domingo, 22 de febrero de 2026

Número desconocido

 


Hay números que no deben marcarse. Ignorarlo no te protege.

"Relato de terror corto en español. Una teleoperadora marca un número prohibido y desata algo que no puede detener. Léelo si te atreves."

 “Una llamada más, una más y lo dejo”, se decía dejándose caer vencida. Llevaba más de un año contactando por teléfono a personas que no deseaban ser molestadas y que, en su hastío, solían responder mal o colgar la llamada. La cantinela la tenía marcada a pulso en sus neuronas. A veces, la asaltaba en pleno sueño como un mal disco rayado que nunca cesa: “¿Señora…, es usted la titular de la línea telefónica domiciliada en la calle…? Le llamo desde su compañía telefónica para revisar su contrato y actualizarlo. Habrá visto que no se le está aplicando a su factura las tarifas actualizadas…”

Ese día hacía un calor soporífero. Tenía una última llamada pendiente antes de tomarse un descanso y salir a almorzar. Con una desgana ganada a pulso de tensiones a flor de piel por la tirada de llamadas de esa mañana marcó el número: 91 XX RR WW. Tres o cuatro tonos después, una voz respondió desde el otro lado:

—No debería haber llamado a este número —la voz sonaba lastimera.

—¿Hablo con la señora Carmen Acosta Martínez, titular de la línea domiciliada en la Calle Goya, 45, 3ºB de Madrid?

—Lo siento tanto, joven —le respondió sollozando.

—¿Cómo? —la alerta le hizo saltarse el guion.

—Ahora, la perseguirá a usted. No tendrá donde esconderse. Lo siento —le colgó la llamada.

Elvira se quedó con el cuerpo en vilo. No sabía qué hacer. A pesar el calor sofocante, un sudor frío le taladró los huesos. Una mosca se cruzó en su camino y la espantó con la mano. “Esto es una locura”, se dijo, “¿Qué clase de bromas son éstas?”. El teléfono fijo sonó. Su cuerpo se arqueó como el lomo de un gato. ¿Cómo podía ser? Era imposible que alguien llamase a ese número. Se levantó a toda prisa, cogió su móvil para meterlo en el bolso. Ya lo tenía en sus manos cuando sonó entre ellas. Número desconocido. Ignoró la llamada y lo puso en modo silencio. Pero el teléfono no dejaba de vibrar en su bolso. Ya estaba en el ascensor cuando rendida, lo sacó y aceptó la llamada.

—¿Dígame?

—¿Por qué no lo cogiste? Has sido mala. No me gusta que no me respondan —contestó una voz que le ahogó la respiración. No parecía humana.

Hizo un esfuerzo por dominar sus cuerdas vocales y contestar. Las sentía paralizadas y tensas, a punto de quebrarse. El ascensor se paró, la puerta se abrió y se volvió a cerrar sin que nadie pasase. Sintió un aliento frío en su nuca y se estremeció.  

—¿Qué quieres? ¿Quién eres? —preguntó temblando.

—Le preguntó la gacela al león antes de que la devorase…

—¡No tiene ninguna gracia! ¡No me gusta este juego! ¡Corto la llamada!

—Si lo haces… morirás antes de tiempo, de una manera horrible y no lo harás sola. Te llevarás a alguien contigo. Dos por el precio de uno… Hazlo, ya me está gustando.

Su cuerpo se enervó hasta casi romperse. Las puertas del ascensor se abrieron en la planta baja. Salió para dirigirse hacia el local donde almorzaban los empleados. Allí tenía su comida, guardada y etiquetada en su taquilla de efectos personales. Lo único personal en ese edificio era cada una de las personas que trabajaba allí una vez que salían por la puerta y se marchaban.

Se movía como un autómata, sin pensar, sin reaccionar. Oyó la voz en su cabeza y se le cayeron las llaves de la taquilla: “Come y no hables con nadie”. ¿Comer? ¿Cómo podía comer en una situación a la que ni siquiera podía poner nombre? Su estómago estaba encogido y revuelto. Tres compañeras suyas, con las que apenas había hablado alguna vez, estaban sentadas con sus fiambreras abiertas. El olor mezclado a comida le golpeó la nariz provocándole nauseas.

—¿Quieres que se marchen? Verás la cara que ponen. Será divertido —oyó la voz en su mente.

Se llevó las manos a la cabeza, a la altura de sus oídos, en un inútil intento por acallar esa voz. Permaneció sentada, con la vista perdida sobre la fiambrera cerrada. Al rato, las mujeres enmudecieron y, sin recoger sus cosas, se marcharon de la sala dejándola a solas. “¿Qué demonios es todo esto?”, se preguntó desolada mientras hundía su cabeza entre sus manos. Miró los tápers abiertos, abandonados. Daba la impresión de que habían huido como gacelas asustadas.

No probó bocado. Se fue hacia la máquina vending expendedora de café. Insertó unas monedas y pulsó un café expreso. El sonido de la máquina preparando el café la tranquilizó. Se sentó con su café, cerró los ojos y recordó el rostro de su madre. La echaba tanto de menos… Sólo hacía tres meses que había muerto y sentía que no había tenido tiempo para despedirse de ella. Después de terminar su café, salió afuera a capturar los rayos del sol y fumar un cigarro.

Le quedaban todavía tres horas por delante y no se sentía con fuerzas para seguir. Su cabeza le dolía en diferentes zonas y de forma intermitente, sin darle tregua. Además, ese pálpito trepando por su pecho, esa sensación de sentirse observada en cada movimiento. Desvió su mente hacia otros pensamientos. Subió y pidió al jefe de planta la tarde libre. Le costó caro, el sábado tendría que recuperar las horas sumándoles un par de horas extras que no cobraría. “Maldito usurero”, lo condenó en sus pensamientos.

