viernes, 19 de junio de 2026

La Librería de los sueños. Capítulo 14. Los Etnos.

 


Abdiel le indicó a Aruma que fuera la primera en pasar. Ishaan contrariado se adelantó pero Abdiel lo hizo salir de nuevo.

—Ishaan, sé que quieres protegerla. Pero ahora no hay peligro.

—¿Por qué tiene que entrar ella primero? ¿Qué más te da que sea yo?

—¡Pues sí! ¡Me da y mucho! —protestó enérgico—. Me da vergüenza tener que decirlo pero es que con este corpachón no puedo pasar por esa puertecita a menos que alguien con la suficiente fuerza me empuje desde el otro lado. ¿Lo entiendes ya? ¡Es que hay que explicártelo todo! ¡Qué fatiga! 

Ishaan contuvo la risa. Aruma se acercó a Abdiel y lo abrazó. 

—Bueno, bueno… entra, pequeña. 

Aruma entró y descendió por las escaleras hasta abajo. Ishaan empezó a empujar a Abdiel haciendo grandes esfuerzos. Agotado paró y miró al enanito.

—Esto te va a doler.

Se alejó todo lo que pudo, tomó carrerilla y se impulsó contra el cuerpo de Abdiel. Los dos entraron provocando un gran estruendo.

—¡Ay! ¡Ay! ¡Bruto! —exclamó dolorido.

Se oyeron unos pasos. Aruma y los etnos acudieron ante el estrépito. Lo miraban aguantando la risa. 

—¡Abdiel! La última vez que te vimos estabas más ágil —bromeó mamá etno.

—Cosas de la imaginación de Aruma —se defendió resignado.

Ishaan los miraba perplejo. Eran como duendecillos de menos de medio metro. Su piel de color azul resplandecía llenando el espacio de luz. Sus orejas puntiagudas se movían como las de un gato ante cualquier sonido. Pero no era el único que estaba perplejo, los ojos de uno de los etnos se posaron en él con suspicacia. 

—¡Dejaros de cháchara! Telena ha preparado un almuerzo magnífico, así que para dentro.

Se adentraron por el corredor siguiendo a sus anfitriones. Ishaan no se explicaba cómo se podría abrir esa red intrincada de galerías debajo de un árbol. Llegaron a un saloncito acogedor y fueron recibidos por un olor que les hizo la boca agua. Aruma se movía allí como por su casa. 

—¿Lo conoces? —le preguntó Ishaan incrédulo.

—Sí y no. Solo cuando veo las cosas las recuerdo. 

—¡Venga, sentaros! —los invitó Telena—Tenéis que tener hambre.

—¡Niños, dejaros de esconderos! 

Seis pequeños duendecillos salieron y llenaron la habitación de ruido y alegría. Rodeaban a Abdiel y se le colgaban por todos lados. Sus padres los reprendieron y los mandaron a sentarse. 

—Niños, dejad a tito Abdiel tranquilo.

—¡Alá, tito! ¡Qué panzota! —exclamó el más pequeño.

—¡Esa boca! ¡Itriel, a callar! —lo corrigió su madre.

Los niños obedecieron y empezaron a mirar a Aruma e Ishaan. Ya iban a empezar a preguntar cuando el padre los calló.

—Vamos a bendecir la mesa. Silencio. Después de comer podéis preguntarles.

—Padre, Dios del Universo te pedimos que bendigas estos alimentos y te damos las gracias por llenar nuestra despensa, y poder compartir esta comida con nuestros invitados. Amén.

Aruma e Ishaan comieron de todo. Tenían apetito y encontraron que la comida estaba riquísima, tanto que repitieron hasta saciarse. Ya estaban con el postre cuando se reanudó la conversación.

—¿Y él? ¿Qué hace aquí? —preguntó papá etno con los ojos puestos en Ishaan.

—¡Osmel! —le corrigió Telena un poco azorada.

—Un polizón. Se coló con Aruma.

—Eso puede traernos problemas —sentenció preocupado Osmel.

