domingo, 1 de febrero de 2026

El almuerzo de Lily

 


A veces, lo que despierta tu curiosidad también puede devorarte...

El golpe seco del hacha caía sobre la tabla. El olor a carne se entremezclaba con los perfumes de las mujeres que esperaban su turno. Honorio sudaba de calor. El aire del aparato no era suficiente para aliviarlo. Se pasó el brazo para retirar las gotas de agua que manaban de su frente. Se oyó el tintineo de la cortinilla de metal. “Otra más”, se dijo sin levantar la vista mientras daba un golpe certero para separar el último trozo de una pieza de costilla.

Fue atendiendo el goteo de clientes. Ese día despachaba solo. Sus padres, ya mayores, estaban de asuntos médicos. La cola se fue reduciendo. Se acercaba la hora de cierre y Honorio deseaba con todas sus fuerzas que la cortina permaneciese ajena a todo movimiento que no fuese salir de allí. Ya iba por el último cliente, cuando la cortinilla se abrió.

Una figura delgada se deslizó con un carrito de la compra hacia el interior de la carnicería. Era Matilde, una viejecita de aspecto adorable y apariencia frágil, que tenía en ascuas a Honorio. Había pasado de comprar algún filete de ternera o un muslo de pollo, a comprar cantidades cada vez más grandes de carne. No se explicaba ese aumento para una mujer mayor que vivía sola. El negocio era el negocio, pero la curiosidad no dejaba de ser curiosidad.

—Buenas, Matilde, a punto de cerrar estaba —se apresuró a bajar a media altura la puerta metálica de cierre—. ¿Qué desea usted?

—¿Y tus padres?

—De médicos. Bien, ¿qué le pongo?

—Ponme 5 kg de carne de cerdo en tacos grandes y dos pollos enteros.

—Matilde, ¿tiene usted invitados?

—¡Ay, no! —exclamó a media sonrisa—. Es para mi mascota. Cada vez come más. Está hecha una glotona.

—¿Y qué mascota es?  —preguntó mientras preparaba la carne.

—Se llama Lily y es hembra. Es una lagartija que me regaló mi sobrino y que ha ido creciendo mucho.

Honorio no daba crédito a lo que escuchaba. “¿Una lagartija tan grande y voraz?” Mientras preparaba la carne deseó desvelar el misterio. Total, Matilde no vivía muy lejos de allí. Así que, sin pensárselo mucho, se ofreció a acompañarla. La ayudó a meter la carne en el carrito. Justo terminar de cerrarlo y oír el crepitar del aparato anti mosquitos.

—¡Ay, pobre! Eso le pasa por curioso —apuntilló sarcástica la señora.

A Honorio le pareció un pelín maliciosa su sonrisa, pero recordó las palabras de su madre: “hijo, ves moros en todas partes”. Así que descartó su impresión de un manotazo. Salieron juntos de la tienda. El sol los acechaba implacable por el pavimento, sin darles tregua. A pesar de que estaba más o menos cerca, a Honorio el trayecto se le hizo largo y lento. Apenas había zonas de sombra donde guarecerse a su paso. Después de un tiempo, que le pareció alargarse en exceso, llegaron a un viejo portal y Matilde sacó las llaves para abrirlo. Entraron dentro. Olía a viejo como el bloque de sus padres. Se notaba que hacía tiempo que las reformas no asomaban por allí. No había ascensor, así que tuvo que subir en volandas el carro.

—Matilde, ¿cómo puede subir la compra por las escaleras?

—Poquito a poco, joven; escalón a escalón, paro a descansar, respiro y vuelta a empezar. Me toma su tiempo, pero llego.

La anciana iba por delante. Honorio observaba como subía las escaleras. Le daba la impresión de estar viendo no a una señora mayor sino a una ágil gacela. Como era el segundo piso, no tardaron en subir. Honorio esperaba la invitación para entrar, por un lado, pero por otro, se mantenía un poco indeciso. Algo en ella no encajaba y no sabía precisar qué ni por qué. Matilde lo sacudió de su parloteo mental.

—Pasa joven, que quiero que conozcas a Lily. ¡Te lo has ganado!