El trayecto a casa fue tranquilo, sin sobresaltos, el teléfono no sonó. Al llegar a su habitáculo de alquiler, dejó todas sus pertenencias sobre la silla que había a la entrada y fue a darse una ducha de agua caliente. Se sintió reconfortada, como si hubiera salido de una pesadilla y volviera a recuperar la noción de la realidad. Sintió un poco de hambre y se preparó un sándwich para cenar. Miró la televisión durante un rato, hasta quedarse dormida. No se despertó hasta que sonó la alarma del despertador. Había dormido de un tirón, en el sofá, sin pastillas. No se lo podía creer. El sol entraba radiante por las ventanas, iluminando su mini apartamento. Se vistió y salió para el trabajo.

Nada más llegar, una vez en el ascensor, el móvil vibró enérgico en su bolso. Una oleada de temblor la agitó. Tenía un mensaje de WhatsApp: “Dormilona… tengo un regalito para ti. Ya verás cómo te gusta. Saltó como un gatito. Jijijiji”. Las manos no le respondían. El móvil cayó al suelo. La puerta se abrió y vio caras agitadas. La policía estaba interrogando a sus compañeros. Álvaro, uno de ellos, fue a avisarla.

—Elvira, ¿te has enterado ya?

—No, ¿qué ha pasado?

—Por lo visto, Romario se tiró por la ventana ayer por la tarde. La policía está preguntando por ti. Fuiste la última persona que habló con él.

Un vacío salvaje la absorbió. La tragaba no solo a ella sino a todo lo que la rodeaba. ¿Romario? ¿El jefe de planta? Recordó el WhatsApp y el mensaje escabroso. Los nervios traspasaron su piel. Se deshizo de Álvaro y, con la excusa de necesitar ir al cuarto de baño, se retiró. Abrió la pantalla de WhatsApp y eliminó el mensaje. Con el cuerpo sacudido entró en la oficina. Nada más entrar, un agente de policía fue a su encuentro. La interrogó. Solo le pudo decir que le pidió permiso para ausentarse. Nada más.

—¿Habías visto algo raro en él antes de marcharte?

(“¿En él? En él nada, en mí… todo”, quería decirle sin palabras).

—No, nada.

—Por qué hablaste con él.

Le comentó el motivo por encima, sin añadir su irritación por el coste añadido de su permiso para irse antes de tiempo.

Se sentó en su cubículo aterrada. Un hombre había muerto. Detestaba a Romario por su actitud chulesca y malos modos, pero en modo alguno deseaba su muerte. No era una cuestión menor como para no tomárselo en serio. Se llenó de aire en un esfuerzo inútil por recobrar la cordura y empezó a marcar para reanudar su “estúpido trabajo”, según se dijo. Pero fue iniciar su tarea y verse sorprendida por esa voz: “¿no me das las gracias por el favor que te he hecho?”. Le faltó poco para gritar. Se llevó las manos hacia la boca y susurró con una súplica ahogada.

—Por favor…, déjame en paz. No le hagas más daño a nadie.

—jajajaja. Lo llamaste maldito usurero. Tú lo condenaste.

—Haré lo que me pidas. Por favor, ¡vete!

—¿Lo que yo te pida? Ummm eso me gusta. Te dejo el día libre. Luego, volveré.

Elvira sintió un estertor sacudiendo su cuerpo. “Soy su presa. Estoy muerta”, gritó en la soledad de su mente. Lo que le quedó de día lo vivió como una antesala de un horror que exhalaba en cada respiración. Cada llamada era un tic tac que la cercaba a lo que ya estaba escrito.

Al día siguiente, Elvira no volvió a su trabajo. Ni a la siguiente semana. Después de dos semanas, alguien dio la voz de alarma en su trabajo. No respondía a las llamadas. La policía irrumpió en su apartamento y forzaron la cerradura. Las persianas estaban echadas. El ambiente se respiraba pesado y rebosaba hedor. Silencio y oscuridad. El pálpito de la muerte sacudió a los agentes. Pulsaron un interruptor y la luz no se encendió. Empezaron a moverse guiados por el haz de luz de la linterna. Pasaron al salón y el foco se encontró con un cuerpo inerte. Subieron las persianas. Elvira estaba encogida sobre sí misma. Mantenía la mano izquierda crispada sobre el móvil. Sus ojos parecían mirar con una expresión de horror hacia la ventana. Tenía la boca abierta en una terrible mueca. En su puño derecho tenía un papel arrugado con un número de teléfono donde rezaba: “todo empezó aquí”. En el suelo de parquet había marcada una especie de “A” manchada de sangre.

—¿Qué significará? Parece una “A” —Uno de los agentes se inclinó y enfundándose un guante miró los dedos de la mano de la muerta—. ¡Qué desesperada debía estar! Se destrozó la uña.

—¿Una inicial? —aventuró su compañero mientras el otro agente se encogía de hombros.

La policía rastreó el número. Había pertenecido a una anciana que había muerto hacía tres años. La habían encontrado con el teléfono agarrado en una de sus manos y con una expresión de horror idéntica. La autopsia no había revelado nada inusual, así que certificaron que murió de muerte natural un 07 de julio a las 6,00 de la madrugada.

El informe forense arrojó que Elvira había muerto de parada cardiorespiratoria. Se fijaron como fecha y horas aproximadas de la muerte: el 07 de julio a las 6,00 de la madrugada. La coincidencia de la fecha y la hora de la muerte quedó registrada en el informe sin más comentario. Archivaron el caso.

