El sol flotaba entre las flores del jardín. Los ojos se posaban sobre ellas. Escudriñaban combinaciones en silencio. Apenas se apreciaba el zumbido de una voz que buscaba resaltar entre el vuelo de los insectos. Eleonor miraba hacia un vacío que solo ella contemplaba. Parecía una estatua. Cuando le pasaba se quedaba suspendida en el tiempo. Vigilaba los contornos que marcaban la separación entre los dos mundos. Los seguía de cerca. A veces pensaba que así podía evitar que “eso” se le pegase a alguien. Dos pares de ojos la sobrevolaban. Unos desde el afecto y otros desde el enojo. Unos pasos avanzaron hacia ella. Cuando sintió una mano sobre su espalda, se estremeció y salió de su ensimismamiento.
—Eleonor, dime querida, ¿Qué plantas has escogido para tu proyecto de jardín?
—Yo… todavía no… —se excusó avergonzada.
—Ya, todavía no —le replicó con voz irritada el monitor—. Pues se te acabó el plazo. Mañana no te molestes en volver. Hay gente interesada de verdad que se quedó fuera del curso.
Eleonor bajó la vista. Se sentía defraudada con ella misma. Otro curso del que le habían echado. ¿Tendría que molestarse en buscar otro? De verás que lo intentaba con todas sus fuerzas. ¿Qué iba a decirle a su madre ahora?. Todavía retumbaban duras sus palabras. “A la próxima, te marchas de casa”. Sabía que esta vez iba en serio. El dolor y el miedo le trepaban por la espalda. Un fracaso tras otro, la cara hosca de sus padres, el reflejo triste de su cara en el espejo; ella que siempre quiso agradar a todos, terminaba envuelta en la más desoladora decepción.
Se dirigió con las lágrimas aprisionadas por dentro hacia su taquilla a por sus cosas. Era todo lo que le quedaba por hacer. No tenía que molestarse en despedirse de nadie porque apenas había trabado conversación con sus compañeros, excepto con aquel señor mayor, que fue tan agradable con ella cuando la fastidió con los esquejes.
Estaba ya en la taquilla cuando oyó una voz a sus espaldas. Se giró y se encontró con él.
—Lo siento mucho, Eleonor. Te voy a echar de menos.
—Bueno, será el único que lo haga. Perdone que no recuerde su nombre. Me cuesta quedarme con los nombres.
—Me llamo Julián. ¿Desde cuándo los ves?
La pregunta la pilló desprevenida. Sus ojos se dilataron como los de un gato y se le erizó el vello de la piel. Respiró hondo y tragó saliva.
—¿Usted también los ve?
—Sí. Desde hace unos años. ¿Tienes prisa? Me gustaría hablar contigo fuera de aquí.
—¿Y el curso?
—¡Al demonio ese curso! No me interesa en absoluto. Ya se quedan con dos plazas libres para momificar jardines.
Salieron juntos hacia una cafetería que estaba junto al edificio. Hacían una extraña pareja: una joven de apenas veinte años y un señor jubilado. Parecían abuelo y nieta. Pero eran dos pasajeros clandestinos de un tren en marcha para el que no pidieron billete. Tomaron un café e intercambiaron vidas y experiencias.
—¿Y tu mujer lo sabe?
—No, no he querido asustarla con estas cosas.
Eleonor lo miraba con el corazón abierto mientras sentía el calor de la taza entre sus manos. Desde siempre había deseado encontrar a alguien con quien compartir su orfandad.
—¿Sientes miedo?
—Al principio, me llevé algún que otro susto.
—¿Te gustaría dejar de verlos?
—A veces me digo que sí, pero luego lo pienso y entonces lo veo claro: no por dejar de verlos van a dejar de estar ahí. Y si es así, prefiero verlos.
—Yo pienso que es una maldición. Veo a la gente tan feliz haciendo sus cosas… Y yo la rarita que ve cosas que nadie más ve.
—No eres la única, Eleonor. Te voy a pasar la tarjeta de mi librería. Pásate cuando quieras. Tengo libros difíciles de conseguir. Me gustaría compartirlos contigo.
Se despidieron con la promesa de volver a verse pronto. Eleonor tomó la tarjeta y la leyó: “Librería de los sueños”. “Bonito nombre para una librería”, pensó. La guardó a conciencia en su bolso. No quería perderla.
Nada más salir de la cafetería se vio aguijoneada por el contraste. “¿Se puede sentir frío y calor al mismo tiempo?”, se preguntó. El cobijo cálido que le había ofrecido ese hombre aparecido de la nada chocaba con la tormenta que veía cernirse sobre su vida.
Volvió a su casa, sentía el frío colarse por sus huesos. Resignada tocó el timbre. Otra vez había olvidado las llaves. Agachó la cabeza con resignación. Pensó que había dignidad en las personas que mostraban su cuello desnudo sobre el tocón antes de que el hacha lo cercenara de un tajo con toda su rabia. Cerró los ojos y aspiró esa dignidad en su pecho. Lo sintió. Un disparo fuerte y certero en su interior. La puerta se abrió.
—¡Otra vez las llaves! ¿Qué haces aquí tan temprano? —Los ojos la atravesaban como un iceberg antes de cobrarse una colisión.
—Vengo a por mis cosas. Me marcho.
—¿Te han vuelto a echar? ¿Es eso? ¿A dónde vas a ir?
—Sí, me han vuelto a echar. No lo sé.
—Pasa adentro que hablemos —le ordenó tajante.
Eleonor pasó y se dirigió a su habitación. No quería discutir, solo recoger sus cosas. Por una vez en su vida, sentía el coraje latir en sus venas, esa valentía de querer cruzar más allá del miedo. No lo había planeado, le había nacido de una explosión. No había marcha atrás. Palabras hirientes le pisaban los talones, iban tras ella furiosas. Cerró sus oídos para no darles espacio. Cogió pocas cosas y las metió de golpe en su bolsa. Quería salir de allí cuanto antes. Dejar ese pasado atrás para nacer de nuevo. Lo último que escuchó antes del golpe seco de la puerta: “¡No te atreverás a irte así! Eres una vergüenza para la familia!”. Eleonor se atrevió. Nada más salir se sintió liviana y libre. De puertas adentro, una madre estalló en sollozos. “No lo hagas… yo no quería”. Sus lamentos se ahogaron en el aire.
@ana.escritora.terapeuta
Capítulo 3. Ishaam
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