Elida
acababa de enviudar. Le quedaba una vida en soledad y la vieja librería. No
quiso cerrarla. Era lo único que la mantenía unida al recuerdo de su
marido, y lo único a lo que aferrarse cada día. Llevaban treinta años juntos
entre estantes y libros. Se conocieron allí y allí se despidieron el día en que
Julián tuvo un ataque fulminante que segó su vida en el acto.
Poca
gente pasaba por allí. Una vieja librería de barrio que no daba cabida a las
novedades editoriales. Pero Elida era obstinada y se aferraba a mantener
su rutina de años. Una mañana estaba en la trastienda cargándose un café
cuando oyó cómo la puerta se abría de repente. Se estremeció. El tintineo de la
campanilla no fue armónico sino apresurado. Salió y no vio nada. Le dió mala
espina y volvió a la trastienda a por un bate que su marido guardaba de
recuerdo. Empezó a recorrer los estantes con el corazón atropellado y la
respiración entrecortada. Sentía la amenaza en cada rincón. Cuando llegó a la
estantería del fondo vio un niño acurrucado. Estaba sentado en el suelo, con la
cabeza escondida entre las piernas. Parecía temblar de miedo.
—¿Quién
eres tú?
El
niño levantó la mirada. Tenía los ojos llorosos. La miró asustado. Fue
entonces cuando Elida se percató del bate. Lo bajó y lo dejó a un lado.
—Ishaan
—contestó entre sollozos.
No
le extrañó el nombre. El niño tenía rasgos indios. Por su estatura y facciones
rondaría los diez años de edad.
—Ishaan,
¿de qué huyes?
—Vienen
a por mí. Por favor, escóndeme. ¡Rápido!
Lo
vió tan apurado, tan indefenso que lo condujo a la trastienda. Pensó que allí
se sentiría más seguro y podría hablar más. No habían hecho más que entrar
allí, cuando volvió a oírse la campanilla de la entrada. Elida se llevó el dedo
índice a la altura de los labios mientras lo miraba. Salió de la
trastienda.
—¡Voy!
Se
encontró con un hombre y una mujer de mirada fría. Se les veía a las claras que
no venían a por libros.
—¿En
qué puedo atenderles?
—Somos
agentes de protección de menores —respondió el hombre presentándose—.
Estamos buscando a un niño que se ha escapado de un hogar de menores. Le enseño
la fotografía. Es éste. Se llama Ishaan. ¿Lo ha visto entrar en la tienda?
—No
—contestó categórica Elida.
—¿Seguro?
—preguntó la mujer con una mirada inquisitiva.
—¡Y
tan seguro! Aquí ya no entra casi nadie y menos niños.
No
parecían muy convencidos. No dejaban de otear como aves de presa los
alrededores de la librería.
—¿Me
dejan una tarjeta? Es por si lo veo, para llamarlos y avisarles.
—Por
supuesto. Gracias.
Se
despidieron y salieron de la librería. Elida por instinto, se quedó un rato en
la tienda. Después, volvió a entrar. No vio al niño. Miró hacia donde tenía una
cortina. Fue hacia allí y la descorrió. Estaba escondido debajo de la
cama.
—Ya
puedes salir. Se han ido.
Delante
de él rompió la tarjeta de visita. Quería demostrarle que podía confiar en
ella. Ishaan le contó su historia a trompicones. Llevaba cinco años en España.
Sus padres regentaban un bazar y les iba bien, pero un accidente de coche se
los llevó y solo quedó él. Como no tenía familia pasó a ser tutelado por una
casa de acogida. Le suplicó que lo escondiese, que no quería regresar jamás a
ese infierno.
Elida
le ofreció dormir en la trastienda. Tenía todo lo necesario para que pudiera
alojarse allí: cama, aseo, un pequeño frigorífico y un microondas. Lo único que
tenía que hacer es no dejarse ver por la librería. Pensó en qué cosas podría
necesitar para pasar la noche.
—Ishaan,
¿tienes hambre?
—Sí,
mucha.
—Voy
a salir a comprar algo de comida. Cierro la librería y vuelvo enseguida.
Elida
fue al supermercado del barrio y compró fiambres, leche, pan, agua y algo de
fruta. Cuando volvió a la librería, nada más abrir la puerta se quedó
paralizada. Ishaan estaba fuera de sí, tiraba los libros con rabia, les
arrancaba las páginas y golpeaba con sus puños la librería mientras gritaba
unas palabras ininteligibles.
