domingo, 22 de febrero de 2026

Número desconocido

 


Hay números que no deben marcarse. Ignorarlo no te protege.

"Relato de terror corto en español. Una teleoperadora marca un número prohibido y desata algo que no puede detener. Léelo si te atreves."

 “Una llamada más, una más y lo dejo”, se decía dejándose caer vencida. Llevaba más de un año contactando por teléfono a personas que no deseaban ser molestadas y que, en su hastío, solían responder mal o colgar la llamada. La cantinela la tenía marcada a pulso en sus neuronas. A veces, la asaltaba en pleno sueño como un mal disco rayado que nunca cesa: “¿Señora…, es usted la titular de la línea telefónica domiciliada en la calle…? Le llamo desde su compañía telefónica para revisar su contrato y actualizarlo. Habrá visto que no se le está aplicando a su factura las tarifas actualizadas…”

Ese día hacía un calor soporífero. Tenía una última llamada pendiente antes de tomarse un descanso y salir a almorzar. Con una desgana ganada a pulso de tensiones a flor de piel por la tirada de llamadas de esa mañana marcó el número: 91 XX RR WW. Tres o cuatro tonos después, una voz respondió desde el otro lado:

—No debería haber llamado a este número —la voz sonaba lastimera.

—¿Hablo con la señora Carmen Acosta Martínez, titular de la línea domiciliada en la Calle Goya, 45, 3ºB de Madrid?

—Lo siento tanto, joven —le respondió sollozando.

—¿Cómo? —la alerta le hizo saltarse el guion.

—Ahora, la perseguirá a usted. No tendrá donde esconderse. Lo siento —le colgó la llamada.

Elvira se quedó con el cuerpo en vilo. No sabía qué hacer. A pesar el calor sofocante, un sudor frío le taladró los huesos. Una mosca se cruzó en su camino y la espantó con la mano. “Esto es una locura”, se dijo, “¿Qué clase de bromas son éstas?”. El teléfono fijo sonó. Su cuerpo se arqueó como el lomo de un gato. ¿Cómo podía ser? Era imposible que alguien llamase a ese número. Se levantó a toda prisa, cogió su móvil para meterlo en el bolso. Ya lo tenía en sus manos cuando sonó entre ellas. Número desconocido. Ignoró la llamada y lo puso en modo silencio. Pero el teléfono no dejaba de vibrar en su bolso. Ya estaba en el ascensor cuando rendida, lo sacó y aceptó la llamada.

—¿Dígame?

—¿Por qué no lo cogiste? Has sido mala. No me gusta que no me respondan —contestó una voz que le ahogó la respiración. No parecía humana.

Hizo un esfuerzo por dominar sus cuerdas vocales y contestar. Las sentía paralizadas y tensas, a punto de quebrarse. El ascensor se paró, la puerta se abrió y se volvió a cerrar sin que nadie pasase. Sintió un aliento frío en su nuca y se estremeció.  

—¿Qué quieres? ¿Quién eres? —preguntó temblando.

—Le preguntó la gacela al león antes de que la devorase…

—¡No tiene ninguna gracia! ¡No me gusta este juego! ¡Corto la llamada!

—Si lo haces… morirás antes de tiempo, de una manera horrible y no lo harás sola. Te llevarás a alguien contigo. Dos por el precio de uno… Hazlo, ya me está gustando.

Su cuerpo se enervó hasta casi romperse. Las puertas del ascensor se abrieron en la planta baja. Salió para dirigirse hacia el local donde almorzaban los empleados. Allí tenía su comida, guardada y etiquetada en su taquilla de efectos personales. Lo único personal en ese edificio era cada una de las personas que trabajaba allí una vez que salían por la puerta y se marchaban.

Se movía como un autómata, sin pensar, sin reaccionar. Oyó la voz en su cabeza y se le cayeron las llaves de la taquilla: “Come y no hables con nadie”. ¿Comer? ¿Cómo podía comer en una situación a la que ni siquiera podía poner nombre? Su estómago estaba encogido y revuelto. Tres compañeras suyas, con las que apenas había hablado alguna vez, estaban sentadas con sus fiambreras abiertas. El olor mezclado a comida le golpeó la nariz provocándole nauseas.

