domingo, 24 de mayo de 2026

La librería de los sueños. Capítulo 11. Misión y libertad.

 


Las relaciones entre Ishaan y Eleonor iban mejorando si bien el carácter enérgico del niño chocaba en un tira y afloja con el liderazgo creciente de la joven. Ella tenía que esforzarse en no dejarse apabullar por Ishaan, y él tenía que aprender a no querer ser el protagonista en todo momento. 

—¿Por qué tiene que ser así? ¡Eres una mandona!

—Ishaan, puede ser de muchas maneras, pero los empecé a organizar así y tenemos que seguir ese orden. 

Elida los escuchaba tras la puerta. Se mordió la lengua para refrenarse y no entrar. Había decidido ponerse en un segundo plano.

Una mañana mientras estaban los dos en el cuarto, Eleonor sintió que tenía la necesidad de salir. Sin dar explicaciones salió rumbo a lo desconocido. No le dio espacio a Ishaan para que protestara y se despidió con rapidez de Elida. Cada vez le costaba menos confiar en esas pequeñas corazonadas, que de tanto en tanto, la iban guiando. 

Dejándose acariciar por el sol, con paso firme y sereno se metió en la calle de la Palma. Hacía una temperatura deliciosa y aquel sábado la gente iba y venía, unos con sus prisas y otros con su tiempo extra. Eleonor disfrutaba contemplando escaparates. Le gustaba ver tiendas, movimiento y diversidad. Se sintió atraída por la fachada blanca de una librería. “Arrebato libros”, leyó. Sin pensárselo, entró. 

El local tenía un aspecto bohemio que invitaba a adentrarse entre las estanterías. Libros de segunda mano, lotes de colecciones olvidadas flotaban en una atmósfera llena del encanto de lo que no se pierde en el tiempo. Estaba absorta ojeando un libro cuando un llanto infantil la sacó de su lectura. Salió para ver qué pasaba y se encontró con una niña que lloraba delante de su madre. Parecía la típica escena de una rabieta. La madre se mantenía rígida y con el gesto fruncido. La tensión arreciaba en su rostro y la indignación iba escalando grados. Eleonor temió que la madre perdiera el control.

Quería acercarse y abrazar a la niña pero una vocecita le susurraba que mejor que no se metiera en problemas. Al mismo tiempo, algo dentro de ella la impelía a actuar. Eleonor dio un manotazo a la duda y se aproximó a la niña. Estaba harta de ese miedo. Decidió que pasase lo que pasase, lo de menos era ella.

—¿Qué te pasa? —le preguntó con ternura mientras se agachaba para ponerse a su altura y sin mirar siquiera a la madre.

—Un perro —le contestó entre sollozos—. Lo está pasando mal.

—¡Cuánto lo siento! ¿Me dejas que te abrace?

La niña la miró con sus ojos enrojecidos y se dejó envolver por sus brazos. Eleonor sentía las lágrimas de la niña sobre sus hombros; su corazón, que lloraba agitado. Cerró sus ojos y la acompañó en silencio. Poco a poco la ola de dolor fue cediendo hasta desvanecerse. Oyó el carraspeo de la madre por encima suyo. Se desprendió con suavidad de los brazos de la niña y quedó a la altura de sus ojos. 

—¿Trabajas con niños? —le preguntó sorprendida.

—No, yo nunca… —respondió algo avergonzada.

—Pues tienes mano con ellos. 

La mujer era altiva, con porte. Daba la impresión de mirarlo todo por encima de los hombros. Envuelta con un vestido escotado estilo indie de calidad, la escrutaba con la mirada como si fuera una mercancía. La joven se sintió intimidada y bajó sus ojos para encontrarse con los de la niña.

—Bueno, yo tengo que irme.

Ya se giraba para dirigirse a la salida cuando una voz la alcanzó de espaldas.

—¡Espera!, ¡no te vayas!

Eleonor se volvió para encontrarse de nuevo con la madre, que se aproximaba a ella, seguida de la niña.

—¿Tienes tiempo para un café? 

La joven dudó. Le gustaba la idea de estar más tiempo con la niña, pero la madre no era el tipo de persona que le agradaba. Había algo en ella, un demasiado a lo que no sabía ponerle nombre. 

