Eleonor regresó a la librería antes de lo que Elida esperaba. La veía diferente, sus ojos le bailaban inquietos. Le enseñó la nota
del parque. La anciana tuvo que sentarse para no caerse al suelo. Podía ser posible que Julián estuviese comunicándose con ellas a través de un niño. Le temblaban tanto las piernas que Eleonor fue a la trastienda para prepararle una tila. Ishaan las miraba sin soltar palabra. Sintió que estorbaba y se refugió detrás de una estantería. Fingió leer cuando, en realidad, solo mascaba rencor e improperios hacia “la niña mimada”, como solía llamarla.
El resto del día, Eleonor lo pasó en el cuarto de los libros. Buscaba el libro de la tapa lila. Pero el libro se le resistía. Lo curioso era que ese libro estuvo entre sus manos desde el principio. ¿Pero dónde lo había puesto? ¿Por qué no lo encontraba ahora? Agotada, se dejó caer al suelo y se apoyó sobre una de las estanterías. Fue entonces cuando sintió sobresalir sobre su espalda el canto de un libro. Se hizo a un lado de la estantería y sus ojos resplandecieron con el color lila. Suspiró aliviada, lo cogió y se sentó en una butaca para leerlo.
Cuando Elida fue a llamarla la encontró absorta y con los ojos pegados al libro. Le dio apuro interrumpirla y salió sin decir nada. Dejó las llaves de la librería, acompañadas de una nota, sobre el mostrador; y acompañada de Ishaan salieron de la librería para comer y descansar hasta el horario de apertura.
A medida que iba adentrándose en su lectura, los contornos del espacio se fueron difuminando, dejó de oír el ruido externo, sin siquiera darse cuenta. Llegó un momento en que las letras se hicieron carne en su interior. Un resplandor cegó sus ojos. Eleonor parpadeó. Al abrirlos estaba en un espacio luminoso. Tuvo que acomodar bien sus ojos. Una voz a su espalda, la sobrecogió. Era una voz familiar. Se dió la vuelta y se encontró con él.
—Eleonor, al fin nos volvemos a encontrar.
—¡Julián! ¿Qué es todo ésto?
—¿Crees que el día que nos conocimos fue fruto de la casualidad? No tenía el menor interés en ese curso y, sin embargo, algo me dijo que me apuntase. Luego, al empezar, me dije que ese iba a ser mi último día allí, pero entonces, te vi y lo supe.
—La fastidié por no llegar a tiempo. Lo siento mucho. ¡He hecho tantas estupideces! Defraudo a las personas.
Julián la acarició con la mirada. Sus ojos, que ya no pertenecían a este mundo, vieron a una niña pequeña y asustada que buscaba esconderse en un rincón. La niña había crecido y su dolor también.
—No seas tan dura contigo. Lo importante es que estás aquí.
—¡Pero no entiendo lo que tengo que hacer! Es como un rompecabezas de miles de piezas.
—No tienes que entender. Estás aquí porque éste es tu sitio. Parte de la verdad te ha sido revelada. La irás recordando en el momento preciso.
—¿Qué tengo que hacer?
—Solo una cosa: confiar.
—¿Confiar? ¿En qué? —preguntó desconcertada.
—En nuestro padre, el Creador. Él te irá hablando. Ten los oídos abiertos y la mente atenta pues no todas las voces son suyas.
—¿Cómo lo hago?
—Solo tienes que estar vigilante. Sabrás reconocer la verdad.
El desconcierto se abría a sus pies. De repente, todas las esperanzas estaban puestas en ella. De no ser nadie había pasado a tener una misión de la que no sabía nada.
A su alrededor un remolino se fue abriendo en torno a ella. Notaba un hormigueo extendiéndose por su piel. Sintió vértigo y cerró sus ojos. Se volvió ligera, como suspendida en el aire. Empezó a sentir los contornos de su cuerpo, el respaldo del sillón, el tacto del libro sobre sus manos. Una corriente de amor la envolvió por completo. Era tan cálida y tan intensa que se sentía como un río a punto de desbordarse. Escenas de su vida fueron deslizándose en su mente, se vió a ella misma maldiciendo a su madre, y lloró de arrepentimiento.
Se dejó llevar sin ser consciente del tiempo. No le importaba en absoluto. Estaba entregada a esa nueva paz cálida que la recorría. Tardó en abrir los ojos. Temía que lo que había vivido se desvaneciera como un sueño. Una frase le nació de dentro: “no temas”. Recordó las palabras de Julián. Se irguió firme en el sillón, respiró hondo y abrió los ojos. Aliviada, comprobó que se seguía sintiendo liviana. Se levantó y notó que andaba sin el peso de la carga que llevaba hasta entonces a cuestas.
No se oía nada. Miró su reloj de pulsera: las 2,45. Se había quedado sola allí. Fue hacia el mostrador, leyó la nota de Elida y, tras cerrar la librería, se fue hacia su casa para almorzar. De camino, sintió que acababa de nacer a otra vida.
@ana.escritora.terapeuta
Capítulo 1. Encuentro en el parque
Capítulo 6. Ausencias que golpean