Honorio pasó dentro y cerró la puerta tras él. Matilde le dijo que siguiese todo el pasillo hacia delante y abriera la puerta del cuarto de baño, que estaba al fondo. Se sentía como un autómata que fuese empujado a un abismo. Fue hacia la puerta y giró la manilla. Un silencio denso y pesado se posó sobre la atmosfera. Si había un animal, no hacía ningún ruido. “Bueno, ya estoy allí así que…”, se dijo. Su mano terminó de completar el giro. No se sentía con ánimos de empujar la puerta. Sintió un roce duro sobre su esternón. Al girarse se topó con el rostro endurecido de la anciana. Empuñaba un rifle con sus manos y apuntaba a su espalda.

—¡Abre la maldita puerta! —le gritó con un tono amenazador, desconocido en ella.

El corazón de Honorio palpitó tan fuerte que sintió que le estallaba en los oídos. Abrió la puerta en pleno shock. Sus ojos se desencajaron, se estremeció de horror. Su piel se empapó de un sudor espectral. Esa cosa verde, de ojos enormes y fauces dotadas de finas cuchillas venía hacia él.

—¡Lily! ¡Mi encantadora criaturita! ¡Mira! ¡Te traigo un buen almuerzo!

Una neblina lo envolvió, dejó de sentir su cuerpo. Todo fue oscuridad y silencio. Cuando recuperó la conciencia, lo primero que vieron sus ojos fue las paredes blancas del hospital. Estaba rodeado de cables. Una enfermera pasaba por allí lo atendió.

—¿Sabes cómo te llamas? ¿Recuerdas algo?

—Honorio. Recuerdo…

Se esforzó por recordar, pero las imágenes no venían. Después de un buen rato se acordó de sus padres. Quería saber de ellos. La enfermera los llamó para informarles de que su hijo había regresado del coma. Por lo visto, llevaba tres meses. A lo más que llegó fue a ese caluroso día que pasó en la carnicería, pero lo demás, totalmente borrado. Lo habían encontrado allí. Una clienta llamó a emergencias cuando se desplomó al suelo después de haber metido la carne en su carrito. Decía la mujer que se había ofrecido a acompañarla pero que entonces se cayó redondo. No recordaba nada después de la carnicería. Ni siquiera de la última mujer a la que atendió.

De vuelta a casa, empezó a tener recuerdos. Primero le vino un rostro. Era el rostro de una anciana. Luego un nombre, Matilde. Pero sus padres no recordaban a ninguna clienta que se llamase así. Entonces vinieron las pesadillas: se acercaba con Matilde a su casa, abría la puerta del baño y se encontraba con un enorme cocodrilo que quería devorarlo. Se despertaba gritando y con el cuerpo empapado en sudor. Siguieron más recuerdos. Decía que la había acompañado a su casa con la compra y que la anciana lo había amenazado con un rifle. Nadie le creyó cuando apuntó a que Matilde quería servirlo de aperitivo a un cocodrilo que tenía recluido en su cuarto de baño. Que era por eso por lo que, últimamente compraba tanta carne.

Honorio terminó en tratamiento psiquiátrico. Decían que estaba atravesando un cuadro paranoide. Desconfiaba de todos y sus relaciones se volvieron difíciles. Creía que los demás conspiraban en su contra, incluso sus padres, que ya no sabían qué hacer. Pero él estaba convencido de lo que había visto y vivido, porque quién sino él estaba bajo su propia piel.

@ana.escritora.terapeuta.

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domingo, 25 de enero de 2026

El dolor como mensajero

 


El dolor como mensajero

No nos gusta el dolor. Vivimos en la sociedad de la anestesia, del parche analgésico. Pero el dolor no viene para que lo evadas. Viene para avisarte de que tienes un asunto pendiente contigo mismo. Es el despertador del sueño de la vida. Hay algo que tienes que resolver dentro de ti y que, si no afrontas y lo tapas, te volverá a asaltar a la vuelta de la esquina en forma de nuevos problemas.

No es cómodo parar y dirigir la mirada al interior. El miedo nos paraliza y por eso lo cubrimos con capas de distracción. Siempre hay algo que hacer. Una excusa en nuestro camino. Sucede que esas creencias que hemos adoptado como verdades absolutas se tambalean. Es como ir quitando cartas en un castillo de naipes. El derrumbe de los pilares sobre los que has asentado tu vida es inevitable. Pero es algo necesario para construir unos nuevos cimientos. Esos que te permitirán crecer y manifestar el potencial que llevas dentro.

