Llevaba un rato callejeando. Iba envuelta en frío y buscaba arroparse con los rayos de sol que se vertían escasos aquella mañana. Se encontraba desorientada como un ratón que tiene que atravesar un laberinto. Las calles le parecían iguales. Vio un quiosco de prensa y se acercó. Lo regentaba un hombre mayor. Miró, por encima, las revistas antes de atreverse a preguntar.
—Buenos días, estoy buscando la calle del Pez. ¿Sabe si me queda lejos?
—No, estás muy cerca —salió del tenderete para indicarle—. ¿Ves aquel letrero donde dice “Barber shop”?
—Sí.
—Pues tuerce la esquina y a dos calles a la derecha estás en la calle del Pez. ¿Qué buscas allí?
—Librería de los sueños.
—La conozco. Eso queda a mitad de la calle.
—Gracias.
Cruzó la avenida con paso lento. De todo lo que había andado, el último tramo era el más difícil. Otra vez esa pregunta: “¿y si…? estallando como un eco sordo en su cabeza. Sus pies se arrastraban como en penitencia. Su corazón lo sentía tan deshilachado que no entendía cómo podía componer cada latido. Ya estaba en la calle, le quedaba la mitad; iba dejando atrás escaparates y viviendas, con la vista puesta al encuentro de un letrero que le hablaba de sueños a ella que ya vivía en una pesadilla. “LIBRERÍA DE LOS SUEÑOS”, leyó al fin.
Se acercó, le temblaba el cuerpo. Había echado sus dados y ahora le tocaba ver qué había salido. Empujó la puerta. Pero la puerta no cedió. Estaba cerrada. Miró a través de los cristales. No vio a nadie pero unos ojos negros escondidos la miraban desde dentro.
Desolada se sentó en el umbral para desatar su dolor. Había perdido la apuesta. Había jugado algo más que sus dos últimos euros a la nada. Lloraba sin consuelo, con la cabeza hundida entre las piernas y las manos cerradas sobre ellas. Ajena a todo lo que se movía alrededor, no oyó unos pasos que se acercaban.
—¿Qué te pasa?
La voz la sacó del estupor de un manotazo. Levantó la cabeza y se encontró con una anciana que la observaba. En su cara había dulzura y compasión.
Se quedó paralizada. No sabía qué decir. ¿Cómo condensar todo un mundo en una frase?.
—Mira, soy la dueña de la librería. Me llamo Elida. ¿Quieres que entremos y hablemos? Con el tiempo que hace y la poca ropa que llevas tienes que estar muerta de frío.
Eleonor asintió sin decir nada. La siguió y entró tras ella.
—Ishaan, puedes salir.
Un niño de pelo muy negro y piel oscura salió de detrás de una estantería.
—Dime cómo te llamas, corazón —le dijo con voz dulce.
—Me llamo Eleonor.
—Bien, Eleonor. Te voy a dar una rebeca para que entres en calor. ¿Quieres un café?
—Sí, gracias.
Se quedó esperando mientras que Elida se metió en la trastienda seguida del niño. Su pensamiento no dejaba de girar en torno a Julián. ¿Por qué no estaba? Se dijo así misma que podría estar de recados o en el médico.
La anciana volvió con una bandeja y dos cafés. Le sirvió uno, le acercó el azucarero y la invitó a sentarse.
—Bien, tenemos todo el tiempo del mundo. Ishaan tiene miedo de las personas que no conoce. Ha pasado por mucho.
—¿Y Julián? —la pregunta surcó, abrupta, en el aire.
Elida suspiró con los ojos llenos de una tristeza que no quería mostrar.
—Murió hace un mes. Fue una muerte rápida. ¿Lo conocías?
Julián era su última esperanza. Había llegado hasta allí por él, sin tener idea de qué podía esperar; pero esa tarjeta que le dió fue lo único que le quedó cuando salió por la puerta de aquel lugar que nunca debió pisar.