—Dame al menos la oportunidad de agradecerte que hayas calmado a Aruma.

—De acuerdo —terminó por acceder algo incómoda.

—¿Cómo te llamas?

—Me llamo Eleonor. ¿Y usted?

—Karolina con K. No me llames de usted.

Salieron las tres de la librería. La mujer encabezaba la expedición y parecía abrirse paso entre los viandantes como Moisés en el mar rojo . Eleonor la seguía con Aruma de la mano. “¿Cómo tiene que ser vivir con una madre así?”, se preguntó mientras seguía con la mirada el vuelo de su vestido. Llegaron hasta una cafetería del dos de mayo, Noburu. Se sentaron dentro. Una vez servidas, Karolina rompió el silencio.

—Verás, Eleonor. Soy una mujer muy ocupada y Aruma, pues no sé cómo tratarla muchas veces. Como esta mañana —paró por un momento para mirar con dureza a la niña—, que se le ha metido en la cabeza que un perro le estaba pidiendo ayuda. 

—¡No es cierto! No se me ha metido en la cabeza. ¡Me ha dicho que su dueño lo trataba mal y que le pegaba! —protestó Aruma indignada.

Eleonor agarraba el vaso de zumo entre sus manos en un esfuerzo por parapetarse. Se arrepintió de no haberle puesto una excusa.

—¿Ves? ¡Como si ella pudiera hablar con los animales, los insectos y las plantas! 

—¡Pues tú dices que hablas con el universo! —le contestó dolida la niña.

—¡Aruma! —le cortó con una mirada glacial la madre—. Mi trabajo es tratar con personas pero ella se me hace difícil —admitió con la voz más entrecortada y con la mirada baja—. Necesito que alguien se ocupe de ella por las tardes. He buscado chicas pero  no hemos tenido suerte. Me preguntaba si tú podrías hacerte cargo. Te pagaría bien. Solo las tardes y algún fin de semana porque tenga algún retiro, pero sería excepcional.

—¡Casi siempre estás de retiro! —protestó con mal humor Aruma.

Eleonor dejó el vaso sobre la mesa. De modo que, de eso se trataba, de ofrecerle ser la canguro de la niña. Miró a Aruma, vio el brillo en sus ojos y le respondió con una sonrisa.

—Si aceptas, te pagaría 10 € la hora. Sería de 5:00 a 8:00 de la tarde. 

—Solo una condición. Que la lleves y la recojas donde yo trabajo, una librería.

Karolina se echó hacia atrás. Lo meditó unos instantes y accedió.

—¡Hecho! ¿Puedes empezar esta misma tarde?

—Sí, te dejo una tarjeta. Ahora tengo que irme. Aruma, nos vemos esta tarde.

Se levantó y salió de la cafetería. Pensó en ese libro que había pensado comprar y que había dejado en la librería pero desistió de volver sobre sus pasos. Una alegría brotaba en ella con fuerza y se hacía sentir en su caminar. Había descubierto un don del que no tenía conocimiento. La sonrisa afloró en sus labios. Recordó que hacía ya algún tiempo se había preguntado a sí misma cómo se hacía para tratar con los niños y resulta, que ella lo sabía sin ser consciente de ello. “¿Acaso no es la vida un milagro?”, se preguntó. 

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Capítulo 1. Encuentro en el parque

Capítulo 2. Eli

Capítulo 3. Ishaam

Capítulo 4. Eleonor

Capítulo 5. A la deriva

Capítulo 6. Ausencias que golpean

Capítulo 7. Creando vínculos

Capítulo 8. El libro lila

Capítulo 9. Revelaciones


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domingo, 17 de mayo de 2026

La librería de los sueños. Capítulo 10. Derribando fortalezas.

 


Entraron juntos a la habitación. Ishaan se adentraba con pasos sostenidos, consciente de atravesar algo sagrado. Su respiración estaba contenida. Sentía que al fin era una pieza necesaria en el tablero, y quería responder con todo su corazón; y al mismo tiempo, la incertidumbre y el peso de la responsabilidad le pesaban. De ninguna manera quería fallar, por eso sus labios se contrajeron en una mueca inútil. 