La vida es cuestión de elección. Tú decides si esperar al asalto definitivo, que es la encrucijada vital del todo o nada, cuando ya no te quedan más naves que quemar en forma de distracciones y la cuestión es salir a flote o hundirse. O si prefieres una demolición controlada de lo que tiene que irse para que llegue lo nuevo. Lo hagas de una forma u otra, tendrás que dejar de lado ir en piloto automático, empezar a auto-observarte. Observar tus pensamientos sin dejarte arrastrar por ellos y rodearte de silencio.

Decidas lo que decidas, hay una cuestión esencial: perdonarte, aceptarte y abrazarte. Puede que no te guste lo que te devuelve el espejo, pero ha sido parte de tu viaje y has de honrarlo como tal. Suelta el rencor hacia ti y hacia otros. Perdonar es liberarse de la carga, no es olvidar. Deja marchar de tu vida al juicio, a la culpa y a la condena.

Abrázate en silencio, pues solo desde el silencio tendrás espacio para ahondar en ti. Llora si es necesario, pero no te victimices ni te castigues. La travesía por el desierto es un viaje en solitario que todos tenemos que hacer, tarde o temprano, y en el que vamos dejando esas cargas que hemos llevado demasiado tiempo sobre nuestros hombros.

Al final la elección trata de si escoger el amor o el miedo como guía de vida. El miedo conduce al repliegue sobre uno mismo. Al egoísmo. Al achicamiento. A la estrechez de miras. A vivir en modo de supervivencia atisbando sombras en el horizonte. El amor conduce a la mejor expresión de ti mismo, a la expansión, a ver posibilidades por todos lados, a la cooperación, al altruismo y al crecimiento imparable.

Si escoges el amor, sembrarás creencias que te hagan mirar en esa dirección. Y aunque surjan desafíos y problemas, tu mirada sabrá verlos desde otra perspectiva: como una maestría de vida y no como un inconveniente al que maldecir. Si escoges el miedo, seguirás la senda conocida: la del juicio, la culpa y la amenaza. Seguirás siendo la víctima de tu vida. La elección siempre es tuya.

@ana.escritora.terapeuta



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domingo, 18 de enero de 2026

El universo de la nada

 


—¡Qué bonito lienzo en blanco!

—Solo es una tela sin nada.

—¡Qué bonito lienzo en blanco!

—Solo es una tela sin nada.

—Te equivocas, contiene posibilidades sin límite.

—¿Seguro? ¿Y qué ves ahora?

—Ahora veo tu nada deseando romperse.

—¿Y por qué no lo hace?

—Porque tú no la dejas.

—¿Yo? Estoy deseando que me llegue algo, pero no hay manera, estoy bloqueada.

—Pues eso es: te esfuerzas tanto que las espantas.

—¿Y qué hago? ¿Me quedo de brazos cruzados? Ahora mismo estoy sin hacer nada.

—Tú crees que no haces nada, pero si haces: te esfuerzas con tu cabeza y, como no te viene nada, tus manos están atadas.

—¿Cómo salgo de aquí?

—No te resistas, déjate llevar y ríndete. Deja que las ideas vuelen tras tuya y no vayas tras ellas.

—¿Las espanto?

—Así es.

@ana.escritora.terapeuta

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domingo, 11 de enero de 2026

El destino y el Tarot

 



Le había costado tomar la decisión. Los últimos acontecimientos la empujaron a marcar ese número de teléfono clandestino que colgaba de una farola. “Ya no hay vuelta atrás”, se dijo convencida de haber cruzado el Rubicón de su vida. Tenía cita a primera hora de la tarde, a pesar de ser festivo, y no se aguantaba a solas desde principio de la mañana. Agarró el teléfono y llamó a una amiga para apaciguar su mente con compañía.

—Hola Patri, ¿estás libre hoy?

—Sí, Claudia, Manuel se ha ido de caza con mi padre.

—¿Comemos juntas?

—Eso sería genial. No tengo ganas de meterme en la cocina. ¿Te hace un chino?

—Sí, un chino sería perfecto.

Quedaron en salir juntas y merodear por la ciudad hasta la hora de la comida. Patricia la recogió en coche y se internaron en el bullicio navideño del centro. Entre copas y tapas hicieron hueco en el tiempo. Claudia se esforzaba, pero la sonrisa no le salía. La sentía tan lejos que sus músculos apenas componían una mueca. Su amiga ya sabía lo que se cocía en su interior. Se preguntaba si era posible aguantar tanto tiempo sin erupcionar. Como los temas de conversación se caían al suelo, no tardó en salir la cita con la tarotista.