La noticia de la muerte de Elvira sacudió a sus compañeros de oficina. En vida, nunca habían reparado tanto en ella como lo hacían ahora. La recordaban como una persona que apenas llamaba la atención. “Se movía y se deslizaba como una sombra” decía de ella Álvaro, uno de los pocos que sí interactuaban con ella. Después de unas semanas, la expectación alcanzada por su muerte se fue diluyendo entre la rutina diaria y su recuerdo fue cubriéndose de olvido.

Un año después, Alicia, una compañera de Elvira, se disponía a terminar la jornada de la mañana para irse a almorzar. Estaba deseando salir de su cubículo. Ese día estaba siendo muy intenso y de un calor sofocante. Ya iba a irse cuando surgió un número en su pantalla. Le extrañó porque instantes antes creía haber terminado con todos los que tenía previstos. Como no le gustaba dejar nada para después, resopló y marcó el número: 91 XX RR WW. Al iniciarse la conversación, una voz acongojada le respondió:

—No debería haber llamado a este número. Lo siento…

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sábado, 14 de febrero de 2026

Amanita

 


"Algunas setas son mortales. Algunos amores también."

Se miraban con los ojos atravesados de silencio. Las manecillas avanzaban impasibles, con su ritmo militar, en la esfera de lo inevitable. Tic, tac, tic, tac retumbaba en sus cabezas. El viento soplaba gélido tras los cristales. El crepitar de los troncos en la chimenea atrajo su atención en un intento de encontrar un refugio cálido donde guarecerse del frío.

—No creo que tarde mucho en regresar. Es hora de ir marchando —arrancó a decir con cierto pesar la visita al tiempo que se levantaba del sillón y lanzaba una mirada de reojo a la ventana. 

—No, no tardará —su voz la sacudía como un estertor. 

—Espero verte pronto. No tardes. Te dejo un libro. Creo que puede serte de utilidad y, además, también es un buen combustible para el fuego. 

No se dijeron más. Las palabras se les habían acabado. Se abrazaron fuerte, cuerpo a cuerpo, deseando eternizarse para siempre en ese instante. 

Rebeca recuperó la compostura, respiró hondo y, dedicando una última mirada a su amiga, se apresuró hacia la puerta. Su sonido, tras cerrarse, estremeció a Elena de punta a punta. Cuando la vio subir al coche y arrancar, la siguió con los ojos hasta perderla de vista. Se quedó inmóvil con la mirada enredada entre las copas azotadas de los árboles. El viento gemía lastimero, con una exhalación espectral. Ese otoño se estaba haciendo sentir duro. No solo arrastraba las hojas de los árboles, sino que se llevaba también sus esperanzas.


El rugido de un motor la sacudió de su ensoñación. Era él, volvía del pueblo. En una reacción instintiva, ocultó el libro entre los libros de la estantería. Se acercó a la cocina de leña y puso a calentar la comida. 

—¿Has tenido visita esta mañana? —su voz sonaba áspera y cortante.

—Sí, mi amiga Rebeca —trató de contener sin éxito el temblor de su voz.

—¡Vaya, vaya! ¿No se había ido ya a Canadá?

—Se va esta noche de madrugada.

La escrutó con la mirada como queriendo atravesarla.  Ella palideció por dentro. Trató de forzar una sonrisa. Con él nunca se sabía. Sus nervios estaban a flor de piel. Quería controlar cada gesto, cada reacción que la delatase. Pero sabía que, por mucho que se esforzase, nunca controlaba nada. Cualquier cosa podía servir como detonante. Se sentía una muñeca rota en sus manos. 

—¿Te pongo algo de comer?

—No, come tú. Te estás quedando demasiado flaca. 

Elena puso la mesa con movimientos de autómata. Se movía lenta y rígida. Cada vez que se giraba de espaldas, sentía la punzada de sus ojos sobre su cuello. Se sentó y se obligó a comer. El tintineo de la cuchara contra el fondo del plato sonaba con una letanía que parecía quebrar el tenso silencio. Comía con el estómago encogido. 

—Setas, quiero setas. ¿Serás capaz de cocinarlas? —su pregunta iba cargada.

—Haré lo que pueda.

—Más te vale. Selenio me ha regalado una cesta llena. No sé qué mosca le ha picado, con lo miserable que es. Algo querrá.  La he dejado en el cobertizo. 

—Vale —asintió como un autómata.

—No tardes, te espero en la cama —la miró con ojos lascivos.

Se quedó a solas en el comedor. Le temblaba todo el cuerpo. El contacto piel con piel, su respiración, su aliento empapado en alcohol y sus jadeos en la oreja la sobrecogían. Sabía que no tenía mucho tiempo para concienciarse antes de entrar en el cuarto y dejarse hacer. Se decía a sí misma: “Pasará rápido”, y lo repetía en su mente todo el rato hasta que él terminaba. Cuando al fin lo vencía el sopor y se quedaba inmóvil, ella se levantaba sigilosa y, sin hacer ruido, se iba al cuarto de baño para darse una ducha y limpiarse. Pero por mucho que se enjabonara, la suciedad la seguía sintiendo por dentro. Esa repugnancia iba aumentando con cada contacto íntimo. A veces se preguntaba hasta cuánto tenía que aguantar para detonar una explosión en su interior que arrasase con todo. 

Entró en la habitación, se desnudó y se dejó hacer. Al rato, él se desplomó como un saco de patatas a su lado. Oyó sus ronquidos elevarse en el aire viciado de la alcoba.  Le quedaba casi una tarde antes de que él se recuperase de la media resaca que traía encima. Cada vez más borracho, cada vez más imprevisible y peligroso.