Ishaan sintió un pellizco en el corazón. No le gustaba que lo considerasen una molestia ni ser portador de problemas. Sabía que no había sido buena idea seguir a Aruma, pero no había podido negarse. Para él era una cuestión de responsabilidad protegerla. Su orgullo resolvió mantenerse alerta. Se dijo así mismo que no debía fiarse de nadie. 

—¡Ya lo creo! Pero aquí está. Ya no hay vuelta atrás.

—¿Os han visto? —preguntó Telena nerviosa.

—Sí, nos atacaron las serpientes errantes.

—A estas alturas ya lo sabrá Hiyva. ¡Maldita sea entre todas las criaturas! —la mueca de disgusto contrajo la cara del etno.

—Eso rompe el equilibrio. Roto el equilibrio, rota la tregua —aseguró Telena con pesar.

—¿Y desde cuando ha respetado esa malnacida la tregua? —inquirió Abdiel.

—Nunca, pero ahora puede tomarse licencias que antes no se atrevía.

—Eso sí —admitió Abdiel.

—¡Tenemos trabajo! —exclamó Osmel levantándose. Salió del comedor mientras todos lo seguían con la mirada.

Aruma aprovechó para irse con los duendecillos a jugar pero Ishaan se quedó allí. Quería enterarse de cualquier detalle. Después de un rato, Osmel volvió con un rollo apergaminado. Se sentó de nuevo, lo desató y lo extendió sobre la mesa. Era un mapa de aspecto antiguo con rutas y emplazamientos. Fijó su dedo sobre los alrededores del dibujo de un castillo y señaló un punto.

—¡Por aquí iremos! —soltó con convicción.

—¡Estás loco! ¿Por la ruta de los pantanos? ¿Quieres ser pasto de las bestias fangosas? —los ojos de Abdiel parecían salirse de sus órbitas.

—Bueno, es un riesgo que tenemos que correr. Pero es el camino más seguro.

Ishaan empezó a temer por Aruma. No estaba dispuesto a ponerla en peligro. Ya iba a saltar cuando Abdiel lo frenó con la mirada. Quiso protestar pero se dio cuenta de que su boca estaba sellada. Intentó abrirla pero no le respondía.

—¡Calladito estás mejor! Vete con Aruma y los niños. Ishaan se levantó ofendido. Sintió que ese enano cada vez le caía peor. 

El resto de la velada la pasaron planificando sobre cómo llegar al castillo perpetuo. Osmel se ofreció a acompañarlos. Una vez que todo quedó bien atado se dispusieron a descansar para partir al amanecer. Telena los acompañó hasta sus habitaciones. 

@ana.escritora.terapeuta

Capítulo 1. Encuentro en el parque

Capítulo 2. Eli

Capítulo 3. Ishaam

Capítulo 4. Eleonor

Capítulo 5. A la deriva

Capítulo 6. Ausencias que golpean

Capítulo 7. Creando vínculos

Capítulo 8. El libro lila

Capítulo 9. Revelaciones





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martes, 16 de junio de 2026

El hombre en busca de sentido, Viktor Frankl.

 



Viktor Frankl , psiquiatra, neurólogo y psicoterapeuta de nacionalidad austriaca y origen judío, narró en su libro “El hombre en busca de sentido” su experiencia tras pasar por cuatro campos de concentración, incluido Auschwitz.

De una lectura inquietante que nos asoma al abismo de la crueldad humana, también nos regala un mensaje de esperanza. Nos habla de esa libertad última que nadie puede arrebatarnos sin nuestro consentimiento, ni siquiera en el lager: la de aferrarnos a conservar nuestro sentido de la dignidad, ese que nos hace humanos. Porque, ocurra lo que ocurra, siempre puedes escoger no traicionarte, aunque eso pueda costarte la vida.

Viktor Frankl  nos desnuda la realidad descarnada del día a día en el campo de concentración, no nos ahorra su sufrimiento ni sus debilidades como persona, sino que con una honestidad fuera de toda duda se desnuda para hablarnos y darnos su perspectiva tanto a nivel personal como profesional acerca del sufrimiento humano y la capacidad que tenemos para afrontarlo.