Eleonor lo contempló, parado y con el gesto contraído. Supo reconocer el miedo en su rostro. Era el mismo miedo que la había succionado a ella durante toda su vida, solo que él se revolvía contra él, mientras que ella había optado por meter la cabeza bajo tierra. Suspiró y acercándose al niño, lo tomó de la mano.

—Ven conmigo. Te voy a pedir algo raro. Quiero que te sientas conmigo en esta mecedora. 

—¿Cómo? —preguntó incrédulo—. ¿Encima tuya?

—Sí, encima mía. ¿Te atreves?

Eleonor se sentó a la espera. Lo veía debatirse entre el orgullo y la necesidad. Al cabo de un rato, el niño accedió a sentarse encima de ella. La joven lo acunó en su regazo, cerró los ojos y empezó a entonar una melodía al mismo ritmo en que se balanceaba en la mecedora. Ishaan cerró los ojos y se dejó envolver por la melodía.

Un olor penetrante lo sacudió del sopor. Era ese olor a rancho que penetraba por los alrededores de la zona baja del centro de acogida donde estaba la cocina. Ishaan tembló, se había esforzado por olvidar y ahora ese olor lo traía de vuelta al rincón de sus pesadillas. Pero fue en vano, el olor venía envuelto en sonidos, en voces familiares que le erizaban la piel. “Tengo que esconderme”, se dijo. Abrió los ojos y volvió a ver esas paredes de color verdoso pardo, oscurecidas por la desidia. Corrió y se escondió tras un carro de la limpieza. Eran ellos, los cuidadores a los que tanto temía. Los latidos de su corazón se dispararon al borde del colapso. Contuvo el aire y los escuchó hablar. 

—Esta noche, cuando cambien los turnos, haremos la entrega.

—¿Cuántos quieren?

—Cinco, cuanto más jovencitos mejor. Niños y niñas. Variedad racial. Es para una fiesta, ya sabes…

—Sí, carne fresca para sus Excelentísimas Señorías.

—Ufff espero que esta vez no se les vaya de las manos.

—¿Recuerdas la última? 

—¡Como para olvidarlo!

Unos pasos sonaron por el pasillo. Los cuidadores abandonaron la conversación y se marcharon. Los vio alejarse. Sus figuras se fueron recortando. Ishaan no salía del rincón. Estaba sobrecogido, palpitando de terror, impotencia e ira. Quería llorar, quería gritar, pero ni tenía lágrimas ni tenía voz. La rabia estallaba en sus puños como un mar embravecido sobre la roca. Los pasos se acercaron hasta él. El carrito se desplazó y él quedó al descubierto ante unos ojos inquisidores.

—¿Qué haces aquí, mocoso? Vete antes de que llame a alguien. 

Ishaan se levantó y corrió con su dolor a cuestas. “¿Qué broma es esta? ¿Por qué he vuelto a este día maldito?”, se preguntó con la sensación de estar preso de una pesadilla de la que no podía escapar. Recordó todo lo que venía a continuación: la noche deslizándose, los vasos de plástico cargados de somníferos, las pastillas escondidas debajo de la lengua sin tragarlas, para escupirlas después. Se  vio a sí mismo escapar como una rata. Se sintió cobarde. Había dejado a los demás niños a su suerte mientras que él había escapado. “¿Y si decido no escapar?” “¿Y si escapamos todos?” “Eso es: o todos o ninguno”, terminó por resolver. Buscó un sitio solitario donde refugiarse, lo encontró en una de las cabinas de ducha del cuarto de baño. Se metió, cerró el cerrojo por dentro y se acurrucó sentado sobre el plato de ducha. Lloró con amargura seguro de su decisión.

Una espesa bruma lo fue envolviendo sin apenas darse cuenta. De repente, sintió que algo lo arropaba por dentro y lo llenaba de un amor que lo sobrepasaba. Abrió los ojos y quedó deslumbrado por una luminosidad difícil de soportar. Volvió a cerrarlos. Dejó de sentir su cuerpo. Era como si estuviera suspendido en el espacio. Se dejó llevar sin ofrecer resistencia. El amor lo atraía con una fuerza magnética. “Confía en mí. No temas”, escuchó en su interior. Una paz desconocida lo acunó y se quedó dormido. 

