El dolor como mensajero
No nos gusta el dolor. Vivimos en la sociedad de
la anestesia, del parche analgésico. Pero el dolor no viene para que lo evadas.
Viene para avisarte de que tienes un asunto pendiente contigo mismo. Es el despertador del sueño de la vida.
Hay algo que tienes que resolver dentro de ti y que, si no afrontas y lo tapas,
te volverá a asaltar a la vuelta de la esquina en forma de nuevos problemas.
No es cómodo parar y dirigir la mirada al
interior. El miedo nos paraliza y por eso lo cubrimos con capas de distracción.
Siempre hay algo que hacer. Una excusa en nuestro camino. Sucede que esas
creencias que hemos adoptado como verdades absolutas se tambalean. Es como ir
quitando cartas en un castillo de naipes. El derrumbe de los pilares sobre los
que has asentado tu vida es inevitable. Pero es algo necesario para construir
unos nuevos cimientos. Esos que te permitirán crecer y manifestar el potencial
que llevas dentro.
La vida es cuestión de elección. Tú decides si
esperar al asalto definitivo, que es la encrucijada vital del todo o nada,
cuando ya no te quedan más naves que quemar en forma de distracciones y la
cuestión es salir a flote o hundirse. O si prefieres una demolición controlada
de lo que tiene que irse para que llegue lo nuevo. Lo hagas de una forma u
otra, tendrás que dejar de lado ir en piloto automático, empezar a auto-observarte.
Observar tus pensamientos sin dejarte arrastrar por ellos y rodearte de
silencio.
Decidas lo que decidas, hay una cuestión
esencial: perdonarte, aceptarte y abrazarte. Puede que no te guste lo que te
devuelve el espejo, pero ha sido parte de tu viaje y has de honrarlo como tal.
Suelta el rencor hacia ti y hacia otros. Perdonar es liberarse de la carga, no
es olvidar. Deja marchar de tu vida al juicio, a la culpa y a la condena.
Abrázate en silencio, pues solo desde el silencio
tendrás espacio para ahondar en ti. Llora si es necesario, pero no te
victimices ni te castigues. La travesía por el desierto es un viaje en
solitario que todos tenemos que hacer, tarde o temprano, y en el que vamos
dejando esas cargas que hemos llevado demasiado tiempo sobre nuestros hombros.
Al final la elección trata de si escoger el amor
o el miedo como guía de vida. El miedo conduce al repliegue sobre uno mismo. Al
egoísmo. Al achicamiento. A la estrechez de miras. A vivir en modo de
supervivencia atisbando sombras en el horizonte. El amor conduce a la mejor
expresión de ti mismo, a la expansión, a ver posibilidades por todos lados, a
la cooperación, al altruismo y al crecimiento imparable.
Si escoges el amor, sembrarás creencias que te
hagan mirar en esa dirección. Y aunque surjan desafíos y problemas, tu mirada
sabrá verlos desde otra perspectiva: como una maestría de vida y no como un
inconveniente al que maldecir. Si escoges el miedo, seguirás la senda conocida:
la del juicio, la culpa y la amenaza. Seguirás siendo la víctima de tu vida. La
elección siempre es tuya.
@ana.escritora.terapeuta
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