A
Elida se le cayeron las bolsas. Inmóvil, con los músculos agarrotados y
rígidos, con las emociones a punto de quebrarla. No hizo nada, no dijo nada.
Sus ojos se inundaron de una tristeza profunda como el océano.
Ishaan
dejó los libros y empezó a girar sobre sí mismo. Daba manotazos al aire. Sus
ojos estaban enrojecidos. Una mueca de terror contraía su cara. Paró en seco y
vio a Elida. La mujer no reaccionaba. Poco a poco fue recobrando el juicio.
Había vuelto a tener un ataque y ahora se encontraba con los desperfectos.
Sintió rabia y asco hacia sí mismo. Miró la puerta y corrió hacia ella para
hacer lo de siempre: huir.
Elida
se sentó en una banqueta y lloró con todas sus fuerzas. Lloró por el destrozo,
lloró por el niño, lloró por su soledad, lloró por el recuerdo de su marido.
Cuando se le acabaron las lágrimas, salió de la librería y cerró la puerta. Ese
día había dado por terminada la jornada antes de la hora de cierre. ¿Pero acaso
le importaba?
Al
día siguiente, se levantó más temprano de lo acostumbrado y fue a la librería
con un rollo de bolsas de basura. Quería retirar cuanto antes los restos de
aquel desastre. No había hecho nada más que empezar cuando oyó el tintineo de
la puerta. Volvió su mirada hacia atrás y se encontró de nuevo con él.
Ishaan
se acercó tímido y se agachó para ayudarla a recoger. No hubo palabras entre
ellos, solo miradas esquivas. Después de un rato, se decidió a romper el
silencio.
—No,
déjamelo a mí. Fui yo el que lo hice —le suplicó avergonzado.
Elida
se levantó y lo dejó hacer. Tenía sentimientos encontrados. Por un lado, se
alegró de volver a verlo; por otro, se sentía airada por el recuerdo de la
reacción del chico. Con las emociones revueltas se fue a la trastienda a
servirse un café y charlar con su soledad. Volvió a oír la campanilla de la
puerta y salió. El muchacho se había marchado sin despedirse. “Tal como
viniste, te fuiste. Puede que sea lo mejor”, se dijo suspirando. Miró a su
alrededor. Lo había dejado todo recogido. Se notaba que se había esforzado.
Algo blanco sobresalía de la estantería más próxima al mostrador. Se acercó.
Era un sobre. Lo abrió y sacó un folio cuidadosamente doblado. Lo extendió y
sus ojos se encontraron con un dibujo precioso. Era una librería como la suya,
con un sol radiante saliendo entre las estanterías y una mujer levitando entre
libros. Había un gran corazón y al lado una pequeña nota: “Perdóneme. Lo
siento. No merezco su ayuda”.
Elida
se llevó el dibujo a la altura del pecho y sintió una mezcla de ternura y
dolor. “Vuelve, hijo, no te fallaré. Soy yo la que lo siento. No tengo ni idea
de lo que has vivido”, se dijo con el corazón atravesado.
Cada
día esperaba volver a verlo entrar. Deseaba con toda su alma oír el sonido de
la campanilla anunciar su presencia. Pero no ocurrió. Después de dos semanas
había renunciado a toda esperanza.
Una
mañana mientras despachaba su café con la lectura de un libro levantó su mirada
y se encontró con él. No había oído la puerta. Él la observaba en silencio.
—¿Llevas
mucho tiempo ahí? —preguntó incrédula y cogida por la sorpresa.
—Sí,
un poco. No has oído la puerta.
—¡Diantres!
¡Es este libro, que me tiene absorbida!
Se
levantó del sillón y se acercó a él para abrazarlo. Sentía un calor
indescriptible arropar su corazón. Sentía la presencia de su marido en aquel
instante. Sus ojos se desbordaron para liberar tanta emoción contenida. Tardó
en hablar.
—Perdona
a esta pobre vieja. No debí dejar que te marcharas así.
Ishaan
quería disculparse. Se sentía avergonzado por lo que pasó aquella tarde. Pero
ella no le dejó.
—Chiss,
calla. Quiero que me prometas algo. No vuelvas a huir. Esta es tu casa. ¿De
acuerdo?
—De
acuerdo —respondió el niño con un nudo en la garganta.
@ana.escritora.terapeuta
Capítulo 1. Encuentro en el parque
Suscríbase.