Cuando abrió los ojos se encontró con los ojos de Eleonor. Se quedó traspuesto, sin saber muy bien en qué situación se encontraba. Por un lado, se sentía ligero y libre de carga; por otro, no dejaba de preguntarse si de verdad había viajado al pasado o si solo había sido una mala pesadilla. El balanceo de la mecedora lo trajo de vuelta. Estaba allí, en ese cuarto, sobre el regazo de Eleonor. Y la paz lo envolvía como un arrullo. Recordó a su madre y las lágrimas asomaron a sus ojos. Eleonor las secó con el dorso de su mano y le devolvió una sonrisa resplandeciente.

—Ya ha pasado. Eres libre —le susurró como en una canción de cuna.

Las palabras de la joven prendieron en él sin poderlas meditar siquiera. Algo a lo que no podía poner nombre había cambiado en él para siempre.

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jueves, 7 de mayo de 2026

La librería de los sueños. Capítulo 9. Revelaciones



Cuando llegó a casa, Elida y Ishaan ya habían comido. Se lavó las manos y se sentó a la mesa. De fondo se oía el repiqueteo de los platos sobre el fregadero. Se dispuso a comer sola. Hasta cierto punto lo agradeció. Sentía que una renovación la estaba atravesando y deseaba envolverse en intimidad. Al poco acudió Elida. Iba secando sus manos sobre el delantal. 

—¿Has averiguado algo? 

Eleonor asintió con la cabeza. Le hizo un ademán con la mano para que se sentase. Le contó a pinceladas la experiencia. Elida estaba expectante. Por un lado, se sentía emocionada de saber algo de Julián, pero por otro, le pinchaba el desconcierto de no poder verlo con sus propios ojos. ¡Lo echaba tanto de menos! Trató en vano de contener el agua en sus ojos. Eleonor se levantó y acudió a abrazarla. Las dos permanecieron unidas en su sentir por unos instantes. Una sombra tras la puerta las observaba con un silencio que quería romperse en mil pedazos. Un portazo seco las separó. Ishaan se había marchado sin decir nada. 

Elida se preocupó. Aunque en el último mes, Ishaan salía de la librería para comer todos juntos en casa, no se iba todavía a solas. Eleonor y ella salieron a la calle a buscarlo. Recorrieron las calles de alrededor pero no lo encontraron. Conforme se iba acercando la hora de apertura de la librería, desistieron. Elida sabía que los celos le nublaban el juicio. Era un niño de gran corazón pero muy herido. No terminaba de hacerse a compartir su afecto con Eleonor. 

Eleonor se metió en el cuarto para no mortificarse con pensamientos de culpabilidad, pues  muchas veces se había sentido como una okupa en aquella familia a raíz de los arranques de Ishaan. Como no sabía qué hacer, tomó el libro de pasta lila y se sentó en la butaca. Sin darse cuenta se sumergió en un profundo sueño. Oyó su nombre entre una bruma densa. Se adentró en la espesura blanca y vio a Ishaan sentado en un banco, delante del arco de monteleón. Estaba con la mirada perdida y los ojos empañados. Supo lo que tenía que hacer. Le nacía de una certeza que no admitía sombra de duda y que la impelía a actuar. Salió del sopor y se levantó.

Se despidió de Elida. Le dijo que iba a por Ishaan. A la anciana le pareció extraño verla tan decidida. Daba la sensación de que conocía el lugar donde estaba el niño. No hizo preguntas y la dejó marchar.

Eleonor caminaba con un aplomo desconocido para ella, tan acostumbrada al deambular arrastrado. Sentía crecer una energía revitalizadora. Las calles le parecían más anchas, más atractivas y se asombraba de detalles que, hasta ese momento, le habían pasado inadvertidos. Fue adentrándose en la calle del dos de mayo hasta encontrarse con la figura de un niño acurrucado en un banco. Se acercó a él por detrás. 

—Ishaan.

El niño se sobresaltó y giró su cabeza hasta encontrarse con ella. Pensó por unos instantes si huir o escucharla, pero se quedó quieto. Eleonor bordeó el banco hasta quedar frente a él.

—Ishaan, ha tenido que ser duro para ti. No tengo ni idea de las cosas por las que has pasado, pero quiero que sepas que te necesitamos. 

