo. Todo parecía en su sitio, pero algo en ella había cambiado. Se levantó y fue a mirar su vestido. Estaba limpio, sin manchas.

Fue hacia la cocina a prepararse el desayuno. No tenía hambre y seguía teniendo frío. No era un frío que viniera de fuera, sino de dentro. “Ostras”, se dijo, “no se me va esta sensación, siento esa oscuridad creciendo dentro de mí”.

Se sentó en una silla y su mente viajó al momento en que empezó a fallarse a sí misma. Poco a poco fue cediendo terreno en aras de la ambición. Al principio, eran pequeños detalles que fueron haciéndose cada vez más grandes. Dejó de ver a las personas para ver obstáculos en su carrera. Le dolió tanto que se llevó la mano a la altura del pecho y empezó a llorar sintiendo una profunda lástima hacia sí misma. “¿En qué me he convertido?”, preguntó entre sollozos. “No puedo. No quiero ir a esa entrevista con esta mancha”

Recordó sus renuncias: al amor, a la amistad, a lo imprevisible. Su imagen de perfecta maniquí metódica terminó imponiéndose como una presa que cortaba el flujo de la vida. Miró sus manos, cuidadas y sin arrugas, perfectas. Pero por dentro, se sentía deshecha. Había vivido una mentira con un bonito envoltorio para presentar en sociedad.

Tomó aire y se dirigió a por el móvil para anular su asistencia. Llamó a su empresa para pedirse la semana libre. Nunca había pedido tiempo, así que se lo debían. Pensó qué hacer con su vida. Quería eliminar esa suciedad que enturbiaba su alma. Recordó un retiro que una amiga le recomendó en cierta ocasión. Era un monasterio aislado donde acogían a ejecutivos estresados con deseos de reconectar.

Hizo las gestiones pertinentes y allí se fue. Sólo llevó consigo un bloc de notas sin estrenar y un par de bolígrafos. No estuvo una semana, sino un mes. En un impulso decidido, redactó su carta de renuncia. No fue fácil, pero lo sintió necesario. La antigua Vanessa debía morir para que naciese otra, más auténtica, más humana.

El monasterio se abría intrépido entre las montañas, envuelto en una naturaleza salvaje que jugaba a albergar almas quebradas. Vanessa se dejó acoger en el silencio y lo atesoró como el más grande de los tesoros. Sentada en el claustro, mientras dejaba que el sol acariciase su rostro, escribía con mano temblorosa los renglones más dolorosos de su vida para conciliarse con ellos. Lloraba embargada por el alivio. Una lágrima rodó por sus mejillas y cayó sobre la página. Sus lágrimas no manchaban, la limpiaban por dentro.

Sonriendo y con los ojos brillantes por la emoción, le daba las gracias a esa mancha que un mal sueño le mostró. ¿O quizás no fuese tan mal sueño?

@ana.escritora.terapeuta.

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domingo, 1 de febrero de 2026

El almuerzo de Lily

 


A veces, lo que despierta tu curiosidad también puede devorarte...

El golpe seco del hacha caía sobre la tabla. El olor a carne se entremezclaba con los perfumes de las mujeres que esperaban su turno. Honorio sudaba de calor. El aire del aparato no era suficiente para aliviarlo. Se pasó el brazo para retirar las gotas de agua que manaban de su frente. Se oyó el tintineo de la cortinilla de metal. “Otra más”, se dijo sin levantar la vista mientras daba un golpe certero para separar el último trozo de una pieza de costilla.

Fue atendiendo el goteo de clientes. Ese día despachaba solo. Sus padres, ya mayores, estaban de asuntos médicos. La cola se fue reduciendo. Se acercaba la hora de cierre y Honorio deseaba con todas sus fuerzas que la cortina permaneciese ajena a todo movimiento que no fuese salir de allí. Ya iba por el último cliente, cuando la cortinilla se abrió.

Una figura delgada se deslizó con un carrito de la compra hacia el interior de la carnicería. Era Matilde, una viejecita de aspecto adorable y apariencia frágil, que tenía en ascuas a Honorio. Había pasado de comprar algún filete de ternera o un muslo de pollo a comprar cantidades cada vez más grandes de carne. No se explicaba ese aumento para una mujer mayor que vivía sola. El negocio era el negocio, pero la curiosidad no dejaba de ser curiosidad.

—Buenas, Matilde, a punto de cerrar estaba —se apresuró a bajar a media altura la puerta metálica de cierre—. ¿Qué desea usted?

—¿Y tus padres?

—De médicos. Bien, ¿qué le pongo?

—Ponme 5 kg de carne de cerdo en tacos grandes y dos pollos enteros.

—Matilde, ¿tiene usted invitados?

—¡Ay, no! —exclamó a media sonrisa—. Es para mi mascota. Cada vez come más. Está hecha una glotona.

