Le había costado tomar la decisión. Los últimos acontecimientos la empujaron a marcar ese número de teléfono clandestino que colgaba de una farola. “Ya no hay vuelta atrás”, se dijo convencida de haber cruzado el Rubicón de su vida. Tenía cita a primera hora de la tarde, a pesar de ser festivo, y no se aguantaba a solas desde principio de la mañana. Agarró el teléfono y llamó a una amiga para apaciguar su mente con compañía.
—Hola
Patri, ¿estás libre hoy?
—Sí,
Claudia, Manuel se ha ido de caza con mi padre.
—¿Comemos
juntas?
—Eso
sería genial. No tengo ganas de meterme en la cocina. ¿Te hace un chino?
—Sí,
un chino sería perfecto.
Quedaron
en salir juntas y merodear por la ciudad hasta la hora de la comida. Patricia
la recogió en coche y se internaron en el bullicio navideño del centro. Entre
copas y tapas hicieron hueco en el tiempo. Claudia se esforzaba, pero la sonrisa
no le salía. La sentía tan lejos que sus músculos apenas componían una mueca.
Su amiga ya sabía lo que se cocía en su interior. Se preguntaba si era posible
aguantar tanto tiempo sin erupcionar. Como los temas de conversación se caían
al suelo, no tardó en salir la cita con la tarotista.
—¿Y
tú crees que eso te va a ayudar algo? —inquirió escéptica Patricia.
—Es
mi última baza. Necesito tomar una decisión ya.
—Ya
sabes lo que pienso y, también, que no creo en esas cosas.
—Lo
sé, pero necesito que alguien me ayude a verlo claro.
—Claudia,
si tú no lo ves, nadie lo va a hacer por ti.
Claudia
enterró la mirada en la mesa. No era eso lo que quería oír. La responsabilidad
era demasiado insoportable para ella. La posibilidad de equivocarse la carcomía
por dentro. Un silencio incómodo se impuso entre ellas. El tiempo vino en su
rescate. Se acercaba la hora de irse al restaurante y Patricia lo aprovechó
para dirigirse a la barra y abonar las consumiciones. Ya fuera, se dieron un
respiro hasta encontrar un aparcamiento y llegar al restaurante.
Era
un restaurante nuevo, apenas llevaba abierto dos semanas, era pequeñito y
acogedor. No estaba lleno y consiguieron una mesa. Patricia decidió hablar de
temas lo más neutrales posibles, para dar esquinazo a la tensión que crispaba a
su amiga. Pero era inútil, cualquier ruido la hacía saltar sobre la silla. “Lo
dejo y lo echo del apartamento”, “pero ¿y si no puedo vivir sin él?”, los
pensamientos iban y venían en bucle. La comida permanecía sin tocar en los
platos. Patricia pidió un vino para hacer el trago más agradable. Surtió
efecto, poco a poco, fueron arribando al mundo de los recuerdos, aquellos que
estaban lejos del escenario de sus pesadillas.
—¿Unas
galletitas de la suerte? —les ofreció el camarero, un señor mayor.
—¡Ay,
sí! ¡Qué ilusión! Claudia, elige tú
primero. ¿Sabes que estas galletitas llevan mensaje?
Claudia
abrió los ojos como platos. Miró las dos galletas y, casi sin pensarlo, tomó
una. Las dos mordisquearon la galleta sin prisa, como un viejo acto ceremonial
de encuentro con el destino. Al llegar al final y encontrarse con el papelito,
cada una tomó el suyo y lo leyó en silencio. Patricia leyó el suyo en voz alta:
—“Sigue insistiendo”, vaya, tengo que insistir en pedir un ascenso. ¡Lo sabía!
—rio para adentro.
Claudia
permanecía callada, sus ojos estaban absortos, pero en calma. Algo nuevo nacía
en su interior. Su amiga la observaba de cerca, no quería servir de obstáculo y
la esperó.
—La
mía dice… —dijo alargando las sílabas para crear expectación—: “El destino solo
lo escribes tú”. Te invito a la comida. ¿Quieres que vayamos después al cine?
—¿Después
de…? —preguntó casi sin creérselo su amiga.
—Después
de que anule la cita con la mujer del tarot, claro.
—Eso
significa que…
—Sí,
eso significa que ya he tomado una decisión. ¡Se acabó!
@ana.escritora.terapeuta

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