Ishaan seguía sin decir nada pero sus facciones se habían relajado. Su cuerpo no ofrecía resistencia a las palabras de Eleonor. Daba la impresión de que se había rendido.

—¿Te apetece un helado? 

El orgullo lo mantenía mudo. La sondeaba con sus ojos astutos. 

—Está bien, necesitas tu tiempo. Me gustaría tomarme un helado contigo pero también puedes tomártelo solo, si así quieres. Te doy cinco euros y tú decides. Me marcho y te espero en la librería. Elida está preocupada por ti.

Eleonor le dio un billete y se giró para irse. Llevaba andados unos veinte metros cuando oyó que la llamaban. Se giró y lo vió corriendo hacia ella.

—¡Eleonor!, espera. Hay una heladería cerca de aquí donde hacen unos helados buenísimos.

Juntos fueron a la heladería Acquolina. Se pidieron unos helados y se sentaron en una mesa. Eleonor miraba complacida los gestos de Ishaan mientras devoraba el helado.

—¡Cuídate ese bigote verde! —bromeó Eleonor.

—No es más pequeño que el tuyo.

—¿Ah, sí? ¿Yo tengo bigote?

—Sí, ¡uno enorme! —rió divertido Ishaan mientras se levantaba y embadurnaba uno de sus dedos en el helado de Eleonor para dibujarle un bigote.

Eleonor se prestó a la broma y ambos rieron durante un buen rato. Después marcharon juntos a la librería. De camino, Eleonor le iba hablando. Ishaan la escuchaba sin interrumpirla.

—Vas a ayudarme en el cuarto de los libros. Eres muy necesario allí, Ishaan.

—Elida no quiere que entre —se paró mientras echaba sus hombros hacia atrás, dolido por el recuerdo de las palabras de la anciana.

—Ya, ella teme que los rompas en uno de esos ataques. Solo es por eso.

—¿Y cómo vas a evitar que me entren? Intento negarme pero algo se me mete dentro.

—Ya sé cómo ayudarte, y creo que es posible que se acaben pero tú también tienes que poner de tu parte. ¿Lo harás?

Ishaan la sondeó con la mirada. Percibió su seguridad. La veía cambiada. Y ese cambio suavizaba su irritación hacia ella. 

—Sí —afirmó con determinación.

Llegaron a la librería y a Elida se le iluminaron los ojos nada más verlos. Dejó todo lo que estaba haciendo y se dirigió a Ishaan con los brazos abiertos.

—Ishaan, ¡cariño!, ¡me tenías en vilo! ¿Dónde estabas? —le decía mientras lo abrazaba.

—Ella me encontró.

Elida miró a Eleonor a los ojos agradecida. Lo había encontrado y lo había traído de vuelta. Supo que la jóven que había vuelto no era la misma que un día recogió de la calle. Suspiró y recordó a su  marido. Aunque no estuviese allí notaba su presencia rodeándolos.

—Elida, Ishaan tiene que entrar dentro del cuarto conmigo —le dijo Eleonor armada de seguridad.

La anciana la miró a ella y miró a Ishaan. Sintió que no debía oponerse. Se supo algo culpable por haber sido tan estricta con Ishaan. Pensó que con su prohibición, sin quererlo, había avivado los celos de Ishaan con respecto a Eleonor. Se arrepintió en lo más hondo y quiso reparar el error. 

—Bueno, Ishaan ya va siendo hora de que entres —le dijo mientras le guiñaba el ojo.

Los ojos de Ishaan brillaron de felicidad. Por vez primera se le permitía formar parte de algo y sentirse útil. Las palabras “soy necesario” hincharon su corazón de gozo.

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Capítulo 1. Encuentro en el parque

Capítulo 2. Eli

Capítulo 3. Ishaam

Capítulo 4. Eleonor

Capítulo 5. A la deriva

Capítulo 6. Ausencias que golpean

Capítulo 7. Creando vínculos

Capítulo 8. El libro lila


Capítulo 10. Derribando fortalezas.


