domingo, 8 de marzo de 2026

La lluvia duele


 "La lluvia duele cuando el dolor viene de dentro. Pero el sol… el sol siempre encuentra la manera de entrar."


El día se deslizaba gris por las rendijas del amanecer. La lluvia empapaba el ambiente. Fuera hacía frío. No era un frío de los que estremecen los capilares de la piel. Era un frío que se sentía bien dentro. Elsa se levantó de la cama y fue hacia el cuarto de su madre. Giró el picaporte pero la llave estaba echada. Se tumbó al lado de la puerta y puso su cara pegada a ella con la mano acariciando su superficie lisa y dura. “Mamá…”, musitó con las lágrimas rodando por su mejilla. Al otro lado solo se oyó silencio.

Unos pasos se anunciaron sobre la moqueta. Eran lentos y acompasados, marcaban el compás de un bastón. 

—Elsa, no puedes quedarte ahí tanto tiempo. Vas a coger frío. Levántate que tienes que prepararte para ir al cole.

—No voy a ir. Mamá me necesita.

La anciana suspiró. Miró a su nieta con ternura y cierto pesar. Le hubiera gustado saber qué hacer en esos momentos. En su lugar, hizo lo de siempre, darle una tregua.

—Voy a preparar el desayuno. Te llamo en cuanto esté listo. 

La anciana se marchó apretando todo lo que pudo el paso. Fue hacia la cocina y empezó a exprimir las naranjas. Sus manos acogían temblorosas las vibraciones de la máquina. Sentía que zarandeaban su corazón. Trató de no pensar, pero el pensamiento sabía cómo llegar a ella. “Pobre hija mía, pobre nieta mía”, le sacudió como el rayo de una tormenta. Se sentía menguada en fuerzas. Se puso a rezar para alejar toda esa marea que amenazaba con tragársela. “Tiempo, es cuestión de tiempo”, empezó a decirse entre oración y oración. Saltaron las tostadas. Las colocó sobre un plato y puso la mesa.

Volvió a subir las escaleras. Contenía la respiración a cada paso. Un paso, una súplica. Llegó hasta su nieta. Se había quedado dormida sobre la puerta. Se agachó lo que pudo, le acarició el rostro con la mano. Se conmovió al verla en su inocencia, en el amor que sentía hacia su madre. 

—Cariño, ya está el desayuno. Te espero abajo.

La niña abrió los ojos y la miró sin decir nada. Parecía que salía de una ensoñación. Su rostro mostraba serenidad. Elvira se tranquilizó. No le dijo nada más. Se fue de vuelta a la cocina y la esperó. Se dijo a sí misma que esta vez no iba a obligarla. Se decidió a confiar en que Elsa bajase. Aceptó la posibilidad de que no lo hiciese. Estaba cansada de navegar contra corriente, de forzarse a hacer cosas que estaban en contra de sus sentimientos, que estaban fuera de su control, fuera de sus fuerzas. Se sirvió un café y se untó una tostada. Al rato, oyó los pasos de su nieta bajando las escaleras. Suspiró aliviada.

—Abuela, te quiero mucho. Mamá me ha dicho que tengo que cuidarte.

—¿Has hablado con ella hoy?

—Sí, abuela. Me ha abrazado y me ha dicho que vaya al cole. 

—Me alegro mucho cariño.

—¿Por qué no hablas con ella, abuela?

—Cariño, es que no sé cómo hacerlo. Cuando hables con ella dile que la quiero y que me gustaría hablar con ella. ¿Lo harías?

—¡Claro que sí! ¿Sabes que va a salir el sol esta mañana? 

—No, no lo sabía. ¿Te lo ha dicho también tu mamá?

—Sí, abuela.

Cuando terminaron de desayunar, se fueron juntas caminando hacia el colegio. La lluvia era densa y difícil de sortear con el paraguas. Elvira dejó a su nieta en el cole. Al volver a casa tuvo que darse una ducha de agua caliente y cambiarse de ropa. Le parecía algo imposible que el sol saliese aquella mañana de donde quiera que estuviese. “El sol permanece escondido para las almas en pena”, se dijo con la tristeza aguándole los ojos. 

Se puso a ordenar la casa. Al subir a la planta de arriba tuvo la tentación de entrar en la habitación pero un pellizco en el pecho la hizo desistir. Dejó de llover pero el día seguía igual de nublado. “Quiero que salgas ya y me calientes el corazón”, se dijo. 

Siguió con sus faenas domésticas. Estaba en la cocina preparando la comida cuando un sol resplandeciente la sorprendió. La alegría se prendió en su corazón y sintió un anhelo difícil de satisfacer. Sin pensarlo, subió escaleras arriba, tomó la llave de la habitación, la giró y entró.

Estaba tal y como la dejó el día en que ella marchó. La cama deshecha, con la misma ropa; las persianas alzadas; sus vestidos en el armario. El sol entraba a borbotones por la habitación. Se echó sobre la cama boca abajo y la abrazó con sus brazos, hundió su cara sobre la almohada para aspirar el olor de su hija. Llevaba un rato así, cuando sintió un amor muy grande que la abrazaba por dentro. La voz de su hija penetró en su mente. “Mamá, te quiero. No cierres más esta habitación y ven a verme cuando lo necesites”. Se quedó muda de agradecimiento. Lloró sin parar pero con un consuelo enorme. “Por fin ha salido el sol”, se dijo con una sonrisa radiante.


@ana.escritora.terapeuta


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2 comentarios:

  1. El sol siempre encuentra la manera de entrar. Solo hay que tener fé.

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