(Un microrelato en cuenta atrás)
Una cafetería.
Una pareja empapada.
Un deseo largamente
contenido.
Una cuenta atrás invisible.
A veces el amor clandestino
no arde… explota.
Lee bajo tu propio riesgo.
(No apto para menores)
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El
temporizador, fijado a una pequeña caja de herramientas oculta bajo la mesa,
marcaba la cuenta atrás en números rojos que parpadeaban como una amenaza
invisible. Sus tazas de café recién hecho, humeaban ajenas al baile de dígitos
que se insinuaba imperceptible.
Los
dos amantes se miraban, anhelantes de deseo. La lluvia los había sorprendido en
su primer arrebato carnal en la parte trasera de un callejón sin salida.
Llevaban tiempo cortejándose, sin atreverse a dar el paso. Pero esa mañana, la
locura de la excitación contenida se había desbordado, y había arrasado con
todo: inhibiciones, reparos y miedo a la trasgresión. Porque ella estaba
casada.
Él
deslizó su mano por debajo de la mesa para acariciar su muslo. Casi rozó uno de
los cables que unían la caja con el temporizador. La luz marcaba con sus
destellos el número cinco. Ella se
estremeció por dentro. Se miraban ansiosos de estrechar sus cuerpos en la
intimidad.
—Quiero
verte esta tarde. Ven a mi casa —susurró él mientras posaba codicioso sus ojos
en la abertura de la blusa que dejaba entrever sus senos.
—Esta
noche me es imposible. Tengo que ocuparme de los niños.
—¿Y
cuándo podremos vernos a solas? —inquirió él con una mirada suplicante. Cuatro
minutos parpadearon bajo la mesa.
—Este
fin de semana mi marido estará fuera. Podría llevarle los niños a mi madre.
—¿De
verdad? —preguntó él con un brillo de luz en sus ojos—tengo una casa en el
campo. Allí estaríamos más tranquilos.
Él
posó su mano sobre su rodilla desnuda. Ella se acercó más a la mesa y
entreabrió sus piernas para facilitarle el tránsito. Rozó la cajita sin
sentirla. Como la mesa era pequeña, a él no le costó avanzar hacia la húmeda
trinchera que palpitaba bajo su falda. Ella se echó hacia atrás en su silla y
se estremeció. Se oyó un jadeo recortado. Tres minutos.
—Estamos
a jueves. Se me va a hacer eterna la espera. ¿Sabes que no puedo levantarme de aquí?
—bromeó él, lascivo, mientras desviaba su mirada a la entrepierna. Dos minutos.
—¡Cuánto
me gustaría sentirte dentro de mí! —susurró ella, sensual, devorada por el
deseo. Un minuto.
—Quiero
que el tiempo vuele porque tú y yo vamos a arder — bromeó el, con una
mirada cómplice.
El temporizador llegó a cero.
Una explosión brutal estalló en la cafetería. El ventanal saltó en mil
pedazos. Los cuerpos de los amantes, fundidos aún en su último aliento de
deseo, fueron engullidos por la llamarada.
Los artificieros, horas después, localizaron el epicentro: una pequeña caja
metálica bajo una mesa.
En las inmediaciones, el caos. El humo, los gritos, el silencio final.
@ana.escritora.terapeuta
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