—¿Y qué mascota es?  —preguntó mientras preparaba la carne.

—Se llama Lily y es hembra. Es una lagartija que me regaló mi sobrino y que ha ido creciendo mucho.

Honorio no daba crédito a lo que escuchaba. “¿Una lagartija tan grande y voraz?” Mientras preparaba la carne, deseó desvelar el misterio. Total, Matilde no vivía muy lejos de allí. Así que, sin pensárselo mucho, se ofreció a acompañarla. La ayudó a meter la carne en el carrito. Justo terminar de cerrarlo y oír el crepitar del aparato anti mosquitos.

—¡Ay, pobre! Eso le pasa por curioso —apuntilló sarcástica la señora.

A Honorio le pareció un pelín maliciosa su sonrisa, pero recordó las palabras de su madre: “Hijo, ves moros en todas partes”. Así que descartó su impresión de un manotazo. Salieron juntos de la tienda. El sol los acechaba implacable por el pavimento, sin darles tregua. A pesar de que estaba más o menos cerca, a Honorio el trayecto se le hizo largo y lento. Apenas había zonas de sombra donde guarecerse a su paso. Después de un tiempo, que le pareció alargarse en exceso, llegaron a un viejo portal y Matilde sacó las llaves para abrirlo. Entraron dentro. Olía a viejo como el bloque de sus padres. Se notaba que hacía tiempo que las reformas no asomaban por allí. No había ascensor, así que tuvo que subir en volandas el carro.

—Matilde, ¿cómo puede subir la compra por las escaleras?

—Poquito a poco, joven; escalón a escalón, paro a descansar, respiro y vuelta a empezar. Me toma su tiempo, pero llego.

La anciana iba por delante. Honorio observaba cómo subía las escaleras. Le daba la impresión de estar viendo no a una señora mayor, sino a una ágil gacela. Como era el segundo piso, no tardaron en llegar. Honorio esperaba la invitación para entrar, por un lado, pero, por otro, se mantenía un poco indeciso. Algo en ella no encajaba y no sabía precisar qué ni por qué. Matilde lo sacudió de su parloteo mental.

—Pasa, joven, que quiero que conozcas a Lily. ¡Te lo has ganado!

Honorio pasó dentro y cerró la puerta tras él. Matilde le dijo que siguiese todo el pasillo hacia delante y abriera la puerta del cuarto de baño, que estaba al fondo. Se sentía como un autómata que fuese empujado a un abismo. Fue hacia la puerta y giró la manilla. Un silencio denso y pesado se posó sobre la atmósfera. Si había un animal, no hacía ningún ruido. “Bueno, ya estoy aquí, así que…”, se dijo. Su mano terminó de completar el giro. No se sentía con ánimos de empujar la puerta. Sintió un roce duro sobre su esternón. Al girarse se topó con el rostro endurecido de la anciana. Empuñaba un rifle con sus manos y apuntaba a su espalda.

—¡Abre la maldita puerta! —le gritó con un tono amenazador, desconocido en ella.

El corazón de Honorio palpitó tan fuerte que sintió que le estallaba en los oídos. Abrió la puerta en pleno shock. Sus ojos se desencajaron, se estremeció de horror. Su piel se empapó de un sudor espectral. Esa cosa verde, de ojos enormes y fauces dotadas de finas cuchillas, venía hacia él.

—¡Lily! ¡Mi encantadora criaturita! ¡Mira! ¡Te traigo un buen almuerzo!

Una neblina lo envolvió, dejó de sentir su cuerpo. Todo fue oscuridad y silencio. Cuando recuperó la conciencia, lo primero que vieron sus ojos fueron las paredes blancas del hospital. Estaba rodeado de cables. Una enfermera que pasaba por allí lo atendió.

—¿Sabes cómo te llamas? ¿Recuerdas algo?

—Honorio. Recuerdo…

Se esforzó por recordar, pero las imágenes no venían. Después de un buen rato se acordó de sus padres. Quería saber de ellos. La enfermera los llamó para informarles que su hijo había despertado del coma. Por lo visto, llevaba tres meses. A lo más que llegó fue a ese caluroso día que pasó en la carnicería, pero lo demás, totalmente borrado. Lo habían encontrado allí. Una clienta llamó a emergencias cuando se desplomó al suelo después de haber metido la carne en su carrito. Decía la mujer que se había ofrecido a acompañarla, pero que entonces se cayó redondo. No recordaba nada después de la carnicería. Ni siquiera de la última mujer a la que atendió.

