martes, 16 de junio de 2026

El hombre en busca de sentido, Viktor Frankl.

 



Viktor Frankl , psiquiatra, neurólogo y psicoterapeuta de nacionalidad austriaca y origen judío, narró en su libro “El hombre en busca de sentido” su experiencia tras pasar por cuatro campos de concentración, incluido Auschwitz.

De una lectura inquietante que nos asoma al abismo de la crueldad humana, también nos regala un mensaje de esperanza. Nos habla de esa libertad última que nadie puede arrebatarnos sin nuestro consentimiento, ni siquiera en el lager: la de aferrarnos a conservar nuestro sentido de la dignidad, ese que nos hace humanos. Porque, ocurra lo que ocurra, siempre puedes escoger no traicionarte, aunque eso pueda costarte la vida.

@ana.escritora.terapeuta

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Viktor Frankl  nos desnuda la realidad descarnada del día a día en el campo de concentración, no nos ahorra su sufrimiento ni sus debilidades como persona, sino que con una honestidad fuera de toda duda se desnuda para hablarnos y darnos su perspectiva tanto a nivel personal como profesional acerca del sufrimiento humano y la capacidad que tenemos para afrontarlo.

Nos revela que no es el lager y sus horrores lo que termina moldeando la persona, sino su capacidad para hacerle frente. Describe tres actitudes:

¾La persona que se embrutece al aferrarse a su supervivencia y que es capaz de cualquier cosa con tal de mantener su vida.

¾La persona que se rinde y decide morirse.

¾La persona que deja de ponerse en primer lugar y le otorga a su vida un para qué. Incluso narra cómo ciertas personas eran capaces de desprenderse de su único mendrugo de pan para consolar a otros.

Otra de las cuestiones que me impactó en su lectura fue que en ningún momento trató de burlar su destino, ni cuando ante la incipiente ocupación nazi no abandonó su ciudad por no dejar solos a sus padres, demasiado mayores para un largo viaje, ni cuando en ninguna de las ocasiones en las que durante su permanencia en los campos se le asignó a un convoy donde se presuponía la muerte, quiso prestarse a trasladar su nombre a otra lista, lo que contra todo pronóstico salvó su vida.

Hoy día, por fortuna, no vivimos en campos de concentración. Sin embargo, las condiciones de vida no son nada fáciles y la competitividad y la complejidad pueden resultar desoladoras. El nivel de sufrimiento humano ha escalado cuotas preocupantes. No voy a sacar estadísticas acerca del incremento de las tasas de depresión, ansiedad, trastornos de pánico y suicidio porque no creo que hagan falta para retratar una realidad bien palpable. ¿Qué nos está ocurriendo? ¿No será que vivimos con el sistema nervioso en supervivencia? ¿Y qué ocurre con un sistema nervioso en supervivencia las 24 horas, durante los 12 meses del año, año tras año? En supervivencia solo hay dos posibles respuestas: lucha y huida. ¿Qué ocurre cuando ni es posible la lucha ni es posible la huida? Llega un momento en que el cerebro y el sistema neuroquímico y endocrino no pueden más, se rinden; el cerebro finge su propia muerte. Así de la depresión, se escala a la ansiedad y demás manifestaciones.

Ante este panorama, el mensaje y la gran lección de Viktor Frankl  cobran más sentido que nunca y nos invita a replantearnos el sentido de nuestra existencia. Quizás no hemos venido aquí para velar solo por “lo nuestro”, quizás la felicidad no es lo que nos han vendido, quizás nuestro sentido de la identidad basado en el logro, el éxito y el reconocimiento no es el más sano, quizás nos necesitamos unos a otros y no todo está en nuestras fuerzas. Quizás nuestra batalla final sea preservar nuestra libertad última y conservar la dignidad que nos hace humanos.

 

 

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