—¿Y tú crees que eso te va a ayudar algo? —inquirió escéptica Patricia.

—Es mi última baza. Necesito tomar una decisión ya.

—Ya sabes lo que pienso y, también, que no creo en esas cosas.

—Lo sé, pero necesito que alguien me ayude a verlo claro.

—Claudia, si tú no lo ves, nadie lo va a hacer por ti.

Claudia enterró la mirada en la mesa. No era eso lo que quería oír. La responsabilidad era demasiado insoportable para ella. La posibilidad de equivocarse la carcomía por dentro. Un silencio incómodo se impuso entre ellas. El tiempo vino en su rescate. Se acercaba la hora de irse al restaurante y Patricia lo aprovechó para dirigirse a la barra y abonar las consumiciones. Ya fuera, se dieron un respiro hasta encontrar un aparcamiento y llegar al restaurante.

Era un restaurante nuevo, apenas llevaba abierto dos semanas, era pequeñito y acogedor. No estaba lleno y consiguieron una mesa. Patricia decidió hablar de temas lo más neutrales posibles, para dar esquinazo a la tensión que crispaba a su amiga. Pero era inútil, cualquier ruido la hacía saltar sobre la silla. “Lo dejo y lo echo del apartamento”, “pero ¿y si no puedo vivir sin él?”, los pensamientos iban y venían en bucle. La comida permanecía sin tocar en los platos. Patricia pidió un vino para hacer el trago más agradable. Surtió efecto, poco a poco, fueron arribando al mundo de los recuerdos, aquellos que estaban lejos del escenario de sus pesadillas.

—¿Unas galletitas de la suerte? —les ofreció el camarero, un señor mayor.

—¡Ay, sí! ¡Qué ilusión!  Claudia, elige tú primero. ¿Sabes que estas galletitas llevan mensaje?

Claudia abrió los ojos como platos. Miró las dos galletas y, casi sin pensarlo, tomó una. Las dos mordisquearon la galleta sin prisa, como un viejo acto ceremonial de encuentro con el destino. Al llegar al final y encontrarse con el papelito, cada una tomó el suyo y lo leyó en silencio. Patricia leyó el suyo en voz alta: —“Sigue insistiendo”, vaya, tengo que insistir en pedir un ascenso. ¡Lo sabía! —rio para adentro.

Claudia permanecía callada, sus ojos estaban absortos, pero en calma. Algo nuevo nacía en su interior. Su amiga la observaba de cerca, no quería servir de obstáculo y la esperó.

—La mía dice… —dijo alargando las sílabas para crear expectación—: “El destino solo lo escribes tú”. Te invito a la comida. ¿Quieres que vayamos después al cine?

—¿Después de…? —preguntó casi sin creérselo su amiga.

—Después de que anule la cita con la mujer del tarot, claro.

—Eso significa que…

—Sí, eso significa que ya he tomado una decisión. ¡Se acabó!

@ana.escritora.terapeuta

 

 

 

 

 

domingo, 4 de enero de 2026

El fantasma desdentado

 


Eran las horas de una tarde avanzada. La oscuridad se imponía con su toque nocturno, pero Sara no quería pasar al último eslabón de la rutina familiar. Se resistía, después de la cena, a irse a su dormitorio. Su madre hacía equilibrismos para no estallar en la impaciencia que le iba creciendo por dentro. Tomaba aire, aguantaba y lo soltaba.

—¿Por qué no quieres irte a la cama, cariño?

—Porque hay un monstruo que se me mete en los sueños.

—Ya… por eso tienes esas pesadillas.

Elena la acurrucó en el sofá y, tirando de una mantita, la cubrió. La oía respirar y se llenaba de amor por ella. Las prisas se disolvían en la quietud del salón.

—Cuéntame cómo es ese monstruo. Quiero conocerlo.

Sara a duras penas lo describió. Le costaba encontrar palabras para dibujarlo. Por eso después de un buen rato se dio por vencida. Sabía cómo era, pero no sabía decirlo. Elena se levantó para tomar unos folios, lápices de colores y una carpeta.

—Dibújamelo. Tómate tu tiempo.

La niña tomó el folio sobre la carpeta en su regazo y se puso a hacer el retrato. Su madre, que seguía a su lado, la contemplaba en silencio mientras seguía sus trazos con la mirada. Después de un buen rato, el retrato del monstruo estaba terminado. Para Sara era una amenaza auténtica, para Elena, el boceto de una pesadilla infantil.

