lunes, 8 de junio de 2026

La librería de los sueños. Capítulo 13. Se cuela un polizón

 


Habían pasado tres días desde la exploración de Aruma. Ishaan permanecía distante. La observaba con el gesto contrariado mientras ella caminaba por el cuarto. Desde aquel día, Aruma no se había atrevido a una nueva expedición. 

La niña sentía que el deseo crecía en su interior. Quería conocer más a fondo ese mundo. Sin pensarlo, se acercó, llevada por un impulso, y alzó su mano hasta tocar el libro azul. Se hizo el silencio a su alrededor y ya estaban sus ojos perdiendo de vista los contornos, cuando notó que unas manos se aferraban a su cintura. Trató de desasirse de ellas pero no pudo. La corriente de luz la envolvió y ella se dejó deslizar. Volvió a sentir el rocío fresco sobre su espalda y el olor intenso a jazmín. Abrió sus ojos y se encontró con los ojos de Ishaan.

—¿Pero qué has hecho? —le interrogó sorprendida.

—Te he seguido. ¿O es que pensabas que te iba a dejar marchar sola?

Aruma se incorporó y sacudió la parte de atrás de su vestido. Empezó a mirar a su alrededor. Buscaba a Abdiel pero no lo encontraba. 

—Voy a dar un paseo. ¿Te vienes?

—Ya que estamos aquí, aprovechemos. Pero déjame ir delante por si hay algún peligro.

—¡Como quieras! —le contestó resignada.

Empezaron a andar por el único sendero que había despejado. Los alrededores eran boscosos y densos. Aruma no recordaba el paisaje así. A medida que avanzaban notaban una brisa fresca y un intenso olor al que no sabían poner nombre. Después de un rato andando, oyeron un ruido entre la maleza. Ishaan se puso en guardia y se detuvo.

—¿Quién eres? —preguntó el muchacho.

—¿Quién eres tú? —le devolvió una voz al otro lado.

Aruma reconoció de inmediato la voz y se adelantó a Ishaan. 

—Sé quién es, tranquilo —le dijo Aruma para que bajase la guardia.

—Abdiel, es mi amigo. Se me ha colado mientras tocaba el libro.

—¡Un polizón! Muy atrevido es tu amigo.

—Sí, quería protegerme y por eso me ha seguido. ¿Sales ya?

Se oyó un resoplido y un murmullo de voces. Los niños seguían parados. 

—De acuerdo, pero que no se ría. No estoy de humor como para dejarme ver y que me tomen por un bufón. Esperad a que me arregle un poco. 

Después de un rato, de la espesura salió Abdiel. Llevaba los cabellos algo revueltos y la barba desordenada. 

—¿Qué te ha pasado? ¿Te has peleado? —preguntó Aruma.

—Unos lampe-chinches se han divertido conmigo. ¿Me presentas al polizón?

—Sí, es mi amigo Ishaan. 

—¡Ajá! ¿Es el chico por el que estabas preocupada ayer?

—Sí, pero no fue ayer. He tardado un poco en regresar.

Abdiel se le acercó. Lo miraba de arriba a abajo como buscando algo en él al tiempo que lo olfateaba, arrugando su nariz.

—Vale, está limpio.

—¿De lampe-chinches?

—No, de bichos. De donde vienes, la gente está infectada.

Ishaan lo miraba incrédulo. Se empezó a sentir ridículo por haber tomado tanta precaución ante un hombrecillo con aspecto de enanito gordiflón. 

—¡Sé lo que estás pensando! ¡Ni se te ocurra faltarme el respeto! —le acusó Abdiel levantado su dedo índice molesto en dirección a Ishaan.

Ishaan bajó la mirada y carraspeó.

—Lo siento, yo nunca…

—Disculpas aceptadas. Venga, vamos de excursión por el mundo de Aruma. 

—No sin que nos digas lo que son los lampe-chinches —protestó Aruma.

—Son unos insectos muy molestos que se alimentan de la risa. 

—¡Qué divertido! —exclamó Aruma.

—No tanto. Te hacen cosquillas hasta que te mareas. No quiero ni verlos. Acabo de sufrir un ataque en mis carnes y mira cómo me han dejado.

Ishaan y Aruma no pudieron contener la risa mientras Abdiel se los tragaba con la mirada. 

Los tres siguieron avanzando camino por el sendero. Aruma y Abdiel hablaban sin parar. Ishaan los seguía, callado y atento a cualquier ruido. El enanito los guiaba por los entresijos de una realidad que se regía por leyes diferentes. Había que permanecer en el camino porque era la senda segura. Lo que había tras la maleza no siempre era bueno, por eso había que evitarla. 