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sábado, 2 de mayo de 2026

La librería de los sueños. Capítulo 8. El libro lila

 


Eleonor regresó a la librería antes de lo que Elida esperaba. La veía diferente, sus ojos le bailaban inquietos. Le enseñó la nota del parque. La anciana tuvo que sentarse para no caerse al suelo. ¿Podía ser posible que Julián estuviese comunicándose con ellas a través de un niño? Le temblaban tanto las piernas que Eleonor fue a la trastienda para prepararle una tila. Ishaan las miraba sin soltar palabra. Sintió que estorbaba y se refugió detrás de una estantería. Fingió leer cuando, en realidad, solo mascaba rencor e improperios hacia “la niña mimada”, como solía llamarla.

El resto del día, Eleonor lo pasó en el cuarto de los libros. Buscaba el libro de la tapa lila. Pero el libro se le resistía. Lo curioso era que ese libro estuvo entre sus manos desde el principio. ¿Pero dónde lo había puesto? ¿Por qué no lo encontraba ahora? Agotada, se dejó caer al suelo y se apoyó sobre una de las estanterías. Fue entonces cuando sintió sobresalir sobre su espalda el canto de un libro. Se hizo a un lado de la estantería y sus ojos resplandecieron con el color lila. Suspiró aliviada, lo cogió y se sentó en una butaca para leerlo. 

Cuando Elida fue a llamarla la encontró absorta y con los ojos pegados al libro. Le dio apuro interrumpirla y salió sin decir nada. Dejó las llaves al lado de una nota, sobre el mostrador; y acompañada de Ishaan salieron de la librería para comer y descansar hasta el horario de apertura.

A medida que iba adentrándose en su lectura, los contornos del espacio se fueron difuminando, dejó de oír el ruido externo, sin siquiera darse cuenta. Llegó un momento en que las letras se hicieron carne en su interior. Un resplandor cegó sus ojos. Eleonor parpadeó. Al abrirlos estaba en un espacio luminoso. Tuvo que acomodarlos para lograr ver algo. Una voz a su espalda, la sobrecogió. Era una voz familiar. Se dio la vuelta y se encontró con él.

—Eleonor, al fin nos volvemos a encontrar.

—¡Julián! ¿Qué es todo esto?

—¿Crees que el día que nos conocimos fue fruto de la casualidad? No tenía el menor interés en ese curso y, sin embargo, algo me dijo que me apuntase. Luego, al empezar, me dije que ese iba a ser mi último día allí, pero entonces, te vi y lo supe. 

—La fastidié por no llegar a tiempo. Lo siento mucho. ¡He hecho tantas estupideces! Defraudo a las personas.

Julián la acarició con la mirada. Sus ojos, que ya no pertenecían a este mundo, vieron a una niña pequeña y asustada que buscaba esconderse en un rincón. La niña había crecido y su dolor también.

—No seas tan dura contigo. Lo importante es que estás aquí.

—¡Pero no entiendo lo que tengo que hacer! Es como un rompecabezas de miles de piezas.

—No tienes que entender. Estás aquí porque éste es tu sitio. Parte de la verdad te ha sido revelada. La irás recordando en el momento preciso. 

—¿Qué tengo que hacer?

—Solo una cosa: confiar. 

—¿Confiar? ¿En qué? —preguntó desconcertada.

—En nuestro padre, el Creador. Él te irá hablando. Ten los oídos abiertos y la mente atenta pues no todas las voces son suyas.

—¿Cómo lo hago?

—Solo tienes que estar vigilante. Sabrás reconocer la verdad.

El desconcierto se abría a sus pies. De repente, todas las esperanzas estaban puestas en ella. De no ser nadie había pasado a tener una misión de la que no sabía nada. 

A su alrededor un remolino se fue abriendo en torno a ella. Notaba un hormigueo extendiéndose por su piel. Sintió vértigo y cerró sus ojos. Se volvió ligera, como suspendida en el aire. Empezó a sentir los contornos de su cuerpo, el respaldo del sillón, el tacto del libro sobre sus manos. Una corriente de amor la envolvió por completo. Era tan cálida y tan intensa que se sentía como un río a punto de desbordarse. Escenas de su vida fueron deslizándose en su mente, se vió a ella misma maldiciendo a su madre, y lloró de arrepentimiento.