Inmóvil, parecía tan inofensivo... Lo miró como se mira a un animal repugnante. Se levantó y, después de su ritual de limpieza, se preparó una taza de café, sacó un cigarrillo del paquete que tenía escondido y lo encendió entre las brasas. Se sentó sobre la alfombra, cerca del fuego, con el calor de la taza palpitando entre sus manos. Le gustaba recorrer con sus ojos las llamas. Quizás porque dentro de su cuerpo se iba abriendo paso una combustión silenciosa. Recordó el libro que le había traído su amiga y se levantó a por él.

“Setas. Aprenda a diferenciar las comestibles de las tóxicas”. Lo ojeó un tiempo hasta que su dedo se posó en una lámina a todo color. A pie de página figuraba un nombre: Amanita phalloides o sombrero de la muerte. “Bonito nombre, un sombrero para saludar a la muerte”, se dijo con una ironía sorda. Siguió leyendo en un recuadro de texto que había en la página adyacente:

“…de sabor agradable, suave e incluso delicioso, lo que aumenta el riesgo de consumo accidental al confundirse con especies comestibles como los champiñones o la Amanita Caesaerea”

Cerró los ojos, apretó los puños y exhaló con placer la última bocanada de humo que tenía aprisionada en su boca. Ese nombre, “Amanita Caesaerea”, golpeteó con fuerza en su mente. Se levantó, se enfundó el abrigo, tomó una linterna y, sin dejar el libro, se fue al cobertizo. Nada más abrir el portón y enfocar el haz de luz, vio la cesta de setas. Se acercó a ellas con un ansia voraz, con el corazón en vilo; al mirarlas, le entró una risa nerviosa. Abrió el libro por la página marcada y las vio: Amanita Caesaerea. Una chispa invisible, pero de efectos bien palpables, había prendido en su interior.

Regresó a la casa. Se volvió a sentar frente al fuego, con el libro abierto sobre sus piernas. Siguió leyendo: “Cómo diferenciarlas”. Absorbió la información con avidez. Ya iba a cerrar el libro cuando notó en la última página un grosor inusual. La tanteó con sus dedos. No había duda: eran dos páginas que estaban pegadas.

Una corazonada la guió hacia donde guardaba el cutter. Lo cogió y, nerviosa, empezó a rasgar las hojas por sus extremos; una vez separadas, sus ojos se tropezaron con una sorpresa inesperada: un sobre pegado en el centro. Lo abrió como quien encuentra el mapa de un tesoro. Dentro había una carta. Emocionada, la desplegó. El folio le temblaba entre las manos. Leyó sus líneas, una y otra vez. La voz de Rebeca resonaba en su cabeza y la acariciaba por dentro. Se llevó la carta a la altura del pecho y la abrazó. Antes de arrojarla al fuego, la olió y la besó. La acompañó con la mirada mientras se deshacía entre las llamas. 

Colocó el libro de nuevo en la estantería. Todavía no le había llegado su momento. Se fue a la cama que había en la otra habitación. Cada vez se iba más allí y a él no parecía importarle. Se refugió en el recuerdo de las palabras de su amiga y se durmió arrullada por ellas, como no recordaba desde hacía mucho tiempo.


Al día siguiente, Julio se levantó temprano. Elena fingió seguir dormida para evitar el contacto. No solía desayunar. Tenía prisas por irse al pueblo. Tras cerrarse la puerta, esperó hasta oír el coche arrancar. Saltó de la cama. Tenía una mañana por delante y unas setas que cocinar. Desayunó, se vistió con prisas y se llevó el libro. Fue al cobertizo a por la cesta. Con manos temblorosas sacó la mitad y las dejó semiocultas en un rincón.  Con el corazón golpeándole en la boca, se internó en el bosque. Allí tiró la otra mitad de las setas.


Durante dos horas, buscó las que necesitaba. Con la cesta llena, regresó acelerada.

Cogió el libro de recetas y escogió una. Se colocó unos guantes y se dispuso a preparar las setas para cocinarlas. Estaba hecha un flan, pero se esforzó para que la comida le saliera deliciosa. Arrojó el libro a la chimenea y se dispuso a esperar mientras contemplaba cómo lo consumía el fuego. El olor a quemado le supo a gloria. “Hay historias que merecen ser abrasadas por las llamas y otras que merecen ser recordadas. Esta tiene que ser carbonizada”, pensó. 


Se sentó con la mirada puesta en el teléfono. Mientras esperaba el momento, trató de pensar cómo abordar la situación. La idea le vino mientras acariciaba su todavía no redondeado vientre. Le había ocultado su embarazo. Las razones no le eran del todo claras; unas veces pensaba que así protegía al bebé; otras, sentía que era la rabia que crecía por dentro la que mantenía sus labios sellados. Se había sorprendido en ocasiones, acariciando el deseo de que una paliza, que se le fuese de las manos, terminara con su vida y la de la criatura que llevaba en su vientre. Ella habría dejado de sufrir, el bebé no tendría que hacerlo y, además, esa bestia cargaría con ello de por vida. Este tipo de pensamientos solo le asaltaban en los momentos más negros.  


A las 12:00 se dirigió hacia el teléfono, colocó su dedo índice sobre el agujero del 3 y giró la rueda hasta dar la vuelta completa; siguió marcando uno a uno los números. Con el auricular pegado, oyó las tres llamadas; colgó y volvió a marcarlo; tres llamadas; y así hasta tres veces. Era fácil de recordar, tres veces tres. Esperó con la respiración contenida. Ya no había vuelta atrás. Apretó los dientes mientras estrujaba un cojín con sus manos. A los cinco minutos sonó el teléfono; le devolvió la réplica esperada: tres veces, tres. Suspiró de alivio y soltó la tensión. Se quedó exhausta, tendida sobre el sofá.


