domingo, 24 de mayo de 2026

La librería de los sueños. Capítulo 11. Misión y libertad.

 


Las relaciones entre Ishaan y Eleonor iban mejorando si bien el carácter enérgico del niño chocaba en un tira y afloja con el liderazgo creciente de la joven. Ella tenía que esforzarse en no dejarse apabullar por Ishaan, y él tenía que aprender a no querer ser el protagonista en todo momento. 

—¿Por qué tiene que ser así? ¡Eres una mandona!

—Ishaan, puede ser de muchas maneras, pero los empecé a organizar así y tenemos que seguir ese orden. 

Elida los escuchaba tras la puerta. Se mordió la lengua para refrenarse y no entrar. Había decidido ponerse en un segundo plano.

Una mañana mientras estaban los dos en el cuarto, Eleonor sintió que tenía la necesidad de salir. Sin dar explicaciones salió rumbo a lo desconocido. No le dio espacio a Ishaan para que protestara y se despidió con rapidez de Elida. Cada vez le costaba menos confiar en esas pequeñas corazonadas, que de tanto en tanto, la iban guiando. 

Dejándose acariciar por el sol, con paso firme y sereno se metió en la calle de la Palma. Hacía una temperatura deliciosa y aquel sábado la gente iba y venía, unos con sus prisas y otros con su tiempo extra. Eleonor disfrutaba contemplando escaparates. Le gustaba ver tiendas, movimiento y diversidad. Se sintió atraída por la fachada blanca de una librería. “Arrebato libros”, leyó. Sin pensárselo, entró. 

El local tenía un aspecto bohemio que invitaba a adentrarse entre las estanterías. Libros de segunda mano, lotes de colecciones olvidadas flotaban en una atmósfera llena del encanto de lo que no se pierde en el tiempo. Estaba absorta ojeando un libro cuando un llanto infantil la sacó de su lectura. Salió para ver qué pasaba y se encontró con una niña que lloraba delante de su madre. Parecía la típica escena de una rabieta. La madre se mantenía rígida y con el gesto fruncido. La tensión arreciaba en su rostro y la indignación iba escalando grados. Eleonor temió que la madre perdiera el control.

Quería acercarse y abrazar a la niña pero una vocecita le susurraba que mejor que no se metiera en problemas. Al mismo tiempo, algo dentro de ella la impelía a actuar. Eleonor dio un manotazo a la duda y se aproximó a la niña. Estaba harta de ese miedo. Decidió que pasase lo que pasase, lo de menos era ella.

—¿Qué te pasa? —le preguntó con ternura mientras se agachaba para ponerse a su altura y sin mirar siquiera a la madre.

—Un perro —le contestó entre sollozos—. Lo está pasando mal.

—¡Cuánto lo siento! ¿Me dejas que te abrace?

La niña la miró con sus ojos enrojecidos y se dejó envolver por sus brazos. Eleonor sentía las lágrimas de la niña sobre sus hombros; su corazón, que lloraba agitado. Cerró sus ojos y la acompañó en silencio. Poco a poco la ola de dolor fue cediendo hasta desvanecerse. Oyó el carraspeo de la madre por encima suyo. Se desprendió con suavidad de los brazos de la niña y quedó a la altura de sus ojos. 

—¿Trabajas con niños? —le preguntó sorprendida.

—No, yo nunca… —respondió algo avergonzada.

—Pues tienes mano con ellos. 

La mujer era altiva, con porte. Daba la impresión de mirarlo todo por encima de los hombros. Envuelta con un vestido escotado estilo indie de calidad, la escrutaba con la mirada como si fuera una mercancía. La joven se sintió intimidada y bajó sus ojos para encontrarse con los de la niña.

—Bueno, yo tengo que irme.

Ya se giraba para dirigirse a la salida cuando una voz la alcanzó de espaldas.

—¡Espera!, ¡no te vayas!

Eleonor se volvió para encontrarse de nuevo con la madre, que se aproximaba a ella, seguida de la niña.

—¿Tienes tiempo para un café? 