Se dejó llevar sin ser consciente del tiempo. No le importaba en absoluto. Estaba entregada a esa nueva paz cálida que la recorría.  Tardó en abrir los ojos. Temía que lo que había vivido se desvaneciera como un sueño. Una frase le nació de dentro: “no temas”. Recordó las palabras de Julián. Se irguió firme en el sillón, respiró hondo y abrió los ojos. Aliviada, comprobó que se seguía sintiendo liviana. Se levantó y notó que andaba sin el peso de la carga que llevaba hasta entonces a cuestas. 

No se oía nada. Miró su reloj de pulsera: las 2,45. Se había quedado sola allí. Fue hacia el mostrador, leyó la nota de Elida y, tras cerrar la librería, se fue hacia su casa para almorzar. De camino, sintió que acababa de nacer a otra vida. 

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lunes, 27 de abril de 2026

La librería de los sueños. Capítulo 7. Construyendo vínculos.



Llevaban unos meses de convivencia. El día a día se fue deslizando con sus pequeñas aristas. Lo que, en principio era una solución temporal terminó consolidando un fuerte vínculo entre ellas. A Elida le costaba entender cómo una joven podía estar tan paralizada que le era casi imposible reaccionar. Hacía lo que se le pedía, sin rechistar, pero le costaba moverse por sí misma. “Esta chica padece de voluntad arrastrada”, se decía mientras se mordía la lengua en un esfuerzo de contener su impaciencia.

Las relaciones entre Ishaan y Eleonor tampoco fueron fáciles. A Ishaan le costó aceptarla; a ella le daba miedo, intentaba evitarlo y cerraba los ojos cuando le entraban los ataques. Un día en mitad de uno, Eleonor reaccionó.

—¡Tiene muchos enganchados! —la voz le temblaba.

—¿Muchos? —preguntó jadeante Elida mientras trataba de contener a Ishaan con su ayuda.

Cuando al fin Ishaan cayó desplomado al suelo, Elida quiso saber más.

—¿Te refieres a esas cosas que ves?

—Sí.

—¿Los lleva siempre encima?

—No, solo cuando le entran los ataques.

Elida decidió que lo más importante era que Eleonor se volcase en estudiar los libros que le dejó su marido. Eleonor no sabía por dónde empezar. Había leído y releído la carta que le dejó Julián pero había algo que se le resistía: “... vienen porque les dejamos puertas abiertas”. “¿Qué puertas?”, se preguntaba. 

Se desazonaba y salía con la sensación de no ser útil, de no saber poner coherencia en medio de tantos libros; abría varios de ellos, los leía por encima y se angustiaba. 

—¿Qué te ocurre? —le preguntó un día Elida al verla tan confusa.

—No sé cómo hacerlo —le respondió elevando sus hombros y con las lágrimas al punto.

—Eleonor, no pretendas leer varios al mismo tiempo. Ve de uno en uno.

—¡Son muchos!

—¿Y qué prisa hay? ¡Tenemos todo el tiempo del mundo!

Pero ese era el problema. Ella no lo veía así. Sentía la responsabilidad de responder a la amabilidad con que Elida la había acogido, de responder a la confianza que Julián había depositado en ella. El peso de esa responsabilidad la estaba aplastando. Un pensamiento iba calando en su ánimo gota a gota: “soy un fraude que defrauda”.

Ishaan observaba curioso detrás de la puerta. Elida lo mantenía alejado de los libros. Quería evitar que un posible ataque acabase con ellos.

—Me gusta leer. Quiero ayudar.

—Ya, Ishaan, pero aquí no puedes entrar.

Ishaan enfadado cerró la puerta de un portazo. No quería estar en segundo plano. Sentía rabia y celos al mismo tiempo. Ella había venido después y tenía todo el protagonismo. Además, sus ataques, le dejaban un poso de culpabilidad que trataba de camuflar en resentimiento hacia Eleonor. Elida que nunca había sido madre sentía lo que siente una madre cuando sus hijos se pelean. “Dios mío, ayúdame a que se entiendan los dos”, suplicaba en sus oraciones.

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Eli estaba sentada en el salón con su libreta. A su madre le sorprendió verla tan temprano. Lo normal era que se hiciese la remolona hasta la hora de levantarse.

—Hace falta todavía media hora. ¿Qué haces?

—Me ha llegado un mensaje.

