lunes, 27 de abril de 2026

Capítulo 7. Construyendo vínculos.



Llevaban unos meses de convivencia. El día a día se fue deslizando con sus pequeñas aristas. Lo que, en principio era una solución temporal terminó consolidando un fuerte vínculo entre ellas. A Elida le costaba entender cómo una joven podía estar tan paralizada que le era casi imposible reaccionar. Hacía lo que se le pedía, sin rechistar, pero le costaba moverse por sí misma. “Esta chica padece de voluntad arrastrada”, se decía mientras se mordía la lengua en un esfuerzo de contener su impaciencia.

Las relaciones entre Ishaan y Eleonor tampoco fueron fáciles. A Ishaan le costó aceptarla; a ella le daba miedo, intentaba evitarlo y cerraba los ojos cuando le entraban los ataques. Un día en mitad de uno, Eleonor reaccionó.

—¡Tiene muchos enganchados! —la voz le temblaba.

—¿Muchos? —preguntó jadeante Elida mientras trataba de contener a Ishaan con su ayuda.

Cuando al fin Ishaan cayó desplomado al suelo, Elida quiso saber más.

—¿Te refieres a esas cosas que ves?

—Sí.

—¿Los lleva siempre encima?

—No, solo cuando le entran los ataques.

Elida decidió que lo más importante era que Eleonor se volcase en estudiar los libros que le dejó su marido. Eleonor no sabía por dónde empezar. Había leído y releído la carta que le dejó Julián pero había algo que se le resistía: “... vienen porque les dejamos puertas abiertas”. “¿Qué puertas?”, se preguntaba. 

Se desazonaba y salía con la sensación de no ser útil, de no saber poner coherencia en medio de tantos libros; abría varios de ellos, los leía por encima y se angustiaba. 

—¿Qué te ocurre? —le preguntó un día Elida al verla tan confusa.

—No sé cómo hacerlo —le respondió elevando sus hombros y con las lágrimas al punto.

—Eleonor, no pretendas leer varios al mismo tiempo. Ve de uno en uno.

—¡Son muchos!

—¿Y qué prisa hay? ¡Tenemos todo el tiempo del mundo!

Pero ese era el problema. Ella no lo veía así. Sentía la responsabilidad de responder a la amabilidad con que Elida la había acogido, de responder a la confianza que Julián había depositado en ella. El peso de esa responsabilidad la estaba aplastando. Un pensamiento iba calando en su ánimo gota a gota: “soy un fraude que defrauda”.

Ishaan observaba curioso detrás de la puerta. Elida lo mantenía alejado de los libros. Quería evitar que un posible ataque acabase con ellos.

—Me gusta leer. Quiero ayudar.

—Ya, Ishaan, pero aquí no puedes entrar.

Ishaan enfadado cerró la puerta de un portazo. No quería estar en segundo plano. Sentía rabia y celos al mismo tiempo. Ella había venido después y tenía todo el protagonismo. Además, sus ataques, le dejaban un poso de culpabilidad que trataba de camuflar en resentimiento hacia Eleonor. Elida que nunca había sido madre sentía lo que siente una madre cuando sus hijos se pelean. “Dios mío, ayúdame a que se entiendan los dos”, suplicaba en sus oraciones.

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Eli estaba sentada en el salón con su libreta. A su madre le sorprendió verla tan temprano. Lo normal era que se hiciese la remolona hasta la hora de levantarse.

—Hace falta todavía media hora. ¿Qué haces?

—Me ha llegado un mensaje.

Amelia ya sabía a qué se refería y lo que su hija esperaba de ella. Sabía lo cabezona que era, así que asintió y evitó ponerse a discutir con ella. El único acuerdo era que su padre no supiese nada del tema. Fernando se ponía enfermo con esas rarezas de su hija. Amelia se sentía entre la espada y la pared. Suspiró y aceptó el recado a regañadientes.

—Está bien, dime a dónde y a qué hora lo tengo que llevar.

—En la plaza del dos de mayo. En el suelo, debajo del arco, en la esquina del pedestal, a la espalda de la estatua. Después de que me dejes en el cole.

Amelia no terminaba de acostumbrarse. A veces se sentía estúpida por seguir las indicaciones de una niña que vivía envuelta en fantasía pero, al mismo tiempo, le sorprendía ver lo precisas que eran y cómo, en ocasiones, podía adelantarse a los hechos antes de que ocurrieran. 

Después de dejarla en el cole, cogió un autobús para ir a la plaza del dos de mayo. Ya que iba allí había pensado ir a hacer unos recados por la zona. Pensó en leer la nota pero lo desechó. No solía entender nada y salía más perpleja de lo que ya estaba. Eran sus cosas y punto. ¿No había niños con cualidades? Pues su hija, tenía esa, aunque no sabía ni ponerle nombre ni entender para qué servía. Ese pensamiento la reconfortaba. Le permitía salir de la duda de si con su complicidad la estaba perjudicando. 

El autobús se paró y bajó. Después de recorrer unos metros, llegó a la estatua por la parte de detrás. Buscó una de las esquinas y dejó la nota debajo del pedestal. 


Ese día, en la librería Eleonor le pidió a Elida un tiempo para ella. La anciana contuvo las ganas de abrazarla y darle un beso. ¡La primera vez que se atrevía a pedirle algo! No fue la única sorprendida, ni la propia Eleonor se lo explicaba. Sintió que algo la empujaba a salir de allí. No tenía ni idea de dónde encaminar sus pasos. Elida le dió algo de dinero y le pidió que no tuviese prisas en volver.

Salió de la librería y caminó sin rumbo. Parecía como arrastrada por un impulso que la llevaba en una dirección ignota.  Ensimismada llegó a la plaza del dos de mayo. Se paró delante del arco de Monteleón y se sentó en uno de los bancos. Hacía una mañana apacible y cálida. Los rayos de sol la calentaban. La imagen de otro banco, el frío y el desaliento acudieron a su memoria. Desvió la mirada de sus pensamientos y sus ojos se encontraron con un papelito muy bien doblado. Estaba en una esquina, debajo del arco. Se acercó, lo cogió y lo desdobló. Al ver su nombre escrito se estremeció. Demasiada casualidad. Incrédula siguió leyendo:

<<eleonor el Libro de la pasta lila Lebelo Bien a fondo. despues sabras que acer. confia en ti. dile a elida que la quiero mucho>>.

El papel le temblaba entre sus manos. Ella que veía lo que los demás no veían, ahora se resistía a creer lo que estaba delante de sus ojos. Su corazón se agitaba y su mente andaba a tientas. El recuerdo de Julián vino a su encuentro. Sintió esas palabras hablando dentro de ella, con su tono de voz. Había un detalle que le resultaba inquietante, la caligrafía era infantil y el texto estaba plagado de faltas de ortografía, como si lo hubiese escrito un niño. Pero cómo un niño desconocido puede escribir un mensaje tan certero. 

Se volvió a sentar en el banco y se dejó acariciar por los rayos de sol. Poco a poco fue volviendo en sí. “Total... ¿Qué me queda por perder? Lo haré”. Se levantó con la certeza de que quizás se estaba enfrentando a la misión más difícil de su vida: aprender a confiar en ella misma.

@ana.escritora.terapeuta

Capítulo 1. Encuentro en el parque

Capítulo 2. Eli

Capítulo 3. Ishaam

Capítulo 4. Eleonor

Capítulo 5. A la deriva


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Capítulo 7. Construyendo vínculos.

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