Nos revela que no es el lager y sus horrores lo que termina moldeando la persona, sino su capacidad para hacerle frente. Describe tres actitudes:

--La persona que se embrutece al aferrarse a su supervivencia y que es capaz de cualquier cosa con tal de mantener su vida.

--La persona que se rinde y decide morirse.

--La persona que deja de ponerse en primer lugar y le otorga a su vida un para qué. Incluso narra cómo ciertas personas eran capaces de desprenderse de su único mendrugo de pan para consolar a otros.

Otra de las cuestiones que me impactó en su lectura fue que en ningún momento trató de burlar su destino, ni cuando ante la incipiente ocupación nazi no abandonó su ciudad por no dejar solos a sus padres, demasiado mayores para un largo viaje, ni cuando en ninguna de las ocasiones en las que durante su permanencia en los campos se le asignó a un convoy donde se presuponía la muerte, quiso prestarse a trasladar su nombre a otra lista, lo que contra todo pronóstico salvó su vida.

Hoy día, por fortuna, no vivimos en campos de concentración. Sin embargo, las condiciones de vida no son nada fáciles y la competitividad y la complejidad pueden resultar desoladoras. El nivel de sufrimiento humano ha escalado cuotas preocupantes. No voy a sacar estadísticas acerca del incremento de las tasas de depresión, ansiedad, trastornos de pánico y suicidio porque no creo que hagan falta para retratar una realidad bien palpable. ¿Qué nos está ocurriendo? ¿No será que vivimos con el sistema nervioso en supervivencia? ¿Y qué ocurre con un sistema nervioso en supervivencia las 24 horas, durante los 12 meses del año, año tras año? En supervivencia solo hay dos posibles respuestas: lucha y huida. ¿Qué ocurre cuando ni es posible la lucha ni es posible la huida? Llega un momento en que el cerebro y el sistema neuroquímico y endocrino no pueden más, se rinden; el cerebro finge su propia muerte. Así de la depresión, se escala a la ansiedad y demás manifestaciones.

Ante este panorama, el mensaje y la gran lección de Viktor Frankl  cobran más sentido que nunca y nos invita a replantearnos el sentido de nuestra existencia. Quizás no hemos venido aquí para velar solo por “lo nuestro”, quizás la felicidad no es lo que nos han vendido, quizás nuestro sentido de la identidad basado en el logro, el éxito y el reconocimiento no es el más sano, quizás nos necesitamos unos a otros y no todo está en nuestras fuerzas. Quizás nuestra batalla final sea preservar nuestra libertad última y conservar la dignidad que nos hace humanos.

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lunes, 8 de junio de 2026

La librería de los sueños. Capítulo 13. Se cuela un polizón

 


Habían pasado tres días desde la exploración de Aruma. Ishaan permanecía distante. La observaba con el gesto contrariado mientras ella caminaba por el cuarto. Desde aquel día, Aruma no se había atrevido a una nueva expedición. 

La niña sentía que el deseo crecía en su interior. Quería conocer más a fondo ese mundo. Sin pensarlo, se acercó, llevada por un impulso, y alzó su mano hasta tocar el libro azul. Se hizo el silencio a su alrededor y ya estaban sus ojos perdiendo de vista los contornos, cuando notó que unas manos se aferraban a su cintura. Trató de desasirse de ellas pero no pudo. La corriente de luz la envolvió y ella se dejó deslizar. Volvió a sentir el rocío fresco sobre su espalda y el olor intenso a jazmín. Abrió sus ojos y se encontró con los ojos de Ishaan.

—¿Pero qué has hecho? —le interrogó sorprendida.

—Te he seguido. ¿O es que pensabas que te iba a dejar marchar sola?

Aruma se incorporó y sacudió la parte de atrás de su vestido. Empezó a mirar a su alrededor. Buscaba a Abdiel pero no lo encontraba. 

—Voy a dar un paseo. ¿Te vienes?

