"Algunas setas son mortales. Algunos amores también."
Se miraban con los ojos atravesados de silencio. Las manecillas avanzaban impasibles, con su ritmo militar, en la esfera de lo inevitable. Tic, tac, tic, tac retumbaba en sus cabezas. El viento soplaba gélido tras los cristales. El crepitar de los troncos en la chimenea atrajo su atención en un intento de encontrar un refugio cálido donde guarecerse del frío.
—No creo que tarde mucho en regresar. Es hora de ir marchando —arrancó a decir con cierto pesar la visita al tiempo que se levantaba del sillón y lanzaba una mirada de reojo a la ventana.
—No, no tardará —su voz la sacudía como un estertor.
—Espero verte pronto. No tardes. Te dejo un libro. Creo que puede serte de utilidad y, además, también es un buen combustible para el fuego.
No se dijeron más. Las palabras se les habían acabado. Se abrazaron fuerte, cuerpo a cuerpo, deseando eternizarse para siempre en ese instante.
Rebeca recuperó la compostura, respiró hondo y, dedicando una última mirada a su amiga, se apresuró hacia la puerta. Su sonido, tras cerrarse, estremeció a Elena de punta a punta. Cuando la vio subir al coche y arrancar, la siguió con los ojos hasta perderla de vista. Se quedó inmóvil con la mirada enredada entre las copas azotadas de los árboles. El viento gemía lastimero, con una exhalación espectral. Ese otoño se estaba haciendo sentir duro. No solo arrastraba las hojas de los árboles, sino que se llevaba también sus esperanzas.
El rugido de un motor la sacudió de su ensoñación. Era él, volvía del pueblo. En una reacción instintiva, ocultó el libro entre los libros de la estantería. Se acercó a la cocina de leña y puso a calentar la comida.
—¿Has tenido visita esta mañana? —su voz sonaba áspera y cortante.
—Sí, mi amiga Rebeca —trató de contener sin éxito el temblor de su voz.
—¡Vaya, vaya! ¿No se había ido ya a Canadá?
—Se va esta noche de madrugada.
La escrutó con la mirada como queriendo atravesarla. Ella palideció por dentro. Trató de forzar una sonrisa. Con él nunca se sabía. Sus nervios estaban a flor de piel. Quería controlar cada gesto, cada reacción que la delatase. Pero sabía que, por mucho que se esforzase, nunca controlaba nada. Cualquier cosa podía servir como detonante. Se sentía una muñeca rota en sus manos.
—¿Te pongo algo de comer?
—No, come tú. Te estás quedando demasiado flaca.
Elena puso la mesa con movimientos de autómata. Se movía lenta y rígida. Cada vez que se giraba de espaldas, sentía la punzada de sus ojos sobre su cuello. Se sentó y se obligó a comer. El tintineo de la cuchara contra el fondo del plato sonaba con una letanía que parecía quebrar el tenso silencio. Comía con el estómago encogido.
—Setas, quiero setas. ¿Serás capaz de cocinarlas? —su pregunta iba cargada.
—Haré lo que pueda.
—Más te vale. Selenio me ha regalado una cesta llena. No sé qué mosca le ha picado, con lo miserable que es. Algo querrá. La he dejado en el cobertizo.
—Vale —asintió como un autómata.
—No tardes, te espero en la cama —la miró con ojos lascivos.
Se quedó a solas en el comedor. Le temblaba todo el cuerpo. El contacto piel con piel, su respiración, su aliento empapado en alcohol y sus jadeos en la oreja la sobrecogían. Sabía que no tenía mucho tiempo para concienciarse antes de entrar en el cuarto y dejarse hacer. Se decía a sí misma: “Pasará rápido”, y lo repetía en su mente todo el rato hasta que él terminaba. Cuando al fin lo vencía el sopor y se quedaba inmóvil, ella se levantaba sigilosa y, sin hacer ruido, se iba al cuarto de baño para darse una ducha y limpiarse. Pero por mucho que se enjabonara, la suciedad la seguía sintiendo por dentro. Esa repugnancia iba aumentando con cada contacto íntimo. A veces se preguntaba hasta cuánto tenía que aguantar para detonar una explosión en su interior que arrasase con todo.