Julio regresó puntual. Le extrañó verla tendida. Estaba sobrio y parecía más calmado de lo habitual. Se acercó y se sentó a su lado.

—¿Te ocurre algo?

—Bueno, sí, pero no es malo —le respondió posando su mano sobre su vientre.

—¿Estás embarazada? —preguntó con la ilusión desbordándole los ojos.

—Lo estoy, lo estoy.

—¿De cuánto?

—De tres meses.

—¿Por qué no me lo habías contado antes?

—Porque… —Elena tragó saliva—. No sabía cómo podías tomártelo —desvió su mirada.

—Voy a dejar de beber. Esta vez va en serio. ¡Un niño! ¡Me vas a traer un niño!

Elena no lo creyó. Ya no tenía dedos para contar las veces que había prometido dejar de beber. Lo más que había durado había sido una semana. Pero se conmovió al verlo tan ilusionado. Las pocas ocasiones en que se mostraba así le recordaban a cómo era el hombre del que una vez se enamoró. Sintió un nudo en su garganta.

—Quédate tendida que pongo la mesa. 

—Las setas están preparadas. Sírvete un plato —le dijo con voz lastimera.

—¡Tienes que comer! Recuerda que tienes un bebé dentro.

—Sí, pero no comeré las setas. Me dan arcadas. Ponme la carne con tomate que está en la encimera.

Lo observó mientras se desenvolvía en sus movimientos. Dos hombres en uno: el Doctor Jekyll y Mr. Hyde. Pero no, ya no se dejaba engañar. Hacía tiempo que había traspasado el límite del no retorno. Le fastidiaba que precisamente hoy llegase con su mejor cara. Todavía sentía emociones remotas que la ataban a un pasado que se esfumó en el culo de una botella. Él se había bebido todas sus ilusiones de un trago. Por eso, Elena se esforzó en espantar esos resquicios a patadas. 

Con la mesa puesta se pusieron a comer. Él devoraba con satisfacción las setas. Ella seguía con sus ojos cómo las masticaba con la boca abierta. Veía esa masa parduzca subir y bajar hasta deslizarse hacia dentro. “¿Están deliciosas, cariño? ¡Métetelas todas en la boca, cabrón!”, se decía con la boca cerrada y el pulso a cien.  La felicitó por su buena mano en la cocina y ella forzó una sonrisa. Algo se le escapó que él notó. Paró de llevarse el tenedor a la boca. La miró con una leve sombra de recelo que la crispó.

—¿Pasa algo? ¿Por qué no quieres probarlas?

—No, no pasa nada. Es que no puedo ni verlas ni olerlas. Ya sabes… las náuseas.

—Apenas has probado bocado. ¿No puedes comer más?

—No, no me entra.

—Tiéndete, que ya me encargo de recoger la mesa. —Tanta amabilidad inesperada la abrumó.

Elena se tendió y cerró los ojos. “¿Y si esta vez fuera verdad?”, le golpeó un pensamiento en la sien. “¿Y las otras? ¿Acaso fueron verdad?”, contraatacó. Trató de conciliar el sueño, pero la lucha continuaba en el ring de su mente. Terminó por rendirse; la suerte estaba echada y ya no había vuelta atrás.

Julio se acostó un rato. Elena aprovechó para hacer el cambio. Cogió la olla con las setas y salió fuera. Se retiró de la casa y las enterró en un lugar recóndito. Volvió con las setas que había dejado ocultas en el cobertizo. Las colocó en la cocina y lavó la olla. 


El resto de la tarde Julio estuvo bien. A las seis horas empezó a sentirse raro, con escalofríos, náuseas y dolor de vientre. Le decía medio en broma que ahora el embarazo lo sentía él. A medida que fue avanzando la noche, empeoró con rapidez. Empezó a gritar de dolor y a tener delirios. Le suplicó que llamara al médico por teléfono. Elena marcó el número sin descolgar el auricular. Le dio a beber una infusión en la que disolvió una alta dosis de pastillas para el sueño. Julio perdió la conciencia y los alaridos cesaron.


Elena cogió su abrigo y caminó durante dos kilómetros hasta llegar a una especie de caseta de pastor abandonada. Se sentó, encogida, a esperar. A la media hora escuchó el ruido de un coche. El coche se paró, alguien abrió la puerta y salió. La puerta de la caseta se abrió. Una voz familiar la abrazó.

—¡Elena, estás muerta de frío! Tengo una manta en el coche. ¡Vámonos de aquí!

—Tenía miedo de que no vinieras —respondió ahogando un sollozo.

La ayudó a levantarse, se abrazaron y juntas se fueron de allí. Ya en el interior del coche, sabiéndose seguras, siguieron hablando.

—¿Le dijiste que me iba a Canadá?

—Sí.

—¿Te ha visto alguien?

—No, he dado un gran rodeo para no encontrarme con nadie.

—¿Dónde estabas?

—En Francia. 

—Tengo miedo de que se tuerzan las cosas y nos encuentren.

—No lo harán. ¿Recuerdas que te dije que te iba a ayudar a desaparecer?

—Sí.

—Pues eso es lo que vamos a hacer. Elena murió. 