De vuelta a casa, empezó a tener recuerdos. Primero le vino un rostro. Era el rostro de una anciana. Luego un nombre, Matilde. Pero sus padres no recordaban a ninguna clienta que se llamase así. Entonces vinieron las pesadillas: se acercaba con Matilde a su casa, abría la puerta del baño y se encontraba con un enorme cocodrilo que quería devorarlo. Se despertaba gritando y con el cuerpo empapado en sudor. Siguieron más recuerdos. Decía que la había acompañado a su casa con la compra y que la anciana lo había amenazado con un rifle. Nadie le creyó cuando apuntó que Matilde quería servirlo de aperitivo a un cocodrilo que tenía recluido en su cuarto de baño. Que era por eso por lo que últimamente compraba tanta carne.

Honorio terminó en tratamiento psiquiátrico. Decían que estaba atravesando un cuadro paranoide. Desconfiaba de todos y sus relaciones se volvieron difíciles. Creía que los demás conspiraban en su contra, incluso sus padres, que ya no sabían qué hacer. Pero él estaba convencido de lo que había visto y vivido, porque quién sino él estaba bajo su propia piel.

@ana.escritora.terapeuta.

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domingo, 25 de enero de 2026

El dolor como mensajero

 


El dolor como mensajero

No nos gusta el dolor. Vivimos en la sociedad de la anestesia, del parche analgésico. Pero el dolor no viene para que lo evadas. Viene para avisarte de que tienes un asunto pendiente contigo mismo. Es el despertador del sueño de la vida. Hay algo que tienes que resolver dentro de ti y que, si no afrontas y lo tapas, te volverá a asaltar a la vuelta de la esquina en forma de nuevos problemas.

No es cómodo parar y dirigir la mirada al interior. El miedo nos paraliza y por eso lo cubrimos con capas de distracción. Siempre hay algo que hacer. Una excusa en nuestro camino. Sucede que esas creencias que hemos adoptado como verdades absolutas se tambalean. Es como ir quitando cartas en un castillo de naipes. El derrumbe de los pilares sobre los que has asentado tu vida es inevitable. Pero es algo necesario para construir unos nuevos cimientos. Esos que te permitirán crecer y manifestar el potencial que llevas dentro.

La vida es cuestión de elección. Tú decides si esperar al asalto definitivo, que es la encrucijada vital del todo o nada, cuando ya no te quedan más naves que quemar en forma de distracciones y la cuestión es salir a flote o hundirse. O si prefieres una demolición controlada de lo que tiene que irse para que llegue lo nuevo. Lo hagas de una forma u otra, tendrás que dejar de lado ir en piloto automático, empezar a auto-observarte. Observar tus pensamientos sin dejarte arrastrar por ellos y rodearte de silencio.

Decidas lo que decidas, hay una cuestión esencial: perdonarte, aceptarte y abrazarte. Puede que no te guste lo que te devuelve el espejo, pero ha sido parte de tu viaje y has de honrarlo como tal. Suelta el rencor hacia ti y hacia otros. Perdonar es liberarse de la carga, no es olvidar. Deja marchar de tu vida al juicio, a la culpa y a la condena.

Abrázate en silencio, pues solo desde el silencio tendrás espacio para ahondar en ti. Llora si es necesario, pero no te victimices ni te castigues. La travesía por el desierto es un viaje en solitario que todos tenemos que hacer, tarde o temprano, y en el que vamos dejando esas cargas que hemos llevado demasiado tiempo sobre nuestros hombros.

Al final la elección trata de si escoger el amor o el miedo como guía de vida. El miedo conduce al repliegue sobre uno mismo. Al egoísmo. Al achicamiento. A la estrechez de miras. A vivir en modo de supervivencia atisbando sombras en el horizonte. El amor conduce a la mejor expresión de ti mismo, a la expansión, a ver posibilidades por todos lados, a la cooperación, al altruismo y al crecimiento imparable.

Si escoges el amor, sembrarás creencias que te hagan mirar en esa dirección. Y aunque surjan desafíos y problemas, tu mirada sabrá verlos desde otra perspectiva: como una maestría de vida y no como un inconveniente al que maldecir. Si escoges el miedo, seguirás la senda conocida: la del juicio, la culpa y la amenaza. Seguirás siendo la víctima de tu vida. La elección siempre es tuya.

@ana.escritora.terapeuta



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domingo, 18 de enero de 2026

El universo de la nada

 


—¡Qué bonito lienzo en blanco!

—Solo es una tela sin nada.

—¡Qué bonito lienzo en blanco!

—Solo es una tela sin nada.

—Te equivocas, contiene posibilidades sin límite.

—¿Seguro? ¿Y qué ves ahora?

—Ahora veo tu nada deseando romperse.

—¿Y por qué no lo hace?

—Porque tú no la dejas.

—¿Yo? Estoy deseando que me llegue algo, pero no hay manera, estoy bloqueada.

—Pues eso es: te esfuerzas tanto que las espantas.

—¿Y qué hago? ¿Me quedo de brazos cruzados? Ahora mismo estoy sin hacer nada.