Entró en la habitación, se desnudó y se dejó hacer. Al rato, él se desplomó como un saco de patatas a su lado. Oyó sus ronquidos elevarse en el aire viciado de la alcoba. Le quedaba casi una tarde antes de que él se recuperase de la media resaca que traía encima. Cada vez más borracho, cada vez más imprevisible y peligroso.
Inmóvil, parecía tan inofensivo... Lo miró como se mira a un animal repugnante. Se levantó y, después de su ritual de limpieza, se preparó una taza de café, sacó un cigarrillo del paquete que tenía escondido y lo encendió entre las brasas. Se sentó sobre la alfombra, cerca del fuego, con el calor de la taza palpitando entre sus manos. Le gustaba recorrer con sus ojos las llamas. Quizás porque dentro de su cuerpo se iba abriendo paso una combustión silenciosa. Recordó el libro que le había traído su amiga y se levantó a por él.
“Setas. Aprenda a diferenciar las comestibles de las tóxicas”. Lo ojeó un tiempo hasta que su dedo se posó en una lámina a todo color. A pie de página figuraba un nombre: Amanita phalloides o sombrero de la muerte. “Bonito nombre, un sombrero para saludar a la muerte”, se dijo con una ironía sorda. Siguió leyendo en un recuadro de texto que había en la página adyacente:
“…de sabor agradable, suave e incluso delicioso, lo que aumenta el riesgo de consumo accidental al confundirse con especies comestibles como los champiñones o la Amanita Caesaerea”
Cerró los ojos, apretó los puños y exhaló con placer la última bocanada de humo que tenía aprisionada en su boca. Ese nombre, “Amanita Caesaerea”, golpeteó con fuerza en su mente. Se levantó, se enfundó el abrigo, tomó una linterna y, sin dejar el libro, se fue al cobertizo. Nada más abrir el portón y enfocar el haz de luz, vio la cesta de setas. Se acercó a ellas con un ansia voraz, con el corazón en vilo; al mirarlas, le entró una risa nerviosa. Abrió el libro por la página marcada y las vio: Amanita Caesaerea. Una chispa invisible, pero de efectos bien palpables, había prendido en su interior.
Regresó a la casa. Se volvió a sentar frente al fuego, con el libro abierto sobre sus piernas. Siguió leyendo: “Cómo diferenciarlas”. Absorbió la información con avidez. Ya iba a cerrar el libro cuando notó en la última página un grosor inusual. La tanteó con sus dedos. No había duda: eran dos páginas que estaban pegadas.
Una corazonada la guió hacia donde guardaba el cutter. Lo cogió y, nerviosa, empezó a rasgar las hojas por sus extremos; una vez separadas, sus ojos se tropezaron con una sorpresa inesperada: un sobre pegado en el centro. Lo abrió como quien encuentra el mapa de un tesoro. Dentro había una carta. Emocionada, la desplegó. El folio le temblaba entre las manos. Leyó sus líneas, una y otra vez. La voz de Rebeca resonaba en su cabeza y la acariciaba por dentro. Se llevó la carta a la altura del pecho y la abrazó. Antes de arrojarla al fuego, la olió y la besó. La acompañó con la mirada mientras se deshacía entre las llamas.
Colocó el libro de nuevo en la estantería. Todavía no le había llegado su momento. Se fue a la cama que había en la otra habitación. Cada vez se iba más allí y a él no parecía importarle. Se refugió en el recuerdo de las palabras de su amiga y se durmió arrullada por ellas, como no recordaba desde hacía mucho tiempo.
Al día siguiente, Julio se levantó temprano. Elena fingió seguir dormida para evitar el contacto. No solía desayunar. Tenía prisas por irse al pueblo. Tras cerrarse la puerta, esperó hasta oír el coche arrancar. Saltó de la cama. Tenía una mañana por delante y unas setas que cocinar. Desayunó, se vistió con prisas y se llevó el libro. Fue al cobertizo a por la cesta. Con manos temblorosas sacó la mitad y las dejó semiocultas en un rincón. Con el corazón golpeándole en la boca, se internó en el bosque. Allí tiró la otra mitad de las setas.
