domingo, 17 de mayo de 2026

La librería de los sueños. Capítulo 10. Derribando fortalezas.

 


Entraron juntos a la habitación. Ishaan se adentraba con pasos sostenidos, consciente de atravesar algo sagrado. Su respiración estaba contenida. Sentía que al fin era una pieza necesaria en el tablero, y quería responder con todo su corazón; y al mismo tiempo, la incertidumbre y el peso de la responsabilidad le pesaban. De ninguna manera quería fallar, por eso sus labios se contrajeron en una mueca inútil. 

Eleonor lo contempló, parado y con el gesto contraído. Supo reconocer el miedo en su rostro. Era el mismo miedo que la había succionado a ella durante toda su vida, solo que él se revolvía contra él, mientras que ella había optado por meter la cabeza bajo tierra. Suspiró y acercándose al niño, lo tomó de la mano.

—Ven conmigo. Te voy a pedir algo raro. Quiero que te sientas conmigo en esta mecedora. 

—¿Cómo? —preguntó incrédulo—. ¿Encima tuya?

—Sí, encima mía. ¿Te atreves?

Eleonor se sentó a la espera. Lo veía debatirse entre el orgullo y la necesidad. Al cabo de un rato, el niño accedió a sentarse encima de ella. La joven lo acunó en su regazo, cerró los ojos y empezó a entonar una melodía al mismo ritmo en que se balanceaba en la mecedora. Ishaan cerró los ojos y se dejó envolver por la melodía.

Un olor penetrante lo sacudió del sopor. Era ese olor a rancho que penetraba por los alrededores de la zona baja del centro de acogida donde estaba la cocina. Ishaan tembló, se había esforzado por olvidar y ahora ese olor lo traía de vuelta al rincón de sus pesadillas. Pero fue en vano, el olor venía envuelto en sonidos, en voces familiares que le erizaban la piel. “Tengo que esconderme”, se dijo. Abrió los ojos y volvió a ver esas paredes de color verdoso pardo, oscurecidas por la desidia. Corrió y se escondió tras un carro de la limpieza. Eran ellos, los cuidadores a los que tanto temía. Los latidos de su corazón se dispararon al borde del colapso. Contuvo el aire y los escuchó hablar. 

—Esta noche, cuando cambien los turnos, haremos la entrega.

—¿Cuántos quieren?

—Cinco, cuanto más jovencitos mejor. Niños y niñas. Variedad racial. Es para una fiesta, ya sabes…

—Sí, carne fresca para sus Excelentísimas Señorías.

—Ufff espero que esta vez no se les vaya de las manos.

—¿Recuerdas la última? 

—¡Como para olvidarlo!

Unos pasos sonaron por el pasillo. Los cuidadores abandonaron la conversación y se marcharon. Los vio alejarse. Sus figuras se fueron recortando. Ishaan no salía del rincón. Estaba sobrecogido, palpitando de terror, impotencia e ira. Quería llorar, quería gritar, pero ni tenía lágrimas ni tenía voz. La rabia estallaba en sus puños como un mar embravecido sobre la roca. Los pasos se acercaron hasta él. El carrito se desplazó y él quedó al descubierto ante unos ojos inquisidores.

—¿Qué haces aquí, mocoso? Vete antes de que llame a alguien. 

Ishaan se levantó y corrió con su dolor a cuestas. “¿Qué broma es esta? ¿Por qué he vuelto a este día maldito?”, se preguntó con la sensación de estar preso de una pesadilla de la que no podía escapar. Recordó todo lo que venía a continuación: la noche deslizándose, los vasos de plástico cargados de somníferos, las pastillas escondidas debajo de la lengua sin tragarlas, para escupirlas después. Se  vio a sí mismo escapar como una rata. Se sintió cobarde. Había dejado a los demás niños a su suerte mientras que él había escapado. “¿Y si decido no escapar?” “¿Y si escapamos todos?” “Eso es: o todos o ninguno”, terminó por resolver. Buscó un sitio solitario donde refugiarse, lo encontró en una de las cabinas de ducha del cuarto de baño. Se metió, cerró el cerrojo por dentro y se acurrucó sentado sobre el plato de ducha. Lloró con amargura seguro de su decisión. Una espesa bruma lo fue envolviendo sin apenas darse cuenta.

De repente, sintió que algo lo arropaba por dentro y lo llenaba de un amor que lo sobrepasaba. Abrió los ojos y quedó deslumbrado por una luminosidad difícil de soportar. Volvió a cerrarlos. Dejó de sentir su cuerpo. Era como si estuviera suspendido en el espacio. Se dejó llevar sin ofrecer resistencia. El amor lo atraía con una fuerza magnética.“Confía en mí. No temas”, escuchó en su interior. Una paz desconocida lo acunó y se quedó dormido. 

Cuando abrió los ojos se encontró con los ojos de Eleonor. Se quedó traspuesto, sin saber muy bien en qué situación se encontraba. Por un lado, se sentía ligero y libre de carga; por otro, no dejaba de preguntarse si de verdad había viajado al pasado o si solo había sido una mala pesadilla. El balanceo de la mecedora lo trajo de vuelta. Estaba allí, en ese cuarto, sobre el regazo de Eleonor. Y la paz lo envolvía como un arrullo. Recordó a su madre y las lágrimas asomaron a sus ojos. Eleonor las secó con el dorso de su mano y le devolvió una sonrisa resplandeciente.

—Ya ha pasado. Eres libre —le susurró como en una canción de cuna.

Las palabras de la joven prendieron en él sin poderlas meditar siquiera. Algo a lo que no podía poner nombre había cambiado en él para siempre.

@ana.escritora.terapeuta


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