—Tú crees que no haces nada, pero si haces: te esfuerzas con tu cabeza y, como no te viene nada, tus manos están atadas.

—¿Cómo salgo de aquí?

—No te resistas, déjate llevar y ríndete. Deja que las ideas vuelen tras tuya y no vayas tras ellas.

—¿Las espanto?

—Así es.

@ana.escritora.terapeuta

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domingo, 11 de enero de 2026

El destino y el Tarot

 



Le había costado tomar la decisión. Los últimos acontecimientos la empujaron a marcar ese número de teléfono clandestino que colgaba de una farola. “Ya no hay vuelta atrás”, se dijo convencida de haber cruzado el Rubicón de su vida. Tenía cita a primera hora de la tarde, a pesar de ser festivo, y no se aguantaba a solas desde principio de la mañana. Agarró el teléfono y llamó a una amiga para apaciguar su mente con compañía.

—Hola Patri, ¿estás libre hoy?

—Sí, Claudia, Manuel se ha ido de caza con mi padre.

—¿Comemos juntas?

—Eso sería genial. No tengo ganas de meterme en la cocina. ¿Te hace un chino?

—Sí, un chino sería perfecto.

Quedaron en salir juntas y merodear por la ciudad hasta la hora de la comida. Patricia la recogió en coche y se internaron en el bullicio navideño del centro. Entre copas y tapas hicieron hueco en el tiempo. Claudia se esforzaba, pero la sonrisa no le salía. La sentía tan lejos que sus músculos apenas componían una mueca. Su amiga ya sabía lo que se cocía en su interior. Se preguntaba si era posible aguantar tanto tiempo sin erupcionar. Como los temas de conversación se caían al suelo, no tardó en salir la cita con la tarotista.

—¿Y tú crees que eso te va a ayudar algo? —inquirió escéptica Patricia.

—Es mi última baza. Necesito tomar una decisión ya.

—Ya sabes lo que pienso y, también, que no creo en esas cosas.

—Lo sé, pero necesito que alguien me ayude a verlo claro.

—Claudia, si tú no lo ves, nadie lo va a hacer por ti.

Claudia enterró la mirada en la mesa. No era eso lo que quería oír. La responsabilidad era demasiado insoportable para ella. La posibilidad de equivocarse la carcomía por dentro. Un silencio incómodo se impuso entre ellas. El tiempo vino en su rescate. Se acercaba la hora de irse al restaurante y Patricia lo aprovechó para dirigirse a la barra y abonar las consumiciones. Ya fuera, se dieron un respiro hasta encontrar un aparcamiento y llegar al restaurante.

Era un restaurante nuevo, apenas llevaba abierto dos semanas, era pequeñito y acogedor. No estaba lleno y consiguieron una mesa. Patricia decidió hablar de temas lo más neutrales posibles, para dar esquinazo a la tensión que crispaba a su amiga. Pero era inútil, cualquier ruido la hacía saltar sobre la silla. “Lo dejo y lo echo del apartamento”, “pero ¿y si no puedo vivir sin él?”, los pensamientos iban y venían en bucle. La comida permanecía sin tocar en los platos. Patricia pidió un vino para hacer el trago más agradable. Surtió efecto, poco a poco, fueron arribando al mundo de los recuerdos, aquellos que estaban lejos del escenario de sus pesadillas.

—¿Unas galletitas de la suerte? —les ofreció el camarero, un señor mayor.

—¡Ay, sí! ¡Qué ilusión!  Claudia, elige tú primero. ¿Sabes que estas galletitas llevan mensaje?

Claudia abrió los ojos como platos. Miró las dos galletas y, casi sin pensarlo, tomó una. Las dos mordisquearon la galleta sin prisa, como un viejo acto ceremonial de encuentro con el destino. Al llegar al final y encontrarse con el papelito, cada una tomó el suyo y lo leyó en silencio. Patricia leyó el suyo en voz alta: —“Sigue insistiendo”, vaya, tengo que insistir en pedir un ascenso. ¡Lo sabía! —rio para adentro.

Claudia permanecía callada, sus ojos estaban absortos, pero en calma. Algo nuevo nacía en su interior. Su amiga la observaba de cerca, no quería servir de obstáculo y la esperó.

—La mía dice… —dijo alargando las sílabas para crear expectación—: “El destino solo lo escribes tú”. Te invito a la comida. ¿Quieres que vayamos después al cine?

—¿Después de…? —preguntó casi sin creérselo su amiga.

—Después de que anule la cita con la mujer del tarot, claro.

—Eso significa que…

—Sí, eso significa que ya he tomado una decisión. ¡Se acabó!

@ana.escritora.terapeuta

 

 

 

 

 

Amanita

  "Algunas setas son mortales. Algunos amores también." Se miraban con los ojos atravesados de silencio. Las manecillas avanzaban ...