A los dos días, llamaron a la puerta y nadie contestó. Silencio sepulcral. Dieron la voz de alarma y la Guardia Civil se personó en el domicilio. Forzaron la puerta. Dentro se encontraron a Julio en estado de coma. Estaba solo, no había ni rastro de Elena. 


Después de tres semanas, Julio recobró la conciencia. Había quedado con graves secuelas hepáticas, pero seguía vivo. Todo el cuadro llevaba a una intoxicación por setas, pero las que encontraron en su casa eran inofensivas. De su mujer, nada. Había desaparecido como un fantasma. Si se había ido, no se había llevado ni documentos ni ropa. Se había esfumado. Las sospechas apuntaron hacia un posible homicidio. Buscaron su cuerpo sin éxito. Cerraron el caso, pero en el pueblo todos pensaron que Julio se la había cargado. Nadie decía nada, pero todos sabían que se le iba la mano con ella. Julio se defendía diciendo que ella lo había envenenado y se había fugado con su amiga. Nadie lo creyó. Todos sospecharon de él. 

@ana.escritora.terapeuta

   

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domingo, 8 de febrero de 2026

La mancha

 


Vanessa estaba comida por los nervios. A sus treinta, danzaba entre reuniones de alto nivel sobre sus tacones con la destreza de una bailarina. Ni una hebra fuera de lugar, ni un saludo improvisado. Llevaba cinco años dirigiendo el departamento de marketing de una empresa de cosméticos como si fuera su propio imperio. Pero aspiraba a más y la oportunidad estaba al alcance de sus manos. Se trataba de una oferta de trabajo en la que buscaban a una persona para cubrir el puesto de director ejecutivo en un holding de alto standing.

Mañana era el día. Lo había cuidado todo con esmero obsesivo: desde el dossier hasta el peinado. La propuesta para el puesto vacante martilleaba en su cabeza: “Buscamos profesionalidad, pero por encima de todo, impecabilidad”. ¿Y quién, si no ella, era una profesional sin tacha?

Se dio un baño con sales y se acostó temprano. Había que tenerlo todo bajo control y un sueño reparador era fundamental para salir a por ese trabajo que ya era suyo. Podía palparlo, sentir su paso por las oficinas y mirar las vistas desde los grandes ventanales del que sería su nuevo despacho.

Sonó el despertador. Lo había puesto con tiempo para esmerarse en su acicalamiento. Se miró al espejo y se gustó como nunca. Ese precioso vestido, blanco impoluto, de corte italiano, que se ceñía a sus formas con elegancia dejando entrever su esbeltez, le quedaba como un guante.

Bajó al garaje y subió a su Audi, último modelo. Salió hacia el gran edificio donde tendría lugar la entrevista. Esperó su turno con confianza. Miraba de soslayo a sus posibles rivales y se sonreía para sí: no estaban a su altura. Pero su mirada se desvió hacia la parte baja de su vestido y se encontró con algo que la sobrecogió: una mancha oscura, como de café, de un tamaño que amenazaba su pulcritud.

Quiso levantarse e ir hacia el baño para remediar el desastre, pero no pudo. La asistente se había acercado a ella para invitarle a pasar a la entrevista. El mundo se le vino encima. ¿Por qué le ocurría esto en el peor momento? ¿De dónde había salido esa impertinente mancha? Trató de recomponerse para afrontar la situación como un desafío, pero sentía la mancha agrandarse dentro de ella.

Un hombre mayor, que rondaría los setenta años, la recibió con una gran sonrisa y la invitó a sentarse. La miró detenidamente. Parecía no tener prisas.

Vanessa se sentó, enderezando su torso con estudiado aplomo. Sus manos, descansaban sobre su regazo. Solo ella era consciente del ligero temblor que las sacudía.

—Señorita Vanessa, ¿me permite tutearla?

—Sí, por supuesto.

—Soy Aitor Contreras, gerente de selección de personal. He estado revisando tu currículo y es impresionante. Tengo una pregunta para ti. Quiero que te tomes tu tiempo para contestarla porque es vital. ¿Estás preparada?

—Sí, lo estoy, adelante.

—¿Te consideras una persona impecable? Y por impecabilidad no me refiero a la mancha de tu vestido.

Vanessa sintió que el rubor la sacudía como una descarga eléctrica. Intentaba no mirar la mancha, que parecía haberse expandido hasta ocupar toda la habitación. Aitor le había dado una tregua con el tiempo, así que se decidió apurarlo para calmarse por dentro. Necesitaba recuperar paz mental. Respiró hondo, relajó sus hombros hacia atrás y, haciendo acopio de toda su seguridad personal, contestó:

—Sí, me considero una persona impecable. Mi currículo así lo acredita.

—No, tu currículo lo que me dice es que te lo has currado a nivel profesional, que eres una mujer ambiciosa, que sabes tomar decisiones y que no temes el riesgo. Pero no me dice nada sobre tu impecabilidad como persona. Sobre si sabes trabajar en equipo, valorar a las personas por encima de su puesto y tenerlas en cuenta.

—Entiendo. Pero si es eso, me reafirmo como una persona intachable, aunque no conste en mi currículo.

—Bien, pues me temo, Vanessa, que tus compañeros no piensan lo mismo. ¿Sabes? He hecho mi trabajo. Y lo que me he encontrado es que no tienes en cuenta a las personas que te rodean: ¿sabes quién es Lara? ¿Alguna vez le diste las gracias o al menos la miraste a los ojos cuando te trajo el café? ¿Y Eduardo, tu compañero de diseño? ¿Acaso no te atribuiste su último trabajo, que fue brillante, en la reunión de la semana pasada? ¿Y qué me dices de Amanda? ¿Acaso no la retiraste del equipo porque, según tú, la maternidad no le permitía asistir a las reuniones presenciales?  ¿Era la maternidad o la veías como una rival peligrosa?