Amelia ya sabía a qué se refería y lo que su hija esperaba de ella. Sabía lo cabezona que era, así que asintió y evitó ponerse a discutir con ella. El único acuerdo era que su padre no supiese nada del tema. Fernando se ponía enfermo con esas rarezas de su hija. Amelia se sentía entre la espada y la pared. Suspiró y aceptó el recado a regañadientes.

—Está bien, dime a dónde y a qué hora lo tengo que llevar.

—En la plaza del dos de mayo. En el suelo, debajo del arco, en la esquina del pedestal, a la espalda de la estatua. Después de que me dejes en el cole.

Amelia no terminaba de acostumbrarse. A veces se sentía estúpida por seguir las indicaciones de una niña que vivía envuelta en fantasía pero, al mismo tiempo, le sorprendía ver lo precisas que eran y cómo, en ocasiones, podía adelantarse a los hechos antes de que ocurrieran. 

Después de dejarla en el cole, cogió un autobús para ir a la plaza del dos de mayo. Ya que iba allí había pensado ir a hacer unos recados por la zona. Pensó en leer la nota pero lo desechó. No solía entender nada y salía más perpleja de lo que ya estaba. Eran sus cosas y punto. ¿No había niños con cualidades? Pues su hija, tenía esa, aunque no sabía ni ponerle nombre ni entender para qué servía. Ese pensamiento la reconfortaba. Le permitía salir de la duda de si con su complicidad la estaba perjudicando. 

El autobús se paró y bajó. Después de recorrer unos metros, llegó a la estatua por la parte de detrás. Buscó una de las esquinas y dejó la nota debajo del pedestal. 


Ese día, en la librería Eleonor le pidió a Elida un tiempo para ella. La anciana contuvo las ganas de abrazarla y darle un beso. ¡La primera vez que se atrevía a pedirle algo! No fue la única sorprendida, ni la propia Eleonor se lo explicaba. Sintió que algo la empujaba a salir de allí. No tenía ni idea de dónde encaminar sus pasos. Elida le dió algo de dinero y le pidió que no tuviese prisas en volver.

Salió de la librería y caminó sin rumbo. Parecía como arrastrada por un impulso que la llevaba en una dirección ignota.  Ensimismada llegó a la plaza del dos de mayo. Se paró delante del arco de Monteleón y se sentó en uno de los bancos. Hacía una mañana apacible y cálida. Los rayos de sol la calentaban. La imagen de otro banco, el frío y el desaliento acudieron a su memoria. Desvió la mirada de sus pensamientos y sus ojos se encontraron con un papelito muy bien doblado. Estaba en una esquina, debajo del arco. Se acercó, lo cogió y lo desdobló. Al ver su nombre escrito se estremeció. Demasiada casualidad. Incrédula siguió leyendo:

<<eleonor el Libro de la pasta lila Lebelo Bien a fondo. despues sabras que acer. confia en ti. dile a elida que la quiero mucho>>.

El papel le temblaba entre sus manos. Ella que veía lo que los demás no veían, ahora se resistía a creer lo que estaba delante de sus ojos. Su corazón se agitaba y su mente andaba a tientas. El recuerdo de Julián vino a su encuentro. Sintió esas palabras hablando dentro de ella, con su tono de voz. Había un detalle que le resultaba inquietante, la caligrafía era infantil y el texto estaba plagado de faltas de ortografía, como si lo hubiese escrito un niño. Pero cómo un niño desconocido puede escribir un mensaje tan certero. 

Se volvió a sentar en el banco y se dejó acariciar por los rayos de sol. Poco a poco fue volviendo en sí. “Total... ¿Qué me queda por perder? Lo haré”. Se levantó con la certeza de que quizás se estaba enfrentando a la misión más difícil de su vida: aprender a confiar en ella misma.

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Capítulo 2. Eli

Capítulo 3. Ishaam

Capítulo 4. Eleonor

Capítulo 5. A la deriva

Capítulo 6. Ausencias que golpean

Capítulo 8. El libro lila

Capítulo 9. Revelaciones

Capítulo 10. Derribando fortalezas.

Capítulo 11. Misión y libertad


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La librería de los sueños. Capítulo 11. Misión y libertad.

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