La joven dudó. Le gustaba la idea de estar más tiempo con la niña, pero la madre no era el tipo de persona que le agradaba. Había algo en ella, un demasiado a lo que no sabía ponerle nombre. 

—Dame al menos la oportunidad de agradecerte que hayas calmado a Aruma.

—De acuerdo —terminó por acceder algo incómoda.

—¿Cómo te llamas?

—Me llamo Eleonor. ¿Y usted?

—Karolina con K. No me llames de usted.

Salieron las tres de la librería. La mujer encabezaba la expedición y parecía abrirse paso entre los viandantes como Moisés en el mar rojo . Eleonor la seguía con Aruma de la mano. “¿Cómo tiene que ser vivir con una madre así?”, se preguntó mientras seguía con la mirada el vuelo de su vestido. Llegaron hasta una cafetería del dos de mayo, Noburu. Se sentaron dentro. Una vez servidas, Karolina rompió el silencio.

—Verás, Eleonor. Soy una mujer muy ocupada y Aruma, pues no sé cómo tratarla muchas veces. Como esta mañana —paró por un momento para mirar con dureza a la niña—, que se le ha metido en la cabeza que un perro le estaba pidiendo ayuda. 

—¡No es cierto! No se me ha metido en la cabeza. ¡Me ha dicho que su dueño lo trataba mal y que le pegaba! —protestó Aruma indignada.

Eleonor agarraba el vaso de zumo entre sus manos en un esfuerzo por parapetarse. Se arrepintió de no haberle puesto una excusa.

—¿Ves? ¡Como si ella pudiera hablar con los animales, los insectos y las plantas! 

—¡Pues tú dices que hablas con el universo! —le contestó dolida la niña.

—¡Aruma! —le cortó con una mirada glacial la madre—. Mi trabajo es tratar con personas pero ella se me hace difícil —admitió con la voz más entrecortada y con la mirada baja—. Necesito que alguien se ocupe de ella por las tardes. He buscado chicas pero  no hemos tenido suerte. Me preguntaba si tú podrías hacerte cargo. Te pagaría bien. Solo las tardes y algún fin de semana porque tenga algún retiro, pero sería excepcional.

—¡Casi siempre estás de retiro! —protestó con mal humor Aruma.

Eleonor dejó el vaso sobre la mesa. De modo que, de eso se trataba, de ofrecerle ser la canguro de la niña. Miró a Aruma, vio el brillo en sus ojos y le respondió con una sonrisa.

—Si aceptas, te pagaría 10 € la hora. Sería de 5:00 a 8:00 de la tarde. 

—Solo una condición. Que la lleves y la recojas donde yo trabajo, una librería.

Karolina se echó hacia atrás. Lo meditó unos instantes y accedió.

—¡Hecho! ¿Puedes empezar esta misma tarde?

—Sí, te dejo una tarjeta. Ahora tengo que irme. Aruma, nos vemos esta tarde.

Se levantó y salió de la cafetería. Pensó en ese libro que había pensado comprar y que había dejado en la librería pero desistió de volver sobre sus pasos. Una alegría brotaba en ella con fuerza y se hacía sentir en su caminar. Había descubierto un don del que no tenía conocimiento. La sonrisa afloró en sus labios. Recordó que hacía ya algún tiempo se había preguntado a sí misma cómo se hacía para tratar con los niños y resulta, que ella lo sabía sin ser consciente de ello. “¿Acaso no es la vida un milagro?”, se preguntó. 

@ana.escritora.terapeuta

Capítulo 1. Encuentro en el parque

Capítulo 2. Eli

Capítulo 3. Ishaam

Capítulo 4. Eleonor

Capítulo 5. A la deriva

Capítulo 6. Ausencias que golpean

Capítulo 7. Creando vínculos

Capítulo 8. El libro lila

Capítulo 9. Revelaciones


Suscríbete para recibir notificaciones de nuevas publicaciones

No hay comentarios:

Publicar un comentario

La librería de los sueños. Capítulo 11. Misión y libertad.

  Las relaciones entre Ishaan y Eleonor iban mejorando si bien el carácter enérgico del niño chocaba en un tira y afloja con el liderazgo cr...