domingo, 15 de marzo de 2026

La librería de los sueños. Capítulo 1.

 



Capítulo 1. 


Llevaba un tiempo observándolas. Le llamó la atención desde el principio. Ya nadie solía ir por allí. A ella le gustaba rodearse de soledad para contemplarse como una partícula más de aquel ambiente. Cerraba los ojos, llenaba de aire sus pulmones y se sentía flotar entre las copas de los árboles. Esa mañana tuvo que interrumpir su meditación. Se extrañó de ver a madre e hija en aquel parque tan solitario.

La madre miraba a su hija con cara triste. La niña se afanaba con ambas manos para recoger la arena y hacer montínculos. “Cumbres de sueños en tiempos grises”, se dijo mientras acompañaba el pesar de esos ojos en la distancia. Por unos momentos, dudó de si acercarse o no. Ganó la partida el hecho de que a esas alturas de la vida no le importaba tanto una mala reacción. Se levantó, tomó su garrota y se acercó a ellas.

—Buenos días, hoy no se pega el sol a los huesos. Llevo un tiempo mirando a su niña. Me encanta verla tan concentrada en su juego ¿Le importa que me siente con vosotras? 

La madre se irguió sorprendida por la solicitud de la anciana pero su cara no mostraba tensión. Pareció sopesarlo por unos momentos. Se llevó las manos a la altura de la nuca para recogerse el pelo y la miró a los ojos. Suspiró y la invitó a sentarse.

—Claro, puede usted sentarse con nosotras.

—No me llame de usted, joven.

El silencio se posó entre ellas. Elida siguió los movimientos de la niña. Ella seguía jugando sin percatarse de nada. Estaba absorta en su mundo. La arena se le escurría entre las manos y ella parecía contar los granitos. Hubo un momento en que su atención se desvió hacia el banco, fue entonces cuando sus ojos se encontraron con los ojos de Elida. La niña se sorprendió por un momento y volvió a su juego. Fueron unos escasos segundos, pero a ella le bastó para sentirlo.

—Su hija es especial.

—¡Y tanto! —exclamó la joven madre mientras se le escapaba el aire con resignación.

Elida calló. Había mucha carga acumulada en esa madre. Quería darle tiempo para que soltase. Se removía inquieta en el banco. Fuera lo que fuese le pinchaba. Después de un tiempo, tomó aire y empezó a hablar.

—Tenemos problemas con el cole. Ella no se adapta. Me dicen los maestros que es hiperactiva, que no atiende, que está siempre en la nubes.

—Claro, es una soñadora. No es nada malo. 

La mujer se quedó mascando las palabras de Elida. Colgada de ellas como de un frágil hilo a punto romperse para darse de bruces con una realidad que amenazaba por tragárselas a ella y a su hija. Sabía en lo más profundo de su interior que su hija era especial pero cómo poder defenderla en un mundo que solo buscaba uniformar almas.

—Ya, pero los maestros no lo ven igual. Me han hablado de unas pastillas para que atienda y pueda estar al nivel de su clase.

—¿Y tú qué piensas? 

—Me da miedo medicarla pero no sé qué puedo hacer. Me siento sola.

—No lo estás. Me llamo Elida ¿cuál es tu nombre?

La mujer la miró sorprendida. Esa frase, “no estás sola”, le había sonado auténtica pero demasiado buena para creerla. Se le había quedado prendida del corazón aunque su razón no quería darle entrada. Había sufrido ya demasiadas decepciones.

—Me llamo Amelia y ella se llama Eli.

—Encantada, tengo que irme pero os dejo una tarjeta de mi librería. Quiero veros por allí. No lo digo por decirlo. Os estaré esperando.

Amelia tomó la tarjeta y la miró. Librería de los sueños, leyó. Una sonrisa le nació en el rostro. Era un sol que llevaba demasiado tiempo oculto. Un sol que brilló radiante en aquella mañana. Un sol que calentó los huesos y el corazón de Elida. Se despidieron con la promesa de volver a verse.


Continuará...

@ana.escritora.terapeuta


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