—Ya que estamos aquí, aprovechemos. Pero déjame ir delante por si hay algún peligro.

—¡Como quieras! —le contestó resignada.

Empezaron a andar por el único sendero que había despejado. Los alrededores eran boscosos y densos. Aruma no recordaba el paisaje así. A medida que avanzaban notaban una brisa fresca y un intenso olor al que no sabían poner nombre. Después de un rato andando, oyeron un ruido entre la maleza. Ishaan se puso en guardia y se detuvo.

—¿Quién eres? —preguntó el muchacho.

—¿Quién eres tú? —le devolvió una voz al otro lado.

Aruma reconoció de inmediato la voz y se adelantó a Ishaan. 

—Sé quién es, tranquilo —le dijo Aruma para que bajase la guardia.

—Abdiel, es mi amigo. Se me ha colado mientras tocaba el libro.

—¡Un polizón! Muy atrevido es tu amigo.

—Sí, quería protegerme y por eso me ha seguido. ¿Sales ya?

Se oyó un resoplido y un murmullo de voces. Los niños seguían parados. 

—De acuerdo, pero que no se ría. No estoy de humor como para dejarme ver y que me tomen por un bufón. Esperad a que me arregle un poco. 

Después de un rato, de la espesura salió Abdiel. Llevaba los cabellos algo revueltos y la barba desordenada. 

—¿Qué te ha pasado? ¿Te has peleado? —preguntó Aruma.

—Unos lampe-chinches se han divertido conmigo. ¿Me presentas al polizón?

—Sí, es mi amigo Ishaan. 

—¡Ajá! ¿Es el chico por el que estabas preocupada ayer?

—Sí, pero no fue ayer. He tardado un poco en regresar.

Abdiel se le acercó. Lo miraba de arriba a abajo como buscando algo en él al tiempo que lo olfateaba, arrugando su nariz.

—Vale, está limpio.

—¿De lampe-chinches?

—No, de bichos. De donde vienes, la gente está infectada.

Ishaan lo miraba incrédulo. Se empezó a sentir ridículo por haber tomado tanta precaución ante un hombrecillo con aspecto de enanito gordiflón. 

—¡Sé lo que estás pensando! ¡Ni se te ocurra faltarme el respeto! —le acusó Abdiel levantado su dedo índice molesto en dirección a Ishaan.

Ishaan bajó la mirada y carraspeó.

—Lo siento, yo nunca…

—Disculpas aceptadas. Venga, vamos de excursión por el mundo de Aruma. 

—No sin que nos digas lo que son los lampe-chinches —protestó Aruma.

—Son unos insectos muy molestos que se alimentan de la risa. 

—¡Qué divertido! —exclamó Aruma.

—No tanto. Te hacen cosquillas hasta que te mareas. No quiero ni verlos. Acabo de sufrir un ataque en mis carnes y mira cómo me han dejado.

Ishaan y Aruma no pudieron contener la risa mientras Abdiel se los tragaba con la mirada. 

Los tres siguieron avanzando camino por el sendero. Aruma y Abdiel hablaban sin parar. Ishaan los seguía, callado y atento a cualquier ruido. El enanito los guiaba por los entresijos de una realidad que se regía por leyes diferentes. Había que permanecer en el camino porque era la senda segura. Lo que había tras la maleza no siempre era bueno, por eso había que evitarla. 

Después de un buen rato caminando se toparon con que el camino se bifurcaba en dos; a la izquierda se abría una senda ancha y lisa; a la derecha un pasillo estrecho, sinuoso y lleno de piedras y unos arbustos llenos de pinchos que crecían a los márgenes. 

—¿Por dónde crees que debemos ir Aruma?

Ishaan trató de adelantarse pero Abdiel lo interrumpió.

—Le he preguntado a ella.

—Uy pues por el camino ancho.

—¿Por qué?

—Porque se ve cómodo y apetecible.

—Pues por eso mismo hay que evitarlo. ¿No te han dicho que ancho es el camino que lleva a la perdición?