—Bien, cariño. Esta noche vas a cazarlo.

—¿Cómo? ¡Mamá, tengo mucho miedo!

—Yo te diré cómo, tranquila, no lo harás sola.

Sara abrió los ojos todo lo que pudo. Necesitaba escuchar todo lo que su madre tenía que decirle.

—Sara, ¿qué es lo que más te asusta de él?

—Sus enormes dientes.

—Sin dientes, ¿te seguiría asustando?

—Un poco menos… sí.

—Hazme otro dibujo del mismo monstruo, pero le quitas los dientes y les pones cosas para volverlo ridículo. Vamos a reírnos un rato.

La niña lo encontró divertido y se puso manos a la obra. Mientras dibujaba el monstruo de nuevo, se reía. “Ahora te voy a poner unas orejas de burro”, “te pinto la cara rosa y te pongo nariz de payaso”, “esas pezuñas merecen unos zapatitos de princesa”, “que bien te va a sentar ir al dentista… ¡Dientes fuera!”.

—¡Ya está, mami! ¿Y ahora qué hacemos?

—Míralo, ¿te sigue dando miedo?

—¡Qué va! Si da pena de lo ridículo que está.

—¡Estupendo! La verdad es que da risa. Ahora toca transformarlo en ese monstruo ridículo.

—¿Y eso cómo se hace?

—Verás, Sara. El monstruo se alimenta de tu miedo. Necesitas cambiar tu mirada y atraerlo a una caja en la que se vea así mismo, tal y como lo has dibujado en este segundo dibujo, sin dientes y con aspecto ridículo. No te asustará más, te reirás de él y se esfumará.

Elena le dio otro folio a su hija y le siguió dando indicaciones mientras Sara se removía excitada por la curiosidad y el sueño que ya empezaba a entrarle.

—Ahora dibujas unas gafas superchulas, con ellas verás al monstruo sin dientes. Estas gafas las tendrás que dejar debajo de tu almohada. ¿Entendido?

—Sí, mamá.

Mientras Sara dibujaba, Elena fue a buscar una caja de cartón. Para cuando volvió, su hija ya había dibujado y coloreado las gafas. Colocó el dibujo del monstruo transformado en el fondo y cerró la tapa.

—¡Trampa terminada! Ahora queda una parte esencial: tienes que confiar en lo que va a pasar. Cuando te deje en tu cama, con tus gafas debajo de la almohada, tienes que llamar al monstruo para que acuda. ¿Lo harás?

—Sí, mamá.

Elena acompañó a su hija a su dormitorio. Estuvo un rato con ella, le dio un beso en la frente y se despidió. Esa noche no hubo pesadillas. Sara se quedó dormida enseguida. A la mañana siguiente, nada más despertarse le dijo a su madre:

—Mamá, el monstruo no vino. Lo llamé un montón de veces, pero no apareció. ¿Por qué?

—Porque no le tuviste miedo.

@ana.escritora.terapeuta.

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domingo, 28 de diciembre de 2025

La vieja taza

 


La vieja taza del abuelo, esmaltada y desconchada, conservaba desvaídas reminiscencias de un rojo ya extinto. Era una reliquia familiar obligada. Ocupaba el lugar de honor en la vitrina, desentonando sin méritos entre la vajilla de porcelana más cara. Pero la abuela era tajante… no había objeto que honrase mejor la memoria del viejo comandante.

A veces, en el silencio del salón podía oírse el repiqueteo de la cucharilla agitándose en su interior, igual que en los tiempos del abuelo. Al principio, era un sonido tan leve que apenas se percibía; había que aguzar el oído para captarlo. Pero luego, aumentaba en intensidad hasta sacudirte la cabeza por dentro. La primera vez que lo escuché, me paralizó el miedo. Poco a poco, reuní valor, hasta atreverme a acercarme y plantarme frente a ella. Llegaba un momento en que el maldito ruido cesaba y la paz regresaba, como si el tiempo hubiera borrado todo rastro de espanto.

Una vez, decidí ir más allá. Me armé de coraje y la toqué. Sus paredes, cubiertas de un vaho opaco, exhalaban un frío espectral. Aun así, alargué los dedos hasta rozarla. El dolor fue inmediato, agudo: los retiré de golpe. Los tenía enrojecidos y me ardían como si me hubiera quemado. Esa fue la última vez que me acerqué a ella. Me fui de casa de la abuela y arrinconé la taza en el olvido.