Durante dos horas, buscó las que necesitaba. Con la cesta llena, regresó acelerada.
Cogió el libro de recetas y escogió una. Se colocó unos guantes y se dispuso a preparar las setas para cocinarlas. Estaba hecha un flan, pero se esforzó para que la comida le saliera deliciosa. Arrojó el libro a la chimenea y se dispuso a esperar mientras contemplaba cómo lo consumía el fuego. El olor a quemado le supo a gloria. “Hay historias que merecen ser abrasadas por las llamas y otras que merecen ser recordadas. Esta tiene que ser carbonizada”, pensó.
Se sentó con la mirada puesta en el teléfono. Mientras esperaba el momento, trató de pensar cómo abordar la situación. La idea le vino mientras acariciaba su todavía no redondeado vientre. Le había ocultado su embarazo. Las razones no le eran del todo claras; unas veces pensaba que así protegía al bebé; otras, sentía que era la rabia que crecía por dentro la que mantenía sus labios sellados. Se había sorprendido en ocasiones, acariciando el deseo de que una paliza, que se le fuese de las manos, terminara con su vida y la de la criatura que llevaba en su vientre. Ella habría dejado de sufrir, el bebé no tendría que hacerlo y, además, esa bestia cargaría con ello de por vida. Este tipo de pensamientos solo le asaltaban en los momentos más negros.
A las 12:00 se dirigió hacia el teléfono, colocó su dedo índice sobre el agujero del 3 y giró la rueda hasta dar la vuelta completa; siguió marcando uno a uno los números. Con el auricular pegado, oyó las tres llamadas; colgó y volvió a marcarlo; tres llamadas; y así hasta tres veces. Era fácil de recordar, tres veces tres. Esperó con la respiración contenida. Ya no había vuelta atrás. Apretó los dientes mientras estrujaba un cojín con sus manos. A los cinco minutos sonó el teléfono; le devolvió la réplica esperada: tres veces, tres. Suspiró de alivio y soltó la tensión. Se quedó exhausta, tendida sobre el sofá.
Julio regresó puntual. Le extrañó verla tendida. Estaba sobrio y parecía más calmado de lo habitual. Se acercó y se sentó a su lado.
—¿Te ocurre algo?
—Bueno, sí, pero no es malo —le respondió posando su mano sobre su vientre.
—¿Estás embarazada? —preguntó con la ilusión desbordándole los ojos.
—Lo estoy, lo estoy.
—¿De cuánto?
—De tres meses.
—¿Por qué no me lo habías contado antes?
—Porque… —Elena tragó saliva—. No sabía cómo podías tomártelo —desvió su mirada.
—Voy a dejar de beber. Esta vez va en serio. ¡Un niño! ¡Me vas a traer un niño!
Elena no lo creyó. Ya no tenía dedos para contar las veces que había prometido dejar de beber. Lo más que había durado había sido una semana. Pero se conmovió al verlo tan ilusionado. Las pocas ocasiones en que se mostraba así le recordaban a cómo era el hombre del que una vez se enamoró. Sintió un nudo en su garganta.
—Quédate tendida que pongo la mesa.
—Las setas están preparadas. Sírvete un plato —le dijo con voz lastimera.
—¡Tienes que comer! Recuerda que tienes un bebé dentro.
—Sí, pero no comeré las setas. Me dan arcadas. Ponme la carne con tomate que está en la encimera.
Lo observó mientras se desenvolvía en sus movimientos. Dos hombres en uno: el Doctor Jekyll y Mr. Hyde. Pero no, ya no se dejaba engañar. Hacía tiempo que había traspasado el límite del no retorno. Le fastidiaba que precisamente hoy llegase con su mejor cara. Todavía sentía emociones remotas que la ataban a un pasado que se esfumó en el culo de una botella. Él se había bebido todas sus ilusiones de un trago. Por eso, Elena se esforzó en espantar esos resquicios a patadas.
