Vanessa
estaba comida por los nervios. A sus treinta, danzaba entre reuniones de alto
nivel sobre sus tacones con la destreza de una bailarina. Ni una hebra fuera de
lugar, ni un saludo improvisado. Llevaba cinco años dirigiendo el departamento de
marketing de una empresa de cosméticos como si fuera su propio imperio. Pero aspiraba
a más y la oportunidad estaba al alcance de sus manos. Se trataba de una oferta
de trabajo en la que buscaban a una persona para cubrir el puesto de director
ejecutivo en un holding de alto standing.
Mañana
era el día. Lo había cuidado todo con esmero obsesivo: desde el dossier hasta
el peinado. La propuesta para el puesto vacante martilleaba en su cabeza:
“Buscamos profesionalidad, pero por encima de todo, impecabilidad”. ¿Y quién, si
no ella, era una profesional sin tacha?
Se
dio un baño con sales y se acostó temprano. Había que tenerlo todo bajo control
y un sueño reparador era fundamental para salir a por ese trabajo que ya era
suyo. Podía palparlo, sentir su paso por las oficinas y mirar las vistas desde los
grandes ventanales del que sería su nuevo despacho.
Sonó
el despertador. Lo había puesto con tiempo para esmerarse en su acicalamiento.
Se miró al espejo y se gustó como nunca. Ese precioso vestido, blanco impoluto,
de corte italiano, que se ceñía a sus formas con elegancia dejando entrever su
esbeltez, le quedaba como un guante.
Bajó
al garaje y subió a su Audi, último modelo. Salió hacia el gran edificio donde
tendría lugar la entrevista. Esperó su turno con confianza. Miraba de soslayo a
sus posibles rivales y se sonreía para sí: no estaban a su altura. Pero su
mirada se desvió hacia la parte baja de su vestido y se encontró con algo que
la sobrecogió: una mancha oscura, como de café, de un tamaño que amenazaba su pulcritud.
Quiso
levantarse e ir hacia el baño para remediar el desastre, pero no pudo. La
asistente se había acercado a ella para invitarle a pasar a la entrevista. El
mundo se le vino encima. ¿Por qué le ocurría esto en el peor momento? ¿De dónde
había salido esa impertinente mancha? Trató de recomponerse para afrontar la
situación como un desafío, pero sentía la mancha agrandarse dentro de ella.
Un
hombre mayor, que rondaría los setenta años, la recibió con una gran sonrisa y
la invitó a sentarse. La miró detenidamente. Parecía no tener prisas.
Vanessa
se sentó, enderezando su torso con estudiado aplomo. Sus manos, descansaban
sobre su regazo. Solo ella era consciente del ligero temblor que las sacudía.
—Señorita
Vanessa, ¿me permite tutearla?
—Sí,
por supuesto.
—Soy
Aitor Contreras, gerente de selección de personal. He estado revisando tu currículo
y es impresionante. Tengo una pregunta para ti. Quiero que te tomes tu tiempo
para contestarla porque es vital. ¿Estás preparada?
—Sí,
lo estoy, adelante.
—¿Te
consideras una persona impecable? Y por impecabilidad no me refiero a la mancha
de tu vestido.
Vanessa
sintió que el rubor la sacudía como una descarga eléctrica. Intentaba no mirar
la mancha, que parecía haberse expandido hasta ocupar toda la habitación. Aitor
le había dado una tregua con el tiempo, así que se decidió apurarlo para
calmarse por dentro. Necesitaba recuperar paz mental. Respiró hondo, relajó sus
hombros hacia atrás y, haciendo acopio de toda su seguridad personal, contestó:
—Sí,
me considero una persona impecable. Mi currículo así lo acredita.
—No,
tu currículo lo que me dice es que te lo has currado a nivel profesional, que
eres una mujer ambiciosa, que sabes tomar decisiones y que no temes el riesgo.
Pero no me dice nada sobre tu impecabilidad como persona. Sobre si sabes
trabajar en equipo, valorar a las personas por encima de su puesto y tenerlas
en cuenta.
—Entiendo.
Pero si es eso, me reafirmo como una persona intachable, aunque no conste en mi
currículo.