—No —respondió Aruma encogiéndose de hombros.

—¿Por qué? Yo lo veo más despejado y más seguro —replicó Ishaan desconfiado.

—En apariencia sí, pero que no veas peligros en él no significa que no los haya. 

Se internaron en el camino. Después de un buen rato caminando los niños empezaron a quejarse de las piedras. Se les clavaban en las plantas de los pies. Oyeron un silbido que se iba alzando en el aire y que iba envolviéndolos como una bruma. Abdiel se tiró a tierra mientras se taponaba los oídos con las manos.

—Niños, tiraos al suelo y taparos los oídos hasta que pase. 

Los niños lo hicieron y notaron un frío estremecedor que los heló de miedo. Una nota sibilante se les coló en la cabeza. 

—Seguidme… seguidme… seguidme.

Aruma cerró sus ojos con fuerza al tiempo que apretaba sus manos sobre sus oídos hasta sentir dolor. Ishaan trató de protegerla con su cuerpo arrimándose a ella todo lo que pudo pues el sonido era tan ensordecedor que no podía dejar sus manos lejos de sus oídos. Cuando el sonido cesó, los tres quedaron exhaustos sobre el camino. El primero en incorporarse fue Ishaan.

—¿Qué ha sido eso?

—Serpientes errantes. Muy peligrosas. Nos han debido de seguir la pista desde la bifurcación —le respondió Abdiel

—¿No decías que este camino era más seguro? —preguntó Aruma mientras se levantaba.

—Peligros hay en todas partes, pero aquel camino está maldito.

—¿Qué son las serpientes errantes?

—Son almas atormentadas que se vendieron a Hivya. Están encadenadas a su voluntad. ¿Habéis oído el mito de las sirenas?

—No —respondieron los dos.

—Son unos seres que atraían a los marineros con sus voces. Tenían que atarse al mástil para no seguirlas. Las serpientes son de aire pero sisean para atrapar a quienes tengan la desgracia de oírlas.

—¿Qué pasa si las oyes?

—Pues que te encadenas a ellas y pasas a formar parte del séquito de Hivya.

—¡Esto es demasiado peligroso! ¡Marchemos a la librería! —exclamó furioso Ishaan.

—No podéis hasta que no lleguemos. Una vez en camino no se puede parar hasta la próxima etapa.

—¿A dónde tenemos que llegar? Tengo miedo —protestó Aruma.

Mirad hacia lo alto de aquella colina, les indicó Abdiel con el dedo. Los niños miraron hacia allí. Vieron un castillo que se alzaba sobre la loma. Era tan alto que se perdía entre las nubes.

—¿Qué es eso? —preguntó Ishaan.

—El castillo perpetuo. 

—Estoy cansada —protestó Aruma.

—Bien, haremos noche aquí y seguiremos mañana.

—¿Aquí? ¿Y si vienen las serpientes o cualquier bicho?

—Uno tiene sus recursos. Dejemos que nos acojan los Etnos.

Abdiel se dirigió hacia un árbol que había en un claro de la margen derecha. Antes de internarse en la maleza, sacó de su zurrón una bolsa, metió la mano en ella y espolvoreó unos polvos que la deshicieron. Los niños le siguieron. Abdiel tocó el árbol y una puertecita se abrió en su corteza.

—¿Quién va?

—Abdiel. Vengo acompañado.

@ana.escritora.terapeuta

Capítulo 1. Encuentro en el parque

Capítulo 2. Eli

Capítulo 3. Ishaam

Capítulo 4. Eleonor

Capítulo 5. A la deriva

Capítulo 6. Ausencias que golpean

Capítulo 7. Creando vínculos

Capítulo 8. El libro lila

Capítulo 9. Revelaciones



Capítulo 14. Los Etnos

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La Librería de los sueños. Capítulo 14. Los Etnos.

  Abdiel le indicó a Aruma que fuera la primera en pasar. Ishaan contrariado se adelantó pero Abdiel lo hizo salir de nuevo. —Ishaan, sé que...