Eleonor sintió que también quería morirse. Se recriminó así misma: “¡Qué estúpida he sido! ¡Acudo tarde y en el peor momento!”. Su rostro se descompuso y sus piernas perdieron el control. De no haber estado sentada, no habría podido sostenerse sobre ellas.
—Sí, muy poco. De un curso de diseño de jardines —la voz le temblaba al mismo ritmo que su cuerpo.
La anciana se quedó pensativa como recapacitando.
—¿Eres Eleonor?
La pregunta la pilló por sorpresa. ¿Le había hablado de ella?
—Sí, tenía que haber venido antes. Lo siento tanto…
—No lo sabías. Lo importante es que has venido.
Eleonor se encogió. Él había muerto, ella había acudido tarde, ¿qué más daba que ahora estuviese allí? Se sentía mezquina, egoísta y desgraciada.
—Tengo algo para ti. Me lo dejó antes de morir. Julián estaba seguro de que vendrías. Ahora, vuelvo, no te vayas por favor —le suplicó la anciana antes de levantarse.
Su mente no dejaba de girar. Un tropel de pensamientos la invadía. ¿Había podido presentir su muerte? ¿Por qué se había tomado la molestia de dejarle algo a ella? Le costaba asimilar que fuera importante para alguien que era casi un desconocido para ella.
Elida volvió a sentarse. Llevaba un sobre en sus manos.
—Toma, es para ti. No tienes por qué leerla ahora. Puedes hacerlo en tu casa.
“En tu casa”, esa frase le mordió. No pudo evitarlo, la presa reventó y un torrente de agua inundó sus ojos. Elida se conmovió tanto que no pudo hacer otra cosa que levantarse y abrazarla para acompañarla en su llanto. Lloraron las dos, cada una con su pena a cuestas, cada una con su duelo a flor de piel.
Después de un buen rato, cesó el llanto. Siguieron abrazadas. Se oían, una a la otra, la respiración entrecortada. Elida se deshizo con suavidad de los brazos de Eleonor y le rogó que se sentase.
—Cuéntame lo que te pasa.
—No sé por dónde empezar.
—Lo importante es empezar. Habla que yo te escucho.
—No tengo ningún sitio a dónde ir. Estoy sola, sin nada. Mis últimos dos euros los gasté para venir aquí y ver a su marido —le contó a duras penas, con los ojos clavados en el suelo.
—¿Y tus padres? ¿Los tienes?
—Sí, pero no puedo volver allí. Antes prefiero morir.
Elida se quedó pensativa. La veía tan jóven y tan frágil. Era una situación muy delicada. Pensó en qué haría Julián si estuviera vivo. “A situaciones desesperadas, soluciones inesperadas”, pensó. Tomó aire y dejó marchar toda posible cautela.
—Mira, vamos a hacer una cosa. Podrías quedarte en mi casa. Solo por un tiempo, hasta que te vayas arreglando. Vivo sola y no me vendría mal un poco de compañía. Te ofrecería la librería, pero ya tengo aquí a Ishaan.
—Pero yo no quiero abusar.
—Ya, pero ¿tienes otra opción? Además, no te saldría gratis. Trabajarías para mí. ¿Aceptas?
Eleonor asintió reconfortada con su cabeza. Le parecía un buen trato, justo lo que necesitaba. Elida siguió hablando.
—Sé que mi marido lo querría así. Y necesito que me ayudes a entender lo que él me quiso explicar antes de morir. Él me dijo que tú también los ves. ¿No es cierto?
—Sí, él se dió cuenta y me lo dijo antes de que me echaran de ese curso.
—Ven conmigo, quiero que veas algo.
Elida se levantó. Eleonor la siguió hasta una puerta que había al fondo de la librería. Accedieron a una estancia cuyas paredes estaban cubiertas de librerías atestadas de libros. Olía a libros viejos y a polvo. Eleonor no pudo evitar estornudar.
—Estos son los libros que me dijo que quería que conocieses. Me contaba que cuando te conoció se alegró de encontrar por fin a alguien con quien poder compartirlos.
@ana.escritora.terapeuta
Capítulo 1. Encuentro en el parque

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