—¿Quieres que se marchen? Verás la cara que ponen. Será divertido —oyó la voz en su mente.

Se llevó las manos a la cabeza, a la altura de sus oídos, en un inútil intento por acallar esa voz. Permaneció sentada, con la vista perdida sobre la fiambrera cerrada. Al rato, las mujeres enmudecieron y, sin recoger sus cosas, se marcharon de la sala dejándola a solas. “¿Qué demonios es todo esto?”, se preguntó desolada mientras hundía su cabeza entre sus manos. Miró los tápers abiertos, abandonados. Daba la impresión de que habían huido como gacelas asustadas.

No probó bocado. Se fue hacia la máquina vending expendedora de café. Insertó unas monedas y pulsó un café expreso. El sonido de la máquina preparando el café la tranquilizó. Se sentó con su café, cerró los ojos y recordó el rostro de su madre. La echaba tanto de menos… Sólo hacía tres meses que había muerto y sentía que no había tenido tiempo para despedirse de ella. Después de terminar su café, salió afuera a capturar los rayos del sol y fumar un cigarro.

Le quedaban todavía tres horas por delante y no se sentía con fuerzas para seguir. Su cabeza le dolía en diferentes zonas y de forma intermitente, sin darle tregua. Además, ese pálpito trepando por su pecho, esa sensación de sentirse observada en cada movimiento. Desvió su mente hacia otros pensamientos. Subió y pidió al jefe de planta la tarde libre. Le costó caro, el sábado tendría que recuperar las horas sumándoles un par de horas extras que no cobraría. “Maldito usurero”, lo condenó en sus pensamientos.

El trayecto a casa fue tranquilo, sin sobresaltos, el teléfono no sonó. Al llegar a su habitáculo de alquiler, dejó todas sus pertenencias sobre la silla que había a la entrada y fue a darse una ducha de agua caliente. Se sintió reconfortada, como si hubiera salido de una pesadilla y volviera a recuperar la noción de la realidad. Sintió un poco de hambre y se preparó un sándwich para cenar. Miró la televisión durante un rato, hasta quedarse dormida. No se despertó hasta que sonó la alarma del despertador. Había dormido de un tirón, en el sofá, sin pastillas. No se lo podía creer. El sol entraba radiante por las ventanas, iluminando su mini apartamento. Se vistió y salió para el trabajo.

Nada más llegar, una vez en el ascensor, el móvil vibró enérgico en su bolso. Una oleada de temblor la agitó. Tenía un mensaje de WhatsApp: “Dormilona… tengo un regalito para ti. Ya verás cómo te gusta. Saltó como un gatito. Jijijiji”. Las manos no le respondían. El móvil cayó al suelo. La puerta se abrió y vio caras agitadas. La policía estaba interrogando a sus compañeros. Álvaro, uno de ellos, fue a avisarla.

—Elvira, ¿te has enterado ya?

—No, ¿qué ha pasado?

—Por lo visto, Romario se tiró por la ventana ayer por la tarde. La policía está preguntando por ti. Fuiste la última persona que habló con él.

Un vacío salvaje la absorbió. La tragaba no solo a ella sino a todo lo que la rodeaba. ¿Romario? ¿El jefe de planta? Recordó el WhatsApp y el mensaje escabroso. Los nervios traspasaron su piel. Se deshizo de Álvaro y, con la excusa de necesitar ir al cuarto de baño, se retiró. Abrió la pantalla de WhatsApp y eliminó el mensaje. Con el cuerpo sacudido entró en la oficina. Nada más entrar, un agente de policía fue a su encuentro. La interrogó. Solo le pudo decir que le pidió permiso para ausentarse. Nada más.

—¿Habías visto algo raro en él antes de marcharte?

(“¿En él? En él nada, en mí… todo”, quería decirle sin palabras).

—No, nada.

—Por qué hablaste con él.

Le comentó el motivo por encima, sin añadir su irritación por el coste añadido de su permiso para irse antes de tiempo.

