Eran las horas de una tarde avanzada. La oscuridad se imponía con su toque nocturno, pero Sara no quería pasar al último eslabón de la rutina familiar. Se resistía, después de la cena, a irse a su dormitorio. Su madre hacía equilibrismos para no estallar en la impaciencia que le iba creciendo por dentro. Tomaba aire, aguantaba y lo soltaba.
—¿Por qué no
quieres irte a la cama, cariño?
—Porque hay un
monstruo que se me mete en los sueños.
—Ya… por eso
tienes esas pesadillas.
Elena la
acurrucó en el sofá y, tirando de una mantita, la cubrió. La oía respirar y se
llenaba de amor por ella. Las prisas se disolvían en la quietud del salón.
—Cuéntame cómo
es ese monstruo. Quiero conocerlo.
Sara a duras
penas lo describió. Le costaba encontrar palabras para dibujarlo. Por eso
después de un buen rato se dio por vencida. Sabía cómo era, pero no sabía
decirlo. Elena se levantó para tomar unos folios, lápices de colores y una
carpeta.
—Dibújamelo.
Tómate tu tiempo.
La niña tomó el
folio sobre la carpeta en su regazo y se puso a hacer el retrato. Su madre, que
seguía a su lado, la contemplaba en silencio mientras seguía sus trazos con la
mirada. Después de un buen rato, el retrato del monstruo estaba terminado. Para
Sara era una amenaza auténtica, para Elena, el boceto de una pesadilla
infantil.
—Bien, cariño.
Esta noche vas a cazarlo.
—¿Cómo? ¡Mamá,
tengo mucho miedo!
—Yo te diré
cómo, tranquila, no lo harás sola.
Sara abrió los
ojos todo lo que pudo. Necesitaba escuchar todo lo que su madre tenía que
decirle.
—Sara, ¿qué es
lo que más te asusta de él?
—Sus enormes
dientes.
—Sin dientes, ¿te
seguiría asustando?
—Un poco menos…
sí.
—Hazme otro
dibujo del mismo monstruo, pero le quitas los dientes y les pones cosas para
volverlo ridículo. Vamos a reírnos un rato.
La niña lo
encontró divertido y se puso manos a la obra. Mientras dibujaba el monstruo de
nuevo, se reía. “Ahora te voy a poner unas orejas de burro”, “te pinto la cara
rosa y te pongo nariz de payaso”, “esas pezuñas merecen unos zapatitos de
princesa”, “que bien te va a sentar ir al dentista… ¡Dientes fuera!”.
—¡Ya está, mami!
¿Y ahora qué hacemos?
—Míralo, ¿te
sigue dando miedo?
—¡Qué va! Si da
pena de lo ridículo que está.
—¡Estupendo! La
verdad es que da risa. Ahora toca transformarlo en ese monstruo ridículo.
—¿Y eso cómo se
hace?
—Verás, Sara. El
monstruo se alimenta de tu miedo. Necesitas cambiar tu mirada y atraerlo a una
caja en la que se vea así mismo, tal y como lo has dibujado en este segundo
dibujo, sin dientes y con aspecto ridículo. No te asustará más, te reirás de él
y se esfumará.
Elena le dio otro
folio a su hija y le siguió dando indicaciones mientras Sara se removía
excitada por la curiosidad y el sueño que ya empezaba a entrarle.
—Ahora dibujas
unas gafas superchulas, con ellas verás al monstruo sin dientes. Estas gafas
las tendrás que dejar debajo de tu almohada. ¿Entendido?
—Sí, mamá.
Mientras Sara
dibujaba, Elena fue a buscar una caja de cartón. Para cuando volvió, su hija ya
había dibujado y coloreado las gafas. Colocó el dibujo del monstruo
transformado en el fondo y cerró la tapa.
—¡Trampa
terminada! Ahora queda una parte esencial: tienes que confiar en lo que va a
pasar. Cuando te deje en tu cama, con tus gafas debajo de la almohada, tienes
que llamar al monstruo para que acuda. ¿Lo harás?
—Sí, mamá.
Elena acompañó a
su hija a su dormitorio. Estuvo un rato con ella, le dio un beso en la frente y
se despidió. Esa noche no hubo pesadillas. Sara se quedó dormida enseguida. A
la mañana siguiente, nada más despertarse le dijo a su madre:
—Mamá, el
monstruo no vino. Lo llamé un montón de veces, pero no apareció. ¿Por qué?
—Porque no le
tuviste miedo.
@ana.escritora.terapeuta.
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