Un sudor frío recorrió la espalda de Vanessa. Las miradas de sus compañeros sobre ella eran como cuchillos que la atravesaban. Vio a Lara tratando de hacer el menor ruido posible, los ojos de decepción de Eduardo en aquella reunión y la cara de resignación de Amanda al sentirse apartada.  El vientre empezó a darle sacudidas; el cuerpo entero le temblaba por dentro. Un sonido metálico y chirriante se abrió paso hacia sus oídos invadiéndolo todo. Era el despertador que anunciaba la hora de levantarse.

Se incorporó, presa de la angustia. “Sólo ha sido una pesadilla”, se dijo. Todo parecía en su sitio, pero algo en ella había cambiado. Se levantó y fue a mirar su vestido. Estaba limpio, sin manchas.

Fue hacia la cocina a prepararse el desayuno. No tenía hambre y seguía teniendo frío. No era un frío que viniera de fuera, sino de dentro. “Ostras”, se dijo, “no se me va esta sensación, siento esa oscuridad creciendo dentro de mí”.

Se sentó en una silla y su mente viajó al momento en que empezó a fallarse a sí misma. Poco a poco fue cediendo terreno en aras de la ambición. Al principio, eran pequeños detalles que fueron haciéndose cada vez más grandes. Dejó de ver a las personas para ver obstáculos en su carrera. Le dolió tanto que se llevó la mano a la altura del pecho y empezó a llorar sintiendo una profunda lástima hacia sí misma. “¿En qué me he convertido?”, preguntó entre sollozos. “No puedo. No quiero ir a esa entrevista con esta mancha”

Recordó sus renuncias: al amor, a la amistad, a lo imprevisible. Su imagen de perfecta maniquí metódica terminó imponiéndose como una presa que cortaba el flujo de la vida. Miró sus manos, cuidadas y sin arrugas, perfectas. Pero por dentro, se sentía deshecha. Había vivido una mentira con un bonito envoltorio para presentar en sociedad.

Tomó aire y se dirigió a por el móvil para anular su asistencia. Llamó a su empresa para pedirse la semana libre. Nunca había pedido tiempo, así que se lo debían. Pensó qué hacer con su vida. Quería eliminar esa suciedad que enturbiaba su alma. Recordó un retiro que una amiga le recomendó en cierta ocasión. Era un monasterio aislado donde acogían a ejecutivos estresados con deseos de reconectar.

Hizo las gestiones pertinentes y allí se fue. Sólo llevó consigo un bloc de notas sin estrenar y un par de bolígrafos. No estuvo una semana, sino un mes. En un impulso decidido, redactó su carta de renuncia. No fue fácil, pero lo sintió necesario. La antigua Vanessa debía morir para que naciese otra, más auténtica, más humana.

El monasterio se abría intrépido entre las montañas, envuelto en una naturaleza salvaje que jugaba a albergar almas quebradas. Vanessa se dejó acoger en el silencio y lo atesoró como el más grande de los tesoros. Sentada en el claustro, mientras dejaba que el sol acariciase su rostro, escribía con mano temblorosa los renglones más dolorosos de su vida para conciliarse con ellos. Lloraba embargada por el alivio. Una lágrima rodó por sus mejillas y cayó sobre la página. Sus lágrimas no manchaban, la limpiaban por dentro.

Sonriendo y con los ojos brillantes por la emoción, le daba las gracias a esa mancha que un mal sueño le mostró. ¿O quizás no fuese tan mal sueño?

@ana.escritora.terapeuta.

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domingo, 1 de febrero de 2026

El almuerzo de Lily

 


A veces, lo que despierta tu curiosidad también puede devorarte...

El golpe seco del hacha caía sobre la tabla. El olor a carne se entremezclaba con los perfumes de las mujeres que esperaban su turno. Honorio sudaba de calor. El aire del aparato no era suficiente para aliviarlo. Se pasó el brazo para retirar las gotas de agua que manaban de su frente. Se oyó el tintineo de la cortinilla de metal. “Otra más”, se dijo sin levantar la vista mientras daba un golpe certero para separar el último trozo de una pieza de costilla.

Fue atendiendo el goteo de clientes. Ese día despachaba solo. Sus padres, ya mayores, estaban de asuntos médicos. La cola se fue reduciendo. Se acercaba la hora de cierre y Honorio deseaba con todas sus fuerzas que la cortina permaneciese ajena a todo movimiento que no fuese salir de allí. Ya iba por el último cliente, cuando la cortinilla se abrió.

Una figura delgada se deslizó con un carrito de la compra hacia el interior de la carnicería. Era Matilde, una viejecita de aspecto adorable y apariencia frágil, que tenía en ascuas a Honorio. Había pasado de comprar algún filete de ternera o un muslo de pollo a comprar cantidades cada vez más grandes de carne. No se explicaba ese aumento para una mujer mayor que vivía sola. El negocio era el negocio, pero la curiosidad no dejaba de ser curiosidad.

—Buenas, Matilde, a punto de cerrar estaba —se apresuró a bajar a media altura la puerta metálica de cierre—. ¿Qué desea usted?

—¿Y tus padres?

—De médicos. Bien, ¿qué le pongo?

—Ponme 5 kg de carne de cerdo en tacos grandes y dos pollos enteros.

—Matilde, ¿tiene usted invitados?

—¡Ay, no! —exclamó a media sonrisa—. Es para mi mascota. Cada vez come más. Está hecha una glotona.

—¿Y qué mascota es?  —preguntó mientras preparaba la carne.

