s谩bado, 28 de febrero de 2026

馃巼 La explosi贸n final

 



(Un microrelato en cuenta atr谩s)

Una cafeter铆a.

Una pareja empapada.

Un deseo largamente contenido.

Una cuenta atr谩s invisible.

A veces el amor clandestino no arde… explota.

Lee bajo tu propio riesgo.

(No apto para menores)

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 Irrumpieron empapados en la cafeter铆a. Fuera, la lluvia torrencial no amainaba. Aquel era el refugio perfecto para cobijarse. Se sentaron en la 煤nica mesa libre, al lado del ventanal. El mejor sitio para contemplar la lluvia, ahora que se sab铆an a salvo.

El temporizador, fijado a una peque帽a caja de herramientas oculta bajo la mesa, marcaba la cuenta atr谩s en n煤meros rojos que parpadeaban como una amenaza invisible. Sus tazas de caf茅 reci茅n hecho, humeaban ajenas al baile de d铆gitos que se insinuaba imperceptible.

Los dos amantes se miraban, anhelantes de deseo. La lluvia los hab铆a sorprendido en su primer arrebato carnal en la parte trasera de un callej贸n sin salida. Llevaban tiempo cortej谩ndose, sin atreverse a dar el paso. Pero esa ma帽ana, la locura de la excitaci贸n contenida se hab铆a desbordado, y hab铆a arrasado con todo: inhibiciones, reparos y miedo a la trasgresi贸n. Porque ella estaba casada.

脡l desliz贸 su mano por debajo de la mesa para acariciar su muslo. Casi roz贸 uno de los cables que un铆an la caja con el temporizador. La luz marcaba con sus destellos el n煤mero cinco.  Ella se estremeci贸 por dentro. Se miraban ansiosos de estrechar sus cuerpos en la intimidad.

—Quiero verte esta tarde. Ven a mi casa —susurr贸 茅l mientras posaba codicioso sus ojos en la abertura de la blusa que dejaba entrever sus senos.

—Esta noche me es imposible. Tengo que ocuparme de los ni帽os.

—¿Y cu谩ndo podremos vernos a solas? —inquiri贸 茅l con una mirada suplicante. Cuatro minutos parpadearon bajo la mesa.

—Este fin de semana mi marido estar谩 fuera. Podr铆a llevarle los ni帽os a mi madre.

—¿De verdad? —pregunt贸 茅l con un brillo de luz en sus ojos—tengo una casa en el campo. All铆 estar铆amos m谩s tranquilos.

脡l pos贸 su mano sobre su rodilla desnuda. Ella se acerc贸 m谩s a la mesa y entreabri贸 sus piernas para facilitarle el tr谩nsito. Roz贸 la cajita sin sentirla. Como la mesa era peque帽a, a 茅l no le cost贸 avanzar hacia la h煤meda trinchera que palpitaba bajo su falda. Ella se ech贸 hacia atr谩s en su silla y se estremeci贸. Se oy贸 un jadeo recortado. Tres minutos.

—Estamos a jueves. Se me va a hacer eterna la espera. ¿Sabes que no puedo levantarme de aqu铆? —brome贸 茅l, lascivo, mientras desviaba su mirada a la entrepierna. Dos minutos.

—¡Cu谩nto me gustar铆a sentirte dentro de m铆! —susurr贸 ella, sensual, devorada por el deseo. Un minuto.

—Quiero que el tiempo vuele porque t煤 y yo vamos a arder — brome贸 el, con una mirada c贸mplice.

El temporizador lleg贸 a cero.

Una explosi贸n brutal estall贸 en la cafeter铆a. El ventanal salt贸 en mil pedazos. Los cuerpos de los amantes, fundidos a煤n en su 煤ltimo aliento de deseo, fueron engullidos por la llamarada.

Los artificieros, horas despu茅s, localizaron el epicentro: una peque帽a caja met谩lica bajo una mesa.

En las inmediaciones, el caos. El humo, los gritos, el silencio final.

@ana.escritora.terapeuta

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