Abdiel le indicó a Aruma que fuera la primera en pasar. Ishaan contrariado se adelantó pero Abdiel lo hizo salir de nuevo.
—Ishaan, sé que quieres protegerla. Pero ahora no hay peligro.
—¿Por qué tiene que entrar ella primero? ¿Qué más te da que sea yo?
—¡Pues sí! ¡Me da y mucho! —protestó enérgico—. Me da vergüenza tener que decirlo pero es que con este corpachón no puedo pasar por esa puertecita a menos que alguien con la suficiente fuerza me empuje desde el otro lado. ¿Lo entiendes ya? ¡Es que hay que explicártelo todo! ¡Qué fatiga!
Ishaan contuvo la risa. Aruma se acercó a Abdiel y lo abrazó.
—Bueno, bueno… entra, pequeña.
Aruma entró y descendió por las escaleras hasta abajo. Ishaan empezó a empujar a Abdiel haciendo grandes esfuerzos. Agotado paró y miró al enanito.
—Esto te va a doler.
Se alejó todo lo que pudo, tomó carrerilla y se impulsó contra el cuerpo de Abdiel. Los dos entraron provocando un gran estruendo.
—¡Ay! ¡Ay! ¡Bruto! —exclamó dolorido.
Se oyeron unos pasos. Aruma y los etnos acudieron ante el estrépito. Lo miraban aguantando la risa.
—¡Abdiel! La última vez que te vimos estabas más ágil —bromeó mamá etno.
—Cosas de la imaginación de Aruma —se defendió resignado.
Ishaan los miraba perplejo. Eran como duendecillos de menos de medio metro. Su piel de color azul resplandecía llenando el espacio de luz. Sus orejas puntiagudas se movían como las de un gato ante cualquier sonido. Pero no era el único que estaba perplejo, los ojos de uno de los etnos se posaron en él con suspicacia.
—¡Dejaros de cháchara! Telena ha preparado un almuerzo magnífico, así que para dentro.
Se adentraron por el corredor siguiendo a sus anfitriones. Ishaan no se explicaba cómo se podría abrir esa red intrincada de galerías debajo de un árbol. Llegaron a un saloncito acogedor y fueron recibidos por un olor que les hizo la boca agua. Aruma se movía allí como por su casa.
—¿Lo conoces? —le preguntó Ishaan incrédulo.
—Sí y no. Solo cuando veo las cosas las recuerdo.
—¡Venga, sentaros! —los invitó Telena—Tenéis que tener hambre.
—¡Niños, dejaros de esconderos!
Seis pequeños duendecillos salieron y llenaron la habitación de ruido y alegría. Rodeaban a Abdiel y se le colgaban por todos lados. Sus padres los reprendieron y los mandaron a sentarse.
—Niños, dejad a tito Abdiel tranquilo.
—¡Alá, tito! ¡Qué panzota! —exclamó el más pequeño.
—¡Esa boca! ¡Itriel, a callar! —lo corrigió su madre.
Los niños obedecieron y empezaron a mirar a Aruma e Ishaan. Ya iban a empezar a preguntar cuando el padre los calló.
—Vamos a bendecir la mesa. Silencio. Después de comer podéis preguntarles.
—Padre, Dios del Universo te pedimos que bendigas estos alimentos y te damos las gracias por llenar nuestra despensa, y poder compartir esta comida con nuestros invitados. Amén.
Aruma e Ishaan comieron de todo. Tenían apetito y encontraron que la comida estaba riquísima, tanto que repitieron hasta saciarse. Ya estaban con el postre cuando se reanudó la conversación.
—¿Y él? ¿Qué hace aquí? —preguntó papá etno con los ojos puestos en Ishaan.
—¡Osmel! —le corrigió Telena un poco azorada.
—Un polizón. Se coló con Aruma.
—Eso puede traernos problemas —sentenció preocupado Osmel.
Ishaan sintió un pellizco en el corazón. No le gustaba que lo considerasen una molestia ni ser portador de problemas. Sabía que no había sido buena idea seguir a Aruma, pero no había podido negarse. Para él era una cuestión de responsabilidad protegerla. Su orgullo resolvió mantenerse alerta. Se dijo así mismo que no debía fiarse de nadie.
—¡Ya lo creo! Pero aquí está. Ya no hay vuelta atrás.
—¿Os han visto? —preguntó Telena nerviosa.
—Sí, nos atacaron las serpientes errantes.
—A estas alturas ya lo sabrá Hiyva. ¡Maldita sea entre todas las criaturas! —la mueca de disgusto contrajo la cara del etno.
—Eso rompe el equilibrio. Roto el equilibrio, rota la tregua —aseguró Telena con pesar.
—¿Y desde cuando ha respetado esa malnacida la tregua? —inquirió Abdiel.
—Nunca, pero ahora puede tomarse licencias que antes no se atrevía.
—Eso sí —admitió Abdiel.
—¡Tenemos trabajo! —exclamó Osmel levantándose. Salió del comedor mientras todos lo seguían con la mirada.
Aruma aprovechó para irse con los duendecillos a jugar pero Ishaan se quedó allí. Quería enterarse de cualquier detalle. Después de un rato, Osmel volvió con un rollo apergaminado. Se sentó de nuevo, lo desató y lo extendió sobre la mesa. Era un mapa de aspecto antiguo con rutas y emplazamientos. Fijó su dedo sobre los alrededores del dibujo de un castillo y señaló un punto.
—¡Por aquí iremos! —soltó con convicción.
—¡Estás loco! ¿Por la ruta de los pantanos? ¿Quieres ser pasto de las bestias fangosas? —los ojos de Abdiel parecían salirse de sus órbitas.
—Bueno, es un riesgo que tenemos que correr. Pero es el camino más seguro.
Ishaan empezó a temer por Aruma. No estaba dispuesto a ponerla en peligro. Ya iba a saltar cuando Abdiel lo frenó con la mirada. Quiso protestar pero se dio cuenta de que su boca estaba sellada. Intentó abrirla pero no le respondía.
—¡Calladito estás mejor! Vete con Aruma y los niños. Ishaan se levantó ofendido. Sintió que ese enano cada vez le caía peor.
El resto de la velada la pasaron planificando sobre cómo llegar al castillo perpetuo. Osmel se ofreció a acompañarlos. Una vez que todo quedó bien atado se dispusieron a descansar para partir al amanecer. Telena los acompañó hasta sus habitaciones.
@ana.escritora.terapeuta
Capítulo 1. Encuentro en el parque
Capítulo 6. Ausencias que golpean
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