Después de un buen rato caminando se toparon con que el camino se bifurcaba en dos; a la izquierda se abría una senda ancha y lisa; a la derecha un pasillo estrecho, sinuoso y lleno de piedras y unos arbustos llenos de pinchos que crecían a los márgenes. 

—¿Por dónde crees que debemos ir Aruma?

Ishaan trató de adelantarse pero Abdiel lo interrumpió.

—Le he preguntado a ella.

—Uy pues por el camino ancho.

—¿Por qué?

—Porque se ve cómodo y apetecible.

—Pues por eso mismo hay que evitarlo. ¿No te han dicho que ancho es el camino que lleva a la perdición?

—No —respondió Aruma encogiéndose de hombros.

—¿Por qué? Yo lo veo más despejado y más seguro —replicó Ishaan desconfiado.

—En apariencia sí, pero que no veas peligros en él no significa que no los haya. 

Se internaron en el camino. Después de un buen rato caminando los niños empezaron a quejarse de las piedras. Se les clavaban en las plantas de los pies. Oyeron un silbido que se iba alzando en el aire y que iba envolviéndolos como una bruma. Abdiel se tiró a tierra mientras se taponaba los oídos con las manos.

—Niños, tiraos al suelo y taparos los oídos hasta que pase. 

Los niños lo hicieron y notaron un frío estremecedor que los heló de miedo. Una nota sibilante se les coló en la cabeza. 

—Seguidme… seguidme… seguidme.

Aruma cerró sus ojos con fuerza al tiempo que apretaba sus manos sobre sus oídos hasta sentir dolor. Ishaan trató de protegerla con su cuerpo arrimándose a ella todo lo que pudo pues el sonido era tan ensordecedor que no podía dejar sus manos lejos de sus oídos. Cuando el sonido cesó, los tres quedaron exhaustos sobre el camino. El primero en incorporarse fue Ishaan.

—¿Qué ha sido eso?

—Serpientes errantes. Muy peligrosas. Nos han debido de seguir la pista desde la bifurcación —le respondió Abdiel

—¿No decías que este camino era más seguro? —preguntó Aruma mientras se levantaba.

—Peligros hay en todas partes, pero aquel camino está maldito.

—¿Qué son las serpientes errantes?

—Son almas atormentadas que se vendieron a Hivya. Están encadenadas a su voluntad. ¿Habéis oído el mito de las sirenas?

—No —respondieron los dos.

—Son unos seres que atraían a los marineros con sus voces. Tenían que atarse al mástil para no seguirlas. Las serpientes son de aire pero sisean para atrapar a quienes tengan la desgracia de oírlas.

—¿Qué pasa si las oyes?

—Pues que te encadenas a ellas y pasas a formar parte del séquito de Hivya.

—¡Esto es demasiado peligroso! ¡Marchemos a la librería! —exclamó furioso Ishaan.

—No podéis hasta que no lleguemos. Una vez en camino no se puede parar hasta la próxima etapa.

—¿A dónde tenemos que llegar? Tengo miedo —protestó Aruma.

Mirad hacia lo alto de aquella colina, les indicó Abdiel con el dedo. Los niños miraron hacia allí. Vieron un castillo que se alzaba sobre la loma. Era tan alto que se perdía entre las nubes.

—¿Qué es eso? —preguntó Ishaan.

—El castillo perpetuo. 

—Estoy cansada —protestó Aruma.

—Bien, haremos noche aquí y seguiremos mañana.

—¿Aquí? ¿Y si vienen las serpientes o cualquier bicho?

—Uno tiene sus recursos. Dejemos que nos acojan los Etnos.

Abdiel se dirigió hacia un árbol que había en un claro de la margen derecha. Antes de internarse en la maleza, sacó de su zurrón una bolsa, metió la mano en ella y espolvoreó unos polvos que la deshicieron. Los niños le siguieron. Abdiel tocó el árbol y una puertecita se abrió en su corteza.

—¿Quién va?

—Abdiel. Vengo acompañado.

@ana.escritora.terapeuta

Capítulo 1. Encuentro en el parque

Capítulo 2. Eli

Capítulo 3. Ishaam

Capítulo 4. Eleonor

Capítulo 5. A la deriva

Capítulo 6. Ausencias que golpean

Capítulo 7. Creando vínculos

Capítulo 8. El libro lila

Capítulo 9. Revelaciones




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