Con la mesa puesta se pusieron a comer. Él devoraba con satisfacción las setas. Ella seguía con sus ojos cómo las masticaba con la boca abierta. Veía esa masa parduzca subir y bajar hasta deslizarse hacia dentro. “¿Están deliciosas, cariño? ¡Métetelas todas en la boca, cabrón!”, se decía con la boca cerrada y el pulso a cien. La felicitó por su buena mano en la cocina y ella forzó una sonrisa. Algo se le escapó que él notó. Paró de llevarse el tenedor a la boca. La miró con una leve sombra de recelo que la crispó.
—¿Pasa algo? ¿Por qué no quieres probarlas?
—No, no pasa nada. Es que no puedo ni verlas ni olerlas. Ya sabes… las náuseas.
—Apenas has probado bocado. ¿No puedes comer más?
—No, no me entra.
—Tiéndete, que ya me encargo de recoger la mesa. —Tanta amabilidad inesperada la abrumó.
Elena se tendió y cerró los ojos. “¿Y si esta vez fuera verdad?”, le golpeó un pensamiento en la sien. “¿Y las otras? ¿Acaso fueron verdad?”, contraatacó. Trató de conciliar el sueño, pero la lucha continuaba en el ring de su mente. Terminó por rendirse; la suerte estaba echada y ya no había vuelta atrás.
Julio se acostó un rato. Elena aprovechó para hacer el cambio. Cogió la olla con las setas y salió fuera. Se retiró de la casa y las enterró en un lugar recóndito. Volvió con las setas que había dejado ocultas en el cobertizo. Las colocó en la cocina y lavó la olla.
El resto de la tarde Julio estuvo bien. A las seis horas empezó a sentirse raro, con escalofríos, náuseas y dolor de vientre. Le decía medio en broma que ahora el embarazo lo sentía él. A medida que fue avanzando la noche, empeoró con rapidez. Empezó a gritar de dolor y a tener delirios. Le suplicó que llamara al médico por teléfono. Elena marcó el número sin descolgar el auricular. Le dio a beber una infusión en la que disolvió una alta dosis de pastillas para el sueño. Julio perdió la conciencia y los alaridos cesaron.
Elena cogió su abrigo y caminó durante dos kilómetros hasta llegar a una especie de caseta de pastor abandonada. Se sentó, encogida, a esperar. A la media hora escuchó el ruido de un coche. El coche se paró, alguien abrió la puerta y salió. La puerta de la caseta se abrió. Una voz familiar la abrazó.
—¡Elena, estás muerta de frío! Tengo una manta en el coche. ¡Vámonos de aquí!
—Tenía miedo de que no vinieras —respondió ahogando un sollozo.
La ayudó a levantarse, se abrazaron y juntas se fueron de allí. Ya en el interior del coche, sabiéndose seguras, siguieron hablando.
—¿Le dijiste que me iba a Canadá?
—Sí.
—¿Te ha visto alguien?
—No, he dado un gran rodeo para no encontrarme con nadie.
—¿Dónde estabas?
—En Francia.
—Tengo miedo de que se tuerzan las cosas y nos encuentren.
—No lo harán. ¿Recuerdas que te dije que te iba a ayudar a desaparecer?
—Sí.
—Pues eso es lo que vamos a hacer. Elena murió.
A los dos días, llamaron a la puerta y nadie contestó. Silencio sepulcral. Dieron la voz de alarma y la Guardia Civil se personó en el domicilio. Forzaron la puerta. Dentro se encontraron a Julio en estado de coma. Estaba solo, no había ni rastro de Elena.
Después de tres semanas, Julio recobró la conciencia. Había quedado con graves secuelas hepáticas, pero seguía vivo. Todo el cuadro llevaba a una intoxicación por setas, pero las que encontraron en su casa eran inofensivas. De su mujer, nada. Había desaparecido como un fantasma. Si se había ido, no se había llevado ni documentos ni ropa. Se había esfumado. Las sospechas apuntaron hacia un posible homicidio. Buscaron su cuerpo sin éxito. Cerraron el caso, pero en el pueblo todos pensaron que Julio se la había cargado. Nadie decía nada, pero todos sabían que se le iba la mano con ella. Julio se defendía diciendo que ella lo había envenenado y se había fugado con su amiga. Nadie lo creyó. Todos sospecharon de él.
@ana.escritora.terapeuta
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