Pero la abuela murió, y yo era su único heredero. Tras el funeral, vinieron los trámites. No quise pisar el caserón; despaché el asunto del testamento en el despacho del notario. La abuela me legaba la casa familiar… y la taza. Sí, la taza. Me pedía que, bajo ningún concepto, vendiera la casa ni me deshiciera de la taza y que, además, la habitara cuando regresara al pueblo.

Para no contrariar su voluntad, resolví no regresar jamás. No me importaba que la casa se cayese a pedazos. El solo pensamiento de enfrentarme a solas, en ese caserón antiguo, con aquella endemoniada taza, me llenaba de pavor.


Y ese fue el inicio, doctor. La taza quiso reclamarme como un trofeo humano, y empezó a materializarse en mis sueños, tornándolos pesadillas. De haberlo podido controlar no estaría aquí, pero se me fue yendo de las manos…


Miraba al doctor. Por alguna curiosa razón, era una persona que me transmitía seguridad y calidez. Con él podía hablar lo que no me atrevía con nadie. Lo conocí en la cafetería del hospital. Yo no sabía que era psiquiatra, pero él sí supo verme. Cuando rendido por el insomnio y el cansancio, tropecé cayendo al suelo con mi bandeja, él se me acercó para ayudarme. Se ofreció a sentarse a mi lado para darme compañía y charla. Luego, antes de marcharse, extrajo una tarjeta de su cartera y me la pasó con naturalidad. “Ven a verme esta tarde a las 9:00”, me dijo, sin darme tregua para una excusa.


Ahora, él me miraba, con sus ojos llenos de un profundo infinito, invitándome a seguir con mi relato. Pocas personas he visto en mi vida acogerte con su silencio y su escucha como ese doctor. Así que proseguí con mi narración tal y como escribo en este diario, que me acompañó en mi lenta caída hacia el infierno.

Al principio, casi podía manejarme. Un compañero de trabajo me pasó unos somníferos y empecé a medio dormir. Eso fue un bálsamo en medio de mi calvario, pero, las pastillas, digamos que, me dejaban como un pelele a la hora de manejarme con mi creatividad. Ya le he dicho que soy escritor y dibujante de cómics. Pasé de disfrutar con lo que hacía a la total apatía, así que tuve que deshacerme de mi salvoconducto al sueño y volver al mundo del insomnio.

Lo más curioso es que, aún, en horario diurno, la taza empezó a dibujar sus contornos antes mis ojos, que atónitos se resistían a su visión. De manera inexplicable aparecía por todos lados: en el microondas, encima de la mesa y en mis dibujos.

Parecía que la barrera entre el mundo de las pesadillas y el de la vigilia se iba desvaneciendo. Si antes, me sentía seguro despierto, ya no había tregua ni rincón donde refugiarse. Me llamaron la atención desde la editorial, mis dibujos habían adquirido unos tintes tenebrosos que no tenían nada que ver con el tono y la intención que solía plasmar en mis creaciones. Tuve que ir al médico y pedir la baja.


El doctor se inclinó hacia delante y me pidió que le diese detalles sobre mis pesadillas. Me sobrecogí. Rememorar mi sufrimiento me hacía temblar por dentro.

Damián, llevar ese miedo dentro y no afrontarlo hace que se haga más grande.

Usted… ¿Cree en los fantasmas? —le pregunté. Trataba de ganar tiempo, lo reconozco, pero también, me interesaba conocer su opinión. Al fin y al cabo, él era mi confesor.

¿Cómo no? Los fantasmas existen porque los creamos nosotros. Todos llevamos fantasmas encima. Son los miedos que arrastramos. A veces, nos acechan antes de nacer: son los miedos, traumas y asuntos no resueltos del clan familiar. Cuéntame tus fantasmas. Quiero que veas tus miedos de frente. Yo estaré a tu lado.

Alejandro Guzmán Contreras, psiquiatra de vocación, alma heterodoxa y libre de dogmas, sabía tranquilizarme como nadie. Puedo afirmar sin exagerar que nunca antes me atreví a abrirle a alguien mi corazón como lo hice con él. Hice una larga inspiración y comencé a soltar mis fantasmas.