—Se llama Lily y es hembra. Es una lagartija que me regaló mi sobrino y que ha ido creciendo mucho.

Honorio no daba crédito a lo que escuchaba. “¿Una lagartija tan grande y voraz?” Mientras preparaba la carne, deseó desvelar el misterio. Total, Matilde no vivía muy lejos de allí. Así que, sin pensárselo mucho, se ofreció a acompañarla. La ayudó a meter la carne en el carrito. Justo terminar de cerrarlo y oír el crepitar del aparato anti mosquitos.

—¡Ay, pobre! Eso le pasa por curioso —apuntilló sarcástica la señora.

A Honorio le pareció un pelín maliciosa su sonrisa, pero recordó las palabras de su madre: “Hijo, ves moros en todas partes”. Así que descartó su impresión de un manotazo. Salieron juntos de la tienda. El sol los acechaba implacable por el pavimento, sin darles tregua. A pesar de que estaba más o menos cerca, a Honorio el trayecto se le hizo largo y lento. Apenas había zonas de sombra donde guarecerse a su paso. Después de un tiempo, que le pareció alargarse en exceso, llegaron a un viejo portal y Matilde sacó las llaves para abrirlo. Entraron dentro. Olía a viejo como el bloque de sus padres. Se notaba que hacía tiempo que las reformas no asomaban por allí. No había ascensor, así que tuvo que subir en volandas el carro.

—Matilde, ¿cómo puede subir la compra por las escaleras?

—Poquito a poco, joven; escalón a escalón, paro a descansar, respiro y vuelta a empezar. Me toma su tiempo, pero llego.

La anciana iba por delante. Honorio observaba cómo subía las escaleras. Le daba la impresión de estar viendo no a una señora mayor, sino a una ágil gacela. Como era el segundo piso, no tardaron en llegar. Honorio esperaba la invitación para entrar, por un lado, pero, por otro, se mantenía un poco indeciso. Algo en ella no encajaba y no sabía precisar qué ni por qué. Matilde lo sacudió de su parloteo mental.

—Pasa, joven, que quiero que conozcas a Lily. ¡Te lo has ganado!

Honorio pasó dentro y cerró la puerta tras él. Matilde le dijo que siguiese todo el pasillo hacia delante y abriera la puerta del cuarto de baño, que estaba al fondo. Se sentía como un autómata que fuese empujado a un abismo. Fue hacia la puerta y giró la manilla. Un silencio denso y pesado se posó sobre la atmósfera. Si había un animal, no hacía ningún ruido. “Bueno, ya estoy aquí, así que…”, se dijo. Su mano terminó de completar el giro. No se sentía con ánimos de empujar la puerta. Sintió un roce duro sobre su esternón. Al girarse se topó con el rostro endurecido de la anciana. Empuñaba un rifle con sus manos y apuntaba a su espalda.

—¡Abre la maldita puerta! —le gritó con un tono amenazador, desconocido en ella.

El corazón de Honorio palpitó tan fuerte que sintió que le estallaba en los oídos. Abrió la puerta en pleno shock. Sus ojos se desencajaron, se estremeció de horror. Su piel se empapó de un sudor espectral. Esa cosa verde, de ojos enormes y fauces dotadas de finas cuchillas, venía hacia él.

—¡Lily! ¡Mi encantadora criaturita! ¡Mira! ¡Te traigo un buen almuerzo!

Una neblina lo envolvió, dejó de sentir su cuerpo. Todo fue oscuridad y silencio. Cuando recuperó la conciencia, lo primero que vieron sus ojos fueron las paredes blancas del hospital. Estaba rodeado de cables. Una enfermera que pasaba por allí lo atendió.

—¿Sabes cómo te llamas? ¿Recuerdas algo?

—Honorio. Recuerdo…

Se esforzó por recordar, pero las imágenes no venían. Después de un buen rato se acordó de sus padres. Quería saber de ellos. La enfermera los llamó para informarles que su hijo había despertado del coma. Por lo visto, llevaba tres meses. A lo más que llegó fue a ese caluroso día que pasó en la carnicería, pero lo demás, totalmente borrado. Lo habían encontrado allí. Una clienta llamó a emergencias cuando se desplomó al suelo después de haber metido la carne en su carrito. Decía la mujer que se había ofrecido a acompañarla, pero que entonces se cayó redondo. No recordaba nada después de la carnicería. Ni siquiera de la última mujer a la que atendió.

De vuelta a casa, empezó a tener recuerdos. Primero le vino un rostro. Era el rostro de una anciana. Luego un nombre, Matilde. Pero sus padres no recordaban a ninguna clienta que se llamase así. Entonces vinieron las pesadillas: se acercaba con Matilde a su casa, abría la puerta del baño y se encontraba con un enorme cocodrilo que quería devorarlo. Se despertaba gritando y con el cuerpo empapado en sudor. Siguieron más recuerdos. Decía que la había acompañado a su casa con la compra y que la anciana lo había amenazado con un rifle. Nadie le creyó cuando apuntó que Matilde quería servirlo de aperitivo a un cocodrilo que tenía recluido en su cuarto de baño. Que era por eso por lo que últimamente compraba tanta carne.

Honorio terminó en tratamiento psiquiátrico. Decían que estaba atravesando un cuadro paranoide. Desconfiaba de todos y sus relaciones se volvieron difíciles. Creía que los demás conspiraban en su contra, incluso sus padres, que ya no sabían qué hacer. Pero él estaba convencido de lo que había visto y vivido, porque quién sino él estaba bajo su propia piel.

@ana.escritora.terapeuta.

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