domingo, 4 de enero de 2026

El fantasma desdentado

 


Eran las horas de una tarde avanzada. La oscuridad se imponía con su toque nocturno, pero Sara no quería pasar al último eslabón de la rutina familiar. Se resistía, después de la cena, a irse a su dormitorio. Su madre hacía equilibrismos para no estallar en la impaciencia que le iba creciendo por dentro. Tomaba aire, aguantaba y lo soltaba.

—¿Por qué no quieres irte a la cama, cariño?

—Porque hay un monstruo que se me mete en los sueños.

—Ya… por eso tienes esas pesadillas.

Elena la acurrucó en el sofá y, tirando de una mantita, la cubrió. La oía respirar y se llenaba de amor por ella. Las prisas se disolvían en la quietud del salón.

—Cuéntame cómo es ese monstruo. Quiero conocerlo.

Sara a duras penas lo describió. Le costaba encontrar palabras para dibujarlo. Por eso después de un buen rato se dio por vencida. Sabía cómo era, pero no sabía decirlo. Elena se levantó para tomar unos folios, lápices de colores y una carpeta.

—Dibújamelo. Tómate tu tiempo.

La niña tomó el folio sobre la carpeta en su regazo y se puso a hacer el retrato. Su madre, que seguía a su lado, la contemplaba en silencio mientras seguía sus trazos con la mirada. Después de un buen rato, el retrato del monstruo estaba terminado. Para Sara era una amenaza auténtica, para Elena, el boceto de una pesadilla infantil.

—Bien, cariño. Esta noche vas a cazarlo.

—¿Cómo? ¡Mamá, tengo mucho miedo!

—Yo te diré cómo, tranquila, no lo harás sola.

Sara abrió los ojos todo lo que pudo. Necesitaba escuchar todo lo que su madre tenía que decirle.

—Sara, ¿qué es lo que más te asusta de él?

—Sus enormes dientes.

—Sin dientes, ¿te seguiría asustando?

—Un poco menos… sí.

—Hazme otro dibujo del mismo monstruo, pero le quitas los dientes y les pones cosas para volverlo ridículo. Vamos a reírnos un rato.

La niña lo encontró divertido y se puso manos a la obra. Mientras dibujaba el monstruo de nuevo, se reía. “Ahora te voy a poner unas orejas de burro”, “te pinto la cara rosa y te pongo nariz de payaso”, “esas pezuñas merecen unos zapatitos de princesa”, “que bien te va a sentar ir al dentista… ¡Dientes fuera!”.

—¡Ya está, mami! ¿Y ahora qué hacemos?

—Míralo, ¿te sigue dando miedo?

—¡Qué va! Si da pena de lo ridículo que está.

—¡Estupendo! La verdad es que da risa. Ahora toca transformarlo en ese monstruo ridículo.

—¿Y eso cómo se hace?

—Verás, Sara. El monstruo se alimenta de tu miedo. Necesitas cambiar tu mirada y atraerlo a una caja en la que se vea así mismo, tal y como lo has dibujado en este segundo dibujo, sin dientes y con aspecto ridículo. No te asustará más, te reirás de él y se esfumará.

Elena le dio otro folio a su hija y le siguió dando indicaciones mientras Sara se removía excitada por la curiosidad y el sueño que ya empezaba a entrarle.

—Ahora dibujas unas gafas superchulas, con ellas verás al monstruo sin dientes. Estas gafas las tendrás que dejar debajo de tu almohada. ¿Entendido?

—Sí, mamá.

Mientras Sara dibujaba, Elena fue a buscar una caja de cartón. Para cuando volvió, su hija ya había dibujado y coloreado las gafas. Colocó el dibujo del monstruo transformado en el fondo y cerró la tapa.

—¡Trampa terminada! Ahora queda una parte esencial: tienes que confiar en lo que va a pasar. Cuando te deje en tu cama, con tus gafas debajo de la almohada, tienes que llamar al monstruo para que acuda. ¿Lo harás?

—Sí, mamá.

Elena acompañó a su hija a su dormitorio. Estuvo un rato con ella, le dio un beso en la frente y se despidió. Esa noche no hubo pesadillas. Sara se quedó dormida enseguida. A la mañana siguiente, nada más despertarse le dijo a su madre:

—Mamá, el monstruo no vino. Lo llamé un montón de veces, pero no apareció. ¿Por qué?

—Porque no le tuviste miedo.

@ana.escritora.terapeuta.

Suscríbete para recibir notificaciones de nuevas publicaciones

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El fantasma desdentado

  Eran las horas de una tarde avanzada. La oscuridad se imponía con su toque nocturno, pero Sara no quería pasar al último eslabón de la rut...