Verá, doctor, trato de seguir una buena rutina para conciliar el sueño: me doy una ducha de agua caliente, tomo melatonina y valeriana, leo un libro relajante, no estoy en contacto con pantallas antes de dormir, y practico ejercicios de relajación. Poco a poco me voy adormeciendo, y lentamente me voy adentrando en un sueño profundo que es un bálsamo para mí. Pero a las dos horas, empiezo a ver la taza con una nitidez asombrosa. Me acerco y me asomo a ella. Miro dentro y es como un pozo sin fondo de negrura que me atrapa. Entonces siento el vértigo de estar cayendo. El corazón me late salvaje y descontrolado. El horror inmoviliza mis músculos y mis cuerdas vocales. No puedo moverme ni gritar. Sigo cayendo al abismo sin ver nada. El terror se apodera de mí…

Hice un inciso y tragué saliva. Tenía una pregunta atragantada cuya respuesta sincera quería oír de labios del doctor antes de seguir descendiendo al horror.

Doctor, ¿usted cree que estoy perdiendo la cordura? A veces, yo mismo lo he llegado a pensar y no sé qué me da más miedo.

Damián, ¿qué es la cordura? ¿La norma? ¿Lo que hace o ve la mayoría? ¿No se han cometido, a lo largo de la historia de la humanidad, las peores locuras por una mayoría que se tenía a sí misma por cuerda?

Eso no responde a mi pregunta, doctor.

De acuerdo, Damián, no, no creo que te estés volviendo loco.

¿Y qué cree que me pasa?

Damián, creo que hay algo en tu familia que quedó sin resolver y esa memoria te está acechando de algún modo. Sigue hablando.

La respuesta del doctor me reconfortó. En mi interior sabía que detrás de esa taza había algo del pasado que quería ponerse en contacto conmigo. Pero me daba tanto terror pensarlo, que trataba enseguida de taparlo con otros pensamientos distractores. Seguí ahondando en mis raptos nocturnos:

Cuando estoy cayendo, oigo una voz desgarrada de mujer que se abre con un llanto y que se diluye como un hilo hasta perderse. Es como escuchar un disco en bucle, una y otra vez. Nunca la había oído antes, pero a la vez, es tan familiar… Luego aparece la voz atronadora y seca como un rifle de asalto de mi abuela. Y entonces siento una congoja que me consume. Quiero escapar y no puedo, me persigue, siento su rabia golpearme en la nuca y un dolor que me asfixia. Ahí es cuando me despierto gritando con los dedos entumecidos y rojos como la primera vez que toqué la taza.

Damián, estás haciendo un buen trabajo. Sé que no está siendo nada fácil para ti, pero sabes que es necesario —Dejó de hablar para mirarme con toda la intensidad que pudo y continuó—. Igual que también lo es, afrontar esos miedos fuera de la consulta.

¿A qué se refiere? —pregunté sobresaltado y de forma retórica, porque de sobra sabía a qué se refería—

Damián, es hora de visitar la casa de tu abuela.

No, no puedo hacerlo. No estoy preparado aún.

¿Y cuándo lo estarás, Damián? Nunca se está preparado para afrontar un miedo, nunca, pero en esto, no hay atajos. No lo vas a hacer solo. Te voy a acompañar. Mañana paso a recogerte a las 8:00 de la mañana. No puedes echarte atrás. La maquinaría ya está en marcha.

Lo miré como un niño asustado mira a su madre cuando le dice que tiene que hacer algo que le da miedo, y que sabe que no puede negarse. En ese momento, lo temí y lo odié al mismo tiempo. Sabía que la suerte estaba echada.

Ya en casa, sentí cierto alivio. Si había que morir, era preferible hacerlo rápido a esta lenta agonía de muerte en vida. Como se hacía tarde, me dispuse a darme una ducha de agua caliente que relajase mis destemplados nervios. Mientras el agua caía cálida sobre mi piel, el rostro de mi abuela retumbó como una tormenta en los resquicios de mi memoria. Recordé su voz, fría y seca, su gesto duro y su mirada acusadora. De no ser por el viejo comandante que siempre tuvo sus brazos abiertos para mí, no sé cómo habría podido sobrevivir a la infancia.

@ana.escritora.terapeuta


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El almuerzo de Lily

  A veces, lo que despierta tu curiosidad también puede devorarte... El golpe seco del hacha caía sobre la tabla. El olor a carne se entreme...