—Bien,
pues me temo, Vanessa, que tus compañeros no piensan lo mismo. ¿Sabes? He hecho
mi trabajo. Y lo que me he encontrado es que no tienes en cuenta a las personas
que te rodean: ¿sabes quién es Lara? ¿Alguna vez le diste las gracias o al
menos la miraste a los ojos cuando te trajo el café? ¿Y Eduardo, tu compañero
de diseño? ¿Acaso no te atribuiste su último trabajo, que fue brillante, en la
reunión de la semana pasada? ¿Y qué me dices de Amanda? ¿Acaso no la retiraste
del equipo porque, según tú, la maternidad no le permitía asistir a las
reuniones presenciales? ¿Era la
maternidad o la veías como una rival peligrosa?
Un
sudor frío recorrió la espalda de Vanessa. Las miradas de sus compañeros sobre
ella eran como cuchillos que la atravesaban. Vio a Lara tratando de hacer el
menor ruido posible, los ojos de decepción de Eduardo en aquella reunión y la
cara de resignación de Amanda al sentirse apartada. El vientre empezó a darle sacudidas; el cuerpo
entero le temblaba por dentro. Un sonido metálico y chirriante se abrió paso hacia
sus oídos invadiéndolo todo. Era el despertador que anunciaba la hora de
levantarse.
Se
incorporó, presa de la angustia. “Sólo ha sido una pesadilla”, se dijo. Todo parecía
en su sitio, pero algo en ella había cambiado. Se levantó y fue a mirar su
vestido. Estaba limpio, sin manchas.
Fue
hacia la cocina a prepararse el desayuno. No tenía hambre y seguía teniendo frío.
No era un frío que viniera de fuera, sino de dentro. “Ostras”, se dijo, “no se
me va esta sensación, siento esa oscuridad creciendo dentro de mí”.
Se
sentó en una silla y su mente viajó al momento en que empezó a fallarse a sí
misma. Poco a poco fue cediendo terreno en aras de la ambición. Al principio,
eran pequeños detalles que fueron haciéndose cada vez más grandes. Dejó de ver
a las personas para ver obstáculos en su carrera. Le dolió tanto que se llevó
la mano a la altura del pecho y empezó a llorar sintiendo una profunda lástima
hacia sí misma. “¿En qué me he convertido?”, preguntó entre sollozos. “No puedo.
No quiero ir a esa entrevista con esta mancha”
Recordó
sus renuncias: al amor, a la amistad, a lo imprevisible. Su imagen de perfecta
maniquí metódica terminó imponiéndose como una presa que cortaba el flujo de la
vida. Miró sus manos, cuidadas y sin arrugas, perfectas. Pero por dentro, se
sentía deshecha. Había vivido una mentira con un bonito envoltorio para
presentar en sociedad.
Tomó
aire y se dirigió a por el móvil para anular su asistencia. Llamó a su empresa
para pedirse la semana libre. Nunca había pedido tiempo, así que se lo debían.
Pensó qué hacer con su vida. Quería eliminar esa suciedad que enturbiaba su
alma. Recordó un retiro que una amiga le recomendó en cierta ocasión. Era un
monasterio aislado donde acogían a ejecutivos estresados con deseos de reconectar.
Hizo
las gestiones pertinentes y allí se fue. Sólo llevó consigo un bloc de notas
sin estrenar y un par de bolígrafos. No estuvo una semana, sino un mes. En un
impulso decidido, redactó su carta de renuncia. No fue fácil, pero lo sintió
necesario. La antigua Vanessa debía morir para que naciese otra, más auténtica,
más humana.
El
monasterio se abría intrépido entre las montañas, envuelto en una naturaleza
salvaje que jugaba a albergar almas quebradas. Vanessa se dejó acoger en el
silencio y lo atesoró como el más grande de los tesoros. Sentada en el
claustro, mientras dejaba que el sol acariciase su rostro, escribía con mano
temblorosa los renglones más dolorosos de su vida para conciliarse con ellos. Lloraba
embargada por el alivio. Una lágrima rodó por sus mejillas y cayó sobre la
página. Sus lágrimas no manchaban, la limpiaban por dentro.
Sonriendo
y con los ojos brillantes por la emoción, le daba las gracias a esa mancha que
un mal sueño le mostró. ¿O quizás no fuese tan mal sueño?
@ana.escritora.terapeuta.
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