Adoraba
a su hija. Para ella era perfecta tal y como era. Un auténtico milagro en su
vida cuando sus esperanzas de concebir ya estaban en el vertedero de los sueños
rotos. “No es posible. Lo sentimos”, le habían certificado desde la unidad de
reproducción asistida. Escupió esas palabras. Se dijo así misma que ella sería
madre casi sin darse cuenta. Y lo cumplió. Después de dos faltas y casi
apurando una tercera, se hizo la prueba del embarazo y dos rayitas la hicieron
radiar de ilusión. Sintió que todo se paraba, que colgaba de un instante de
felicidad suprema que solo era suyo y se asió de él. Ni un solo “¿Y si…?” se le
coló porque no había espacio para nada más.
Ahora
la miraba mientras dormía. Le gustaba contemplarla antes de que sus ojos se
abrieran. Se le escapó un suspiro y una reflexión con toque amargo: “Un ángel
en un mundo de sombras”.
Eli
empezó a sacudirse poco a poco del sueño hasta abrir los ojos y encontrarse con
los ojos de su madre.
—¡Mami!
¿Llevas mucho tiempo ahí?
—Sí,
mi madrugadora. Hoy que podías dormir te despiertas temprano.
—¡Es
que se me ha terminado el sueño!
—¿Y
qué has soñado?
—He
visto a una mujer rodeada de libros y niños. Ha sido divertido.
—¿Y
tú qué hacías?
—Me
subía a un libro y volaba montada en él. Estábamos en el desierto cuando el
libro me llevó de vuelta a mi habitación.
Amelia
se emocionaba con la viveza imaginativa de su hija. La traía de vuelta al
territorio mágico de la infancia. Y aunque solo fueran instantes, se sentía
volar con su hija. La abrazó y se fue a preparar el desayuno. Su marido,
aprovechando que era día festivo, había salido con la bici; así que estaban
solas en casa.
Preparó
unas tortitas en la sartén y un zumo de naranja. Le encantaba disfrutar de esos
momentos sin prisas con su hija. Deseó con todas sus fuerzas parar la tiránica
inercia del tiempo y anclarlo a esos pequeños espacios de libertad que se
esparcían con cuentagotas en el calendario escolar. Estaba colocando la mesa
cuando sintió los brazos de Eli rodeando sus piernas.
—¡Mamá!
¡Te quiero mucho!
—Yo
también, cariño —le contestó bajando a su altura para devolverle el abrazo—.
Venga siéntate, que después de comer vamos a salir.
—¿A
dónde?
—No
sé. ¿Al parque?
—¡Vale!
El parque está bien.
Desayunaron
sin prisas, contemplando cómo agitaba el viento las copas de los árboles tras
los cristales. No era un día apacible de primavera. Pero era un día libre y
había que apropiarse de él.
Eli
no quiso llevarse nada, así que salieron sin más hacia el parque. Al doblar la
esquina, Eli se detuvo como pensando. Lo hacía a menudo, se paraba y parecía
estar en su mundo. Como no había prisa, Amelia esperó. Esta vez no quería
interrumpirla.
—No
vamos a ir al parque de aquí al lado.
—¡Ah,
no! —exclamó sorprendida Amelia—. ¿Dónde quieres que vayamos?
—Al
parque viejo.
—Nos
pilla un poco retirado, pero hoy nos lo podemos permitir. ¿Por qué quieres ir
allí?
—No
lo sé, sólo sé que quiero ir allí.
Reanudaron
su camino y pasaron de largo aquel parque. Amelia sólo la había llevado una vez
el año anterior. Era un parque solitario y descuidado. No solía haber niños y
no tenía nada atractivo para ellos. Cuando llegaron solo había una mujer mayor
que parecía meditar con los ojos abiertos.
Amelia
se sentó en un banco, lejos de la mujer. Se había llevado un libro. Le gustaba
disfrutar de esos momentos robados al tiempo para leer. Eli se tiró al suelo
para jugar con la arena.
Una
ráfaga de aire la sacó de su lectura. Los pensamientos fueron llegando, uno
tras otro. Una imagen arreció en su mente. Sus músculos se tensaron nada más
recordarlo. Era la última entrevista que tuvo con la tutora de Eli. “Su hija no
puede seguir así”, esas palabras le pincharon como espinas y le volvían a
pinchar ahora. Su corazón se contrajo con esa mueca de frialdad que recordaba
en ese rostro de mármol. La tristeza la invadió hasta apoderarse de ella. Miró
a su hija. Estaba tan absorta montando montículos de arena, tan ajena al mundo
que se tejía a su alrededor. “Su hija no puede seguir así…” “¿Así cómo? ¿Tan
feliz?”
Un
solo instante y dos mundos. Amelia estaba absorbida por uno, Eli vivía inmersa
en otro. Madre e hija juntas, pero cada una en su mundo.
Unos
pasos lentos y acompañados de un bastón se iban acercando. Una voz sacó a
Amelia de su aturdimiento.
@ana.escritora.terapeuta
Capítulo 1. Encuentro en el parqueCapítulo 6. Ausencias que golpean

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