Se sentó en su cubículo aterrada. Un hombre había muerto. Detestaba a Romario por su actitud chulesca y malos modos, pero en modo alguno deseaba su muerte. No era una cuestión menor como para no tomárselo en serio. Se llenó de aire en un esfuerzo inútil por recobrar la cordura y empezó a marcar para reanudar su “estúpido trabajo”, según se dijo. Pero fue iniciar su tarea y verse sorprendida por esa voz: “¿no me das las gracias por el favor que te he hecho?”. Le faltó poco para gritar. Se llevó las manos hacia la boca y susurró con una súplica ahogada.

—Por favor…, déjame en paz. No le hagas más daño a nadie.

—jajajaja. Lo llamaste maldito usurero. Tú lo condenaste.

—Haré lo que me pidas. Por favor, ¡vete!

—¿Lo que yo te pida? Ummm eso me gusta. Te dejo el día libre. Luego, volveré.

Elvira sintió un estertor sacudiendo su cuerpo. “Soy su presa. Estoy muerta”, gritó en la soledad de su mente. Lo que le quedó de día lo vivió como una antesala de un horror que exhalaba en cada respiración. Cada llamada era un tic tac que la cercaba a lo que ya estaba escrito.

Al día siguiente, Elvira no volvió a su trabajo. Ni a la siguiente semana. Después de dos semanas, alguien dio la voz de alarma en su trabajo. No respondía a las llamadas. La policía irrumpió en su apartamento y forzaron la cerradura. Las persianas estaban echadas. El ambiente se respiraba pesado y rebosaba hedor. Silencio y oscuridad. El pálpito de la muerte sacudió a los agentes. Pulsaron un interruptor y la luz no se encendió. Empezaron a moverse guiados por el haz de luz de la linterna. Pasaron al salón y el foco se encontró con un cuerpo inerte. Subieron las persianas. Elvira estaba encogida sobre sí misma. Mantenía la mano izquierda crispada sobre el móvil. Sus ojos parecían mirar con una expresión de horror hacia la ventana. Tenía la boca abierta en una terrible mueca. En su puño derecho tenía un papel arrugado con un número de teléfono donde rezaba: “todo empezó aquí”. En el suelo de parquet había marcada una especie de “A” manchada de sangre.

—¿Qué significará? Parece una “A” —Uno de los agentes se inclinó y enfundándose un guante miró los dedos de la mano de la muerta—. ¡Qué desesperada debía estar! Se destrozó la uña.

—¿Una inicial? —aventuró su compañero mientras el otro agente se encogía de hombros.

La policía rastreó el número. Había pertenecido a una anciana que había muerto hacía tres años. La habían encontrado con el teléfono agarrado en una de sus manos y con una expresión de horror idéntica. La autopsia no había revelado nada inusual, así que certificaron que murió de muerte natural un 07 de julio a las 6,00 de la madrugada.

El informe forense arrojó que Elvira había muerto de parada cardiorespiratoria. Se fijaron como fecha y horas aproximadas de la muerte: el 07 de julio a las 6,00 de la madrugada. La coincidencia de la fecha y la hora de la muerte quedó registrada en el informe sin más comentario. Archivaron el caso.

La noticia de la muerte de Elvira sacudió a sus compañeros de oficina. En vida, nunca habían reparado tanto en ella como lo hacían ahora. La recordaban como una persona que apenas llamaba la atención. “Se movía y se deslizaba como una sombra” decía de ella Álvaro, uno de los pocos que sí interactuaban con ella. Después de unas semanas, la expectación alcanzada por su muerte se fue diluyendo entre la rutina diaria y su recuerdo fue cubriéndose de olvido.

Un año después, Alicia, una compañera de Elvira, se disponía a terminar la jornada de la mañana para irse a almorzar. Estaba deseando salir de su cubículo. Ese día estaba siendo muy intenso y de un calor sofocante. Ya iba a irse cuando surgió un número en su pantalla. Le extrañó porque instantes antes creía haber terminado con todos los que tenía previstos. Como no le gustaba dejar nada para después, resopló y marcó el número: 91 XX RR WW. Al iniciarse la conversación, una voz acongojada le respondió:

—No debería haber llamado a este número. Lo siento…

@ana.escritora.terapeuta

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